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Relatos Ardientes

Lo que mi madre le enseñó a mi esposa esa noche

Marisol llevaba años viuda y nunca había dejado que eso se le notara en el cuerpo. Tenía el pelo corto, a la altura del cuello, y una manía casi religiosa por el orden y las buenas costumbres. Lo demás era pura naturaleza: pechos grandes, caderas amplias y un trasero que parecía no caber en ninguna prenda que se pusiera. Desde que su hijo Adrián se había casado, los tres compartían la misma casa, y la convivencia tenía sus tensiones. Esa noche descubriría una que jamás había imaginado.

Arriba, en el cuarto, las cosas no iban bien.

—Así, mi amor, agáchate un poco más —pedía Adrián, intentando guiar a su esposa.

—¿Así está bien? —respondía Camila, con la voz tímida de quien apenas empieza.

—Arquea la espalda, no se trata solo de bajar. Tienes que arquearla.

—Es que ya no puedo más, en serio.

Adrián resopló. Llevaban semanas de casados y todavía no había logrado hacerle el amor como quería ni una sola vez. Camila era hermosa, tenía un cuerpo que volvía locos a los hombres en la calle, pero en la cama se trababa, se acalambraba, no entendía las posturas.

—A ver, voltéate boca arriba y sostén las piernas a la altura de las rodillas —probó él.

—¡No alcanzo! Me acalambro.

—Increíble. —Adrián se levantó de golpe y empezó a vestirse, derrotado—. Lo intentamos después. Voy abajo a ver la tele.

Camila se quedó sentada en la cama, frustrada, sintiéndose torpe. Él bajó las escaleras de mal humor y se dejó caer en el sofá de la sala, a oscuras, con la única luz de la pantalla iluminándole la cara.

***

Cambió de canal varias veces hasta dar con una serie de videos de una mujer haciendo ejercicios de glúteos. La cámara la seguía mientras se ponía en cuatro, mientras subía y bajaba esas nalgas perfectas frente al espejo del gimnasio. Adrián se quedó mirando, pensando en lo absurdo de la situación: tenía una esposa preciosa y se moría de ganas sin poder hacer nada.

Total, nadie me ve.

Se bajó el pantalón de la pijama y empezó a tocarse, despacio, con los ojos clavados en aquellas caderas que se movían en la pantalla. Estaba tan concentrado que no escuchó los pasos en la escalera.

—¡Ay, hijo! ¿Qué demonios estás haciendo?

La voz lo atravesó como un balde de agua fría. Giró la cabeza y, al pie de la escalera, en una bata ligera y semitransparente, estaba su madre.

—¡Mamá! ¿Por qué no avisas que bajas? —Adrián intentaba taparse, pero la tenía tan dura que el resorte del pantalón no cedía.

—Estás loco, guárdate eso —dijo Marisol, dándose la vuelta hacia la pared—. Bajé por agua, escuché ruido. Jamás pensé que tú…

—¡No baja, mamá! —se desesperaba él, tirando del elástico sin éxito.

—¿Sigues en eso? —Ella espió de reojo y lo vio forcejear con su propia entrepierna—. Niño grosero. Respeta la casa, y respétame a mí, que soy tu madre.

Marisol se acercó dispuesta a regañarlo de cerca, pero cuando estuvo a un paso del sofá, la frase se le quedó a medias.

—Deja de estar de pervert… ¡Madre santa!

Se había topado de frente con el miembro de su hijo. Se quedó muda un instante, mirándolo más de lo que cualquier madre debería.

—Perdón, en serio, perdón —balbuceaba Adrián—. Pero no baja y el resorte está muy ajustado.

—Esas cosas se hacen en el baño, no en mitad de la sala. —Marisol miró la pantalla, donde la mujer seguía en cuatro—. Ya veo por qué estás así. Esa muchachita tiene buen cuerpo.

—Me avergüenzas, mamá.

—¿Y a ti no te da vergüenza tocarte en la sala? —Para sorpresa de él, ella se sentó a su lado en el sofá.

—¿Qué haces? —Adrián se tensó, sin saber dónde meterse.

—Por favor, hijo. ¿Nunca tuviste a una mujer al lado mientras te tocabas?

—Sí, pero no era mi madre.

—Yo te limpiaba de chiquito. —Se acomodó la bata y bebió de una botella de agua que había en la mesa—. Aunque ya veo que creciste. Así no te va a entrar nunca en el pantalón.

Hubo un silencio largo, denso, roto solo por el sonido lejano de la pantalla.

***

—¿Tu mujercita no te atiende o qué? —preguntó Marisol, sin apartar la vista—. Porque eso no baja.

—Hemos tenido problemas. Le cuestan las posiciones, no sabe, y yo me desespero.

—La tienes como roca, hijo. Hasta más gruesa la veo. —Lo dijo con una media sonrisa que Adrián no supo interpretar.

—Tus comentarios no ayudan a que baje.

—Ah, ¿o sea que te prende que tu mamá te diga cosas?

—Mamá, cuando uno está caliente deja de razonar. No lo hagas más difícil.

—Pues quizás yo pueda hacértelo más fácil. —Ella miró su entrepierna, que dio un brinco al escucharla—. ¿Ves? A tu amigo le gustó lo que dije.

Adrián tragó saliva. Sabía que aquello estaba mal, que debía levantarse y subir, pero la voz de su madre y la curva de sus muslos bajo la bata lo tenían clavado al sofá.

—Cuéntame —siguió ella—. ¿Qué problema hay con ella?

—No arquea la espalda, no se relaja, se acalambra. Y la tengo tan grande que a veces ni le entra.

—A ver. —Marisol volvió a mirar—. La verdad, hijo, igual y ni a mí me entraba. Está demasiado gruesa.

—¡Mamá!

—¿Te molesta que nos tengamos confianza?

—Al contrario. Me gusta. Y me la pones peor.

—Vaya. Tengo un hijo al que le encanta que su madre le hable así. —Bebió otro sorbo—. Anda, acaríciate. Lo necesitas. Yo me quedo aquí.

***

Adrián empezó de nuevo el vaivén, esta vez sin esconderse. Su madre lo observaba con una mezcla de fascinación y orgullo que él jamás le había visto.

—Te cuesta sostenerla, ¿verdad? —comentó ella.

—Siempre termino usando las dos manos.

—¿De dónde sacaste semejante cosa, mi niño? —Su voz se había puesto más grave, más caliente.

—No hables así, mamá, que me dan ganas de terminar.

—Pues mejor. Lo necesitas. ¿No quieres que mami te vea acabar?

—Dios… —A Adrián se le escapó un gemido—. Tu ropa tampoco ayuda.

—¿Quieres más estímulo? —Marisol se puso de pie frente a él, los dedos en el lazo de la bata—. ¿Quieres verme sin esto?

—Quítatela tú.

Y entonces, desde la oscuridad de la escalera, una tercera voz los congeló.

—¿Qué hacen aquí?

Era Camila. Bajó descalza, frotándose los ojos, y se detuvo al ver a su marido con el miembro al aire y a su suegra de pie frente a él.

—Ven, hija, siéntate con nosotros —dijo Marisol con una calma desconcertante.

—Por Dios, Adrián, ¿te estás tocando delante de tu mamá? —Camila no sabía si reír o salir corriendo.

—No te preocupes, hermosa —intervino la suegra—. Es normal. Los hombres necesitan desahogarse, todos lo hacen. Sería injusto regañarlo. —Hizo una pausa—. Además, así puedo ayudarlos con su problemita.

—¿Ya le contó que soy un desastre en la cama? —preguntó Camila, bajando la mirada.

—No eres un desastre, princesa. Estás aprendiendo. Pero tu suegra te puede enseñar.

—¿De verdad? ¿Cómo?

Marisol se acercó a ella y le acomodó un mechón detrás de la oreja, con dulzura.

—Voy a enseñarte a usar ese cuerpazo que tienes. Empecemos por lo básico. Déjame ver cómo le haces sexo oral.

—¿Aquí? ¿Delante de usted? —Camila miró a su esposo, y él, lejos de negarse, asintió despacio.

—Soy una mujer sola, hija —dijo Marisol, casi en un susurro—. Desde que murió el padre de Adrián no he vuelto a estar con nadie. Verlos a ustedes, recién casados, con tantas ganas… me despertó algo que creía dormido. Y no soy de piedra. Yo también tengo necesidades.

Camila la miró largamente. Algo en la honestidad de aquella mujer la desarmó.

—Entonces enséñeme —dijo al fin—. Quiero ser la mejor esposa para su hijo.

***

—Lo serás. Ven, híncate entre sus piernas. —Marisol la guió hasta el suelo, frente a Adrián—. Lo primero: cuando estés con él, eres suya. Déjate llevar, déjate manejar.

Le quitó una liga del cabello y se la dio.

—Recógete el pelo. Así él puede tomarte de ahí cuando quiera.

Camila se hizo una cola de caballo y se inclinó sobre el miembro de su marido. Intentó metérselo, pero apenas pasaba la punta se le atoraba.

—No puedo, suegra. No me cabe.

—Sí te cabe. Lo haces mal. Para una verga así de gruesa tienes que inclinar la cabeza hacia el lado contrario de donde apunta. —Camila lo intentó otra vez y se rindió—. A ver, quítate. Mira.

—¡Mamá! —protestó Adrián.

—¿Quieres que tu mujer aprenda o no? Esto queda entre nosotros. ¿Verdad, Camila?

La muchacha solo asintió con la cabeza.

—Además —añadió Marisol, ya hincándose en el lugar de su nuera—, ¿de dónde quieres que saque tu mamá una verga a esta edad? Préstame la tuya un momento.

Adrián la miró, incrédulo, pero su cuerpo ya había decidido por él. Marisol se inclinó, ladeó la cabeza con la práctica de toda una vida y se lo tragó entero, hasta que sus labios tocaron la base.

—Dios mío, mamá… —jadeó él, echando la cabeza atrás.

—¿Cómo hace eso, señora? —preguntó Camila, fascinada, acercándose para mirar de cerca.

Marisol le hizo una seña con el dedo para que se arrimara más, sin sacársela de la boca. Sonrió con los ojos, marcándole con la mirada el ángulo exacto, el modo en que su garganta cedía. Luego empezó a subir y bajar la cabeza con un ritmo lento y profundo.

—Para, mamá, que me sacas todo —gimió Adrián.

Ella se lo sacó, con los ojos húmedos y un hilo de saliva colgando, y se volvió hacia su nuera.

—¿Viste, hija? Tienes que adaptar tu boca a la forma que tiene. La de él se inclina a la izquierda, entonces tú metes la cabeza hacia el lado opuesto, y entra sola, como si tu boca fuera un molde.

—Quiero verlo otra vez —pidió Camila, ya sin rastro de pudor.

Marisol volvió a comérselo, esta vez con ganas, y Adrián tuvo que clavar los dedos en el sofá. Cuando ella le tomó la mano y se la llevó a la cabeza, dándole permiso para guiarla, él entendió que aquello había dejado de ser una lección.

—Eres una diosa, mamá —jadeó.

—No le hables así —dijo Camila, riendo nerviosa.

—Déjalo, mi amor —contestó Marisol, sacándosela un segundo—. En este momento es su instinto. Tú concéntrate en darle placer a tu hombre y deja que te diga lo que quiera. A ver, ahora inténtalo tú.

***

Camila volvió a su lugar y, esta vez, con la cabeza ladeada como le habían enseñado, lo logró. Se lo metió entero por primera vez.

—¡Eso, mi vida! ¿Ves cómo ahora sí te cupo? —celebró la suegra, orgullosa, llevándole la mano de Adrián hasta la cola de caballo—. Ahora contrólala tú, hijo.

Él la guió quizás demasiado rápido, y Camila se atragantó y empezó a toser.

—¡Cuidado, bruto! Apenas está aprendiendo —lo regañó Marisol, acariciándole la espalda a su nuera—. Tranquila, cielo. Truco para la próxima: pon la mano en la base de la verga. Por más que empujen, no te tocan la garganta.

—Gracias por el dato —dijo Camila, recuperando el aliento, y por primera vez sonrió de verdad.

—Suegra, ¿le podría enseñar a ponerse en cuatro? Le cuesta mucho.

—A ver, niños calientes. —Marisol se puso a gatas sobre la alfombra—. Camila, hija, ponte a mi lado y sígueme. Lo primero es arquear la espalda. Así.

—No me sale.

—Ya sé qué pasa: no abras tanto las piernas, eso es nivel avanzado. Junta las rodillas y arquea.

Camila cerró las piernas, hundió el vientre, levantó las caderas, y por fin lo consiguió.

—¡Ya está! —dijo, encantada.

—Perfecta. Y ahora apoya los antebrazos al frente, carga ahí tu peso, sin dejar de arquear. Saca el trasero. —Marisol la corregía con manos firmes—. Listo. Así cualquiera te disfruta y tú también vas a gozar. Ahora sí, hijo. Métesela.

Adrián se colocó detrás de su esposa y la penetró de una sola embestida. El cuerpo de Camila tembló entero.

—Dios mío, suegra… —gimió ella, agarrándose a la alfombra.

—¿Les gusta? —preguntó Marisol, sentada al lado, mirando cómo las caderas de su hijo chocaban contra las nalgas de su nuera.

—Por fin —jadeó Adrián—. Por fin disfruto de mi mujer.

—Cruza los tobillos, cielo —le indicó la suegra a Camila, y se los cruzó ella misma—. Así aprieta más.

—¡Está mucho más apretada, mamá! —exclamó él, perdiendo el ritmo de pura excitación.

—De nada —respondió Marisol con una sonrisa.

***

—Suegra, enséñeme a cabalgarlo —pidió Camila, jadeando.

Adrián se sentó en el sofá y su esposa intentó montarse, pero lo hizo de golpe, recta, y él soltó un quejido de dolor.

—Ya vi el error —dijo Marisol, levantándose—. Párate, cielo. Mírame a mí. Cuando te sientes, no lo hagas con la espalda recta; inclínate hacia adelante y vela metiendo despacio. Es mucho más fácil.

—Mamá… ¿en serio? —murmuró Adrián, viéndola deslizarse la ropa interior hacia abajo.

—¿No quieres entrar por donde naciste? —dijo ella, mirándolo a los ojos—. ¿No te molesta, Camila?

—Para nada, suegra. Si alguien merece disfrutarlo, es usted. Llevo toda la noche aprendiendo de la mejor.

Marisol se inclinó, se acomodó sobre el miembro de su hijo y, tal como acababa de explicar, lo fue metiendo poco a poco, inclinada hacia adelante, hasta sentarse del todo. Soltó un gemido largo, de mujer que llevaba demasiado tiempo esperando.

—Mami hermosa… —Adrián la sujetó por las caderas.

—¿Te gustan las nalgas de tu madre, cielo? —Empezó a moverse, lenta primero, luego con fuerza.

—Me encantan —jadeó él.

Camila se acercó, hincada al lado, sin perder detalle.

—Mira bien, hija —le dijo Marisol entre sentón y sentón—. Cuando quieras que tu hombre acabe dentro, enderezas la espalda, recta, te llevas las manos al cabello, y le hablas. Así.

Se irguió, perfecta, las manos en la nuca, y empezó a apretar mientras subía y bajaba cada vez más rápido.

—Aprietas muchísimo más así, mamá —gimió Adrián, sin aire.

—Disfruta de las nalgas de tu madre, que para eso las tiene. —La voz de Marisol se quebraba de placer—. Córrete, mi amor. Lléname.

—¡Mamá, me voy a correr!

—Hazlo, mi cielo. Córrete por donde naciste, aquí, delante de tu esposa.

Los sentones se volvieron violentos, descontrolados. Camila los miraba, mordiéndose el labio, tan excitada como ellos. Adrián clavó los dedos en aquellas caderas anchas, se arqueó, y se vació dentro de su madre con un gemido ronco que pareció no terminar nunca. Marisol no dejó de moverse, ordeñándolo hasta la última gota, hasta que él se desplomó contra el respaldo.

Quedaron los tres en silencio, agitados, en la penumbra de la sala. Y Marisol, todavía sentada sobre su hijo, miró a su nuera con una sonrisa cómplice.

—Lección uno —dijo, recuperando el aliento—. Mañana seguimos con la dos.

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Comentarios (6)

Maxi_Cba

tremendo!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

FlordelNorte

Que situacion mas intensa, me tuvo en tension de principio a fin. Ojala haya segunda parte

CoronaOscar

Muy bien narrado, se nota que hay talento. El giro no me lo esperaba para nada, bravo

Pato77

Genial! esta categoria siempre me sorprende y este relato no fue la excepcion

LucasViajero

Se me hizo cortisimo jaja, quede con ganas de mas. Muy bueno todo!

ValeriaMQ

Me encanto como esta contado, tiene algo que lo hace sentir muy real. Sigue subiendo por favor

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