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Relatos Ardientes

En la boda de mamá descubrí algo prohibido

Me llamo Lucía y acababa de cumplir dieciocho años cuando mi madre por fin decidió casarse. Nunca creí que ese día llegaría. Quien la conociera sabía que sentar cabeza no era exactamente su especialidad.

Carmen me tuvo al final de la carrera de medicina. Se graduó el día antes de que yo naciera. Lo que vino después fue una vida de viajes, hombres que pasaban por casa sin dejar rastro y ningún apellido seguro para mí. Sospechaba de quién podía ser mi padre, pero jamás quiso averiguarlo. Decía que prefería criarme sola antes que mentirle a un hombre cualquiera.

Así era ella: alta, rubia, ojos azules, un cuerpo que detenía las conversaciones cuando entraba en una sala. Coqueta, abierta de mente, leal con sus amigos. Una madre increíble, respaldada siempre por mis abuelos, que también lo eran.

Me crié rodeada de su pasión por la medicina. Es digestóloga, y de tanto verla hablar de su trabajo terminé enamorándome de la misma profesión. Justo después de la selectividad, en pleno julio y con plaza recién obtenida en su mismo hospital, nada me impedía coger un vuelo a Menorca para pasar dos semanas de ensueño.

La boda nos hacía mucha ilusión. Habían cerrado un hotelito pequeño para todos los invitados.

Andrés, el novio, también es médico. Un divorciado guapísimo, con presencia y un humor que conquistaba a cualquiera. Tiene cuarenta años, uno más que mi madre, y después de apenas seis meses de convivencia decidieron casarse. De su matrimonio anterior tiene una hija, Mariana, de mi misma edad. Parecía buena chica, aunque hasta esa semana apenas habíamos coincidido tres o cuatro veces.

De mí mejor os cuento poco. Me parezco mucho a mi madre en lo físico, pero no soy ni de lejos tan promiscua como ella. Tengo un amigo con derecho a roce y poco más. Los estudios son mi prioridad, o al menos lo eran hasta ese fin de semana.

La boda sería por lo civil, el sábado. Un grupo reducido de amigos íntimos, los abuelos, la hija de Andrés y el hermano de él con su mujer y sus dos hijos. Algunos se quedarían dos semanas en la isla; el resto volaría de vuelta a Valencia el domingo.

Preparé la maleta muy temprano. Mi vuelo salía a las once y Mariana se ofreció a pasarme a buscar en taxi al aeropuerto, ya que sus tíos preferían ir en coche. Un detalle que agradecí. Mi madre y Andrés se habían adelantado el día anterior para los preparativos.

Eran las nueve y media cuando Mariana llamó al portero. Bajé con la maleta y me la encontré preciosa, con un vestido de lino claro y el pelo recién cortado a la altura de la mandíbula.

Las dos estábamos felices de unir a nuestros padres. No paramos de hablar en el taxi, en la cola del aeropuerto ni en la sala de embarque. Hablábamos de ellos, de los preparativos, de la isla.

—¿Conoces bien a mis tíos? —me preguntó.

—Coincidí una vez. Parecen muy simpáticos.

—Lo son. Muy abiertos. Cuando los conozcas mejor te van a sorprender. Ya verás.

Notaba que había algo que no terminaba de soltar. Sonreía con un brillo distinto en los ojos, como si cargara un secreto que le pesaba y le divertía a partes iguales.

—Mariana, te callas algo —le dije ya dentro del avión, mientras buscábamos nuestros asientos.

Ella se mordió el labio.

—Mira, Lucía. Conoces a tu madre. Pero quizá no conoces a mi familia tan bien como crees. Te aviso: a todos nos va el folleteo. Y no me extrañaría que nuestros padres terminaran siendo pareja abierta.

Soltó una carcajada nerviosa y le di un golpe en el brazo. Le agarré la mano para que se sincerara. Cuando el avión despegó, me apretó los dedos con fuerza.

—Les tengo pánico a los aviones —confesó.

Cuando el aparato se estabilizó, me miró con una expresión nueva. Sin avisar, acercó su boca a la mía y me besó. Un beso corto, suave, lleno de intención.

—¿Y eso? —susurré.

—Es que eres guapísima. Igualita que tu madre. Qué envidia, niña.

—Tú también lo eres —respondí con la cara ardiendo—. Y mucho más atrevida que yo.

Le devolví el beso. Esta vez fue largo, con la lengua suave abriéndose paso. Mi primer beso con una mujer. Una corriente eléctrica me bajó por la espalda y me instaló un latido nuevo entre las piernas.

—Me ha encantado —admití cuando nos separamos.

—Pues prepárate. Porque ahora te voy a contar cómo me estrené yo… con tu madre.

***

—Espera, ¿qué?

Mariana me sonrió, satisfecha del efecto. Tenía treinta minutos antes de aterrizar y los aprovechó para contármelo todo.

Me explicó que su padre y mi madre, en una de las incontables noches en las que se devoraban en la habitación principal, la habían descubierto espiándolos desde el pasillo. En lugar de echarla, mi madre le había hecho un gesto para que se quedara. Mariana, excitada hasta el límite, se masturbó sin disimulo hasta que un gemido la delató. Entonces mi madre la invitó a entrar.

—Tu madre fue muy dulce —me dijo en voz baja, para que nadie en el avión nos oyera—. Sabía que estábamos nerviosos los dos. Me besó, me acarició y me desnudó con una sensualidad que todavía recuerdo. Mientras mi padre nos miraba, ella y yo nos comimos a besos. Cuando me corrí, fue tu madre quien le pidió que se sumara. Le dijo: «Ven aquí, querido. Tu hija lleva demasiado tiempo deseando esa polla. Quiero verla».

—No me lo creo —murmuré, con la boca seca.

—Pues créetelo. Y créete también que desde aquella noche lo seguimos haciendo. Cuando nos apetece. En cualquier rincón de la casa. Es nuestro secreto.

Yo no sabía si estaba escandalizada o si tenía las bragas empapadas, o las dos cosas a la vez. Mariana me apretó la mano y volvió a besarme. Esta vez con hambre.

—No te he contado esto para asustarte —añadió—. Te lo cuento porque necesitaba contárselo a alguien. Y porque, ahora que vamos a ser hermanas, prefiero que lo sepas tú a que te enteres por accidente.

—¿Te ha pedido tu padre que me lo dijeras?

—Rotundamente no. Es decisión mía.

—Entonces vamos a hacer una cosa. Yo no sé nada. Sigue todo como hasta ahora. Necesitaré tiempo para digerirlo, pero por favor, que mi madre no sospeche que tú me lo contaste.

—Hecho.

Me miró con una sonrisa pícara.

—Aunque no te voy a mentir. Si alguna vez quieres probar la polla de mi padre, yo no tengo problema.

—Mariana…

—Era broma. A medias.

Aterrizamos. Cogimos el taxi al hotel. Sus tíos y los primos viajaban en otro, así que el trayecto fue para nosotras solas. Yo seguía con la cabeza dando vueltas, pero algo había cambiado entre ella y yo. Una complicidad nueva, hambrienta, peligrosa.

***

Al llegar al hotel encontramos a mi madre y a Andrés con el director del establecimiento. Les dimos un beso en la mejilla y los dejamos terminando los preparativos. Subimos a la habitación que íbamos a compartir y, sin desempaquetar siquiera, cerramos la puerta con pestillo.

—¿Nos duchamos? —propuso Mariana, ya quitándose el vestido por la cabeza.

Lo dijo como si nada, pero las dos sabíamos lo que significaba.

Cuando se desnudó del todo me quedé mirándola. Pechos medianos, perfectos, el sexo completamente depilado. Contraste total con el mío, rasurado pero con un fino vello en la parte superior. Me quité también el vestido, sin prisa, mientras ella me observaba.

El baño se llenó de vapor. Nos enjabonamos despacio, una a la otra, recorriéndonos cada centímetro. Sus manos eran más firmes de lo que esperaba. Las mías, más curiosas de lo que jamás habría admitido. Juntamos los cuerpos resbaladizos bajo el agua y nos besamos con la misma ansia con la que se besa cuando se sabe que el tiempo es limitado.

Saliva, lengua, dedos. Sus manos en mi culo, las mías en el suyo. Buscamos a la vez el sexo por detrás, dedo contra dedo. Tuve un orgasmo casi sin avisar, apretándola contra los azulejos. Ella se corrió justo después, mordiéndome el cuello.

Nos secamos a toda prisa. Caímos sobre la cama. Sin preámbulos hicimos un sesenta y nueve glorioso, comiéndonos durante lo que se sintieron como horas. Nos lamimos los pies. Nos metimos los dedos por el culo. Nos los chupamos después, una a la otra, mirándonos a los ojos. Tener dieciocho años y un cuerpo del que estábamos orgullosas nos hacía sentirnos invencibles.

Cuando llamaron a la puerta habíamos pasado casi una hora en la cama. Era mi madre.

—¿Vienes sola, mamá?

—Sí, cariño. Abre.

Abrí envuelta en un albornoz. Mariana se cubrió como pudo. Mi madre entró, observó la cama deshecha, el aire pesado y la sonrisa nerviosa de las dos. Olía a sexo. Imposible disimularlo.

—Lleváis una hora aquí y aún no habéis sacado la ropa —dijo, con un tono que era todo menos enfado—. La ceremonia es en dos horas. Os quiero guapas a rabiar. Veo que ya os habéis cogido confianza.

Lo dijo sin reproche. Casi con satisfacción. Yo me puse roja hasta las orejas. Mariana le sonrió de oreja a oreja.

Cuando salió, las dos nos derrumbamos sobre la cama entre carcajadas.

—Lo sabe —dijo Mariana.

—Claro que lo sabe.

***

Mientras nos vestíamos no dejábamos de bromear. Al fin y al cabo teníamos la edad de experimentar. Todo era nuevo, todo era divertido.

—Oye, Lucía, ¿me pongo tanga o no?

—Tú sabrás.

—Es que si no me lo pongo, me toco más directo. O me tocas tú.

—Eres una guarra —le dije, riéndome.

—Anda, va. Las dos sin braguitas. Verás qué divertido.

—¿Y por qué?

—Mis primos. Están en la edad del pavo. Pablo ha pegado un estirón este año, Tomás es una ricura. Me encantará provocarlos y ver sus caras.

—Eres una salida.

—Y me adoras así.

Acabamos las dos sin nada debajo de los vestidos blancos de lino, ligeramente transparentes. No se notaba, pero casi. Tampoco nos pusimos sostén, y eso era más natural, aunque la excitación se delataba sola.

A las siete en punto bajamos al jardín. Mi madre estaba radiante. Andrés, guapísimo. Nos sentamos junto a mis abuelos y los tíos de Mariana. Sus primos detrás. Empezaron a mirarnos las piernas casi antes de que nos acomodáramos.

La ceremonia fue breve. Brindis, vivas, abrazos. Pasamos al cóctel, cava y pica-pica de pie, todos sonrientes. Mariana no se despegó de mí en ningún momento.

En la cena me tocó entre mi madre y el abuelo. Enfrente, los primos. Al lado de Mariana, su padre. La comida estuvo animada, el vino corrió. Pronto empezó el baile. Los mayores con sus valses, los jóvenes pegados al fondo de la sala.

Mariana desplazó la silla y cruzó las piernas hacia los primos. Yo, sin pensarlo, me senté a su lado en la misma postura. Los chicos no podían disimular. Ella, con descuido aparente, dejaba que la tela se le subiera milímetro a milímetro. Yo, contagiada por el vino y por su mirada, hice lo mismo.

Éramos dos jovencitas calentando a los primos a propósito. Y ellos, pobres, atrapados en su silla. No podíamos parar de reírnos.

Hasta que sentí una mano firme sobre el hombro.

***

—Princesa, ¿me concedes este baile?

Era mi abuelo. Sesenta y cinco años llevados con un porte que no se veía en muchos hombres de cuarenta. Alto, guapo, seductor. El hombre más seguro de aquella sala.

Asentí. Rodeó mi cintura con el brazo y pegó su cuerpo al mío con una firmeza que no era de abuelo.

—Estás preciosa, Lucía. La protagonista de la noche, junto a tu madre.

—Abuelo, qué adulador eres.

—Me ha parecido notar que no llevas braguitas. ¿Me equivoco?

Se me cortó la respiración.

—Se me marcaban con el vestido. Espero que nadie más se haya dado cuenta.

—Se intuye, nada más, mi niña. Has heredado el cuerpo de tu madre.

—Abuelo, te estás animando bastante esta noche.

—¿Te molesta lo que llevo en el pantalón?

Lo notaba. Imposible no notarlo.

—¿Qué dices, abuelo? Has bebido demasiado.

—A tu madre le encanta desde hace muchos años.

Lo miré con los ojos muy abiertos. Quise separarme pero no me dejó. No solo notaba su cuerpo. Notaba que él me notaba a mí. Me sentí desnuda. Me sentí vista. Y, contra todo pronóstico, me sentí mojada.

—Necesito ir al baño —murmuré—. ¿Me dejas?

—Mi habitación está en planta baja, frente a la piscina. Toma las llaves. Te alcanzo enseguida.

Yo no soy así, pensé mientras cruzaba el pasillo. Yo no soy así. Y sin embargo cogí las llaves. Y sin embargo abrí su puerta. Y sin embargo me senté en el inodoro porque, en efecto, necesitaba ir.

Cuando él entró sin llamar, no me sorprendió.

—Déjame limpiarte con la boca. A Carmen le encantaba.

Las piernas se me abrieron solas. Levanté el vestido con las manos. Cuando su lengua me tocó, gemí de tal forma que tuve que morderme el dorso. Me lamió como si llevara años esperando ese momento. Después me alzó en volandas y me dejó caer en la cama.

Se desabrochó el pantalón. Lo que apareció no parecía pertenecer a un hombre de sesenta y cinco años.

—Madre mía, abuelo, me vas a partir en dos.

Fue cuidadoso. La entró por partes. Yo gemía sin disimulo, agarrada a las sábanas. Mariana tenía razón: ningún chaval de la edad del pavo se acerca, ni de lejos, a un hombre con experiencia. Me llevó al cielo en cuestión de minutos. Me corrí como nunca, sin poder controlar nada del cuerpo.

Cuando estaba a punto de eyacular, me metió la polla en la boca.

—Trágatelo todo, mi niña. Como hace Carmen. Sin perder una gota.

Lo hice. Lo tragué entero. Me corrí otra vez mientras lo hacía. Soy como mamá, pensé. Y ya no hay vuelta atrás.

Se inclinó sobre mí y me dio un beso largo. De hombre. De hombre dominante. Y yo, que jamás me habría definido como sumisa, descubrí en ese instante que tal vez sí lo era.

—Vamos, mi niña. No quiero que nadie sospeche nada. Arréglate, que yo salgo antes.

Salí satisfecha y confusa, con las piernas todavía temblando. La fiesta seguía abajo. Mi madre bailaba con Andrés. Mariana me buscaba con la mirada desde el otro lado de la pista, con una sonrisa que decía que ella ya lo sabía todo.

Tarde o temprano tendría una conversación con mamá. Pero esa noche, en esa isla, en ese hotelito junto al mar, solo quería saber qué más era posible en una familia como la mía.

Y la fiesta acababa de empezar.

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Comentarios (5)

kruspel

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

MarceloBA

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas. El final me dejo con la boca abierta

VeronikaMdq

Es una historia real? porque se siente muy autentica, hay algo en la forma de contarlo que te mete de lleno. Felicitaciones

gonzalo_77

Buenisimo, me tuvo con la respiracion agitada de principio a fin. Tremendo relato

pedro_lector

muy bueno, sigue subiendo cosas asi!!

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