Lo que mi padre hizo en nuestra cama esa noche
Nunca pensé que el duelo de mi padre terminara de esa manera. Pero hay noches que no anuncias, que simplemente suceden, y que después no sabes muy bien cómo contarlas.
Cuando murió mi madre, Rodrigo quedó desorientado de una manera que ninguno de nosotros supo ver al principio. Era un hombre hecho a sí mismo: de los que resuelven sin pedir ayuda, de los que nunca están enfermos, de los que llegan tarde a los médicos porque siempre tienen algo más urgente que hacer. Pero sin ella, sin la estructura que mi madre había construido en silencio durante cuarenta años, algo en él se apagó de golpe.
Lo lógico fue traerlo a vivir con Silvia y conmigo mientras tramitábamos una plaza en alguna residencia decente. Era lo razonable. Lo que ninguno de los dos anticipó era lo que esa convivencia traería consigo.
Los primeros días fueron tranquilos. Rodrigo se adaptó a nuestros horarios, ayudaba con la compra, mantenía conversaciones completamente lúcidas sobre política o sobre el partido del domingo. Era difícil creer que algo fallaba en su cabeza.
Pero luego empezaron los episodios.
Silvia fue la primera en darse cuenta. Una mañana lo encontró parado en mitad del pasillo, mirando la pared, sin entender dónde estaba ni hacia dónde quería ir. Le preguntó si necesitaba algo y él respondió con una frase sin relación ninguna con la pregunta. Al rato volvía a ser el mismo de siempre, como si nada hubiera pasado.
Después vinieron cosas más llamativas. Salió al portal en ropa interior. En la cena hizo un comentario sobre el escote de Silvia que cortó la conversación en seco. Pequeñas cosas que, sumadas, dejaban claro que el deterioro avanzaba sin prisa pero sin pausa.
Lo hablé con mi hermana Carla. Tuvimos una conversación seria con él en uno de sus momentos lúcidos. Lo bueno de mi padre era su racionalidad cuando estaba presente: entendió que era mejor entrar en una residencia con dignidad, antes de que el deterioro avanzara tanto que no pudiera adaptarse. Había visto lo que le pasó a un cuñado suyo que llegó tarde a una de esas casas, cuando ya no reconocía a nadie, y el trato había sido muy distinto al que recibían quienes llegaban en plenas facultades y generaban empatía con los cuidadores desde el primer día.
Cuando le conté a Silvia que los días en casa estaban contados, la vi soltar el aire. Me confesó entonces lo que no se había animado a contarme antes: que en una ocasión mi padre había entrado al baño mientras ella se duchaba, que en otra le había rozado la cadera al cruzarla por el pasillo con una familiaridad que no era del todo accidental. Con la residencia ya acordada pudimos hablar de eso sin drama, casi con humor. Le pregunté si le había gustado lo que vio. Silvia sonrió y me dijo que no le había disgustado del todo, que ahora entendía de dónde sacaba yo lo mío. Y lo remató con un toquecito en los bajos que no dejaba lugar a interpretaciones.
La tensión en casa bajó de golpe. Nuestras noches volvieron a ser nuestras.
***
Llevábamos ya una semana en la que Rodrigo había tenido pocos episodios. Casi podíamos olvidarnos de que había alguien al otro lado del pasillo.
Esa noche Silvia había bebido una copa de más con la cena y estaba de ese humor tranquilo y dispuesto que a mí siempre me costaba resistir. Me metí en la cama sin decir nada. Cuando ella llegó al dormitorio, cerró la puerta, se quitó el camisón sin que se lo pidiera y se montó encima de mí directamente.
La miraba desde abajo. Los pechos cayendo hacia delante, el pelo suelto sobre los hombros, los ojos entornados. Tenía ese tipo de belleza que no necesita esfuerzo, que está sin más y que, después de años juntos, todavía me sacaba de mí mismo.
Llevábamos unos minutos así, en silencio, con ese ritmo pausado que a veces es más intenso que cualquier urgencia, cuando levanté la vista hacia la puerta.
Estaba abierta.
Y en el umbral había una figura.
El corazón me dio un vuelco. Un segundo después la reconocí. Era mi padre. Completamente desnudo. Con la mano derecha en movimiento entre las piernas, mirando a Silvia con una fijeza que no era accidental ni confusa.
Me quedé paralizado.
Silvia notó que había dejado de moverme y me miró. Señalé con los ojos hacia la puerta, despacio, para que no se asustara de golpe. Giró la cabeza. Vi cómo su espalda se tensaba bajo mis manos.
Ninguno de los dos dijimos nada.
Mi padre no parecía ver que lo habíamos visto. Seguía ahí, al ritmo de lo que habíamos hecho antes, con la vista clavada en Silvia. No podía saber con certeza si estaba en uno de sus episodios o si simplemente había tomado una decisión consciente. En ese momento esa distinción no tenía respuesta posible.
Lo que sí supe fue que el momento de haberlo parado ya había pasado.
Silvia apoyó las manos en mi pecho y empezó a moverse de nuevo. Despacio al principio. Noté que estaba más húmeda que antes. Yo estaba más duro que antes.
Ninguno de los dos lo dijo en voz alta.
Mi padre avanzó un paso hacia la cama. Luego otro. Lo seguía con el rabillo del ojo mientras intentaba centrarme en Silvia, pero era imposible ignorar lo que se acercaba. Para cuando llegó al borde del colchón, ya estábamos los tres dentro de algo que no tenía nombre.
Se arrodilló junto a la cama. Tenía los ojos puestos en los pechos de Silvia con una intensidad que reconocí porque era la misma que yo le tenía. Alargó una mano.
Ella no se apartó.
Le recorrió el pecho con la palma, despacio, con una seguridad que me sorprendió. Silvia cerró los ojos un instante. Luego los abrió y lo miró directamente.
Se miraron los dos.
No sé cuánto duró eso. A mí me pareció mucho tiempo.
Mi padre inclinó la cabeza hacia ella. Silvia fue la que cerró la distancia. Los vi besarse mientras yo seguía dentro de ella, quieto, sin saber exactamente qué hacía ni por qué no lo detenía. Solo sabía que no podía parar.
Silvia estiró el brazo y envolvió con la mano la erección de mi padre. Él echó la cabeza hacia atrás y empujó las caderas hacia delante con un sonido grave en la garganta.
La situación ya no tenía marcha atrás.
Nos movimos para hacer espacio en la cama y mi padre se colocó de rodillas junto a nosotros. Silvia lo masturbaba con una mano mientras con la otra me acariciaba el pecho. Yo sentía el calor de él en mi piel cada vez que ella lo acercaba. Era una sensación que no tenía catalogada y que, por eso mismo, me resultaba imposible ignorar.
Metí una mano por detrás de mi padre casi sin pensar, buscando quizás una reacción, esperando que algo lo detuviera o lo hiciera despertar. No hubo resistencia. Solo un pequeño movimiento de apertura y un sonido bajo que dejó claro que no estaba soñando.
Eso aceleró todo lo que quedaba.
Silvia se inclinó hacia delante. Empezó a besarnos alternativamente, primero a uno, luego al otro, luego intentando los dos a la vez con la lengua. Mi padre aceleró el movimiento de sus caderas. Yo aceleré el mío.
Cuando Silvia se corrió, los espasmos me los transmitió desde dentro. La sentí apretar con fuerza, oí el sonido que hacía cuando no podía contenerse. Se quedó un momento quieta sobre mí, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en el pecho de los dos.
Luego se levantó de encima de mí.
Mi erección cayó contra mi vientre y chocó con la de mi padre. Silvia las miró un segundo, luego las juntó con los dedos y empezó a masturbarlas al mismo tiempo, primero despacio, luego con más ritmo, mirándolas y mirándome a mí con una expresión que no le había visto nunca.
Mi padre llegó primero. Se corrió con abundancia, sobre la mano de Silvia, sobre mi vientre, sobre ella misma. Silvia usó todo eso para seguir.
Yo duré poco después de eso.
Vi cómo ponía la mejilla contra la de mi padre y los dos me miraban cuando me vine. Nunca llegué así de duro. Nunca sentí exactamente eso.
***
Después no hubo palabras.
Mi padre volvió a su cuarto sin decir nada. Silvia se recostó a mi lado, la cabeza apoyada en mi hombro, la respiración todavía agitada. Escuché el silencio del otro lado del pasillo instalarse despacio, sin prisa.
Tardé mucho tiempo en dormir.
Al día siguiente Rodrigo desayunó con nosotros como si nada. Preguntó si había tostadas. Se sirvió el café. Comentó algo sobre el tiempo. Silvia y yo nos miramos sobre la mesa sin decir nada y volvimos a mirar hacia otro lado.
Nunca volvimos a hablar de esa noche.
Pero antes de que cerrara los ojos aquella madrugada, volví al momento en que mi padre me había mirado desde la cama cuando todo terminaba. En su mirada no había velo, no había ausencia, no había confusión.
Solo había algo que reconocí sin querer.
Y ya no podía decir con seguridad qué había sido real esa noche y qué no.