Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde que entré sin avisar al cuarto de mi hermana

Aquella tarde de sábado la casa estaba sospechosamente tranquila. Mamá había salido temprano a un cumpleaños en las afueras y papá llevaba todo el día encerrado en el taller del fondo, peleándose con la cortadora de césped. Yo había terminado de ordenar mi pieza y subía la escalera a buscar a Mariana para preguntarle si necesitaba algo del kiosco antes de que cerrara.

Mariana es mi hermana mayor. Tres años más que yo, una cabeza más alta y una de esas seguridades que siempre le envidié. Llevaba toda la semana de mal humor por una pelea con su novio, así que me imaginé que estaría tirada en la cama mirando el techo. Subí los escalones de dos en dos hasta el primer piso y caminé hasta su puerta sin pensar nada raro.

Entonces me frené.

La puerta no estaba cerrada del todo. Por la rendija salía un sonido apagado, rítmico, mezclado con respiraciones cortas. Tardé unos segundos en entender qué estaba escuchando. Cuando lo entendí, en vez de retroceder, me acerqué más.

Apoyé la mano en el marco y miré sin querer mirar.

Mariana estaba acostada de espaldas en la cama, completamente desnuda, con las piernas dobladas y abiertas. Tenía los ojos cerrados y la boca apenas entreabierta. Entre sus dedos sostenía un consolador con forma realista, y lo movía hacia adentro y hacia afuera con una calma extraña, como si tuviera todo el tiempo del mundo y nadie pudiera interrumpirla.

Me quedé congelada en el pasillo. El corazón se me había mudado a la garganta. Era mi hermana, era una escena que no debería estar viendo, y aun así no podía sacar la cara del hueco de la puerta. Sentí cómo la sangre se me iba acumulando en lugares donde no quería que se acumulara en ese momento.

Tendría que dar media vuelta y bajar la escalera haciendo ruido, y fingir que nunca había subido.

No lo hice.

En vez de eso, sin pensarlo demasiado, me desabroché el jean y dejé que cayera al piso del pasillo. Me lo saqué con un par de patadas torpes y lo dejé hecho un ovillo contra el zócalo. Quedé en remera sin mangas y en tanga, descalza sobre el parquet frío. Después empujé la puerta despacio, con un dedo, y entré.

Mariana abrió los ojos de golpe. Vi cómo el rubor le subía por el cuello y se le quedaba flotando en las mejillas. Apartó el consolador y trató de cubrirse con la sábana, pero ya era tarde para todo eso.

—¿Qué hacés acá? —me preguntó en voz baja, sin gritar, con más bronca contenida que sorpresa—. Estaba pasando un rato tranquila hasta que apareciste.

—Por eso mismo entré —le dije, y no me reconocí la voz—. Verte así me puso. Quiero quedarme.

Hubo un silencio largo. Ella me miró de arriba abajo, despacio, deteniéndose en mis piernas, en la franja de piel entre la remera y la tanga, en mi cara. Yo le sostuve la mirada como pude.

—Mostrame —dijo al final—. Quiero ver qué tan caliente estás.

Me saqué la remera por arriba de la cabeza y la tiré encima del jean. No usaba corpiño. Los pezones se me habían endurecido antes de cruzar el umbral. Me quedé parada al pie de la cama, sintiendo el aire de la habitación contra los pechos, sin saber muy bien qué se hacía en una situación así.

Mariana corrió la sábana del todo. Sacó el consolador de entre sus piernas y lo dejó sobre la mesa de luz. Después me tendió la mano y me tiró suavemente hacia ella, hasta hacerme arrodillar sobre el colchón.

—Vení —murmuró—. Acá.

Me guió la cabeza con las dos manos, sin prisa, hasta dejarla apoyada justo entre sus muslos. Sentí su olor antes que su sabor. Era un olor cálido y limpio, mezclado con perfume y con algo más profundo, más animal. Cerré los ojos y saqué la lengua casi sin querer.

El primer contacto fue una descarga. Ella inhaló fuerte y arqueó un poco la espalda. Yo me sostuve de sus caderas y empecé despacio, con miedo, sin saber bien qué le iba a gustar. Probé con la punta de la lengua, después con la lengua plana. La escuché soltar el aire por la nariz y eso me dio coraje para seguir.

—Así, dale —susurró, y me apretó un poco más la cabeza contra ella—. Más despacio. Aprendé.

Le hice caso. Bajé el ritmo, dibujé círculos amplios con la lengua, exploré cada pliegue como si estuviera leyendo un mapa que nunca antes había visto. Nunca me había animado a hacer algo así, ni siquiera de pensarlo. Pero ahora que lo estaba haciendo, no entendía cómo había vivido tantos años sin probar el sabor de otra mujer.

Mariana empezó a mover las caderas en pequeñas olas, subiendo y bajando contra mi boca. Le acompañé el movimiento con la cabeza. Le pasé la lengua por el clítoris en línea recta, varias veces, y después me detuve a chuparlo. La oí gemir más fuerte y me tiró del pelo con la mano derecha.

—No pares, no pares —decía—. Justo ahí, no pares.

Llevé una mano libre hasta su muslo y le clavé las uñas un poquito. Con la otra me animé a meterle dos dedos, despacio, sintiendo cómo se cerraba alrededor de ellos. Mi boca seguía trabajando arriba mientras los dedos entraban y salían en un ritmo lento. La barbilla, las mejillas, todo se me estaba mojando, y no me importaba en absoluto.

—Mordeme un poco —pidió.

Le obedecí. Apreté apenas con los dientes, sin lastimar, y ella respondió con un gemido largo que se le escapó desde el fondo de la garganta. Sentí cómo todo su cuerpo se ponía tenso, las piernas se le cerraban alrededor de mi cabeza y, de repente, una ola de calor le recorrió las caderas. Me inundó la boca de un líquido tibio y un poco salado. Me quedé ahí, lamiendo despacio, hasta que ella misma me empujó la cara para apartarme porque ya no podía soportarlo.

Subí por su cuerpo arrastrando los labios mojados por su panza, por sus costillas, por la curva de un pecho. Le mordí el pezón con la misma suavidad con la que le había mordido a ella abajo, y la sentí estremecerse de nuevo.

—Te tocó —le dije al oído, con una sonrisa que no supe de dónde me salió.

—Sacate la tanga y date vuelta —me ordenó, recuperando el aire—. Quiero verte de atrás.

Me gustó la manera en la que lo dijo. Sin pedir, sin preguntar.

Me bajé de la cama lo suficiente para sacarme la tanga, que estaba completamente empapada. La dejé caer al piso y volví a subir, esta vez en cuatro, apoyada en los codos, con la cara contra la almohada. Sentí cómo ella se acomodaba detrás de mí. Escuché el ruido seco del consolador al ser tomado de la mesa de luz.

—Estás chorreando —comentó—. Esto va a entrar solo.

Me pasó la punta primero por la concha, despacio, mojándolo bien, y después la subió, despacio también, hasta la otra entrada. Me apretó una nalga con la mano libre y empujó con cuidado.

—Aflojate —murmuró—. Respirá conmigo.

Solté el aire largo y ella aprovechó para entrar. Sentí una presión enorme, después una punzada de placer que no había sentido nunca, después un ritmo que se fue acomodando solo, ella moviendo el consolador con una mano y con la otra acariciándome la espalda, los pezones, la nuca. Cada vez que llegaba a un pezón, me apretaba apenas, y yo respondía empujando hacia atrás.

—Mirame —me pidió en algún momento, y me hizo girar para quedar de cara a ella.

Quedé boca arriba, con las piernas levantadas. Ella se arrodilló entre mis muslos y volvió a entrar, esta vez mirándome a los ojos. Me tomó las dos manos con una sola de las suyas y me las llevó arriba de la cabeza, sosteniéndolas contra la almohada. Con la otra mano siguió manejando el consolador, despacio al principio, después más fuerte.

—Decímelo —dijo entre dientes—. Decime quién te lo está haciendo.

—Vos —contesté en un hilo de voz—. Mi hermana.

Esa palabra, dicha en voz alta, me prendió fuego por dentro. Sentí cómo todo se aceleraba. Cerré los ojos, pero ella me los hizo abrir con un beso largo en la boca, el primero de la tarde. Su lengua todavía sabía a ella, y ahora también un poco a mí.

***

Cuando terminé, terminé largo y fuerte, mordiéndome el labio para no gritar y despertar a media casa. Ella me lo sacó despacio y se acostó a mi lado, apoyando la cabeza contra mi hombro. Estuvimos así unos minutos sin decir nada, escuchando cómo la respiración volvía a un ritmo normal.

Después se acomodó encima de mí, con una pierna entre las mías, y me besó otra vez. Acomodó las caderas hasta que su sexo quedó pegado contra el mío, y empezó a moverse en círculos lentos. Yo le rodeé la cintura con las piernas y la dejé hacer. Era una sensación distinta a todo lo anterior, más suave, más íntima. Como si las dos estuviéramos confirmando, sin palabras, que esto había pasado y que iba a volver a pasar.

—Esto no se lo contás a nadie —me dijo al oído, aunque no hacía falta.

—Ni vos —contesté.

Se rio bajito contra mi cuello. Siguió moviéndose hasta que las dos volvimos a temblar, esta vez juntas, agarradas la una a la otra como si nos estuviéramos cayendo de algún lado.

Después se quedó dormida un rato. Yo me quedé despierta, mirando el techo, oyendo el ruido lejano de la cortadora de césped de papá en el fondo, y pensando que ahora íbamos a tener que aprender a convivir con todo esto. Con los almuerzos del domingo, con las cenas con los abuelos, con los novios que fueran a aparecer en el camino.

Iba a ser difícil mirarla a la cara como antes. Pero ya no quería mirarla como antes.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

Lupi_noche

increible como lo describiste, me tuvo en vilo desde el primer parrafo!!!

Cande_Mza

Por favor necesito una segunda parte, me quede con ganas de mas

inés27

Me recordo a algo que me paso hace años con una amiga, solo que yo si golpee la puerta jaja. Buen relato!

SilenteLektor

Como termino todo? Quiero saber si entro o se quedo ahi parada escuchando nomas

Mauri_Baires

La tension inicial esta muy bien lograda. Nada forzado, muy natural. Cinco estrellas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.