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Relatos Ardientes

Mi prima política me buscó después de la luna de miel

Después de tres años en Madrid, había vuelto a Mendoza con la sensación rara de quien recupera una ciudad que sigue siendo suya pero que ya no lo conoce. Lo primero que hice fue retomar contacto con la familia, y entre las invitaciones acumuladas estaba la del casamiento de mi primo Sebastián, el menor de los varones, el más serio de todos, el que nunca dio un solo dolor de cabeza a mi tía Beatriz.

La fiesta se hizo en una bodega vieja, con luces colgando entre los parrales y mesas largas vestidas de blanco. Cuando llegué a felicitarlo, Sebastián me presentó a la novia. Se llamaba Mariela y tenía un nombre raro de novela y unos ojos verdes con algo turbio detrás, una mezcla de inteligencia y aburrimiento que me reconocí enseguida.

—Así que tú eres el primo del que me hablaron tanto —dijo, sosteniéndome la mano un segundo más de lo necesario.

—Lo que te hayan dicho, probablemente sea cierto —contesté.

—Eso temía.

Bailamos cuando ya casi todos estaban borrachos. La orquesta tocaba algo lento y la familia política se había desperdigado entre los postres. Mariela apoyó la mejilla cerca de mi cuello y dejó que sus pechos me rozaran a propósito al moverse. Olía a jazmín y a vino blanco.

—¿Por qué solo él tiene que ser afortunado? —me susurró al oído—. Búscame cuando volvamos del viaje.

No respondí. No hacía falta. Le ajusté la mano contra la cintura un instante y la solté antes de que se notara desde la mesa principal.

***

Esperé tres semanas. Los dejé cumplir con la luna de miel en Cancún, con las fotos en redes y con el regreso a la rutina del barrio. Después la llamé con un pretexto idiota de papeles de la abuela y le dije que se acercara a la casa de mi madre a la hora del té. Cuando salió a la vereda, yo la estaba esperando del otro lado.

—¿Y ahora qué sigue? —preguntó con la mejor de sus sonrisas.

—¿Un café?

—Tú no viniste por un café —dijo con una risita—. Decidí tú.

No hizo falta hablar más. Veinte minutos después estábamos en un hotel de paso sobre la avenida del cementerio, de esos con las cortinas siempre cerradas y un cartel rojo encendido a toda hora. Se acomodó en el asiento del auto cuando entramos al garaje, agachada para que el portero no le viera la cara. Subimos. Pedí un whisky con hielo para los dos.

Sentada en el borde de la cama, sin sacarse los zapatos todavía, me contó que sabía de mi fama. Que mi tía Beatriz se había encargado de propagar entre las primas adolescentes la versión del primo descarriado, el que no perdonaba ni una falda en la familia. Que ella había escuchado todo eso durante años, primero con desinterés y después con la clase de curiosidad que crece despacio.

—Quiero saber si lo que dicen es cierto —admitió—. Suponía que algo bueno deberías hacer para tener tanta fama.

—Vas a comprobarlo en un rato.

Se mordió el labio inferior. Le solté el primer botón de la blusa.

***

La desnudé con paciencia, sin la prisa de quien teme que la otra se arrepienta. Tenía el cuerpo de la mujer que entrena pero todavía come bien, una redondez de cintura corta y caderas anchas que nunca se ve en las modelos. Me lo hizo notar. Sebastián, dijo, prefería que se cuidara más, que vigilara cada gramo. Yo le dije que Sebastián era un imbécil con suerte.

Cuando me desabroché el pantalón se quedó mirando.

—Bastante más gruesa que la de mi marido —dijo, casi en tono profesional—. Él la tiene más larga, pero finita, y ni siquiera sabe usarla.

La agarró sin pedir permiso y se inclinó. Tuve que apartarla a los dos minutos para no terminar antes de tiempo, con el pretexto de que todavía nos quedaba toda la tarde por delante. Se rió con un punto de orgullo, como si hubiera ganado algo.

La acosté boca arriba. Le abrí las piernas y le recorrí la entrepierna con dos dedos, despacio, sin entrar, hasta que ella levantó las caderas pidiendo más. Le mordí los pezones uno a uno y tuve que pedir disculpas porque se me fue la mano con uno.

—No me pidas perdón —jadeó—. Mordeme.

***

La penetré sin demora. Estaba tan mojada que entré entera al primer empujón, y al segundo ya estaba contra el fondo. Se quejó con un sonido que no era de dolor. Lo entendí enseguida: necesitaba que la trataran como nunca le habían enseñado a pedir. Le di lo que pedía. Empujones rudos, palmadas en la cadera, dos cachetadas que dejaron una marca rosada que se borró en minutos.

Cada tanto la sacaba y la llevaba a su boca. Era de esas mujeres que disfrutan saborearse en el otro. Después volvía a entrar, y ella encajaba como si no hubiera pasado años con un marido que confundía el amor con el respeto y el sexo con la decencia cristiana.

—Necesito esto —me dijo entre dientes—. Necesito que alguien me trate como una putita por una vez en la vida.

Tuvo tres orgasmos antes que yo terminara, uno detrás del otro, cada uno más fuerte que el anterior. Cuando finalmente me dejé ir, terminé adentro. Dijo que no me preocupara, que tomaba la pastilla. Y que no se lavara, que quería volver a la casa con eso adentro.

Lo cumplió. Esa tarde se vistió sin pasar al baño y se subió la bombacha sobre la marca húmeda. Salió por la puerta tarareando una canción de Sandro.

***

De ahí en adelante hubo una segunda vez, una tercera, y para la quinta o sexta ya teníamos rutina. Aprendí dónde se le encendía la piel, ella aprendió que lo que más me gustaba era ver cómo perdía la compostura. Le gustaba que la vendara con una corbata, que le atara las muñecas a la cabecera, que le bajara la palma sobre las nalgas hasta dejárselas rojas. Cada vez que llevaba la mano a esa zona, no podía evitar mirarle el culo. Era el culo que cualquier hombre desea: alto, redondo, firme, de los que parecen pintados.

Se hacía la difícil con esa parte. La primera vez que le toqué el ano con un dedo se tensó como un alambre.

—No, ahí no —dijo de inmediato.

—¿Nunca?

—Una vez. A los diecisiete. Me dolió tanto que no quise volver a probar.

—Estabas con un chico de diecisiete años.

—No es excusa.

—Lo es. Conmigo no te va a doler igual.

Era mentira y los dos lo sabíamos. Pero quedó la idea sembrada, y entre nosotros las ideas sembradas siempre terminaban floreciendo.

***

La tarde en que finalmente cedió no la habíamos planeado distinta a las otras. Fue la atadura lo que cambió las cosas. Yo le había amarrado las muñecas a la cabecera, le había vendado los ojos con una pañoleta de seda, le había marcado las nalgas con la palma hasta dejarlas tibias y rojas. Ella estaba boca abajo, con una almohada bajo el vientre, abierta sin pudor.

Cuando le pasé el pulgar entre los glúteos no se tensó como las otras veces. Se quedó quieta. Después separó las piernas un milímetro más, con esa rendición silenciosa que vale más que cualquier sí.

—Suave —dijo, con la voz amortiguada por la almohada—. Por favor, suave. No me lo rompas.

Le prometí lo que hiciera falta. En esa clase de calentura uno promete cualquier cosa, y las dos partes saben que la promesa caduca con el último temblor. Pero también sabe que si la rompe demasiado pronto, no habrá una próxima vez. Así que fui despacio.

Usé la lubricación que traía la verga al salir de su sexo, nada más. Quería sentir cada centímetro sin barreras. Apoyé la punta y empujé apenas. Ella levantó la cadera para colaborar. Las manos atadas le impedían escaparse, pero también le impedían ayudarme abriéndose, así que tuve que sostener yo mismo las nalgas con una mano mientras con la otra guiaba.

El esfínter cedió un milímetro y se cerró. Tres veces lo mismo. A la cuarta, el glande pasó. Ella mordió la almohada con una fuerza que casi me hizo parar.

—Sigue —dijo apretando los dientes—. Despacio. Pero sigue.

Avancé y retrocedí. Una pulgada, vuelta atrás. Otra pulgada. La concentración me costaba más que el placer; tenía que mantenerme duro mientras la oía quejarse, y la parte salvaje y la parte tierna pelearon dentro de mí todo el rato. Hubo un momento en que estuve a punto de salir y dejarlo para otro día.

—No —jadeó al sentir que retrocedía—. Sigue. Aguanto.

Ya entrado hasta la mitad, metió ella misma la mano hacia atrás, entre nuestros cuerpos, y la apoyó en la base de mi pene como tope. Si yo empujaba, su mano marcaba el límite. Era una negociación silenciosa, una frontera que dibujaba con los dedos. La dejé hacer un rato y después le aparté la mano con suavidad y le sostuve los hombros contra el colchón.

—Apurate —rogó—. No sé cuánto más voy a aguantarte.

Aceleré apenas. Lo justo para terminar sin demorar el suplicio. Ella movió la cadera en círculos, una mezcla de incomodidad y entrega que no había sentido nunca con nadie. Cuando llegué le mordí la nuca y le dije al oído que iba.

—Sentilo —contestó, con la voz quebrada—. Acabá adentro, mi macho.

Terminé sin retirarme. Me pidió que me quedara hasta que aflojara, para no causarle más dolor al salir. La obedecí. Le desaté las muñecas, le saqué la venda y le besé los párpados, donde había dos lágrimas que no eran de tristeza. Las besé con un agradecimiento que no supe nombrar.

***

Después la llevé al baño y le abrí el bidé. El chorro tibio le bajó la inflamación. Mientras se secaba, me miró por el espejo con una sonrisa torcida y un brillo nuevo en los ojos.

—Todas estas indicaciones que me das ahora —dijo—, ¿son para que esté lista para la próxima?

—Por supuesto.

—Sos un hijo de puta.

—Vos sabías.

Volvió a su casa esa noche con olor a jabón ajeno y la promesa de que la próxima vez incorporáramos a una amiga suya, una compañera del trabajo que la miraba demasiado en los almuerzos. Le dije que avisara con tiempo. Ella se rió, me dio un beso en la comisura, y cerró la puerta del hotel detrás de sí.

Lo nuestro lleva ya seis meses. Sebastián nunca sospechó nada y se enorgullece de tener una esposa cariñosa, atenta, dispuesta. Ella me dice que el matrimonio mejoró desde que estamos así, que vuelve a casa con menos hambre y eso lo deja a él tranquilo. Yo no le digo nada. La familia es la familia, y los cuernos de un primo, mientras nadie los vea, nunca lastimaron a nadie.

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Comentarios (5)

Santi_baires

increible, uno de los mejores relatos que lei en mucho tiempo!!

Romi_Cba22

Por favor una segunda parte!!! quede con ganas de saber que paso despues del viaje

vecino450

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace años con una cuñada política... esas miradas que lo dicen todo sin decir nada jaja. Muy bien narrado

AlvaroNorte

El primer parrafo ya me atrapo, hay que tener talento para lograr eso con tan pocas palabras

Matias_Ros

y como termino eso? jaja se nota que sabes como generar intriga

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