Lo que descubrí en la bombacha de mi hermana melliza
Como buenos mellizos, durante la niñez y la adolescencia nos peleábamos muchísimo. Pero ahora, ya más grandes, no nos pasa. Más bien al revés: nos asociamos en todo. Casi no tenemos secretos entre nosotros. Casi.
Nuestra casa es enorme. Algunos arquitectos dirían que está desordenada o mal armada, pero para nosotros es perfecta. Mis padres tienen un cuarto gigante con dos vestidores y un baño en el que mi madre hizo instalar una ducha con dos salidas de agua. Es casi del tamaño de un living.
Nuestros cuartos individuales son más pequeños y compartimos un baño entre los dos. La puerta de Sofía y la mía están enfrentadas. Si entrás por la mía, a la izquierda queda la ducha con mampara fija de vidrio y el lavamanos; a la derecha, el inodoro. Por la puerta de mi hermana es al revés. Sentado en el trono se ve perfectamente lo que pasa bajo el agua. A veces el vidrio se empaña.
Lo mejor de todo es que aún tenemos el cuarto que compartíamos de chicos: las dos camas enfrentadas, las mesitas de luz y los viejos pósters pegados en la pared.
***
Lunes. La noche anterior nuestros padres se habían ido al viaje por sus veinte años de casados. Una semana en un all inclusive del Caribe. Voy a obviar las mil charlas, sermones y recomendaciones que nos dejaron por quedarnos solos.
Los dos estábamos de receso en la facultad, pero yo tenía exámenes por rendir. Como siempre.
Cerca de las ocho de la mañana sentí a Sofía moverse en el baño. Señal de que el día empezaba.
—¡Sofi! ¿Tardás mucho?
Por respuesta obtuve el ruido del agua de la ducha. Sabiendo que eso podía durar al menos cuarenta minutos, me levanté. Tenía una erección considerable, producto de las ganas brutales de mear. Duermo en bóxer suelto y, con el pene parado, simplemente sale por la abertura del frente.
—¡Permiso! Voy al baño, no aguanto.
—¡Damián! ¿Siempre tenés que entrar cuando me estoy bañando?
Hice caso omiso, como todas las mañanas, y fui directo al inodoro. Me costó evacuar por la dureza con la que se mantenía mi miembro.
—Sacudila bien y, si cayó alguna gota afuera, limpiala.
Ni la miré, mucho menos le contesté. A la mañana no estoy para conversar y menos para reclamos. Por decoro nunca la miraba en la ducha. Pero algo me llamó la atención: había una bombacha tirada en el piso y la entrepierna estaba toda brillosa. Conviví toda la vida con bombachas, tangas y culotes de mi hermana, casi siempre tirados en el baño. Algunas estaban manchadas, pero esta estaba mojada de excitación. Me shockeó como cuando era adolescente.
¿Qué la habría llevado a dejar la bombacha así? Era una vedetina común, de algodón, de las que usaba todos los días. La noche anterior, después de volver del aeropuerto, cenamos, conversamos y nos fuimos a dormir. Pensando en eso me vestí, bajé y preparé el desayuno para los dos.
Café, tostadas y jugo de naranja. Me senté en la mesada alta a esperarla. Cuando llegó, quedé sorprendido: se había vestido con ropa para dormir. Una musculosa con dibujos animados y un short. Bajo la musculosa se adivinaba que no llevaba corpiño; sus tetas, como peras, se movían con libertad. Los breteles eran largos y, cuando se agachó para correr la banqueta, le vi entera una y parte de la areola rosada que la coronaba.
—¿Qué hiciste para desayunar?
—Lo mismo de siempre. ¿Por qué cambiaría?
—Bro, es una semana especial. No están mamá ni papá, estamos de vacaciones y tenemos toda la casa para nosotros. ¿Ya pensaste qué podemos hacer? ¿Y los secretos que podemos encontrar?
No la reconocía. ¿Por qué tan entusiasmada con quedarse en casa y buscar «secretos»?
—Yo todavía tengo que estudiar para los exámenes y no sé qué secretos querés encontrar acá.
—Hagamos un trato: yo te ayudo a estudiar y vos me seguís en la búsqueda de tesoros desconocidos dentro de la casa.
Extendió el meñique buscando cerrar el pacto. Acepté, sobre todo porque a la mañana no tengo ganas de discutir. Cerré mi meñique con el de ella.
—¿Pensás salir? Porque yo decidí ayer a la noche que no voy a cruzar la puerta hacia afuera. Voy a pasar la semana entera adentro y casi no voy a usar el celular. Así que me vas a ver de pijama siempre.
—Alguien tendrá que hacer mandados y traer comida.
—Tenemos de todo. El freezer está lleno.
Agarró una libreta de la cocina y empezó una lista titulada «una semana solos en casa». Los primeros tres ítems: disfrutar, descansar, dormir como cuando éramos chicos. Después, mientras giraba la taza de café, agregó: buscar tesoros escondidos, jugar a papá y mamá. La libreta estaba en el medio, con la clara intención de que yo pudiera leerla.
—¿Estudiar?
—Bueno, está bien.
Lo añadió mucho más abajo, fuera del orden anterior.
***
Subí a mi habitación después de desayunar y entré al baño a buscar la bombacha. No estaba en el piso. Fui al canasto de ropa sucia que compartimos. Estaba excitado como hacía años que no me pasaba con la ropa interior de mi hermana.
La encontré: una bombacha negra de algodón, ancha, todavía arrollada en los costados por haber sido bajada con dos manos desde las caderas. En el centro, una mancha brillante. Me la llevé a la nariz e inspiré profundo. Qué excitante es ese aroma. No existe otro olor tan afrodisíaco. Me tentó la idea de pasarle la lengua. ¿Se habría masturbado con la bombacha puesta?
No estaba bien lo que hacía. Era mi hermana. Compartíamos todo y nos amábamos incondicionalmente. No podía traicionarla así. No había dos opciones: estaba mal.
Me bajé el short y el bóxer. Mi verga saltó como una rama tiesa. Me iba a hacer una paja rápida. Seguro acababa fulminante.
Pero la imaginé tocándose por encima de la ropa, frotándose el clítoris con fervor. Voy a dejar de pensarla así, me dije. Mi mano empezó un sube y baja por mi pene, dejando al descubierto el glande hinchado. Es mi hermana, está prohibido por todas las reglas que conozco. Saqué la lengua y la pasé por todo el ancho de la mancha.
Saboreé imaginando que le comía la concha empapada. Los primeros saltos de leche golpearon el vidrio de la mampara, por encima de mi cintura. El orgasmo creció rápido y me recorrió una ola de placer por todo el cuerpo. Eyaculé tres veces más. Toda la leche quedó pegada al vidrio.
Dejé la bombacha donde estaba, me acerqué al lavamanos, puse mi pene flácido dentro de la pileta y lavé bien el glande. Apenas tuve tiempo de subirme la ropa cuando Sofía golpeó desde su puerta y entró.
—Bro, te recomiendo que salgas porque esto se va a poner feo.
Bajó la tapa del inodoro, me dio la espalda y agarró los costados del short. Quedó congelada un segundo antes de bajárselo. Me miró:
—¿Pensás quedarte?
Me fui. Cerré la puerta de mi lado y bajé al living. Acomodé la computadora y un libro para estudiar cuando recordé que había dejado toda la leche en el vidrio. Maldije por dentro. Es la última vez que hago algo así, pensé.
***
Sofía llegó y se sentó al lado. Nos miramos un segundo a los ojos. Supe que había visto la leche. Ella también sabía que me había hecho una paja con su ropa interior.
—¿Vamos a hablar?
—¿De qué querés hablar?
—De lo que pasó esta mañana.
—Yo sé hace años que te masturbás en el baño, Damián. Vos sabés que yo me toco en mi cuarto. ¿Qué más tenemos que hablar?
—Perdón, no quería que te encontraras todo… sucio.
—Yo tampoco pretendía que te encontraras con mi bombacha toda… mojada. Perdoname.
Una sonrisa se le fue dibujando en la cara y no pude contener la risa. Las conversaciones con ella siempre eran así: sin vueltas, sin mentiras, sin problemas, y siempre empezaban con disculpas. Por eso nos llevábamos tan bien.
Entonces empezó la charla que cambiaría la semana entera.
—¿Será que tenemos que poner reglas nuevas por estos días?
—¿Qué pretendés, Sofi?
—Empecemos por la lista. Disfrutar es el primer ítem. Me encantaría que lo hiciéramos sin tapujos, sin tener que andar cubriendo todo. Es muy aburrido dejar todo como estaba después de… disfrutar.
—Bueno, yo no me hago tantas pajas, así que me parece bien por ese lado.
Me miró con cara de «te conozco, tremendo pajero». Nos reímos a carcajadas. No se le puede mentir a tu melliza, con quien compartís baño y básicamente todo.
—¿Vale cualquier lugar de la casa, en cualquier momento?
—Sí.
Su respuesta corta y tajante me sorprendió. ¿Ya lo tenía meditado?
—¿Vale usar «cosas»?
—¿Cómo?
—Internet, por ejemplo.
—Ah, pensé que ibas a decir ropa interior de tu hermana.
Me puse colorado. Ella bromeaba como si fuera natural y yo no podía dejar de pensar que estaba mal lo que había hecho.
—No me parece mal que uses cualquier «cosa» que ayude a cumplir con lo primero de la lista: disfrutar.
Nos miramos a los ojos. Los dos sabíamos que estábamos definiendo una paz armada. Lo no prohibido, permitido.
—¿Alguna otra regla?
—No, por ahora. Cualquier cosa te aviso. Me voy al cuarto viejo.
***
Estudié toda la mañana y después fui a buscarla. El cuarto de la infancia tenía las dos camas pegadas a las paredes laterales. Una ventana con mesada larga al fondo y los pósters viejos: jugadores de fútbol del lado mío, bandas musicales del lado de ella.
Al llegar, la encontré dormida en posición fetal. Una de las tetas se le había salido completamente de la musculosa. Qué linda era con su pezón rosa. Le corrí un poco el short hacia arriba para dejar a la vista la nalga, con cuidado de no despertarla. Era hermosa la curva. Llevaba una tanga muy chica color piel, un poco vieja y estirada.
Di un paso atrás para mirarla y disfrutar. Me fui excitando de a poco, recordando el aroma de la mañana. Mi pene despertó solo, sin pedir permiso.
Me senté en mi vieja cama, apoyé la espalda contra la pared, me bajé la bermuda y el bóxer dejándolos caer entre las camas. Empecé a tocarme despacio, bajando la piel hasta dejar todo el glande al descubierto y volver a esconderlo. Un sube y baja lento y apretado.
Sofía se despertó. Imagino que sintió mi presencia.
—¿Hace cuánto estás ahí… mirándome?
—Recién llegué.
—Veo que ya estás poniendo en uso las reglas nuevas.
Lo dijo sonriendo y se incorporó. Se sentó frente a mí, igual que yo, sin acomodarse la musculosa.
—Hace muchos años, en estas mismas camas, nos mostramos las partes íntimas. Después alardeábamos con los amigos de haber visto a alguien desnudo entero. ¿Es momento de repetirlo, pero para poder decir «yo vi a una persona masturbarse hasta acabar»?
—No veo por qué no.
Se sacó el short y se dejó la tanga. Empezó a pasar dos dedos por encima de la tela, justo a la altura del clítoris. Se mordió el labio inferior y entrecerró los ojos. Tuve que dejar de tocarme: si seguía así iba a acabar al toque. Ella se levantó una teta hasta la boca y dejó caer un hilo de saliva sobre el pezón.
—Ahhh… —dejé escapar.
Con la palma entera apretó toda la entrepierna por encima de la tanga. Levantó la cola para adelantarla un poco más. Las piernas, bien abiertas.
Me apreté el tronco de la verga, durísima y caliente. Cubrí el glande con la piel. Con la otra mano saqué saliva, retiré toda la piel hacia atrás dejando la cabeza morada al aire y le dejé caer la baba arriba. Toda mojada, brillosa. Era más fácil tocarme así.
Corrió la tanga y vi su concha rosada, intensa por la excitación. Los labios pequeños no podían contener el botón brillante. Acomodó la prenda hacia un costado de la nalga y se ubicó para que yo la viera entera. Empezó a frotarse con más fuerza. Vi correr gotas de flujo desde adentro hacia afuera.
—Ahhh, ¡sí! —suspiró.
Intensificó el ritmo y la presión sobre el clítoris. Me miraba mientras yo me hacía la paja. Hasta que le cambió la cara: había llegado al orgasmo. Tuvo que cerrar las rodillas y juntar las piernas que le temblaban. Se dejó caer de costado con los ojos cerrados.
Verla gozar me enloqueció. Empecé a aumentar la velocidad, estaba a punto de eyacular y bañar el piso. Pero, dos segundos después de dejarse caer, ella se levantó como un rayo y salió corriendo. Dejó solo el short tirado a los pies de la cama.
Quedé en shock, con la verga durísima todavía. Cuando llegué a su cuarto, la puerta estaba cerrada.
—Sofi, ¿estás bien? ¡Perdón! ¿Estás bien?
—No…
La voz del otro lado era frágil.
—No quiero hablar ahora. Perdoname vos.
—Si me dejás entrar lo solucionamos como siempre.
—No, no entres.
Me fui a mi cuarto y la dejé sola. Yo también necesitaba pensar. No estaba bien lo que hacíamos. Y todo había pasado muy rápido.
***
No podía quedarme encerrado. Bajé a cocinar. Al rato le avisé que la comida estaba pronta. Había preparado una ensalada de verdes con media pizza congelada. Una de sus comidas preferidas.
Apareció en la cocina igual que se había ido: en tanga y musculosa. Pensé que se hubiera vestido o cambiado la actitud, pero no.
Sin querer llamar la atención, llevé a la mesa la ensalada y la pizza.
—Damián, parate un poco. Hablemos de lo que pasó.
—¿Qué querés hablar? Estuvo mal lo que hicimos. Te pedí perdón. Listo.
—Yo disfruté mucho.
El comentario me dejó sin palabras.
—Hace pila que no gozaba tan intenso con una paja. Eso te lo debo a vos y a él —señalando mi entrepierna.
—Me gustaría poder decir lo mismo.
—Desde ayer estaba pensando en esto. El morbo me pone como loca y me excita demasiado. Está mal, pero la entrepierna se me moja con solo pensarlo. Lo justo es justo: antes de almorzar, te debo algo.
Se bajó la tanga y me la entregó. De un salto se subió a la mesada de la cocina, apoyó los talones en el borde y abrió las piernas.
Ahí, frente a mí, vi su concha abriéndose como una flor. Rosadita, con los labios pequeños todavía brillosos por sus propios fluidos. Se podía ver cómo se abría un hueco debajo del clítoris que apenas asomaba entre los pliegues. Estaba pronta para recibir todo. Se acarició un poco, abrió más, separó los labios.
—¿Querés que me masturbe acá en la cocina, con vos así?
—Ya lo acordamos: cualquier lugar y cualquier cosa.
Me bajé la ropa. Otra vez la verga dura apuntando hacia arriba. Empecé a tocarme.
—Vas a oler mi tanga. Igual que la bombacha de ayer, está toda mojada.
Me la llevé a la cara y la olí. Todavía húmeda. El aroma intenso. No me atreví a pasarle la lengua.
Me hice una paja fuerte, un sube y baja tremendo. Sentí que venía la eyaculación. Solté la verga.
—Voy a acabar.
Sin tocarme, acabé ferozmente. La veía palpitar y escupir semen. El orgasmo me hizo doblarme un poco. La cantidad de leche fue descomunal. Sentí un placer como nunca había sentido en una paja.
La miré por primera vez a la cara.
—Tenés razón. Nunca había gozado tanto en una paja.
Sonrió y se miró la pierna donde corría un poco de mi leche. No me había dado cuenta, pero había ensuciado los cajones de la mesada y partes de sus piernas. Estiró un dedo, levantó un poco de semen, me volvió a mirar y se lo llevó a la boca.
—Calentito es mejor. Frío no es lo mismo.
Impactado por la acción y la declaración, me sonrojé. Volvieron los miedos y las dudas.
—Necesito pensar.
Agarré un plato con dos pedazos de pizza y me fui a mi habitación. No salí hasta la noche.