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Relatos Ardientes

La pijamada con mi hermana que cruzó todos los límites

Me llamo Camila y aquella primera madrugada en el apartamento de mi hermana la recuerdo entera, segundo a segundo, como si todavía estuviera ahí. Tengo veinte años, piel muy clara, el pelo rojizo teñido desde la adolescencia, las piernas largas y una manera tímida de mirar que siempre me delata. Sofía, mi hermana mayor, tiene cuatro años más que yo y es prácticamente mi opuesto físico: morena, el pelo oscuro hasta los hombros, alta, con un cuerpo que llama la atención cuando entra a cualquier sitio.

Desde que ella se mudó sola al centro, yo iba a visitarla los fines de semana. Pedíamos comida, veíamos series viejas, nos quedábamos hasta tarde hablando. Una pijamada cualquiera, de esas que uno tiene con la mejor amiga, salvo que aquí compartíamos también apellido y recuerdos de infancia. Cuando se nos acababa la conversación, recurríamos al juego que se había vuelto nuestro pequeño secreto: entrar a un sitio de cámaras al azar para hacerle bromas a desconocidos.

La mecánica era simple. Nos hacíamos las novias, fingíamos rozarnos y, antes de que la cosa pasara a más, le dábamos al botón de siguiente. Reírnos del otro lado de la pantalla nos parecía lo más divertido del mundo. Hasta esa noche, lo habíamos hecho siempre vestidas con la primera ropa que pillábamos del armario.

—Cierra los ojos —me dijo Sofía cuando llegué, con una sonrisa rara—. Te tengo una sorpresa.

Obedecí. Escuché el plástico de una bolsa, su risita nerviosa, y cuando me dejó mirar había dos uniformes de colegiala sobre la cama. Falda a cuadros muy corta, camisa blanca demasiado ajustada, calcetas altas. La clase de disfraz que no se usa en ningún colegio del mundo.

—Ni se te ocurra rajarte —dijo antes de que abriera la boca.

Me vestí entre risas, intentando no pensar en lo extraño que era cambiarme delante de ella con eso puesto. Sofía me miró de arriba a abajo cuando salí del baño y silbó como un albañil de película mala. Yo le devolví el silbido y nos pusimos delante de la laptop, con la cámara apuntando al colchón.

***

Los primeros cinco o seis desconocidos cumplieron su papel. Pidieron cosas, lanzaron piropos torpes, alguno se desnudó demasiado rápido y le di al siguiente antes de que terminara. Sofía me pasaba la mano por el muslo, fingía morderme el cuello, y yo me reía contra su hombro. Era un juego, nada más. O eso me decía.

El séptimo o el octavo cambió todo. Una chica de pelo corto y mirada cansada nos observaba en silencio, con el labio entre los dientes. No saludó. Cuando habló, su voz salió ronca.

—¿Son novias?

Iba a reírme, a contestar la mentira de siempre, cuando Sofía me ganó.

—Sí —dijo, sin titubear—. Hace casi un año.

La miré de reojo. No me devolvió la mirada. La chica del otro lado asintió como si le importara mucho la respuesta, y siguió hablando.

—¿Se besan para mí? Necesito acabar.

Mi mano se acercó al botón siguiente por inercia. Sofía la atrapó en el aire.

—Espera —murmuró—. Es solo un beso.

No fue solo un beso.

***

Me giró hacia ella con la misma mano que me había atrapado y me besó como nunca me había besado nadie. Suave al principio, casi indeciso. Después abrió la boca y su lengua encontró la mía sin preguntar. Yo me quedé tan quieta que pensé que iba a desmayarme. Cuando se separó un segundo a tomar aire, me miró buscando un permiso que ya le había dado sin saberlo.

Le devolví el beso.

Sus dedos empezaron a desabrocharme la camisa botón a botón mientras nos besábamos, y los míos se metieron por debajo de su falda y le rozaron el muslo. Estaba caliente. La chica de la pantalla había desaparecido para mí; oía sus jadeos lejanos, como si vinieran de otra habitación.

Sofía me apartó la blusa con una mano y, sin dejar de besarme, me llevó la cara hacia su pecho. Le saqué los pechos por encima del sujetador, lo bajé hasta que se rindió, y me los metí en la boca uno detrás del otro. Ella suspiró fuerte y deslizó la mano dentro de mis bragas. Estaba mojada. Ella también, lo sentí en cuanto le metí los dedos.

Un gemido áspero al otro lado de la pantalla nos sacó del trance. La chica acababa, con la cabeza echada hacia atrás. Murmuró un «gracias» que yo apenas oí. Sofía cerró la laptop de un golpe y me empujó de espaldas contra el colchón.

***

—Quieta ahí, hermanita —me dijo, y la palabra hermanita en su boca me hizo cerrar las piernas por instinto.

No me sirvió de nada. Sofía me las separó con la rodilla, me terminó de quitar la falda y la camisa, y se quedó mirándome desnuda como si me viera por primera vez. Yo me tapé los pechos con un brazo y ella se rio.

—Tarde para eso.

Fue hasta el armario y volvió con una caja de cartón blanca que yo había visto otras veces sin atreverme a preguntar. La abrió a mi lado y dentro había juguetes que jamás imaginé en su casa: vibradores de varios tamaños, dos huevos pequeños con su control, lubricante, un antifaz. Sacó los dos huevos.

—Uno para mí —dijo—. Y uno para ti.

Me lo metió con cuidado y me dejó un control en la mano. Se metió el suyo y me dio el otro mando. Encendió el mío sin avisar y mi cuerpo entero dio un salto. Yo, por reflejo, apreté el botón del que tenía entre los dedos y vi cómo a ella se le abría la boca.

Volvió a besarme. Sus dedos entraron de nuevo en mí mientras el huevo vibraba en mi interior, y yo me oí gemir tan fuerte que la voz no me parecía mía. Me dio vergüenza y cerré la boca. Sofía me la abrió con el pulgar y mantuvo el vibrador encendido.

—No te calles —dijo—. Quiero oírte.

Le levanté una pierna y se la pasé por la cadera. Ella la usó para frotarse contra mi muslo mientras me seguía tocando. Cuando éramos pequeñas, Sofía tenía la costumbre de morderme los hombros cuando se enfadaba. Aquella noche me mordió igual, pero ya no para hacer daño. Me dejó las marcas en el cuello, en los pechos, en la cara interna de los muslos. Una semana después aún tendría que ponerme camisetas cerradas.

Llegué al primer orgasmo sin verlo venir. Sentí que se me subían los ojos, se me cerró la garganta y un chorro salió de mí empapando la sábana. Sofía soltó una carcajada baja, satisfecha.

—Ay, hermanita, debes tener sed —dijo—. Bebe de aquí.

***

Se sentó sobre mi cara con las rodillas a los lados de mi cabeza. Su sexo quedó contra mi boca, y yo, todavía con el cuerpo temblando del orgasmo, me prendí como si fuera la última cosa que iba a hacer en la vida. La sujeté por los muslos y la apreté contra mí. Ella se inclinó hacia delante con las manos en la pared, gimiendo.

Aproveché que tenía el control y le encendí el huevo al máximo. Sofía gritó. Su voz cambió, se volvió más infantil y más urgente. Sus jugos me caían por la barbilla y yo movía la lengua como podía, buscando dónde le gustaba más. Cuando metí dos dedos sin sacar la lengua, me cerró las piernas contra las orejas.

—No pares —dijo—. Cierra los ojos.

Apenas los cerré sentí algo caliente y abundante caerme encima. Cuando los abrí, ella estaba a cuatro patas sobre mí, todavía temblando, y la cama estaba empapada en una mancha que se extendía debajo de las dos. Las dos jadeábamos como si hubiésemos corrido un maratón.

***

Se dejó caer a mi lado. Me tomó la cara y nos besamos despacio, mucho rato, con la respiración rota. Sentí su mano sobre mi vientre, subiendo y bajando.

—¿Estás satisfecha? —me preguntó al oído.

—Bastante —dije, sonriendo contra su mejilla.

—Pero —siguió ella, con una sonrisa torcida—, ¿te gustaría probar las tijeras conmigo?

Asentí con la cabeza tan rápido que ella se rio. Me ayudó a colocarme: una pierna por encima de la suya, la otra por debajo, los sexos juntos. Empezó a moverse despacio, casi con ternura, como si nos estuviéramos besando ahí abajo en lugar de la boca.

Después encendió otra vez el huevo.

Di un salto, ella se rio bajo y aumentó el ritmo. Cada segundo el roce era más fuerte, más mojado, más obsceno. Estábamos las dos tan empapadas que nos resbalábamos una contra la otra. Sofía alargó la mano y me apretó un pecho, yo le apreté los suyos, y los gemidos se nos cruzaban en el aire como si fueran una sola voz.

Me abrazó la pierna y empujó más fuerte. Sentí los ojos subir otra vez y le dije que estaba cerca. Las dos a la vez subimos la potencia del vibrador. Ella se inclinó hacia delante, sin dejar de moverse, y me besó. Sus dientes me rozaron el labio. La abracé con todo lo que tenía.

Llegamos casi al mismo tiempo. Le clavé las uñas en la espalda; ella me las clavó en los pechos. Sentí su orgasmo en cómo se le contraía todo y, un segundo después, las dos volvimos a salpicarnos. La sábana ya no podía quedar más mojada.

Apagamos los vibradores con manos temblorosas y me eché sobre ella.

—Ya no puedo más, hermanita —dijo, riéndose entre jadeos.

Yo tampoco. Nos reímos las dos un rato largo, abrazadas y desnudas, sobre la mancha enorme que habíamos dejado en el colchón. El sueño nos ganó antes de que tuviéramos fuerzas para cambiar las sábanas.

***

Desde aquella noche, cada vez que voy a visitar a Sofía sé qué clase de pijamada me espera. Hemos ampliado la caja blanca, hemos probado cosas nuevas, hemos descubierto que se nos da muy bien cerrar la laptop antes de que los desconocidos del otro lado terminen. Hace unas semanas, todavía con la cabeza apoyada en mi vientre, me preguntó si me plantearía dejar la casa de nuestros padres y mudarme con ella.

Todavía no le he contestado. Pero ya tengo la maleta a medio hacer.

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Comentarios (5)

NocheTibia_

increible de verdad... de lo mejor que lei en mucho tiempo. gracias por compartirlo

Clara_BA

Por favor una segunda parte!! esto no puede quedar asi, quede con ganas de mas

MarisolV

Que bien escrito, la tension del principio te atrapa desde la primera linea. Se nota el talento

Leti_sur

me recordo algo que yo viví hace años... mejor me callo jajaja. Muy buen relato!

DiegoRio_lect

y despues? como quedaron las dos? me quede con esa pregunta dando vueltas

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