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Relatos Ardientes

La Semana Santa que cambió todo con mi prima

El calor de Iztapalapa no perdona, y menos en Semana Santa. Esa tarde el sol pegaba como si quisiera derretir el cemento del edificio donde vivimos toda la familia amontonada. Mi madre me había mandado a tallar el pasillo y las escaleras del segundo piso, así que ahí andaba yo, agachado, con un short de futbol y unos tenis viejos, sudando como animal.

El predio es un rompecabezas de pisos que crecieron a la mala. Primero llegaron mis abuelos, después mi mamá levantó lo suyo, luego la tía Marta —la madre de Camila— y al final el tío Andrés, el padre de Beto. Cada quien construyó hacia arriba como pudo. Es un lugar ruidoso, donde se escuchan los pleitos de la cocina y la música de la sobremesa al mismo tiempo. Esa cercanía hace que todos sepan los pecados de todos.

Estaba tallando una mancha de aceite cerca del descanso cuando escuché su voz desde arriba.

—Ya que andas con la escoba, no se te olvide limpiar también acá —me soltó Camila.

Levanté la cabeza. Estaba recargada en el barandal de fierro, señalando la puerta de su casa con esa sonrisita que sabía perfecto el efecto que tenía. Desde mi posición, el short de mezclilla se le veía todavía más corto y sus piernas blancas brillaban con la luz del tragaluz.

Camila es la güerita de la familia, de esas con ojos verdes y piel tan clara que se le ponen las mejillas rojas con cualquier esfuerzo. Es delgada, pero con curvas que no se pueden ignorar: unas tetas que parecen escapársele de los escotes, una cintura para agarrarla con las dos manos y unas nalgas que llenan los shorts hasta el último hilo. Está buenísima y lo sabe; por eso tiene a medio barrio detrás de ella. Aunque a su madre le jura que es niña de casa, yo la he visto fajarse afuera del edificio con cualquier chacal de la colonia cuando vuelvo de la universidad. Me da una mezcla de coraje y envidia que no sé bien cómo nombrar.

—Nel, huevona, hazlo tú —le dije, limpiándome el sudor con el antebrazo.

—Ay, qué flojera. Para eso estás tú —se rió, bajando un par de escalones con una lentitud que me puso los nervios de punta.

Verla así me devolvía a aquel viernes de hacía cuatro años. Ella todavía iba en la secundaria y yo tenía dieciocho. Nos quedamos solos en su casa viendo una película. Yo bajé ingenuo y fue ella la que se me aventó. Empezó como un juego, picones en las costillas, empujones, y terminamos fajando en su cama. Me acuerdo perfecto de su falda de cuadros verde y gris hecha un nudo, de su blusa medio abierta, de mis manos en sus tetas. Estábamos a nada de que pasara todo cuando escuchamos la llave en la cerradura. La tía Marta entró gritando que se le habían olvidado las llaves del negocio. Nos separamos de un brinco, ella se acomodó la falda y yo me quedé con el corazón saliéndome por la boca. Después de eso no volvió a pasar nada. Me hice novio de una chava con la que duré tres años; al final me botó por otro.

—Te quedaste ido, Damián —dijo Camila, ya a unos escalones de mí—. Sigues pensando en tu ex.

—Cállate. No menciones a esa morra —le respondí, intentando sonar rudo para que no notara lo que me provocaba tenerla tan cerca.

En eso, la puerta del departamento de abajo se abrió de golpe. Era la tía Marta arrastrando una maleta de ruedas y el tío con una hielera.

—¡Damián! Qué bueno que te veo, hijo —me gritó la tía, apurada—. Ya nos vamos. Tu tío se encaprichó con irnos a Veracruz toda la Semana Santa con su familia.

Me quedé helado, con la escoba colgando.

—¿Toda la semana?

—Hasta el próximo domingo. Te encargo mucho a la Cami, que no quiso ir porque prefiere la fiesta de Beto. Cuídala, porfa, que no se me ponga cuete. Conmigo está segura, ya sabes.

—No se preocupe, tía. Yo la cuido —dije, sintiendo cómo la cara me ardía de pura hipocresía.

Vi cómo mis tíos se despidieron rápido para ganarle al tráfico de la autopista. Camila se quedó en el último escalón con cara de santa que no se creía nadie. Cuando se escuchó el portón cerrarse y el coche arrancar, el silencio se apoderó del pasillo. Solo quedamos nosotros, el olor a cloro y el bochorno de la tarde.

Camila se dio la vuelta despacio y me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi pecho sudado. Ya no tenía que fingir delante de su madre.

—¿Entonces sí vas a la peda de Beto? —dijo con la misma sonrisa, mordiéndose el labio.

—Sí. Me pidió que le cayera con un par de doces y que invitara a unas amigas de la uni.

Arqueó una ceja. Sus ojos verdes se clavaron en los míos, desafiantes.

—¿Tus amigas que se ponen pedas a la tercera cerveza? Se creen mucho y no aguantan nada.

Sentí un escalofrío que no era por el clima. Sabía bien que a ella le ardía cada vez que aparecían mis amigas, porque sus padres a duras penas la dejaban llegar a la esquina.

—No te muerdas la lengua, Cami —le dije.

—Pinche Beto es la mamada y tú también por hacerle segunda —masculló, bajando otro escalón. Olía a un perfume suave y dulce.

Se dio la vuelta y empezó a subir. Sus nalgas se movían con un ritmo que me hacía pensar en cosas que mi abuela llamaría pecados de la carne. Se detuvo en el descanso y me miró desde arriba, otra vez con esa ventaja vertical. El silencio del pasillo era absoluto, y entre nosotros seguía esa cuenta pendiente que nos quemaba desde la secundaria.

***

Llegó el viernes santo. Como a las cinco bajé al patio con dos doces de cerveza y con Brenda, mi amiga de la uni, pisándome los talones. La otra amiga me canceló a última hora. Beto ya tenía las bocinas afuera y el patio olía a carbón y a chela barata.

—¡Ya llegaste, cabrón! —gritó Beto cuando me vio.

Estaba con los otros primos y los sospechosos de siempre, puro hablador del barrio. Saludé con un movimiento de cabeza, sintiéndome un poco superior por traer a Brenda, mientras los demás la escaneaban con ojos de perro hambriento.

Nos sentamos y empezamos a tomar. Yo trataba de platicar con Brenda, pero mi mirada se escapaba sola hacia la escalera. Entonces apareció ella.

Camila bajó como si hubiera ensayado la entrada. Traía un top negro que parecía a punto de rendirse por el peso de sus tetas y unos pantalones de mezclilla tan ajustados que se le veían los hilos negros de la tanga asomando por la cintura. El silencio en el patio fue casi ridículo. Hasta Beto se quedó con la palabra en la boca.

—¿Qué onda? ¿Ya empezaron sin mí? —dijo con cara de santa.

Se agachó frente a la hielera para sacar una cerveza, tensando el encaje contra su piel blanca. Después se sentó frente a nosotros, cruzó las piernas y barrió a Brenda con una mirada de desprecio que se sintió como un hielazo. Después clavó los ojos en mí y se mordió el labio.

—Qué pedo, pinche Dami —me saludó, usando ese diminutivo que solo ella ocupaba para fastidiarme.

Llegaron las diez. El patio ya era un hervidero de risas borrachas y latas vacías. La banda retumbaba en las paredes; las trompetas se sentían como golpes en el pecho. Brenda se había olvidado por completo de que venía conmigo: la vi perderse en la bodega del fondo, agarrada de la mano de uno de los amigos de Beto.

Me quedé solo en la mesa frente a Camila. Ella tenía los ojos vidriosos y se reía de todo. Sin levantarse del banco, se movía al ritmo de la música como invitándome a algo.

—Ya ves, Cami, no aguantas —le gritó Beto, burlándose—. Mejor vete a dormir.

—Cállate. Yo aguanto más que tú y que todos estos pendejos juntos —contestó, y luego me miró fijo a mí—. ¿Verdad, Dami?

—Ándale, Dami, sácala a bailar a ver si se le baja —insistió Beto, ya más preocupado por su propia chela que por nosotros.

Me levanté. No fue por seguirle el juego; fue porque mi cuerpo ya no aguantaba estar lejos del suyo. Le extendí la mano y la tomó sin dudarlo. Su piel estaba caliente, húmeda por el bochorno.

Nos fuimos al centro del patio. Sonaba una banda lenta, de esas que se bailan pegadito, de las que te obligan a olvidar quién es tu familia. En cuanto puse la mano en su cintura, sentí la tela áspera de la mezclilla y la suavidad de su piel justo donde empezaban los hilos negros. Ella me echó los brazos al cuello y se pegó a mi pecho sudado como buscando refugio o guerra.

Bailaba bien, muy bien. No era la pendeja que su madre creía. Sus nalgas se ajustaban a mis muslos con cada vuelta, y yo sentía que el sudor y el deseo se me estaban subiendo a la cabeza más que la cerveza.

Dieron las doce. El patio ya era un cementerio de latas. Beto entró en esa etapa de la peda donde el alcohol se vuelve tristeza: agarró el micrófono y empezó a cantar a Juan Gabriel con la voz arrastrada.

Camila se separó apenas unos centímetros. Estaba toda chapeada, con los ojos brillantes.

—Ya estuvo, Dami —me dijo con la voz ronca—. Acompáñame, si no me voy a romper la madre subiendo las escaleras.

Le pasé el brazo por la cintura y empezamos a subir. Cada escalón era un esfuerzo para ella y un martirio para mí. A los pocos peldaños me di cuenta de que no estaba tan peda como aparentaba. Sus pasos eran demasiado firmes cuando Beto ya no nos veía, y la manera en que se me pegaba no era la de alguien que no puede caminar, sino la de alguien que quiere que la sientas.

***

Llegamos a su puerta. El eco de la voz de Beto cantando a Juanga sonaba como si viniera de otro mundo. Camila sacó las llaves con una agilidad que terminó de confirmarme que todo era un teatro.

—Gracias por traerme, Dami —susurró, pegándome al cuerpo—. ¿Te quedas un ratito?

Abrió la puerta y entró sin esperar respuesta. Sabía que si cruzaba ese umbral ya no había marcha atrás. Me quedé un segundo en el marco, sintiendo el aire fresco chocar contra mi piel sudada.

—Ya me voy, Cami —dije, pero mis pies no se movieron ni un centímetro. Fue la mentira más grande que había dicho en todo el día.

Entré y cerré la puerta. El cerrojo al caer sonó como una sentencia. Ya no se oía a Beto ni a la banda. Estábamos solos.

Me jaló hacia su recámara. Se aventó a la cama con todo y los pantalones de mezclilla y me palmeó el colchón.

—Acuéstate, Dami. Ya se murió Jesús por nuestros pecados.

Me senté en la orilla. La cama rechinó bajo mi peso. Recordé lo que decía mi abuela: hay que huir de la carne o nos condenaremos. Pero ahí, viéndola, el infierno me daba menos miedo que quedarme con las ganas.

Me acosté boca abajo, dándole la espalda para tratar de calmarme. No duró ni un minuto. Sentí sus dedos picándome las costillas y una risita en la oreja que me erizó toda la piel. Me retorcí en el colchón.

—¡Ya, Cami! —le grité, riendo.

No me soltó. Se me encimó y me abrazó por la espalda, pegando sus tetas contra mis omóplatos. Me di la vuelta de golpe y la pesqué de las muñecas para frenarla.

—Ahora verás —le solté.

Empecé a hacerle cosquillas yo. Se retorcía en la cama, soltando carcajadas que rompían el ambiente de respeto que supuestamente debía haber en esa casa. En el forcejeo, sus piernas se enredaron con las mías. De pronto, las manos se nos detuvieron. El aire se puso pesado.

Sus ojos verdes me miraban fijos, brillantes por el deseo. Ya no había nada que decir. Me acerqué y la besé con toda la rabia y el hambre de los años perdidos. Sus labios sabían a cerveza y a fruta prohibida. En ese instante comprendí que no me importaba que fuera mi prima; solo me importaba que esta vez nadie iba a abrir la puerta.

El beso se volvió un forcejeo de lenguas. Mis manos recorrieron sus nalgas por encima de la mezclilla, siguiendo el dibujo de los hilos negros que me habían vuelto loco toda la tarde. Ella soltó un gemido contra mi boca y empezó a restregarse buscando el bulto de mi pantalón.

Quedé encima de ella, hundiéndonos en el colchón. No había ternura en esto: era puro instinto, de ese que te enseñan a reprimir pero que te explota en la cara cuando estás solo. Camila me agarró del cuello con fuerza y, en un movimiento rápido, me dio la vuelta. Quedó arriba, sentada sobre mis muslos, con el top estirándose al límite.

—Pinche, Dami —susurró.

Le metí las manos bajo el top y se lo subí hasta que la tela se rindió. Sus tetas saltaron libres, blancas y firmes, con los pezones duros. Me llevé una a la boca y la chupé con fuerza, sintiendo cómo arqueaba la espalda y enterraba sus dedos en mi pelo.

Ella se incorporó, terminó de quitarse el top y lo arrojó a un rincón. Después me jaló la playera para sacármela. Su mano bajó por mi abdomen hasta meterse en mi pantalón y cerró los dedos alrededor de mi verga, apretándola con una fuerza que me hizo soltar un gruñido.

—Quítate esto —me ordenó.

La agarré de la cintura y, en un movimiento rápido, la puse de espaldas contra el colchón. Quedó jadeando, con el cabello desparramado en la almohada. No perdí tiempo. Me puse entre sus piernas y abrí el botón de los jeans. Estaban tan apretados que me costó trabajo, pero en cuanto bajé el cierre sentí que la victoria era mía.

Le bajé la mezclilla con desesperación. Cuando el pantalón cedió, lo primero que vi fue el triángulo de encaje negro perdiéndose entre sus labios. Estaba empapada; el encaje ya no podía ocultar nada. Le quité los jeans por completo y la dejé solo con esa prenda mínima.

Ella se incorporó, soltó el botón de mi pantalón y, junto con los bóxers, me lo bajó de un solo jalón. Después se arrodilló entre mis piernas, con las tetas balanceándose frente a mí, y me agarró la verga con los dedos calientes. Me miró fijo con un descaro que me hizo sentir en éxtasis. Después la rodeó con los labios.

Me la chupó con una saña que me hizo arquear la espalda contra el colchón. Bajaba y subía con un ritmo desesperado, agarrándome de los muslos para acercarme más. Verla a ella, a mi prima, entregada a esa tarea, me hizo olvidar cualquier rastro de decencia que me quedara.

Se detuvo un segundo, dejando que el sonido de la succión rompiera el silencio. Tenía los labios rojos y brillantes.

—¿Te gusta, Dami? Dime si te gusta, primito —susurró.

—Me encanta, Cami... no te detengas —gruñí, enterrando los dedos en su cabello.

Volvió a la carga unos minutos más, hasta que se separó con la respiración entrecortada.

—Ya, Dami... métemela.

Se acomodó de espaldas, arqueando la cintura. Sus dedos engancharon los hilos negros, los estiraron contra su piel blanca y la prenda cayó al suelo. Se abrió de piernas frente a mí. Estaba completamente expuesta: su sexo brillaba, empapado por cuatro años de deseo arrastrado. El olor a jazmín del cuarto se perdió bajo el aroma más primitivo de su excitación.

—Ven, primito... ven a cuidarme de verdad —dijo, estirando los brazos.

Me puse entre sus piernas y pasé mi verga entre sus labios, sintiendo toda la humedad. Ella gemía quedito, arqueando la espalda cada vez que la punta rozaba su clítoris.

—Ya, Dami... por favor —suplicó.

Empujé despacio, disfrutando de la resistencia de su estrechez y de ese calor que parecía tragarme. Estaba apretadísima, caliente como un horno. Camila soltó un gemido largo, un sonido que no tenía nada de inocente y sí mucho de alivio, mientras sus piernas se enredaban en mi cintura para jalarme más profundo.

Entré hasta el fondo. Me quedé un segundo así, respirando su perfume mezclado con la cerveza y el aroma primitivo de los dos. Después empecé a moverme. El sonido de nuestras pieles sudadas se volvió rítmico. Ella subía la cadera para encontrarme.

—¡Así, Dami! —me gritó al oído, mordiéndome el lóbulo mientras sus tetas rebotaban contra mi pecho.

Le metí las manos por debajo de la espalda hasta llegar a sus nalgas, hundiendo los dedos en su carne para marcarle el paso. Me sentía dueño de cada uno de sus jadeos. Le daba con la urgencia de quien sabe que está robando algo prohibido. Cada embestida retumbaba en el silencio del cuarto.

De pronto, Camila me empujó hacia atrás. Quedé acostado, jadeando, mientras ella se sentaba sobre mis muslos con una agilidad de gata. La luz del pasillo le dibujaba la silueta: tetas firmes, cintura breve, caderas redondas.

—Mírame, primito —dijo con sonrisa maliciosa, rebotando sobre mí—. Mira lo que te perdiste por andar de buen niño.

Le agarré la cintura, hundiendo los pulgares en sus caderas mientras aceleraba el paso. Cada vez que bajaba, sentía su clítoris restregándose contra mi base. Sentí el tirón en la base de la verga, ese aviso que te dice que ya no hay marcha atrás. Intenté retirarme, pero ella me clavó las uñas en los hombros y se hundió con más saña.

—¡No te salgas, Dami! —jadeó al oído—. No hay pedo. ¡Hazlo adentro, cabrón!

Esas palabras fueron el detonante. La agarré de las nalgas con una fuerza bruta, jalándola hacia abajo mientras yo empujaba hacia arriba con todo lo que tenía. Me vine con una furia que me hizo perder el sentido de dónde estaba. Camila soltó un grito ahogado y se apretó contra mi pecho, vibrando sobre mí mientras la inundaba por completo.

—Ay, Dami... qué rico me llenaste, pinche primito —susurró, dejándose caer sobre mi pecho.

Nos quedamos así un rato, envueltos en el olor a sexo y a jazmín. Todavía se escuchaba la música de la peda a lo lejos, como si viniera de otro planeta.

***

El despertar del Sábado de Gloria no fue con agua, como dicta la costumbre del barrio, sino con su mano buscándome de nuevo. No hubo palabras, solo el hambre de seguir pecando. Nos pasamos todo el día encerrados, ignorando los gritos de la familia que se mojaba en el patio. La puse contra la pared, la subí a la cómoda frente al espejo para que viera cómo me hundía en ella. Camila estaba insaciable; me buscaba la verga con la boca en cuanto me veía un poco repuesto. Éramos dos animales encerrados, celebrando nuestra propia gloria.

Llegó el Domingo de Resurrección. Mientras las campanas llamaban a misa, nosotros seguíamos resucitando el deseo en cada rincón del departamento. Estábamos en la cocina, ella sentada sobre la mesa de formica, cuando escuchamos el coche de mis tíos estacionarse afuera. Fue como un balde de agua fría.

—¡Ya llegaron! —susurró Camila, saltando de la mesa.

Nos vestimos a las carreras. Cuando la tía Marta entró, nos encontró en la sala, yo con el teléfono en la mano y ella fingiendo que veía la tele.

—¿Cómo les fue, mis hijos? ¿Se portaron bien? —preguntó, dándome un beso en la mejilla que me supo a pura hipocresía.

—Todo tranquilo, jefa —contestó Camila con una naturalidad que me dio escalofríos.

Esa respuesta fue el sello de nuestro pacto. A partir de aquel domingo, la vida en el predio cambió de sabor. La tía Marta seguía presumiendo a su niña de casa y a su sobrino bueno, sin sospechar que, cada vez que podíamos, nos seguíamos cobrando la cuenta en cualquier rincón disponible del edificio.

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Comentarios (5)

Emmanuel

Que buen relato!! Se siente tan real, esa tension acumulada de años... tremendo.

ClaudioPampa

Necesito una segunda parte de esto. Por favor!!

LunaLectura

Lo lei de una sentada, sin parar. Me encanto como construiste la tension desde el principio, se notaba que algo iba a pasar.

Marina_BA

Semana Santa jamas la volvere a ver igual jajaja. Muy buen relato, saludos!

ElTorcido_99

Es una historia real o inventada? Se siente muy autentica la forma en que lo contas.

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