Lo que descubrí cuando mi abuela vino a vivir a casa
Me llamo Marcos y tengo veintitrés años. Lo que voy a contar todavía me cuesta creerlo, aunque lo viví en mi propia piel durante un invierno que se hizo eterno entre las cuatro paredes de mi casa.
Soy hijo único. Vivo con mis padres, Esteban, de cincuenta años, y Lorena, de cuarenta y tres. Mi padre es un traumatólogo conocido en la ciudad y mi madre trabaja como enfermera en el mismo hospital. Los dos siempre me inculcaron el gusto por el deporte y por cuidar el cuerpo, y mi madre, a sus años, seguía siendo una mujer hermosa, de las que hacen girar la cabeza por la calle.
Aquel año fue duro para muchas familias, y la mía no fue la excepción. Mi abuelo enfermó de gravedad y, pese a todos los esfuerzos en el hospital donde trabajaban mis padres, no logró salir adelante. La casa quedó en un silencio extraño durante semanas.
Mi madre no quiso que su madre se quedara sola con aquel duelo a cuestas y le propuso que viniera a vivir con nosotros, al menos hasta que las cosas mejoraran. Elena aceptó. Acababa de cumplir sesenta y dos años y, después de lo ocurrido, decidió jubilarse antes de tiempo.
Siempre tuve una complicidad especial con ella. Conviviendo día tras día, esa cercanía se hizo todavía más fuerte. Yo cursaba el segundo año de Medicina y soñaba con seguir los pasos de mi padre, así que pasábamos las mañanas juntos en casa mientras mis padres se dejaban la piel en el hospital.
—Abuela, ¿me dejarías ir a tu casa de vez en cuando? —le pregunté una mañana.
—Claro que sí, hijo. Ya imagino para qué —respondió con una media sonrisa—. Solo te pido que la dejes en condiciones cuando te vayas.
Ella iba una vez por semana a limpiar su piso, porque pensaba volver en cuanto todo aquello terminara.
—Gracias, abuela, eres un sol —le dije, y le di un beso en la mejilla.
—Zalamero. Ya me imagino la cantidad de chicas que te llevarás allí, granuja —se rio.
—Bueno, en la facultad he conocido a un par y tengo algo con ellas.
—¿Dos? ¡Serás sinvergüenza! —exclamó fingiendo escándalo.
—La verdad es que no sé por cuál decidirme. Me gustaría disfrutarlas con calma antes de elegir.
—Ve con cuidado. Las mujeres somos más listas de lo que creéis. No nos subestiméis nunca.
Tenía toda la razón, aunque no sabía que mis dos candidatas tenían perfiles muy distintos: una era compañera de clase y la otra, mi profesora de Biología.
***
Los días con Elena en casa eran un lujo. Me preparaba comidas increíbles, tenía la ropa siempre lista y me colmaba de atenciones. A mis padres apenas los veía por la noche, llegando agotados, y siempre encontraban la cena servida.
Cada jornada que pasaba había más confianza entre nosotros. Yo no me cortaba un pelo y andaba por casa en calzoncillos casi todo el tiempo, incluso para estudiar, porque la calefacción estaba siempre a tope y me sofocaba el calor.
Ella, en cambio, iba siempre perfectamente vestida. Tenía una elegancia que no había visto en nadie, femenina y coqueta a la vez. Era una calcomanía de mi madre, y reconozco que empezó a calentarme más de lo que debía.
Comencé a buscar a propósito situaciones que la incomodaran. Salía de la ducha sin nada encima, como por descuido, para que me viera si quería. Al principio disimulaba, se giraba y me echaba la bronca, pero cada día aguantaba un poco más la mirada.
—Oye, Marcos, ¿podrías taparte un poco, no te parece? —me dijo una tarde.
—Abuela, en esta casa hace un calor de mil demonios. No sé cómo vas siempre tan abrigada.
—A ver, niño, que tengo sesenta y dos años, mocoso.
—Estás buenísima, abuela. Sabes que no los aparentas, y debajo de esos vestidos tan elegantes intuyo un cuerpo de infarto —le solté, riéndome.
—Gracias por tus palabras —contestó ella, algo ruborizada—. Soy anticuada, lo sé. He sido mujer de un solo hombre toda mi vida. Tu abuelo me hizo muy feliz.
—Pues para ser de un solo hombre, sabes mucho tú —bromeé.
—Tu abuelo era un mujeriego, mi niño, y lo pillé muchas veces hasta que al final aprendió.
—¿Y tú lo aceptabas?
—Lo quería mucho y él a mí. Solo que de vez en cuando no se aguantaba y se daba algún capricho.
—Joder, abuela, eso me cabrea. Tenías todo el derecho de hacer lo mismo.
—Siempre he sido muy tímida con los hombres, Marcos —dijo bajando la voz.
—Déjame ver tu cuerpo —me atreví, y noté cómo se me marcaba la erección bajo la tela.
—Ni loco, mocoso —respondió, pero no se movió.
***
Esa misma tarde, casi jugando, me acerqué a ella y le levanté un poco la falda.
—Estate quieto, por favor —murmuró sin demasiada convicción.
—Anda, qué muslos más bonitos —dije, deslizando la mano hacia arriba.
—No, no lo hagas, Marcos.
Me acerqué más, hasta que mi cuerpo quedó pegado al suyo. Al principio intentaba separarse, pero la fui acorralando hasta que junté mi boca con la suya.
La besé despacio, con ternura. Sus labios se entreabrieron, cada vez con menos resistencia. Tenía la respiración agitada y la cara encendida de vergüenza, pero al final dejó de luchar y nos besamos con una pasión que no esperaba.
Mi lengua recorrió el interior de su boca y, por fin, ella me ofreció la suya. Le agarré las nalgas por debajo del vestido y sentí cómo el calor entre sus piernas crecía contra mí.
Sus bragas estaban húmedas, una señal clara de que lo estaba disfrutando tanto como yo. La llevé a mi habitación, que era la más cercana, y allí la tuve a mi merced.
La desnudé con calma y me bajé el calzoncillo. Mi erección estaba firme como una piedra, y ella la agarró con fuerza. Empezó a chuparla con ganas mientras mis dedos buscaban entre sus piernas.
—Te voy a follar como nadie te lo ha hecho, abuela —le dije al oído.
—Hazlo, Marcos, no aguanto más. Me tienes muy caliente.
La penetré con ganas, perdiendo la cabeza. Ella gemía sin parar, repitiendo mi nombre, arqueando la espalda contra el colchón. Cuando ya no pude más, me vacié dentro de ella y mis embestidas fueron menguando poco a poco.
Después, ella bajó la cabeza y limpió con la lengua cada rastro que había quedado.
—Abuela, creo que voy a cancelar mis planes de esta tarde —le dije, riéndome.
Se subió encima de mí, preciosa, despeinada, y me besó.
—Eres un sinvergüenza, ¿lo sabes? —dijo—. Esto no debía pasar, pero reconozco que necesitaba sexo. Lo que no imaginé es que fuera contigo.
—¿Con quién, entonces?
—Con tu padre. También me pone mucho.
Me quedé helado.
—¿Y él lo sabe?
—Sí, hijo. Fue tu madre la que lo propuso. Yo todavía estaba decidiéndome.
—No entiendo nada.
—Tu madre y yo tenemos una relación especial desde hace mucho tiempo —confesó—. Cuando tu abuelo tuvo problemas de salud hace unos años, quedó impotente. Tu madre lo trató, lo sabía todo. Desde entonces nos unimos cada vez más, hasta que llegamos a intimar. Por mi desesperación, se lo conté.
—¿Mi madre y tú...?
—Tu padre siempre me ha deseado, y a mí me gusta. Con todo lo que estaba pasando, lo habíamos pospuesto, nada más.
Mi cara debía ser un poema. No entendía cómo había sido tan ingenuo de no ver nada.
—Te veo muy sorprendido —dijo—. Quizá no debí contártelo.
—No, al contrario, abuela. Me has puesto todavía más cachondo.
***
Volvimos a hacerlo, esa vez con más calma. Lamí cada rincón de su cuerpo y ella el mío. Cancelé definitivamente cualquier otro plan y pasé una tarde de sexo que jamás olvidaré.
—Déjame confesarte algo, abuela —dije con la cabeza apoyada en su pecho.
—Dime, mi niño.
—No sabes la de veces que he fantaseado con mamá. Me he masturbado pensando en ella muchísimas veces.
—Es normal —se rio—. Tu madre está buenísima, y te aseguro que es muy buena amante.
—¿Y tú crees que...?
—No sigas. Sé lo que quieres, y sé cómo conseguirlo.
—Abuela, eres la mejor. Te quiero mucho —le dije, y la besé otra vez.
—Vamos a la ducha, zalamero. Tú también me has hecho muy feliz. Necesitaba una buena polla, y la tienes, hijo.
En la ducha nos enjabonamos despacio, besándonos bajo el agua caliente. Cuando ya estábamos encendidos otra vez, la giré contra los azulejos y la tomé por detrás. Ella se acariciaba mientras yo la embestía, sus pechos balanceándose con cada movimiento.
—Sí, sí, así, Marcos —jadeaba.
Las piernas le flaquearon cuando llegó al orgasmo. La sujeté con fuerza, di una última embestida y me dejé ir dentro de ella, pegando mi cuerpo a su espalda y buscando su boca por encima del hombro.
Fue una maratón brutal. Me corrí varias veces en apenas tres horas. Después nos vestimos y esperamos a mis padres como cualquier otro día, como si nada hubiera pasado.
***
Mientras esperábamos, Elena me explicó el plan.
—El sábado por la mañana tu padre aprovecha para jugar al tenis —dijo—. Ese es nuestro momento, justo cuando tú también sales a hacer deporte con tus amigos.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Llegar antes de lo previsto. Nos encontrarás a las dos en la cama, y debes hacer como que te sorprendes.
Faltaban dos días. Seguimos como si nada, todo según lo planeado. En esas cuarenta y ocho horas no quedé con ninguna de mis chicas: solo con la abuela, que a partir de entonces se paseaba en ropa interior por toda la casa y a la que tomaba en cada rincón.
Llegó el día. Mi padre salió temprano, yo también. Volví a casa sin hacer ruido, me duché en silencio y salí con una toalla anudada a la cintura.
Pero las sorpresas nunca vienen solas. Resulta que mi madre había trazado exactamente el mismo plan con mi padre. Él llegó después de mí y también se duchó antes de entrar a sorprenderlas.
Son madre e hija, y al final piensan igual. Sin saberlo ni mi padre ni yo, nos encontramos los dos en el pasillo, con la toalla atada de la misma forma.
Nos miramos sin entender, pero entendiéndolo todo.
Abrimos la puerta del dormitorio a la vez. La cara de ellas era un cuadro de sorpresa, y nosotros dos plantados en el umbral sin saber qué hacer. Entonces las dos se miraron y empezaron a reír sin poder parar. Mi padre y yo cruzamos una mirada de complicidad y les seguimos el juego.
Me acerqué al borde de la cama, cogí del brazo a mi madre y me la llevé a mi cuarto, dejando a Elena y a mi padre solos.
—Hijo, no me lo puedo creer —dijo ella, desnuda, siguiéndome—. ¿Tú desde cuándo...?
—Mamá, te deseo con locura. El destino ha querido que mi fantasía se haga realidad.
—No me digas que tú y la abuela tenéis algo.
—Sí, mamá. Es una mujer fascinante en todos los sentidos.
—Lo sé, hijo. Me alegro por ella —sonrió—. Y te diré una cosa: tú también eres una de mis fantasías, y tu padre lo sabe. Hemos imaginado muchas veces un trío contigo.
—Quiero que disfrutes y te olvides del trabajo, mamá.
La besé con pasión, la tumbé sobre la cama y empecé a recorrerla con la lengua. Estaba tan excitada que llegó al orgasmo casi al instante, temblando bajo mis manos.
Sin pausa, me coloqué sobre ella y la penetré de golpe. Mis embestidas eran descontroladas, no podía razonar ni calmarme. Le acariciaba los pechos mientras me dejaba caer sobre su cuerpo, buscando su boca una y otra vez.
—Déjame tu leche, hijo —jadeaba contra mis labios.
Me dejé ir dentro de ella como un animal. Cuando salí, mi madre se lanzó a limpiar cada rastro con la lengua, como poseída.
—Tu madre es muy puta, hijo —dijo entre risas—. Y tenemos un sexo maravilloso con tu padre y con tu abuela.
—Joder, mamá, cómo me ponen tus palabras.
—Pues ahora seremos cuatro —respondió—. Vamos a pasar una temporada en familia de lo más increíble.
***
Así empezó todo. A partir de aquel día dormía casi siempre con la abuela y, de vez en cuando, con mi madre. Aquellos meses encerrados, que pintaban como los más tristes de nuestras vidas, terminaron siendo cualquier cosa menos aburridos. Y todavía hoy, cuando miro a mi familia, sé que nuestro secreto seguirá guardado entre estas cuatro paredes.