Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La sorpresa que mi tío me tenía preparada

Debo confesar que tardé más de lo que debería en sentarme a escribir esto. El trabajo y las obligaciones tienen esa mala costumbre de colarse entre uno y lo que realmente importa. Pero aquí estoy, porque lo que pasó ese martes merece ser contado.

Quienes leyeron mi relato anterior saben de qué hablo: mi tío Aurelio, el dueño de la casa donde vivía, me descubrió un domingo usando lencería. No fue una confrontación delicada. Fue cruda, directa, y terminó con él haciéndome suya de una manera que no se parecía en nada a lo que había vivido con Diego, mi pareja de entonces. Con Diego todo era ternura, caricias lentas, palabras amables. Con Aurelio fue otra cosa: dominio puro, sin disculpas, sin rodeos. Y para mi sorpresa, eso me encendió de una forma que todavía no entendía del todo.

Cuando se fue ese domingo, me avisó con pocas palabras que volvería al día siguiente. Pero el lunes recibí una llamada suya: no vendría ese día, sino el martes. Y traería algo para mí. Una sorpresa, dijo, antes de colgar sin dejarme responder.

El lunes intenté no pensar en nada. Tomé el día para mí, descansé, y al anochecer me puse mi tanguita roja y un top cómodo para dormir. Me dije que no iba a especular, que ya llegaría lo que tuviera que llegar. Pero el cuerpo sabe sus cosas: me dormí con una sensación que oscilaba entre la ansiedad y una anticipación que me avergonzaba reconocer.

El martes amaneció con un sol insistente. A las diez de la mañana sonó mi teléfono. Era Aurelio.

—Estate atenta, cerdita. Va a ir alguien a prepararte. Cuando termine, me avisas.

Y colgó. Sin más explicaciones.

A las diez y media tocaron a la puerta. Abrí y encontré a una chica, o al menos eso parecía a primera vista, con un maletín de maquillaje en una mano y varias bolsas en la otra. Se llamaba Valeria.

—Me envía el señor Aurelio —dijo, con una sonrisa tranquila—. ¿Ya estás bañada y depilada?

Asentí, y ella entró sin más ceremonias. Me sentó frente al espejo y empezó a trabajar. Sus manos eran precisas, casi profesionales: base, contorno, labios en rojo oscuro, pestañas cargadas. Cuando terminó el maquillaje, sacó la ropa de las bolsas.

Lencería negra completa: medias con liguero, tanga y sujetador pequeño. Encima, un vestido negro con una franja de colores en la cintura que apenas cubría las nalgas. Una peluca negra de ondas sueltas. Aretes plateados largos, una pulsera ancha en la muñeca derecha. Y unos zapatos de tacón alto que hacían que todo lo que quedaba debajo del vestido se arqueara de una forma que costaba ignorar.

Cuando estuvo todo puesto, Valeria sacó algo más de la bolsa. Un objeto pequeño de metal que yo no reconocí.

—Póntelo —dijo.

—¿Qué es eso? No sé cómo se usa.

—Son órdenes del señor. Es una jaula de castidad. Va en tu pene. Baja la tanga.

Lo hice sin saber muy bien por qué obedecí tan rápido. Valeria la colocó con la práctica de quien lo ha hecho antes, y en segundos mi sexo quedó encerrado en aquella estructura de metal frío. La sensación fue extraña, incómoda, y sin embargo algo en mí se apretó de una forma que no tenía que ver con el dolor.

Valeria llamó a Aurelio para avisarle que estaba lista. Él le ordenó que esperara hasta que llegara.

***

Mi tío llegó veinte minutos después. Le pagó a Valeria, ella le entregó la llave de la jaula, y la puerta se cerró dejándonos solos.

De una bolsa que traía, Aurelio sacó un plug anal de tamaño mediano. La piedra en el extremo era roja, en forma de corazón.

—Esto te va a ayudar mucho esta noche —dijo.

Me puso en cuatro sobre el sillón, lubricó el plug con calma, y lo fue introduciendo despacio. Sentí cómo mi cuerpo resistía y luego cedía, el anillo cerrándose de golpe cuando el objeto quedó completamente dentro. Solo sobresalía la piedra roja.

Se sentó a mi lado con una cerveza ya abierta y me ofreció otra. Le dije que prefería estar despejada.

—No te estoy preguntando —respondió.

Después de tres cervezas empecé a relajarme. El plug me estimulaba con cada movimiento, con cada latido. Aurelio se acercó y comenzó a besarme el cuello con lentitud. Su lengua era áspera y cálida, y recorrió desde detrás de la oreja hasta el hombro sin apresurarse. Mi piel se erizó.

Quería que me tratara como el domingo, con esa intensidad que no pedía permiso. Pero esta vez era diferente: me calentaba sin darme lo que necesitaba, y eso era su propio tipo de tortura. Lo acaricié por encima del pantalón. Estaba duro. Me senté sobre sus rodillas y lo besé.

—Tío —le dije en voz baja—, ya no me torture. Hágame suya. Soy su putita, su cerdita.

Él me apartó con cuidado, tomándome de la cintura.

—Espera —dijo—. La sorpresa llega ahora.

***

Diez minutos después tocaron a la puerta.

—Ábrela —ordenó Aurelio—. Es tu sorpresa.

Me acerqué con el corazón disparado. Al abrir encontré a un hombre de unos treinta años que me sacaba casi una cabeza, aunque yo con los tacones medía más de lo habitual. Musculoso, vestido con camisa vaquera ceñida al cuerpo, barba recortada de candado. Me quedé muda.

—Pasa, estás en tu casa —dijo Aurelio desde el sillón.

Intenté protestar. No entendía qué hacía ese hombre ahí, por qué Aurelio lo traía sin haberme dicho nada.

Mi tío se levantó, me tomó suavemente del cuello y me miró a los ojos.

—No estás en posición de reclamar nada —dijo—. Ya te lo dije: harás lo que yo quiera. Y esta noche quiero ver cómo mi amigo Gerardo te rompe el culito delante de mí.

Me senté en el sillón. Las piernas me temblaban un poco.

Gerardo tomó asiento también. Aurelio le ofreció una cerveza y los dos hablaron como si aquello fuera lo más normal del mundo. Luego me explicó: la semana anterior, en una reunión con amigos, había salido el tema. Contó que tenía una sobrina travesti que disfrutaba de los hombres. Gerardo, ingeniero, se había interesado de inmediato. Le gustaban los putitos, dijo. Y así se había arreglado todo.

Yo los escuché. Y algo en mí, que ya no podía atribuirle solo a las cervezas ni al plug ni a los dedos de Aurelio en mi cuello, empezó a arder.

Miré a Gerardo. Sus pectorales se marcaban bajo la camisa. Sus hombros eran anchos. Y entre las piernas, un bulto que no pasaba desapercibido.

Él se dio cuenta. Se levantó, se acercó hasta donde yo estaba, y sin decir nada me plantó un beso. Sentí su barba raspar en mi cara, el sabor a cerveza en su boca, un perfume pesado de hombre que no pedía disculpas. Algo en mí cedió por completo.

Lo besé como si en ello me fuera algo importante. Con las dos manos en su nuca, sin pensar en Aurelio sentado detrás, sin pensar en nada.

***

Me puse de rodillas y le desabroché el pantalón. Cuando lo bajé junto al bóxer, ahí estaba: largo, no tan grueso como el de mi tío, pero con una cabeza desproporcionada, ancha como un hongo, que cortaba la respiración solo de verla.

Lo masturbé despacio con la mano y luego intenté meterlo en la boca. Solo la cabeza cabía. La chupé durante varios minutos, notando cómo se tensaba cada vez que pasaba la lengua justo por el borde. Hasta que me apartó con delicadeza.

—Para —dijo—. Si sigues así no llegamos a nada.

Me levantó del brazo. Se quitó el pantalón y el bóxer del todo y me preguntó si podíamos pasar a la habitación.

Lo tomé de la mano y lo llevé. El plug se movía con cada paso y me aflojaba las rodillas.

En la habitación le desabroché la camisa. Quedé paralizada un momento: abdomen marcado, piel cálida, esa anchura en los hombros que hacía que todo lo demás pareciera pequeño. Lo acosté en la cama y lo recorrí con la boca de arriba abajo, su cuello, su pecho, ese abdomen que olía a jabón y a algo más difícil de nombrar.

Le chupé la polla otro poco hasta que casi a la fuerza volvió a apartarme.

Me puso en cuatro. Vio el plug, lo tomó entre los dedos y empezó a jugar con él: lo sacaba casi del todo y antes de que saliera lo soltaba, dejando que volviera solo a su sitio con un golpe seco que me hacía ver estrellas. Lo hizo varias veces, sin apresurarse, hasta que finalmente lo sacó.

Entonces se inclinó y me lamió.

—Qué preciosura —murmuró—. Tan apretadita.

—Sí, papi. Es tuyo. Cómetelo.

Estuvo así un buen rato, su lengua cálida trabajando despacio, hasta que se incorporó y dijo que era el momento.

Me relajé todo lo que pude. Sentí la presión de esa cabeza enorme en la entrada y algo en mí quiso acobardarse, pero ya era tarde. Entró despacio, con cuidado, y cuando aquella cabezota traspasó el primer anillo di un respingo involuntario y me aferré a las sábanas.

Siguió empujando. Cuando pasó el segundo esfínter el dolor fue breve, agudo, y luego se transformó en algo completamente diferente. Mis caderas empezaron a moverse solas. Esa sensación de urgencia, de querer más, de querer que no parara jamás.

Comenzó a moverse lentamente. Cada vez que entraba, esa cabeza rozaba exactamente donde debía rozar, y el placer era tan intenso que perdí el hilo del tiempo. Menos de cinco minutos después sentí el primer orgasmo construirse desde adentro, rápido e imposible de detener.

Me vine entre gritos ahogados contra la almohada, arañando las sábanas, mi cuerpo cerrándose y abriéndose en oleadas. La jaula de castidad hacía que todo se concentrara de una manera diferente: más interna, más completa, más larga.

Él no paró.

Me hizo cerrar las piernas todavía en cuatro y me tomó de las caderas. Empezó a darme con fuerza. Un minuto, dos. Al tercero un segundo orgasmo me agarró sin avisar: más largo, más profundo, con temblores que no podía controlar. Caí exhausta sobre la cama y él se recostó un momento sobre mí.

Me acomodó boca arriba. Me quitó el vestido y la tanga. Me quedé solo en medias, zapatos y sujetador. Levantó mis piernas y las apoyó en sus hombros. Entró de nuevo, esta vez con todo.

Yo solo pude estirar los pies de placer.

Me dobló entera, mis rodillas casi tocando mis hombros. Gemí, me retorcí, le arañé el abdomen con las uñas. Mis pezones estaban tan duros que dolían. Él se inclinó y los buscó con la boca, los mordió suave, y yo le pedí más, más duro, más.

Con tres embestidas finales me vine por tercera vez. Lo rodeé con las piernas por la cintura y lo retuve ahí, sintiendo esa polla hasta el ombligo, mi cuerpo temblando, la piel erizada hasta la punta de los dedos de los pies.

***

Cuando el orgasmo pasó y el ritmo bajó, me quitó los zapatos con cuidado. Luego desenganchó las medias del liguero y me las fue quitando una por una, acariciando las piernas desnudas, haciéndome erizar otra vez. Aceleró el ritmo y acercó la boca a mis pies. Pasó la lengua por la planta, metió los dedos uno por uno en su boca. Algo en mí se quebró por completo.

Estaba a punto de venirme otra vez cuando se detuvo.

Me acomodó de costado. Levantó mi pierna, buscó la entrada, y yo solita lo jalé hacia adentro hasta sentir sus testículos pegados en mis nalgas. Empezó el movimiento despacio, y con una mano me pellizcó un pezón, con la otra el opuesto. Me besó el cuello. Me lamió la nuca.

Tres veces me llevó al borde y tres veces se detuvo un segundo antes. Cuando por fin no aguantó más, me apretó los dos pezones a la vez y me mordió el hombro. Yo sentí el orgasmo empezar como un dolor sordo encima del pubis, extenderse lentamente por el abdomen, el pecho, los brazos, hasta los dedos. Todo mi cuerpo se tensó. Los ojos se me pusieron en blanco.

Sentí su polla hincharse dentro de mí y luego algo caliente inundándome por dentro mientras él bufaba al vaciarse. Oí a lo lejos la voz de Aurelio diciéndome cosas que no registré. Lo único que existía en ese momento era esa sensación que me llenaba de adentro hacia afuera, mi cuerpo cerrándose y abriéndose alrededor de él, y la jaulita chorreando sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.

Cuando volví en mí, lo primero que vi fueron mis pies con las uñas pintadas de rojo, los dedos todavía estirados al máximo. Más arriba mis muslos con la piel erizada. La jaulita de metal reluciente.

Entonces vi a Aurelio parado frente a mí, su polla gruesa y llena de venas goteando. Se había venido en mi cara mientras yo ni me di cuenta. Me señaló con la cabeza. Obedecí: lo tomé en la boca y lo limpié hasta dejarlo impecable.

Gerardo se retiró de mí lentamente, seguido de un río de lo que había dejado dentro. Me abrazó un momento desde atrás, sus pectorales cálidos contra mi espalda.

—Eres increíble —me dijo al oído.

—Es solo una puta —respondió Aurelio, ya abrochándose la camisa.

Nos recompusimos los tres. Tomamos unas cervezas más, casi en silencio. Cuando se fueron, Gerardo me dejó su número escrito en un papel. Quería verme a solas, sin mirones, me dijo.

Guardé el papel. Y no lo tiré.

Valora este relato

Comentarios (5)

EnzoNoche

Tremendo relato, me dejó sin palabras!!!

Valentin_R

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas

Pame_cba

Me encanto como esta escrito, se siente autentico sin pasarse de la raya. Muy bueno!

Oscar_Lima

Hay continuacion? Quedé enganchado desde el primer parrafo y ya quiero saber que pasa despues

Luciana_Sur

Me recordo a una historia que me conto una amiga hace años, no sabia que algo asi podia ser tan intenso jaja. Muy buen relato, gracias por compartirlo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.