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Relatos Ardientes

Lo que descubrí en la finca de los Peralta

Yo desde chico detestaba el campo. El calor sin sombra, el olor a tierra suelta, las horas muertas sin señal de celular. Pero cuando cumplí dieciocho años, algo en mí cambió sin que yo lo decidiera. Las hormonas me tenían fuera de control. Cualquier mujer que cruzara mi campo de visión se convertía en una obsesión de cinco segundos. Y ese verano, el viaje a la finca de los Peralta terminó siendo el despertar más extraño y oscuro de mi vida.

Mi padre cargó la camioneta antes del amanecer. Cuajos de queso envueltos en trapos húmedos, cajas con víveres, una bolsa de herramientas. Mi madre y mis hermanos fueron en el asiento trasero, dormidos casi todo el camino. Yo iba adelante, mirando cómo la autopista se convertía en carretera, la carretera en camino de tierra, y el camino de tierra en algo sin nombre ni señalización.

—Camilo, hoy te quedás cerca de mí —dijo papá cuando el polvo rojo empezó a levantarse bajo las ruedas.

—¿Por qué?

—Los Peralta son de fiar. Pero tienen sus mañas. Y vos sos nuevo.

No entendí qué quiso decir. Llegamos pasadas las diez. El calor ya era un golpe seco en la cara.

***

Don Peralta salió a recibirnos desde la galería del caserón. Era un hombre de unos sesenta años, espalda ancha, camisa de botones con las mangas enrolladas hasta el codo. Tenía esa mirada lenta que tienen los hombres que saben exactamente cuánto vale cada cosa. Me midió de arriba abajo sin disimulo, asintió una sola vez, y le extendió la mano a papá.

—Don Esteban, bienvenido. Que vengan los chicos a descargar.

Aparecieron dos hombres jóvenes desde el lateral del caserón. El mayor tendría unos veinticinco años, hombros cuadrados y una cicatriz fina sobre el mentón. El otro era más delgado, de mirada oscura y movimientos tranquilos.

—Este es Mateo —dijo don Peralta—. Y Diego. Mis hijos mayores.

Mateo me saludó con la mano. Diego me midió en silencio.

—Camilo, ¿verdad? —preguntó Mateo.

—Sí.

—Te mostramos el establo mientras los mayores hablan.

Papá me miró un momento. Algo en su cara quiso decirme algo, pero al final solo dijo:

—Portate bien.

***

El establo olía a heno húmedo y a cuero viejo. Caballos negros y tordillos en los corrales, yeguas en el fondo. Me quedé acariciando el morro de un alazán mientras Mateo y Diego me rodeaban con esa naturalidad de quien conoce el terreno mejor que su propio cuarto.

—¿Primera vez por acá? —preguntó Mateo.

—Sí.

—¿Y ya tuviste novia?

—Algo así —mentí.

Diego soltó una risa corta, sin alegría.

—Miente —dijo—. Se le nota en la cara.

Mateo sonrió con los labios apretados.

—No importa. Acá aprendés rápido.

En ese momento, al fondo del pasillo, apareció una figura. Una chica de pelo castaño oscuro, largo hasta la cintura, con una blusa blanca y unos pantalones de tela beige. Caminaba rápido, con la cabeza gacha, como quien no quiere que la vean.

—¡Lucía! —gritaron los dos al mismo tiempo.

Ella se detuvo. Levantó la vista. Sus ojos eran negros, con algo húmedo y cansado adentro.

—¿Qué hacen acá? —preguntó.

—Nada —dijo Diego, con un tono que no era de hermano—. Volvé adentro. Hoy no es tu momento.

Ella asintió sin protestar. Al pasar cerca de mí, me miró un segundo. Solo un segundo. Y ese segundo fue suficiente para que algo me apretara el pecho con fuerza.

Cuando se fue, el silencio se llenó de electricidad.

—¿Quién es? —pregunté.

Mateo y Diego se miraron entre sí.

—Nuestra hermana —dijo Mateo.

—¿Y por qué hablan así con ella?

Diego se acercó un paso. Su aliento olía a tabaco y a algo más dulce.

—¿Querés que te expliquemos cómo funciona esta finca?

—Supongo que sí.

—Jurá que no abrís la boca con nadie.

Tragué saliva.

—Lo juro.

***

Me lo dijeron sin rodeos, apoyados en el marco del corral, con la voz baja y la actitud de quien explica algo completamente normal. La hermana era de todos. El padre decidía quién y cuándo. Los hijos varones pedían turno. Nadie del pueblo lo sabía, nadie del pueblo podía entenderlo. Pero así funcionaba desde hacía años, desde que don Peralta había enviudado y decidido que lo que era de la familia, se quedaba en la familia.

—¿Y ella quiere? —pregunté, con la garganta seca.

Mateo se encogió de hombros.

—Al principio no entendía. Ahora sí. Ahora lo busca.

Diego agregó, más grave:

—Es lo mejor que vas a encontrar en tu vida. Y lo saben todos los que tuvieron la suerte de verlo.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Un calor extraño me subió por la espalda. El pantalón se apretó. Lo ignoré todo lo que pude.

En la camioneta de vuelta, no pude callarme.

—Papá —dije—. Los Peralta... ¿sabés lo que hacen adentro de esa casa?

Papá no respondió de inmediato. Encendió un cigarrillo. Lo fumó casi entero antes de hablar.

—Sí.

—¿Y es verdad?

—Es verdad.

—¿Cómo lo sabés?

Papá me miró un momento. Solo un momento. Luego volvió la vista al camino de tierra.

—Porque yo también tuve dieciocho años, Camilo. Y esa finca te deja marca.

El viaje de vuelta fue el más largo de mi vida.

***

Una semana después, el teléfono sonó a la hora del almuerzo. Era don Peralta. Habría una reunión el sábado. Carne asada, música, ron. Y si mi padre quería traer a la familia, eran bienvenidos.

Papá me miró desde el otro lado de la mesa con esa media sonrisa que yo ya reconocía.

—¿Querés ir?

Ya tenía la ropa elegida en la cabeza.

—Claro —dije.

***

La finca se transformó esa noche. Guirnaldas de luces amarillas colgaban entre los postes de madera. Había fogatas repartidas por el patio, bancos largos llenos de gente comiendo y riendo. El olor a carne asada y a ron barato llenaba todo el aire. Unas treinta personas, entre primos lejanos, trabajadores fieles y mujeres de caderas anchas y mirada dura.

Me senté solo con una cerveza que nadie me pidió que justificara. Mateo me guiñó un ojo desde el otro lado del patio. Diego asintió desde su silla. Don Peralta presidía la mesa principal con esa calma de quien sabe que todo lo que lo rodea le pertenece. A su lado, una chica joven de pelo negro —Valeria, supe después— tenía la mirada baja y las manos cruzadas en el regazo.

—Bailá.

La voz vino de atrás. Me di vuelta.

Era Lucía. Esa noche llevaba un vestido verde, corto, que le dejaba los brazos al descubierto. El pelo suelto, ondeado. Los labios con algo rojo que no estaba antes.

—No sé bailar —dije.

—Eso dicen todos. Vení.

Me tomó de la mano antes de que pudiera responder. Sus dedos eran finos y fríos, pero su palma, caliente. Me llevó cerca de la fogata. Sonaba un joropo lento, con arpa y maracas. Cuando me abrazó, su vientre pegó contra mi cadera. Su mejilla, contra mi cuello.

—Tranquilo —murmuró—. Solo seguime.

Cerré los ojos. Olía a jabón y a algo más oscuro debajo. Mi cuerpo respondió antes de que yo lo autorizara. Ella lo sintió. No se apartó. Presionó más.

—Los de afuera siempre se asustan —dijo contra mi oído—. No hace falta que te asustes.

Bailamos tres canciones. En ningún momento soltó mi mano.

***

Pasada la medianoche, la reunión fue muriendo despacio. Camionetas que arrancaban en la oscuridad, hamacas que se mecían con bultos dormidos. Mi padre, con el ron encima, aceptó sin pensarlo el ofrecimiento de don Peralta.

—Dejá a Camilo. Diego le mostrará cómo amanece el campo.

Papá me dio un abrazo torpe y subió a la camioneta con mamá y mis hermanos. Las luces traseras se alejaron por el camino de tierra hasta que no quedó nada, solo el ruido de los grillos y el olor a brasa fría.

Don Peralta me puso una mano en el hombro. Era una mano pesada, de dedos anchos.

—Camilo —dijo—. Mis hijos hablan bien de vos. Callado. Atento. Con los ojos abiertos y la boca cerrada. Me gusta eso en un hombre joven.

—Gracias, señor.

—Esta noche te quedás. Y si te portás bien, vas a ver algo que muy pocos forasteros vieron.

No pregunté qué.

***

Eran casi las dos cuando Diego golpeó mi puerta. El cuarto era pequeño, con paredes de madera oscura y una cama de hierro forjado.

—Vení —dijo—. Esta noche me toca. Y vos acompañás.

Caminamos por un pasillo largo con lámparas de aceite colgando de las vigas. Al fondo, una puerta blanca sin tranca. Diego la empujó con una sola mano.

Lucía estaba sentada en el borde de la cama. Llevaba una camisola de algodón blanco, delgada. Las piernas cruzadas. Nos miró con una calma que no parecía natural, pero tampoco del todo fingida.

—¿Él también? —preguntó, señalándome.

—Solo mira —dijo Diego—. Todavía.

Ella asintió. Se corrió hacia el centro de la cama sin decir más.

Diego me señaló una silla de madera junto a la pared.

—Sentate. No te muevas.

Me senté. Las manos me sudaban. El corazón me golpeaba tan fuerte que creí que los dos lo iban a escuchar.

Diego se quitó la camisa. Su torso era delgado pero musculoso, con una línea de vello que bajaba desde el ombligo. Se acercó a Lucía por detrás y, con una lentitud que era casi un castigo, levantó la camisola hasta la cintura. Sus caderas eran redondas y blancas bajo la luz de la lámpara.

—Mirá, Camilo —dijo Diego en voz muy baja—. Esto no existe en ningún otro lado.

Metió los dedos entre sus nalgas. Lucía hizo un sonido que no era ni dolor ni placer, sino algo entre los dos. Diego retiró los dedos y se los llevó a la boca.

—¿Querés probar? —me preguntó.

Negué con la cabeza. Pero mi cuerpo dijo otra cosa.

Diego se bajó el pantalón. Se posicionó detrás de ella y la penetró de un golpe seco. Lucía mordió la almohada. El jadeo que soltó llenó todo el cuarto. Diego empezó a moverse, lento al principio, luego con más fuerza. El choque de sus caderas contra las de ella era rítmico, obsceno, imposible de ignorar.

—¿Ves cómo aprieta? —dijo entre dientes—. Nunca encontrás esto afuera.

No podía apartar los ojos.

Yo tenía la mano sobre el pantalón sin atreverme a nada. Lucía giró la cara hacia mí. Sus ojos negros estaban húmedos. Su boca formó una palabra sin sonido, solo el movimiento de sus labios: vení.

Diego aceleró. Su respiración se convirtió en un gruñido largo. Anunció que se venía. Lucía protestó en voz baja. Él no la escuchó. Terminó adentro, con un temblor lento que duró varios segundos. Cuando se retiró, se sentó en el borde de la cama y me miró.

—Tu turno —dijo—. Papá dijo una vez. Solo una.

***

Me puse de pie. Las piernas me temblaban. Me saqué el pantalón y el boxer de un tirón. Lucía seguía de rodillas en la cama, con la espalda arqueada y el pelo cayendo hacia adelante.

—Venite —dijo ella, con una voz que no había escuchado antes. Más grave. Más suya.

Me acerqué. La punta de mi verga tocó sus labios. Estaban húmedos y calientes, como si me esperaran. Entré despacio. El calor fue inmediato y total, una presión que me recorrió toda la columna vertebral de golpe.

—Dios —gemí sin querer.

—Tranquilo —dijo ella—. Respirá.

Diego desde la silla:

—No dures mucho. Es mi hermana.

Ignoré todo. Solo existía ese calor, esa presión, ese movimiento lento que yo apenas controlaba. Dos embestidas cortas. Una tercera. En la cuarta sentí el orgasmo subirme desde los pies y ya no pude detenerlo. Me vine adentro de ella con un sonido que me avergonzó al instante.

—¡Menos de dos minutos! —dijo Diego desde la silla, riéndose—. ¡Menos de dos minutos, Camilo!

Me retiré. Lucía se dio vuelta y se recostó de espaldas. Me miró sin burla, sin lástima. Solo me miró.

—Está bien —dijo—. Podés intentarlo de nuevo.

—Papá dijo una vez —empezó Diego.

—Papá no está acá —respondió ella, sin alzar la voz.

Diego se rascó la nuca. Luego se encogió de hombros y cruzó los brazos.

—Si vos no hablás, yo tampoco.

***

La segunda vez duré mucho más. Fue ella quien me enseñó: el ritmo, la presión, cuándo detenerme un segundo para no terminar demasiado rápido. Sus caderas subían a mi encuentro. Sus manos se aferraban a mis hombros con más fuerza de la que esperaba. El sudor nos pegaba la piel.

—Mirá mis ojos —dijo en un momento.

Los miré. Eran profundos y oscuros. No había miedo ahí adentro. Había algo que no supe nombrar hasta mucho tiempo después, cuando ya no importaba ponerle nombre.

Terminé con la frente apoyada en su cuello, jadeando. Ella me pasó una mano por el pelo.

—Bien —dijo, simplemente.

***

Me desperté con el sol filtrándose por las rendijas de la pared. Lucía ya no estaba. Diego roncaba en el piso, enrollado en una manta. Agarré mi ropa, me vestí en silencio y salí al pasillo.

En la cocina, don Peralta me esperaba con café negro y pan de maíz.

—Sentate —dijo.

Me senté. Fueron llegando de a uno. Lucía, con el pelo recogido y los ojos tranquilos. Valeria, la del pelo negro, con la mirada baja. Dos chicas más jóvenes que no había visto en la reunión. Detrás de ellas, Mateo, Diego y tres adolescentes de unos quince o dieciséis años que nadie me había presentado.

Don Peralta los señaló a todos con un gesto amplio del brazo.

—Esta es la familia —dijo—. Los hombres trabajan la tierra. Las mujeres cuidan la casa. Y todos responden a mí.

Me miró directo.

—Los testigos tienen dos opciones: hablar y arrepentirse, o callar y volver cuando quieran.

Lucía levantó la vista desde el otro lado de la mesa. Sonrió apenas, con la comisura de los labios.

—Ojalá vuelvas —dijo—. Me gustó tu forma de pedir permiso.

Todos rieron. Yo también, aunque no supe bien de qué.

***

Fui al patio trasero a buscar mis cosas. Al pasar junto al pequeño sauna de madera del fondo, vi que la puerta estaba entreabierta. Me detuve. Me asomé sin pensarlo.

Don Peralta estaba adentro, desnudo, sentado en la banca. Los ojos cerrados. Su cuerpo era un mapa de años de trabajo, cicatrices y venas marcadas. Entre sus piernas descansaba algo que me dejó sin palabras.

No me vio. O sí me vio, y no le importó en absoluto.

Del otro lado de la pared llegaban voces. Jadeos bajos de mujer. Una rogando que no tan fuerte. Otra pidiendo más. Una voz masculina dando instrucciones en un susurro.

Don Peralta abrió los ojos. Me miró directo. Levantó un dedo y se lo llevó a los labios.

Me alejé de puntillas sin decir nada.

***

La camioneta de papá ya esperaba en el portón. Tocó la bocina dos veces.

—¡Camilo! ¡Se nos va el día!

Subí. Cerré la puerta. El camino de tierra se estiró delante de nosotros entre el polvo rojo y la sombra de los árboles.

—¿Todo bien, hijo? —preguntó papá, sin mirarme.

—Todo bien —dije.

Papá asintió. Encendió un cigarrillo y abrió la ventanilla un dedo. Viajamos en silencio el resto del camino. Yo miraba el campo pasar sin verlo, con las voces del sauna todavía resonando en los oídos y el olor de Lucía todavía en la piel.

Finca Peralta. No era un lugar al que uno llegaba por primera vez.

Era un lugar del que no se volvía igual.

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Comentarios (4)

Morbologo

Tremendo relato, me atrapó desde el primer párrafo. Esperando ansioso la continuación!!!

FedeLector

Que arranque, quede con ganas de saber todo lo que pasó dentro de esa finca. Segunda parte porfavor

VickyDM

Me encanto como lo narraste, se siente real sin ser burdo. Sigue escribiendo así!

NicoNorte_ba

excelente!!! sigue así

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