Mi sobrino me arrinconó en la despensa esa mañana
Hace mucho que nada me pone así. Pasé los treinta y di por hecho que la libido se me había secado, que de ahora en adelante el sexo iba a ser una serie de citas con el colágeno y poco más. No sé si me tocó un sobrino con clases avanzadas de seducción o si soy yo, que vivo demasiado por la piel.
Tocó la puerta a media mañana. Abrí y me quedé tonta cuando me saludó. Lo primero que desayuné fue su colonia. Me perdí en ese olor, como si me hubieran arrancado la capacidad de hilar dos frases. Lo seguía a un metro de distancia, respirándolo. Yo ni siquiera me había metido a la ducha. Él llegó con camisa planchada y perfume reciente; yo, en pijama y con olor a sábana.
Corrí al baño. Mateo me gritó desde la cocina que me quedara como estaba, que olía más rico recién levantada. No supe si reírme o hundirme en la almohada. Igual me puse un pantalón de pijama subido hasta las costillas, tan alto que rozaba lo ridículo. Busqué algo para atarme el pelo y no encontré nada. Él insistía con el café. Al final agarré las bragas del día anterior, les hice un nudo y me até la melena con eso. No se dio cuenta en todo el desayuno.
Nos tiramos al sofá a ver una serie. Cada movimiento suyo me devolvía una bocanada de su colonia y yo ya estaba seducida sin haber hecho nada. Pensaba en pegar la nariz a su cuello hasta marearme. El clítoris empezó a latirme con una insistencia molesta. Me estiré a lo largo del sofá ocupando todo el espacio, sin dejarle otra opción que el contacto físico. Lo miraba como gritándole en silencio: échate encima, rompe esta tensión, bésame, arráncame el pijama y empótrame contra el brazo del sofá… o tómame los pies y masajéamelos, que sé que es tu vicio.
Eligió la segunda. Aun así, disfruté esos masajes eternos como si fueran otra cosa.
Su aroma me sacaba del cuadro. Ya no quería ver televisión, quería ahogar gemidos contra un cojín. Me perdía mirándolo: la camisa abierta, el cuello expuesto, las venas marcadas en el antebrazo. Quería desarmarlo nota por nota hasta entender qué llevaba esa colonia. Él tampoco miraba la pantalla. Estaba absorto en mis pies, oliéndolos con esa concentración suya de fetichista. Le moví los dedos hasta rozarle la punta de la nariz. Salió del trance avergonzado y nos dio la risa. Para tapar el momento me quitó los calcetines y empezó a olerlos en plan teatral. Yo pataleaba muerta de risa, pero sentía la respiración caliente recorriéndome los dedos y los labios húmedos en la planta.
Nos levantamos a hacer el almuerzo. En la cocina me mostró su habilidad con el cuchillo. Yo no veía el cuchillo. Veía los antebrazos al descubierto cuando se arremangó la camisa, y otra oleada de su perfume me sacudió por dentro. Me lancé por la espalda, le hundí la nariz en el cuello con el mismo deseo que él había puesto en mis pies. Le hacía preguntas cualquiera mientras le manoseaba el abdomen y los brazos. No me reprimí. Dejé que me viera así, deseosa. Cuando volví en razón, di un paso atrás como si nada.
Llegó mi turno de cocinar.
—¿Estás usando un calzón para atarte el pelo?, ¿en serio? —dijo entre risas.
Mierda. Lo había olvidado. Mientras me excusaba, él hundió la nariz en mi pelo, me tomó de la cintura y pegó la pelvis contra mi espalda. Yo me resistí dos segundos, los justos para perder. Bajó a mi cuello, me repetía cuánto le gustaba mi olor natural, me besaba, y su mano se metió bajo el camisón igual que yo había hecho con él. Me apretaba la barriga. Me dejé llevar.
Llevé el cuello hacia atrás y le puse la mano en la nuca. Él seguía besándome el cuello mientras la mano subía despacio hacia mis pechos. Yo pensaba: que me los agarre fuerte, que los pezones se le escapen entre los dedos, que mi gemido sea la señal para que me folle de una vez.
Sentía su verga creciendo contra mi espalda. Quería que me empotrara contra la encimera, que me abriera las piernas y entrara una y otra vez sin detenerse.
Las manos ya le rozaban la curva inferior de mis pechos. Sube un poco más, escúchame gemir, bájame el pantalón y entra hasta el fondo.
Su verga se asfixiaba dentro del pantalón. Mi clítoris latía con la fuerza de un pulso descontrolado. Gemí. Me puso contra la encimera y me bajé el pijama de un tirón. Un pie se me quedó atorado y forcejeé para sacarlo. Él, apurado, intentaba abrirme las piernas. No coordinábamos. Sentía el roce caliente del glande buscando la entrada. Conseguí sacarme el pantalón del todo. Le ofrecí el mejor ángulo de mi culo. Sentí cómo recorría la zona antes de meterse. Cerré los ojos…
La reconchadetumadre. Tocaron la puerta con un ritmo conocido. Era mi prima Carolina.
Nos quedamos congelados. O ella había llegado antes o a nosotros se nos pasó la hora. Me subí el pantalón corriendo, me guardé las tetas dentro del camisón y fui a abrir.
—Vine un poco antes para arreglarnos juntas —dijo, ya entrando con su bolso.
Yo seguía con las ganas de venirme atravesándome el cuerpo como una corriente eléctrica.
***
Almorzamos los tres como si nada y Carolina pidió la ducha. En cuanto se cerró la puerta del baño y empezó el sonido del agua, Mateo y yo nos quedamos solos en la cocina. Nos miramos y nos dio la risa floja, esa que sale después del susto. Él se abalanzó sobre mí. Pensé en aquella fantasía de la mañana, ahogar los gemidos contra los cojines del sofá. Lo detuve. Era estúpido y peligroso hacerlo a campo abierto.
Me deshizo la coleta improvisada y se llevó las bragas a la nariz con un gesto obsesivo. Esnifó como si fuera la cosa más cara que hubiera tenido en las manos. Sentí esa obsesión suya y entendí que esto no iba a quedarse así.
Lo tomé del brazo, lo arrastré por el pasillo, pasamos detrás del baño donde Carolina canturreaba bajo el agua, entramos otra vez a la cocina y nos encerramos en la despensa. Estrecha, oscura, con olor a especias y a harina. Nos besamos con pasión, casi con prisa de adolescentes. Me apretaba el culo con las dos manos. Yo le peleaba al cinturón. Se adelantó: sus dedos ya recorrían mi sexo. Me temblaban las piernas sin control. Le saqué la verga, la masturbé rápido y le escupí encima.
Quería algo suyo dentro de mí, ya. Sacó los dedos de mi sexo y los metió en mi boca. Me gusta mi sabor, pero no los quería ahí. Con la otra mano me tiró del pantalón del pijama, se mojó los dedos con saliva y entró directo. Me clavó dos en la vagina. Se me escapó un gemido demasiado audible. Me tapó la boca y siguió moviéndolos con intención clara. Yo me derretía. Su colonia inundaba el cuarto entero. Mi sexo ahogaba sus dedos. La ducha tapaba el ruido húmedo cuando los movía rápido. Apenas me quitó la mano de la boca, le supliqué bajito que me iba a correr.
Recuperé el aire un instante y quise bajar a chupársela. Él me agarró, me dio vuelta y entendí. Me bajé el pantalón hasta las rodillas y levanté el culo. Íbamos a follar parados. Apenas podía abrir las piernas. Sentí el calor del glande buscándome. La saliva que le había dejado encima ayudó.
—Despacio, mi amor —le pedí mientras se abría paso.
Me tapé la boca con la propia mano para atrapar los gemidos. Imposible. Con las piernas tan juntas le sentía todo: la longitud, el grosor, cada milímetro. Me empotró contra el estante donde guardo los frascos de conserva. Ese estante va a recordarme esto cada vez que cocine. Dejó de moverse, se apoyó en la pared de atrás y me hizo a mí mover la cadera. Se oía el rebote de mi culo contra su pelvis. Me corrí otra vez, ahora con su verga dentro, exactamente donde la quería.
Apoyé la espalda contra su pecho. Seguía dentro de mí. Nos besamos por encima del hombro. Volví a moverme, despacio, corto, preciso. Me humedecí los dedos y me masturbé mientras él me penetraba suave. Tercer orgasmo del día en una puta despensa.
***
Nos separamos. Me pidió que se la chupara. Le dije que ya no había tiempo. Suplicó. Cedí. Me sujetó el pelo y apenas había alcanzado a lamerle el tronco cuando escuchamos mi nombre a gritos desde el baño.
—¡¿Dónde están las toallas?! —gritaba Carolina.
Salí de la despensa con el alma colgando. Teníamos un par de minutos más, no más. Le respondí cualquier cosa, le dije que ya iba, y volví a la cocina. Dejé la puerta de la despensa entornada y me arrodillé en el suelo de baldosas.
—¿Qué haces, loca? —susurró Mateo desde dentro—. ¡Entra!
—Hagámoslo rápido —le dije.
Le comí la verga arrodillada, con la melena todavía despeinada y el camisón a medio acomodar. No quedaba tiempo. Me sujeté el pelo con una mano y saqué la lengua. Él se masturbó sobre mi cara. Deseaba su semen donde fuera: en mi cuerpo, sobre mis pechos. Iba a ser en mi boca. Lo iba a tragar mirándolo, y era la primera vez que él me veía así, con la cara entera entregada al deseo.
Mientras Carolina se secaba a unos metros, yo estaba detrás de esa pared, arrodillada, recibiendo un chorro tras otro. El primero me cayó en la mejilla, los demás entraron en mi boca. Saboreé lo que pude y tragué.
Escuchamos la puerta del baño abrirse. Me levanté y empecé a caminar por el pasillo. Mateo me alcanzó, me agarró del brazo y me limpió con el pulgar lo que me había quedado en la cara. Le chupé el dedo despacio, mirándolo, como sello de lo que acababa de pasar.
El resto del día siguió como si nada, con una tensión espesa entre nosotros que solo nosotros dos podíamos leer. Carolina no sospechó nada. Nos subimos a mi auto y llegamos a una fiesta familiar. Quién diría que en esta familia hay incesto. Me pregunto si alguien más lo estará practicando, o si me animaré a hacerlo aquí, entre tantos parientes confiados.