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Relatos Ardientes

Lo que descubrí en las cámaras de mi suegro

Llevaba semanas con acceso al panel de vigilancia desde que ayudé a mi suegro a instalar las cámaras en su casa. Él viajaba mucho por trabajo y quería poder revisar la propiedad a distancia. Yo tenía las claves porque era el único de la familia que entendía algo de tecnología. Nunca se me había ocurrido mirar sin que él me lo pidiera.

Aquella tarde lo hice por rutina, mientras esperaba que se compilara un proyecto en el ordenador. Abrí el panel, vi que todo estaba encendido y, antes de cerrarlo, me quedé mirando la cámara del salón. Mi suegro, Donato, estaba de pie en el centro de la habitación. Y no estaba solo.

La mujer que acababa de entrar por la puerta era Beatriz, su segunda hija. Casada desde hacía dos años con un tipo que yo nunca había terminado de entender del todo. Pelirroja, con el pelo corto a la altura de la mandíbula, y ese porte de quien sabe exactamente el efecto que produce al entrar en una habitación. Llevaba un vestido rojo que le quedaba muy por encima de las rodillas. Cuando Donato la recibió, no fue con el abrazo de costumbre. Sus manos fueron directas a la cadera de ella y de ahí al trasero, que apretó sin ningún disimulo.

—Papá —dijo ella, pero la sonrisa que tenía en la boca no acompañaba ninguna protesta real—, eso debería hacérmelo Germán, no tú.

—¿Ese inútil? —respondió Donato sin soltarla—. No sabe lo que tiene. Desde hoy, tu marido soy yo.

Mientras hablaba, le fue subiendo el vestido despacio, hasta dejar al descubierto un trasero cubierto apenas por un tanga negro. Beatriz no retrocedió. Al contrario, llevó una de sus manos al pantalón de su padre y lo apretó con suavidad.

Yo debería haber cerrado el panel. No lo hice.

Donato se sentó en el sofá, se bajó los pantalones y la llamó. Ella se dio la vuelta, se subió el vestido y le apartó el tanga con un gesto que no tenía nada de improvisado. Se bajó sobre él con una lentitud calculada y comenzó a moverse. El sonido llegaba con algo de retardo a través de los micrófonos, pero sus gemidos eran inconfundibles.

—Siempre supe que eras una sinvergüenza —dijo él entre jadeos—, pero no sabía hasta qué punto.

—Todo para hacerte feliz, papá —respondió ella sin dejar de moverse.

Siguieron así un buen rato. Ella de rodillas sobre el sofá, él de pie detrás, marcando el ritmo con las manos en sus caderas. Beatriz arqueaba la espalda y decía cosas que no siempre alcanzaba a escuchar bien. Donato le besaba el cuello, le acariciaba los pechos por debajo de la blusa que llevaba abierta.

—Lo haces mejor que Germán —dijo ella en un momento.

—No me nombres a ese cornudo —respondió él sin detenerse.

Cambiaron de posición varias veces. Tumbada en el sofá, él encima. De pie, ella apoyada en la pared con los brazos extendidos. Donato parecía empeñado en demostrar algo, aunque no quedaba claro para quién. En un momento la hizo arrodillarse frente a él. Beatriz lo tomó en la boca sin que hiciera falta pedírselo dos veces. Los gemidos de Donato fueron subiendo de intensidad hasta que se corrió, y ella no dejó escapar nada.

Pero no fue el final.

Beatriz siguió estimulándolo con la boca hasta que lo tuvo listo de nuevo. Después se puso de pie, se apretó los pechos alrededor de él y comenzó a moverse despacio. Cuando Donato volvió a estar completamente duro, la hizo tumbarse de lado sobre el sofá con las rodillas dobladas y se colocó detrás de ella. Esta vez fue más despacio, con más pausa entre cada movimiento, como si quisiera que durara.

—Eres lo mejor que he tenido en mucho tiempo —le dijo al oído.

—Pues no pienso dejarte olvidarlo —respondió ella.

Llegaron al límite con pocos segundos de diferencia. Donato se corrió con un gemido largo y apagado. Beatriz se arrodilló una vez más para terminar lo que él había empezado. Cuando el sistema se cortó de golpe, me quedé mirando la pantalla en negro sin mover un músculo.

***

Unos minutos después, el sistema volvió a conectarse. Esta vez no fue la imagen del salón de mis suegros lo que apareció. Era otra cámara, en otro piso. La habitación de Beatriz, supuse, aunque nunca había estado en su apartamento. Debía tener instalada también una cámara allí, por alguna razón que yo no conocía.

Beatriz no estaba sola.

Su hermana Sara estaba sentada en el borde de la cama, vestida con un conjunto de lencería azul que contrastaba con su piel clara. Sara era la mayor, rubia, con la sonrisa fácil de quien nunca parece tener prisa. Beatriz llevaba algo similar en negro. Las dos se reían de algo que yo no podía escuchar bien por la distancia del micrófono.

—Papá dice que tenemos que mejorar nuestra relación como hermanas —dijo Beatriz, con un tono que lo decía todo.

—Ya me imaginaba yo qué tipo de relación tenía en mente —respondió Sara. No había disgusto en su voz. Solo curiosidad.

Se arrodillaron juntas sobre la cama y se besaron. No fue un beso de hermanas. Fue largo, con las manos en la nuca, con los cuerpos acercándose hasta que ya no hubo espacio entre ellas. Sara acariciaba el pelo de Beatriz. Beatriz tenía los ojos cerrados.

Sara llevó una mano al pecho de su hermana y comenzó a acariciarlo despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Beatriz exhaló suavemente y dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Siempre me ha dado envidia tu cuerpo —murmuró Sara.

—El tuyo tampoco está nada mal —respondió Beatriz con una sonrisa.

Sara bajó la cabeza poco a poco. Le quitó el tanga con los dientes y dejó a su hermana expuesta sobre la cama. Se tumbaron de lado, besándose de nuevo, hasta que Beatriz pidió que se pusieran de rodillas. Se colocó detrás de Sara, le acarició los pechos desde atrás y luego la hizo tumbarse boca abajo.

Empezó besándole la espalda. Después fue bajando vértebra por vértebra hasta llegar al trasero, que le besó despacio antes de continuar. Sara comenzó a gemir cuando la lengua de su hermana llegó a donde debía llegar. Se aferraba a las sábanas con los puños cerrados y movía las caderas buscando más contacto.

—Dios mío, hermanita —dijo con la voz entrecortada—, estoy gozando más ahora que durante todo mi matrimonio.

Beatriz no respondió. Siguió con la misma atención hasta que Sara se corrió con un espasmo largo y un gemido que llenó toda la habitación.

Después fue el turno de Beatriz. Sara la pidió que se tumbara y tomó el control sin apresurarse. Le separó las piernas y comenzó desde las rodillas, subiendo muy despacio, besando cada centímetro antes de llegar al centro. Beatriz aguantó lo que pudo, que no fue mucho.

—No pares —pedía—. Por favor, no pares.

Sara no paró. Siguió hasta que Beatriz se corrió con un temblor que le recorrió todo el cuerpo.

***

Cuando las dos recuperaron el aliento, se tumbaron juntas en la cama. Sara acariciaba el muslo de su hermana sin decir nada. Beatriz miraba el techo con esa expresión que tienen las personas cuando acaban de descubrir algo que cambia un poco su idea del mundo.

—¿Es la primera vez que estás con una mujer? —preguntó Sara.

—Sí —respondió Beatriz—. Papá me lo propuso hace unos días. Me costó un poco decidirme. Pero no me imaginaba que fuera así.

—¿Mejor o peor de lo que pensabas?

—Mucho mejor.

Sara sonrió y se incorporó para alcanzar el cajón de la mesilla. Sacó dos consoladores y los dejó sobre la cama entre las dos.

—Son más grandes que el de Germán —dijo Beatriz.

—El de mi marido tampoco llega a eso —respondió Sara, y las dos se rieron de la misma manera, con ese tipo de risa que solo existe entre hermanas.

Se pusieron de rodillas frente a frente, sobre el colchón, con las piernas cruzadas. Al mismo tiempo, como si lo hubieran ensayado, llevaron los consoladores a sus bocas y los chuparon sin dejar de mirarse. Había algo en ese gesto compartido que lo hacía más denso que cualquier otra cosa que hubiera visto hasta ese momento.

Después, cada una acercó el suyo al cuerpo de la otra. Hubo un momento de pausa, de miradas, de una sonrisa cómplice, y finalmente cada una tomó el propio y lo introdujo sola, con los ojos fijos en la hermana. Las dos comenzaron a moverse al mismo ritmo, como en un espejo.

—¿Te gusta, hermanita? —preguntó Beatriz.

—Esto es increíble —respondió Sara—. No hay gatillazo, no hay explicaciones, no hay nada que no quiera.

Estuvieron así un rato largo. Sara llevó la mano libre a los pechos de su hermana y se los acarició. Beatriz bajó la cabeza y le mordió suavemente el hombro. Los gemidos de las dos se mezclaban en la habitación y era difícil distinguir cuál era cuál.

En un momento, Beatriz sacó el consolador y miró a su hermana con una expresión que era mitad pregunta, mitad reto.

—¿Y si lo probamos por otro lado?

Sara tardó un segundo en responder. Luego asintió con la cabeza.

—Hoy quiero probarlo todo —dijo.

Se puso a cuatro patas y dobló la espalda hacia abajo. Beatriz se colocó detrás de ella y comenzó muy despacio, comprobando la reacción de su hermana antes de continuar. Sara apretó los dedos contra el colchón pero no pidió que parara.

—Sigue —dijo con voz baja—. No te detengas.

Beatriz fue tomando ritmo. Con la mano libre buscó el sexo de su hermana y comenzó a acariciarlo al mismo tiempo. Los gemidos de Sara fueron subiendo de intensidad hasta que se corrió de nuevo, con un orgasmo que la dejó completamente quieta por varios segundos.

Cuando se recuperó, se volvió hacia su hermana.

—Ahora yo —dijo.

La hizo tumbarse boca arriba e introdujo los dedos despacio, con cuidado, hasta que Beatriz empezó a moverse al ritmo de su mano. Luego tomó el consolador y lo intercambió por los dedos. Beatriz arqueó la espalda y hundió los talones en el colchón.

—Más —pedía—. Más fuerte.

Sara obedeció. Cuando Beatriz llegó al orgasmo, lo hizo con todo el cuerpo, con un gemido largo que fue decreciendo poco a poco hasta convertirse en una respiración profunda y regular. Se quedó tendida sobre la cama con los brazos abiertos, sin moverse.

Las dos hermanas se tumbaron juntas, hombro con hombro, sin hablar. Afuera, la luz de la tarde estaba cambiando de color.

Yo cerré el panel de vigilancia, apagué el monitor y me quedé mirando la pared durante un buen rato. No sabía muy bien qué había visto, ni cómo iba a borrarlo de la cabeza, ni si en algún momento iba a ser capaz de sentar a toda esa familia en la mesa de Navidad y mirarlos a los ojos como si nada hubiera pasado.

Lo que sí sabía era que iba a instalar una contraseña diferente en ese panel. Una que solo conociera yo.

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Comentarios (5)

fran

tremendo relato!!! me engancho desde el primer parrafo y no pude soltar el celular

NightReader7

Por favor que haya una segunda parte, quedé con muuuuchas ganas de saber como termina todo esto. El final así cortado es una tortura jaja

DiegoSC

Muy bien narrado, se siente autentico. Ese momento de darse cuenta de lo que estaba viendo lo describiste perfecto.

Abel

Increible. 5 estrellas sin dudar!!!

Matias_Gdl

El titulo solo ya te atrapa, y el relato cumple con creces. Seguí escribiendo que tenés talento.

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