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Relatos Ardientes

Mi medio hermano se fue y yo no puedo olvidarlo

Tengo veintidós años y desde hace unos meses cargo con algo que no me deja en paz. No sé si llamarlo obsesión, fantasía o pecado, pero el peso es el mismo. Empezó de a poco, como casi todo lo que termina rompiéndote por dentro, y ahora ya no sé cómo frenarlo.

Mi medio hermano se llama Adrián. Tiene treinta y ocho años, vive en Lisboa con su hijo y su exmujer, y compartimos padre pero no madre. Yo me crié con mi mamá en otra ciudad; él se quedó con mi papá. Nos vemos poco, hablamos por mensajes, y cada vez que aparece en mi vida me devuelve esa mezcla de ternura y descontrol que ya conozco demasiado bien.

Adrián es uno de esos hombres que no se da cuenta de lo que provoca. Tez blanca, casi pálida, alto, cabello castaño que se le riza cuando lo deja crecer. Tiene los labios gruesos, una boca que parece dibujada con paciencia, y unos ojos serios que rara vez se ríen del todo. No va al gimnasio, pero su cuerpo está armado de manera natural: hombros anchos, piernas largas, un pecho firme con apenas unos vellos finitos al centro que bajan en una línea oscura hasta perderse debajo del pantalón. Cuando se pone nervioso —pocas veces, pero pasa— se le suben los colores hasta las orejas, y eso, no sé por qué, me derrite.

Es de pocas palabras. Las mujeres que lo conocen se vuelven tontas al lado suyo, lo he visto, y él se las saca de encima con paciencia. Ha tenido novias, alguna pareja larga, varias relaciones de paso. Yo lo escucho contar sus cosas con un nudo apretado en la garganta.

Lo más cerca que estuve de su cuerpo fue una tarde de calor, hace dos veranos, cuando lo vi salir del baño con un bóxer negro y nada más. Me quedé clavado en la puerta de la cocina con un vaso en la mano. La tela mojada se le pegaba al bulto, marcándole todo: la forma gruesa de la polla caída hacia un lado, el peso de los huevos abultando debajo. Él me miró, sonrió de costado, y siguió de largo. Yo me tomé el agua de un trago para que no me temblara la voz al saludarlo.

Esa imagen no se me borró nunca. Volvió a mí en sueños, en duchas, en momentos en los que no debería pensar en mi medio hermano. Aprendí a vivir con la culpa como quien aprende a dormir con un ruido constante: nunca te deja, pero te acostumbras.

***

Hace tres meses se fue a vivir afuera. Trabajo nuevo, vida nueva, un departamento en un barrio que vi por Google Maps más veces de las que admito. Al principio dejamos de hablar tanto. Me dije que mejor, que la distancia me iba a curar, que iba a poder mirar a otros hombres sin compararlos con él.

No pasó.

Hace unos días le escribí. Algo corto, una boludez: «¿cómo andás? ¿Qué hacés?». Estaba preocupado, en serio, porque la última vez que habíamos hablado lo había escuchado raro. Adrián me contestó al rato con fotos. Tres fotos. Él en la playa, sin camisa, con un poco de barba, el pelo desordenado por el viento, una cerveza en la mano y esa sonrisa medio dormida de quien ya tomó de más.

Me quedé mirando esas fotos hasta que me ardieron los ojos. Sentí un cosquilleo que me arrancó del estómago y me bajó por las piernas, hasta que noté que la polla ya se me estaba parando dentro del pantalón. Mi medio hermano, ese hombre serio que de chico me cargaba en hombros para que viera los desfiles, ahora me mandaba imágenes así, sin saber lo que me estaba haciendo.

Las guardé en una carpeta sin nombre. Es ridículo. Es enfermo. Lo sé. Pero las miré toda la tarde, con la mano metida adentro del calzoncillo, tocándome despacio, la punta ya mojada de líquido, mientras me imaginaba lamiéndole el pecho salado por el mar y bajando hasta arrancarle el traje de baño con los dientes.

***

Las fantasías empezaron mucho antes que las fotos. Siempre estuvieron ahí, agazapadas, esperando una excusa.

La más vívida la armé un domingo, volviendo del cumpleaños de Tobías, su hijo. Adrián me había llevado en su auto. Yo iba de copiloto, con la ventana baja, fingiendo mirar el camino mientras de reojo le miraba las manos en el volante. Tiene manos grandes, dedos largos, un anillo de plata en el meñique izquierdo.

En mi cabeza, mientras me hablaba de no sé qué problema del trabajo, yo lo imaginaba parando el auto en una calle oscura, sin decirme nada, solo mirándome. Lo imaginaba acomodándome la mano en la nuca, empujándome despacio hasta su entrepierna, y a mí abriéndole el cinturón sin pedir permiso. Le desabrochaba el jean, le bajaba el cierre, y le sacaba la polla de adentro del bóxer con las dos manos: gruesa, blanca, con las venas marcadas y la cabeza rosada asomando del prepucio. Ya estaba dura, palpitándole en la palma, un hilito de líquido preseminal brillándole en la punta.

La lamía primero desde la base, subiendo despacio por la vena gruesa del costado, hasta llegar a la punta y meterme el glande entero en la boca. Lo saboreaba, salado y espeso, y él soltaba el primer quejido: un gruñido bajo, ronco, casi involuntario, apretando el volante con las dos manos. Me la metía hasta el fondo, sintiendo cómo me golpeaba la garganta, y él me agarraba del pelo, no para forzarme, sino para guiarme, marcándome el ritmo, subiendo y bajando la cabeza sobre su verga mientras el auto seguía apagado y la calle vacía.

—Así, hermanito, así, no pares —lo imaginaba diciéndome, con esa voz grave rota por la respiración—. Chupámela toda, mierda, chupámela bien.

Le mamaba los huevos, uno y después el otro, se los metía en la boca despacio mientras le meneaba la polla con la mano, sintiéndola cada vez más dura, más caliente, más venosa. Volvía a subir, me la tragaba entera, tosía, se me caía la saliva por el mentón hasta empaparle los pelos oscuros de la ingle. Él se le iba la cabeza para atrás, contra el reposacabezas, con los ojos cerrados y la boca abierta. Le sentía el abdomen tensarse, los muslos temblarle, hasta que me agarraba fuerte de la nuca y me clavaba la boca en la base.

—Me vengo, me vengo en tu boca, tragátela toda.

Y me llenaba la garganta de semen espeso, caliente, chorros gruesos que casi me hacían atorar, y yo tragaba todo, cada gota, chupándole la punta después para sacarle hasta el último resto.

—¿Me estás escuchando? —me preguntó en algún momento, la voz real de Adrián devolviéndome al auto y al día.

—Sí, sí, te escucho —mentí, con la garganta seca y la polla dura contra la costura del jean.

Llegamos a mi casa. Me bajé, le di un abrazo rápido y entré sin mirar atrás. Esa noche me masturbé tres veces. Tres. Pensando en mi medio hermano y en una calle oscura que no existía.

***

Después vino la etapa del cuarto.

Cuando él venía de visita y se quedaba a dormir, yo esperaba a que se fuera a trabajar para entrar a la pieza donde dejaba sus cosas. No revolvía. No tocaba nada importante. Solo abría el placard y olía sus remeras usadas. La mayoría no olían a nada, apenas un rastro tibio de su desodorante, ese perfume amaderado que también usa para salir.

Una vez junté coraje y olí un bóxer. Estaba doblado encima de una mochila. Lo levanté con dos dedos, como quien levanta algo ajeno y prohibido, y me lo acerqué a la nariz. No olía a nada fuerte. Apenas un dejo de sudor seco, mínimo, casi imaginario, y en la parte de adelante un rastro amarillento tenue, ese olor íntimo de polla y huevos de hombre que llevaba horas ahí guardado. Y sin embargo, ese poquito me golpeó como un mazazo. Sentí calor en la cara, en las orejas, en el pecho, y la verga se me puso dura al instante, tan dura que dolía.

Me bajé el pantalón ahí mismo, arrodillado frente al placard. Me apreté el bóxer contra la nariz con una mano y me agarré la polla con la otra. Me la meneé rápido, con rabia, oliendo a mi medio hermano, imaginándomelo a él usando ese mismo bóxer, imaginándome arrancándoselo con los dientes, imaginándome lamiéndole el culo con la lengua metida entre los cachetes hasta hacerlo gemir. Acabé en tres minutos, un chorro grueso que me salpicó la mano y cayó sobre el piso de madera. Limpié todo con papel higiénico, dejé el bóxer doblado tal como estaba y salí de la pieza casi corriendo, con el corazón a mil.

Esa noche tampoco dormí bien.

Esto no se me va a pasar solo, pensé al amanecer. Y no quiero que se me pase.

***

La masturbación con sus fotos fue el escalón final. El que confirma que ya estoy del otro lado de algo.

Un sábado a la noche estaba viendo videos porno, los de siempre, los que me funcionan, y no me pasaba nada. Cero. Como si estuviera mirando un comercial. Cambié de página, cambié de categoría, probé con otra cosa, nada. Entonces una voz dentro de mí, esa voz que ya no se molesta en disimular, me dijo: «mirá fotos de él».

Abrí su Instagram. Pasé las fotos viejas. Lo encontré en una en la que estaba en un viaje a Cancún, sin remera, riéndose con unos amigos, con el agua hasta la cintura y el pelo mojado pegado a la frente. Se le marcaba el bulto del traje de baño mojado, y podía adivinar la línea de la polla caída sobre el muslo. Cerré los ojos. Los volví a abrir. Pasé a otra. Adrián en un cumpleaños, traje gris, camisa blanca abierta dos botones, esa sonrisa de medio lado que pone cuando alguien le saca una foto sin avisar.

Me solté el pantalón. Me bajé el calzoncillo hasta la mitad del muslo y me escupí en la mano para tener la palma bien resbalosa. Empecé a menearme la verga despacio, subiendo y bajando la piel del prepucio con el ritmo lento que a mí me gusta, mientras miraba una foto de él riéndose y me imaginaba esa boca envolviéndome la polla. Pensando en su voz diciéndome «bajá, hermanito, ponete en cuatro para mí», en su mano agarrándome la nuca, en estar yo boca abajo en su cama, con el culo levantado, y él escupiéndome entre los cachetes antes de meterme la lengua.

Me imaginé sintiéndolo mojarme el ojete con saliva, abriéndome despacio con la punta de la lengua primero, después con un dedo grueso, después con dos, mientras me susurraba al oído lo apretado que estaba, lo cerrado, lo virgen que era todo eso para él. Me imaginé pidiéndole que me la metiera, rogándole, y él acomodándome la cabeza de la polla en la entrada, presionando de a poco hasta romperme por dentro, hasta que se me escapara un grito ahogado contra la almohada.

—Aguantá, hermanito, aguantá —lo escuchaba decirme en la fantasía, mientras me clavaba las manos en la cintura y me la iba metiendo centímetro a centímetro, gruesa y caliente, hasta enterrármela entera—. Ya está, ya la tenés toda adentro.

Y después el ritmo, primero lento, después más fuerte, la cama golpeando contra la pared, sus huevos chocando contra mis cachetes, su cuerpo pesado encima del mío, el sudor de los dos mezclándose. Sentí como si flotara. Un cosquilleo en las piernas, en el estómago, en la espalda baja. Me solté la polla y me metí dos dedos escupidos en el culo mientras me la seguía meneando con la otra mano, imaginando que eran los suyos, imaginando que era él quien me estaba abriendo. Acabé con la boca tapada con el otro brazo, mordiendo la manga del buzo para no hacer ruido, aunque estaba solo en casa. El semen me saltó hasta el pecho, chorros gruesos, más de los normales, y quedé jadeando bocarriba con los dedos todavía metidos.

Después me quedé tirado en la cama un rato largo, mirando el techo, con el semen enfriándome en la piel. No sentí culpa enseguida. Eso es lo peor. La culpa vino más tarde, cuando ya me había duchado y me había acostado de nuevo. Y vino con una pregunta que todavía no sé contestar: ¿hasta dónde estoy dispuesto a llegar con esto?

***

Ahora, todas las noches, antes de dormir, lo pienso. No me lo propongo, simplemente pasa. Aparece su cara y atrás de su cara aparece su cuerpo, y atrás de su cuerpo aparece esa fantasía vieja del auto, o una nueva en la que él vuelve al país y me pide que vaya a buscarlo al aeropuerto y, en el viaje de regreso, sin decir nada, me apoya la mano en la pierna, sube despacio hasta la entrepierna, y me la aprieta por encima del pantalón hasta sentirme duro.

Ruego que me escriba. Cuando suena mi celular, me agarra una taquicardia ridícula. La mayoría de las veces no es él. Cuando es él, leo el mensaje cuatro o cinco veces antes de contestar, midiendo cada palabra, intentando no sonar demasiado pendiente.

Le pedí, hace una semana, que me mandara más fotos de Lisboa. Le dije que estaba pensando en viajar a verlo. Era mentira a medias: el viaje lo estoy pensando hace meses, pero no para conocer la ciudad. Me contestó con un emoji feliz y la promesa de armarme un itinerario. Me imaginé llegando al aeropuerto, abrazándolo después de tanto, sintiendo otra vez ese cuerpo que conozco de memoria por fuera y desconozco por completo por dentro. Me imaginé llegando a su departamento, dejando la valija en el pasillo, y a él arrinconándome contra la puerta, metiéndome la lengua en la boca, agarrándome el culo con las dos manos por encima del pantalón, restregándome la polla dura contra la mía hasta que los dos quedáramos jadeando sin poder hablar.

***

Sé que esto está mal. Sé que somos hermanos, aunque sea de un solo padre. Sé que él jamás me vería como yo lo veo a él, que si supiera lo que pienso me miraría con una vergüenza que me partiría en dos. Sé que tendría que ir a terapia, hablar con alguien, descargar esto antes de que me coma vivo.

Pero hay algo en mí que no quiere soltarlo. Algo que prefiere vivir con esta obsesión que renunciar a la única fantasía que de verdad me hace sentir vivo. Cuando me toco pensando en otro hombre, no es lo mismo. Cuando salgo con chicos de mi edad y los beso, los comparo con él sin querer. Y ninguno gana. Ninguno tiene esas manos, esa voz, esa polla que me imagino tantas veces que ya siento que la conozco.

Lo escribo acá porque necesito que alguien, en algún lugar, lea esto y me diga si le pasó algo parecido. Si alguien más cargó con un deseo así, prohibido y sin destino, hacia alguien de su sangre. Si supieron parar a tiempo o si terminaron cediendo, cogiendo con ese hermano, ese tío, ese primo que no se les iba de la cabeza. Si valió la pena o si fue el principio de algo mucho peor.

Mientras tanto, sigo guardando las fotos en una carpeta sin nombre, sigo oliendo el aire del cuarto cuando él se va, sigo meneándomela pensando en su boca y en su verga, y sigo soñando con un auto estacionado en una calle oscura donde mi medio hermano apaga el motor y me mira, por fin, como yo siempre quise que me mirara.

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Comentarios(8)

TobiasEros

Que buen relato, me atrapo desde el principio!!! Quiero saber como termina todo esto

NicoReads

Por favor continualo, quede con ganas de mas. Muy buen inicio

valentina_noc

Me llego mucho, tiene algo muy real. Se nota que esta escrito con sentimiento

Rosaura74

Muy bueno!

PabloRos22

La forma en que describe esa sensacion de no poder dejar de pensar en alguien... muy honesto. Me engancho de principio a fin

DiegoMed

Es real esto o es ficcion? Se siente demasiado verdadero para ser inventado jaja

CristobalPa

Excelente narracion, la tension esta muy bien manejada. Espero la segunda parte!

MarisolRdz

increible relato, me encanto de verdad!!!

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