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Relatos Ardientes

Mi madre nunca llegó a ver la película

Marcos llevaba diez minutos esperando al pie de las escaleras con las llaves del coche en la mano. La película empezaba en cuarenta minutos y su madre seguía sin bajar. Miró el reloj, luego la escalera, luego el reloj otra vez.

—¡Mamá! —gritó hacia el piso de arriba—. ¡Se nos va a hacer tarde!

—¡Ya voy! —respondió Elena desde su cuarto—. ¡Los cines nunca empiezan a su hora!

Cuando por fin apareció en lo alto de la escalera, Marcos tardó un segundo en reaccionar. Su madre llevaba un vestido azul oscuro que le llegaba a media pierna, muy ceñido al cuerpo, con un escote pronunciado que no dejaba demasiado a la imaginación. Cada paso que daba hacia abajo hacía que sus caderas se movieran de una manera que él conocía demasiado bien y que llevaba tiempo tratando de ignorar.

—¿Así vas al cine? —preguntó cuando ella llegó al último escalón.

—¿Qué tiene de malo? —Elena lo miró con expresión inocente, girándose ligeramente sobre sí misma.

—Que parece que vas a una discoteca, no a ver una película.

—Hace calor, hijo. Y me apetecía ponerme algo bonito. ¿Hay alguna ley que lo prohíba?

Marcos tragó saliva. Tenía dieciocho años y llevaba más tiempo del que quería admitir luchando contra pensamientos que no debería tener. Su madre era una mujer atractiva, lo sabía todo el barrio, y cuando vestía así era imposible no notarlo. No era el único que lo notaba: sus amigos lo dejaban claro cada vez que venían a casa.

—La gente te va a mirar —dijo, buscando una razón que sonara razonable.

—¿Y? —Elena recogió el bolso de la mesa del recibidor—. Que miren.

—A mí no me gusta. No me gusta que otros hombres te desnuden con la mirada.

Su madre se detuvo y lo miró de frente, con la cabeza ligeramente inclinada, como si acabara de descubrir algo interesante en él.

—¿Celos? —preguntó.

—No son celos.

—¿Entonces qué son?

Marcos no respondió. Elena dejó el bolso sobre la mesa y cruzó los brazos, sin prisa, estudiándolo con esa manera suya de observar que siempre lo ponía nervioso.

—Explícame —dijo—. Qué es exactamente lo que ven los hombres cuando te miran así.

—Mamá, no voy a...

—No te voy a regañar. Te lo prometo. Solo cuéntame lo que piensa un hombre cuando te ve.

Si te lo cuento, no habrá forma de volver atrás.

—Que estás muy bien —dijo al fin, escuetamente—. Que el vestido te marca el cuerpo. Las caderas, los pechos, todo. Es ropa que llama la atención y cualquiera que pase por la calle va a saberlo.

Elena asintió despacio, sin ruborizarse, sin apartar los ojos de él.

—¿Y eso te molesta?

—Me molesta cuando lo hacen otros. —Hizo una pausa—. A mí también me pasa, si quieres saberlo. Y me siento mal por eso, porque eres mi madre.

Hubo un silencio cargado de algo que ninguno de los dos quería nombrar. Elena lo miraba con calma, como si no le sorprendiera lo que acababa de escuchar.

—No tienes que sentirte mal —dijo por fin—. Eres un hombre. Mi cuerpo es el de una mujer. Son cosas que ocurren.

—Cosas que no deberían ocurrir entre nosotros.

—¿Por qué no?

Marcos no supo qué responder. Su madre recogió el bolso de nuevo y fue hacia la puerta con paso tranquilo, como si la conversación no le hubiera afectado lo más mínimo.

—Venga —dijo—. Que se nos hace tarde de verdad.

***

Fueron en el coche de Elena. Ella conducía; Marcos iba en el asiento del copiloto mirando por la ventanilla. El vestido se le había subido un poco al sentarse, dejando las piernas a la vista hasta bien por encima de la rodilla. Él lo notó en cuanto subió y decidió fijar la mirada en la calle.

Duró tres minutos.

—Llevas un rato mirando —dijo Elena sin apartar los ojos de la carretera.

—Estaba mirando por la ventana.

—Estabas mirando mis piernas. No pasa nada, solo lo digo.

—Mamá...

—¿Qué? No te estoy riñendo. Te estoy diciendo que no pasa nada.

Marcos resopló y apoyó el codo en la puerta. Afuera, las calles nocturnas pasaban en bloques de luz y sombra. Había poca gente a esas horas y el tráfico era fluido.

—Es que con ese vestido es difícil no hacerlo —dijo.

—Lo sé —respondió ella, y en su voz no había ni un gramo de reproche—. ¿Sabes qué creo yo?

—¿Qué?

—Que llevas tiempo con tensión acumulada y que eso hace que todo te parezca más intenso de lo que es. Que tu cuerpo necesita algo que no está recibiendo y lo busca en cualquier parte.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí. —Pausa breve—. ¿Cuándo fue la última vez que te desahogaste de verdad?

Marcos se tensó en el asiento.

—Eso no es una pregunta que te haga yo a ti, así que no me la hagas tú a mí.

—De acuerdo —dijo ella, sin insistir.

Siguieron en silencio durante varios minutos. Elena conducía con una mano en el volante, relajada, como si la conversación que acababan de tener no hubiera tenido lugar. Marcos intentó mirar la calle. Intentó pensar en la película, en lo que iban a cenar después, en cualquier otra cosa.

No funcionó.

—¿Llevas bragas debajo del vestido? —preguntó de repente.

El silencio que siguió duró exactamente cuatro segundos.

—¿Por qué me preguntas eso? —respondió ella en voz completamente tranquila.

—Se me escapó. Olvídalo.

—Esas cosas no se escapan solas, Marcos.

—Mamá, olvídalo.

—Sí —dijo ella—. Las llevo. El vestido es demasiado ceñido para el sujetador, pero las bragas sí.

Marcos cerró los ojos un momento y apoyó la cabeza contra el reposacabezas. El semáforo del cruce siguiente se puso en rojo y Elena frenó despacio. La luz roja les iluminó el interior del coche.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—No especialmente.

—¿Necesitas algo?

—Necesito llegar al cine y que esto se me pase de una vez.

Elena no respondió de inmediato. Cuando el semáforo cambió y arrancó de nuevo, lo miró de reojo un instante.

—Hay otra opción —dijo.

—No digas lo que estás pensando.

—Solo es una sugerencia.

—Una sugerencia que ninguna madre debería hacerle a su hijo.

—¿Y si te digo que no me importa? —dijo ella, con una calma que a Marcos le resultó más desconcertante que cualquier otra reacción posible—. Sigues siendo mi hijo. Pero también eres un hombre adulto, y llevo un rato viendo que lo estás pasando mal. No tiene que ser nada del otro mundo.

—¿Qué estás proponiendo exactamente?

—Que te desahogues. Aquí, en el coche, si lo necesitas.

Marcos la miró. Elena tenía los ojos en la carretera, las manos en el volante, el perfil serio y tranquilo. No estaba bromeando. Nunca bromeaba con ese tono.

—¿Delante de ti?

—Sí.

***

Tardó casi un minuto entero en responder. Elena no presionó. Siguió conduciendo por la avenida como si hubiera preguntado qué querría cenar esa noche.

—De acuerdo —dijo él por fin.

—De acuerdo —repitió ella, sin alterarse.

Marcos se bajó la cremallera despacio. Notó el aire acondicionado del coche en la piel y la extrañeza absoluta de la situación. Aunque "extrañeza" no era la palabra exacta. Era más bien una descarga de todo lo que llevaba tiempo acumulando, concentrada de golpe en ese momento concreto.

Elena condujo sin decir nada durante casi un minuto. Pero Marcos notó el pequeño cambio en su respiración: más superficial, más rápida. Lo notó aunque ella mantuviera la vista al frente.

—No estás mirando la carretera —dijo él.

—Sí que miro.

—De reojo no cuenta.

—¿Te molesta?

Marcos no respondió.

En el siguiente semáforo en rojo, Elena extendió la mano derecha y la apoyó sobre la rodilla de su hijo. Él se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué haces? —susurró.

—Lo que debería haber hecho antes —dijo ella.

—Mamá...

—Puedo parar. Dímelo y paro.

Marcos no dijo nada.

La mano de Elena se deslizó despacio hacia arriba. Cuando él sintió sus dedos envolverse alrededor de él, soltó el aire de golpe, como si hubiera estado aguantando la respiración sin saberlo.

—¿Así? —preguntó ella.

Él asintió, sin voz.

Los dedos de su madre empezaron a moverse con una cadencia que Marcos no había esperado: firme, segura, sin apresurarse. El semáforo se puso en verde y Elena arrancó sin apartar la mano, maniobró por la calle con la mano izquierda en el volante. Marcos tenía la cabeza echada hacia atrás contra el reposacabezas y los ojos cerrados. Afuera pasaban farolas, árboles, fachadas iluminadas. A él le daba exactamente igual todo eso.

—¿Te gusta? —preguntó su madre.

—Sí —dijo él, apenas en un susurro.

—¿Más?

—Sí.

Elena aceleró el ritmo. Marcos apretó los dedos sobre el borde del asiento y notó que le temblaba la pierna.

—Estás temblando —observó ella.

—Sí.

—¿Estás bien?

—Más que bien.

Pasaron por debajo de un puente y la calle se volvió más oscura por un momento. Elena redujo la velocidad y giró hacia una calle secundaria tranquila. Frenó junto a la acera y puso el punto muerto sin apagar el motor.

—Mamá —dijo él cuando notó que ya no podía aguantar mucho más—. Ya...

Ella no respondió con palabras. Se inclinó hacia él.

Marcos cerró los ojos antes de que llegara. No dijo nada cuando notó el calor de su boca. Solo soltó el aire muy despacio y hundió los dedos suavemente en el pelo de su madre, sin presionarla, solo para tener algo a lo que aferrarse mientras el mundo que conocía se reorganizaba a su alrededor.

Los minutos que siguieron fueron los más intensos de su vida hasta ese momento. Elena no tenía prisa. Cambiaba el ritmo justo cuando él empezaba a acostumbrarse, alternaba la presión, sabía exactamente lo que estaba haciendo. Marcos intentó no pensar en cómo lo sabía. Lo intentó con todas sus fuerzas y no pudo, y en algún punto dejó de importarle.

—Mamá —dijo cuando ya no pudo más—. Ya no puedo...

Ella no se apartó.

Marcos se aferró al asiento con la mano libre, apretó los ojos y dejó que todo ocurriera.

***

Pasaron un rato en silencio. El motor seguía encendido. La calle estaba quieta fuera del cristal, solo algún coche lejano pasando por la avenida principal.

—Al cine ya no llegamos —dijo Elena al fin, incorporándose y colocándose el pelo con una normalidad que a Marcos le resultó casi surrealista.

—No.

—¿Volvemos a casa?

Marcos miró por la ventanilla. Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos. Pensó en todo lo que había ocurrido en los últimos cuarenta minutos, en cómo había empezado la noche y en cómo estaba terminando, y no encontró ningún arrepentimiento donde esperaba encontrarlo.

—Sí —dijo—. Volvemos a casa.

Elena arrancó y giró en dirección contraria al cine. No hablaron durante el camino de vuelta. No hacía falta. Había cosas que, una vez cruzadas, ya no necesitaban palabras para existir.

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Comentarios (5)

Lautaro_BA

Que relato, me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Espero que haya continuacion!

noctambulo_r

jajaja el titulo lo dice todo... la peli nunca apareció 😂 buenisimo

Martina_lec

Increible como lo contaste, se siente tan real. Por favor seguí con mas capítulos!

Carlos_RT

Me encantó la tension que se va construyendo. El final fue una sorpresa que no vi venir jaja

GabrielMDF

Muy buen relato, de los mejores que lei en esta categoría. Saludos desde el interior

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