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Relatos Ardientes

Lo que descubrí de mi madre en casa de mi amigo

Lo que voy a contar nunca debió pasar y, sin embargo, llevo dos años recordándolo casi todas las noches. He cambiado los nombres por respeto a los que aún no saben lo que vi. El resto es exactamente como sucedió.

Me llamo Adrián, vivo con mi madre en una urbanización tranquila de la Costa del Azahar, no muy lejos de Castellón. Tengo veintidós años y termino segundo de biotecnología. Aquel verano se anunciaba largo y aburrido, con Marina trabajando desde casa la mayor parte de los días.

Mi madre tenía cuarenta y un años y, dos veranos atrás, se había separado de mi padre. La ruptura la había dejado más callada que triste. No salía, no quedaba con nadie, y a veces la sorprendía mirando por la ventana con esa expresión de quien ya no espera demasiado. Físicamente seguía siendo guapa: estatura corta, melena oscura hasta los hombros, un flequillo que se apartaba con dos dedos cuando leía, gafas de pasta y una cara redonda salpicada de pecas. No era delgada, nunca lo había sido. Pero tenía algo. Tenía mucho.

Empecé a pensar en ella de una manera que no debía a los diecinueve, en pleno noviazgo con la chica con la que entonces estaba. Lo que arrancó como un destello incómodo se fue volviendo costumbre. Marina paseaba por casa en camisón, sin sujetador, y a veces los pezones se marcaban contra la tela de algodón. Otras veces salía del baño con la bata mal cerrada y una toalla en la cabeza. Yo aprendí a no levantar la vista demasiado, pero también aprendí a calcular los segundos exactos en los que sí podía mirar.

Una tarde encontré la puerta del baño entornada por el peso de un albornoz colgado del pomo. La rendija no era ancha, pero alcanzaba para verla bajo el agua: el vientre suave, los pechos llenos, el vello púbico oscuro y descuidado, y una manera de enjabonarse el cuello que me dejó plantado en el pasillo durante un minuto entero. No vuelvas a hacer esto, me dije. Lo hice al día siguiente.

El paso siguiente fue rebuscar en el cesto de la ropa sucia. Sus tangas tenían el mismo aroma de fondo: una nota mineral primero y, debajo, otra cosa más intensa, más privada. Una noche me masturbé con uno de ellos en la mano y pensé que ya no había vuelta atrás. Por internet me caí en un agujero de vídeos de hijos espiando a sus madres y madres consentidoras. Cada noche me prometía que sería la última. Cada mañana sabía que no.

***

Iván estudiaba conmigo, aunque me sacaba tres años por culpa de un par de cursos repetidos. Era alto, muy delgado, atractivo de esa manera tranquila que les da igual a los hombres y vuelve locas a algunas mujeres. Su novia o lo que fuera entonces se llamaba Tamara, una venezolana de labios carnosos, melena negra y unas curvas que no encajaban con su voz baja. Los tres bebíamos algo en el paseo marítimo cuando la conversación se desvió.

—¿Tu madre? —preguntó Iván cuando solté un comentario que ni yo sé por qué solté.

—Sí. Es maja. Pero está rellenita —dije, intentando que sonara como una broma de hijo.

—Tres agujeros, como cualquiera —contestó él, sin sonreír—. Eso no la hace menos follable.

Tamara se rió sin abrir mucho la boca y le dio un sorbo a su botella sin dejar de mirarme.

—Yo le echaría un ojo —dijo ella—. Las que vienen del divorcio están deseando que alguien les recuerde lo que son.

Sentí cómo se me subía la sangre. Estaba a la vez muerto de vergüenza y empalmado de un modo absurdo. No era una conversación. Era un anzuelo. Y los dos sabían perfectamente lo que estaban haciendo.

—¿Te gustaría verlo? —preguntó Tamara, bajando la voz.

Tardé en contestar. Tardé tanto que la respuesta llegó sola.

—No me importaría —murmuré.

Ninguno de los tres volvió a mencionarlo aquella noche. No hizo falta.

***

Dos semanas más tarde, Iván montó una fiesta en el chalet de sus padres, que andaban de viaje de negocios por Asia. Era una urbanización en la sierra interior, con piscina, jardín, una barra improvisada con bebidas y unas quince personas como mucho. Marina aceptó llevarme en coche porque el sitio quedaba lejos del transporte público. Cuando la vi salir del cuarto con una falda vaquera ajustada, una camiseta de tirantes sin sujetador y unas sandalias planas, supe que aquello no iba a quedar en una fiesta como las otras.

—¿Subes a tomar algo? Es que el chico es educado, no quiere que se vaya su madre sin saludar —le dijo Tamara en la puerta, con esa voz líquida que tenía para los desconocidos.

Marina aceptó por curiosidad. Quería ver el chalet, quería conocer a los amigos del hijo, quería, supongo, pasar diez minutos haciendo algo distinto. Iván la recibió en el porche con dos besos y una mano breve en la cintura. Le sirvió un gin-tonic alto y lleno, y mi madre, que apenas bebía, se lo aceptó.

El segundo no tardó. Después aparecieron los porros, que circularon por la mesa como si fueran tabaco. Marina dudó al principio. Le dio una calada por cortesía, tosió, se rió de sí misma y aceptó otra. A los cuarenta minutos sus ojos brillaban de ese brillo opaco, de cristal mojado, que solo aparece cuando se mezclan tres cosas a la vez.

Iván la apartó hacia un sofá del jardín y le habló al oído. Yo no oía nada. Solo veía. Y mi madre me devolvía la mirada cada cierto tiempo, no avergonzada, sino sorprendida, como si descubriera de pronto que aún era una mujer.

—Mira las tetas que tiene tu madre —me dijo Tamara sin venir a cuento, ofreciéndome un porro y una cerveza.

Le di tres caladas seguidas y me bebí media cerveza de un solo trago.

—Está a punto de soltarse —añadió—. Tu amigo sabe lo que hace.

La mano de Iván ya estaba en la cara interna del muslo de mi madre, y la otra le había encontrado el pecho por debajo de la camiseta. Marina protestaba con las manos, sin convicción, como quien aparta una mosca para que vuelva. La besó en el cuello una vez, dos. La levantó de la mano. Entraron en la casa.

—Pareces incómodo —dijo Tamara, con la palma sobre el bulto de mi pantalón.

—Un poco —contesté, sin reconocer mi propia voz.

—Sube conmigo. Ven a verlo.

***

Subimos las escaleras descalzos por instinto, aunque nadie nos lo había pedido. En el segundo piso, al fondo de un pasillo de madera oscura, una puerta dejaba escapar una franja de luz tibia y un murmullo de voces. Tamara apoyó un dedo sobre los labios y empujó la puerta hasta dejar una rendija de tres dedos.

Mi madre estaba arrodillada en el suelo, de espaldas a nosotros, con la falda subida hasta la cintura y la camiseta tirada a un lado. Sus gafas descansaban sobre la mesilla. Iván la sujetaba por la nuca con una mano firme y guiaba el ritmo. Vi cómo subía y bajaba la cabeza de Marina, cómo se tensaban los músculos de sus hombros, cómo se le marcaban los talones agrietados que ella siempre se quejaba de no poder cuidar.

—Te gusta, ¿eh? —dijo Iván, con la voz lenta—. Llevabas mucho tiempo sin probarla.

Mi madre soltó un sonido que no era una palabra. Era un gruñido contenido, casi vergonzoso. Y, sin embargo, no se apartó.

—¿Quieres una mano? —me susurró Tamara.

No le contesté. Ella entendió igual. Me bajó la cremallera con dedos lentos, sacó mi polla con cuidado y empezó a moverla con un ritmo que no se correspondía con el de mi madre y que, justamente por eso, me volvía loco. Cada vez que Marina inclinaba la cabeza hacia delante, Tamara apretaba un poco más. Cada vez que mi madre se retiraba a respirar, ella aflojaba.

—Eres una golosa —dijo Iván, sacándole la polla de la boca y dándole un par de golpes con el glande sobre los labios—. Esta noche te toca aprender modales otra vez.

Marina lo miró desde abajo. Tenía los ojos llorosos y la boca abierta, y una expresión que yo no conocía, una expresión que probablemente nadie de mi familia conocía. Mi madre, la que doblaba las toallas en cuadrados perfectos y me preparaba la fiambrera los lunes, sonrió.

—Quiero mamártela —dijo, con voz ronca—. Déjame.

Iván la dejó. La sujetó por el pelo y volvió a meterse en su boca. Le acarició los pechos por encima del sujetador, se lo quitó con una sola mano y lo arrojó a un rincón. Después le metió la polla entre las tetas, y mi madre se las apretó contra él con las manos y empezó a moverse despacio.

—¿Así te gusta? —preguntó ella, con voz temblorosa.

Aquella frase, dicha por la voz de mi madre, fue lo que me derrumbó. Tamara apretó en el momento exacto, y me corrí entre sus dedos en silencio absoluto, mordiéndome el labio para no respirar de más. Sentí el calor sobre la moqueta y las manos de Tamara secándome con un pañuelo de papel sin perderse un solo segundo de lo que pasaba al otro lado de la puerta.

Iván duró un poco más. Volvió a la boca de mi madre, le sujetó la cabeza con las dos manos y se tensó entero. La oí tragar. La oí intentar apartarse. La oí dejar de intentarlo.

—Trágatelo todo —dijo él, casi sin voz.

Marina obedeció. Y el que estaba detrás de la puerta no era ya el chico que se masturbaba con sus tangas. Era otra cosa. Algo que todavía no sé nombrar.

***

Bajamos antes de que terminaran. Tamara me condujo por las escaleras con la naturalidad de quien lleva un perro de la correa. Abrimos dos cervezas frías en la terraza y nos sentamos como si no nos hubiéramos movido nunca de allí.

Mi madre apareció diez minutos después, con la camiseta colocada de cualquier manera y los labios brillantes. Iván la seguía con esa sonrisa de quien acaba de ganar una partida que ni siquiera era suya. Marina se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla. Olía a él.

—¿Nos vamos, cariño? —dijo, con la voz un poco rota.

—Cuando quieras —contesté.

—Le he enseñado la casa a tu madre —añadió Iván, divertido—. Le ha gustado.

Marina sonrió sin mirarlo. En el coche, de vuelta, hablamos de tonterías. Del precio de la gasolina. De si el aire acondicionado hacía ruido. De nada. Yo le miraba el perfil y veía a la mujer que doblaba las toallas y, debajo, a la otra. Las dos me parecían increíblemente nuevas.

Aquella noche, ya en casa, la oí desde el otro lado de mi pared. Estaba sola en su cama, despierta, respirando fuerte, intentando no hacer ruido. Tardó mucho en quedarse quieta. Cuando por fin lo hizo, yo seguí despierto otra hora, mirando el techo, sabiendo que algo había arrancado y que ya no se iba a parar.

Iván tenía razón. Solo había hecho falta despertarle el coño. Lo que vino después es otra historia, y la contaré cuando esté preparado.

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Comentarios (6)

NocheVivaz22

buenisimo, sigue así!!!

lecturaNocturna

Esto es real o inventado? Se siente muy creíble, eso es lo que mas me gusto del relato

Dario_GBA

necesito la segunda parte urgente jaja, quede con demasiadas preguntas sin respuesta

PatricioB

me recordó a un momento incómodo que viví de chico. Esas situaciones te cambian la cabeza para siempre

elena_lectora

el título me enganchó y el relato no decepcionó. Bien escrito sin ser innecesariamente explicito

Riqui_89

Muy bien manejada la tensión, nada forzado. Se siente natural

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