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Relatos Ardientes

Mi padre vino a mi habitación la noche de bodas

El juego de la silla nos dejó solos en el centro del salón, mi padre y yo. Él medía casi un metro noventa, hombros que tensaban el smoking alquilado, y caminaba en círculos alrededor de la única silla que quedaba con esa lentitud de animal grande que finge no estar a punto de saltar. Yo abría los brazos en jarra, los guantes de raso hasta el codo, el vestido desplegado como una corola rígida, y giraba siguiendo sus pasos con una sonrisa que solo entendía él.

Nos habíamos olvidado de todo. De los invitados que aplaudían, de mi madre que sostenía la copa con las dos manos, de mis amigas que gritaban mi nombre. De Maximiliano, mi flamante marido, que en algún rincón se reía de su propio chiste con sus compañeros del rugby. La música paró de golpe. Mi padre se dejó caer en la silla y, en el mismo movimiento, me arrastró con él. Caí sentada en sus piernas, su brazo envolviéndome la cintura como si hubiera ensayado el gesto durante años.

—Te amo, corazón —me dijo cerca del oído.

Después me levantó con una suavidad que no encajaba con sus manos enormes, me acomodó sobre el tapizado oscuro y se inclinó. Le besé la comisura de los labios. Nadie lo vio. Todos estaban demasiado nerviosos, demasiado alegres, demasiado borrachos para fijarse en esa fracción de segundo en la que la hija besó al padre un poco más cerca de lo que correspondía.

—Ahora el baile, ahora el baile —insistieron mis tías, espantando a mis amigas con las manos—. La tradición. Tiene que bailar con el primer hombre de su vida.

Mi padre me envolvió. Bailaba mal, siempre bailó mal, pero sabía dónde apoyar la mano. Sabía cómo apretar la cintura para que una mujer entendiera que estaba siendo conducida. Yo lo sentía a través de tres capas de tul y satén, y eso era peor que sentirlo desnudo. Estoy enferma, pensé. Estoy alzada desde que me puse la lencería esta tarde y mi padre lo sabe.

—¿Por qué dirán el primer hombre…? —pregunté, y me odié al escuchar mi propia voz, esa cadencia de coqueta que no había usado nunca con él.

Pero mi padre me miró con los ojos turbios, llenos de un agua que se negaba a caer.

—Corazón… siempre fuiste mi nena —susurró—. Mi favorita. No se lo digas a tu madre.

Aspiró por la nariz como si pudiera tragarse las lágrimas. Yo sentí los pezones endurecerse contra el corpiño y agradecí en silencio el consejo de Florencia, que me había peleado durante semanas para que eligiera un vestido largo y no el corto que yo quería.

—Quiero que sepas que aunque te cases con ese boludo siempre vas a ser mía —agregó, y se rio para disimular.

—Siempre, pa —contesté demasiado rápido.

Los muslos se me pegaban entre sí, traspirados. Volvimos a la mesa. La fiesta nos devoró. Hubo más fotos, hubo torta, hubo discursos. Hubo una fila interminable de invitados que se despidieron deseándonos el matrimonio más feliz del mundo.

***

Cuando llegamos a la suite del hotel, ya era de día. La luz entraba como un reproche por las cortinas mal corridas. Maximiliano caminaba en zigzag, riéndose de nada, sostenido por dos amigos que lo empujaron hasta el ascensor entre palmadas en la espalda y comentarios sobre lo que supuestamente íbamos a hacer apenas cerráramos la puerta.

—Pícaros —cantaron los amigos.

—Ay, el amor —suspiró mi tía Beatriz.

—Nena, cuidadito con lo que hacen —me guiñaron mis amigas, cómplices de algo que no iba a pasar.

La suite era una caricatura del deseo. Cortinas pesadas, jaboncitos en hilera al borde de la bañera, un sillón veneciano tapizado en rojo, una cama cubierta de pétalos y bombones de chocolate envueltos en papel dorado. Toallas dobladas en forma de elefante y de cisne sobre la colcha. Todo en esa habitación pretendía sugerir lo mismo: pasión, pasión, pasión, hasta el cansancio.

Maximiliano se arrojó vestido sobre la cama, aplastando al elefante con un manotazo.

—A dormiiir —gritó contra la almohada.

—Ayudame con el vestido, amor —pedí en voz baja.

No me contestó. Le costó cinco minutos quitarse los pantalones y los zapatos. Cuando lo logró, se acomodó de costado y empezó a roncar. Me las arreglé yo sola con los corchetes de la espalda. Salí del vestido como una mariposa desorientada, salvo que en lugar de alas tenía el conjunto de lencería que me habían regalado mis amigas en la despedida. Cintas oscuras que cruzaban el estómago, ligas negras que ajustaban los muslos, un encaje transparente que sostenía las tetas sin cubrir nada. Cada cinta es un paso que tu marido tiene que recorrer para acceder a vos, había explicado Florencia entre risas. Sos un regalo envuelto.

El regalo se quedó sin nadie que lo abriera.

Me senté al borde de la cama. Maximiliano dormía con la boca abierta, una hebra de saliva mojándole la almohada. Quise llorar. Quise prender fuego la habitación. Quise ser otra. El cuerpo me pedía algo que la mente todavía no se animaba a nombrar, una necesidad turbia que se arrastraba desde hacía horas, desde el baile, desde el momento en que mi padre me había sentado en sus piernas frente a doscientas personas.

Agarré el teléfono.

—¿Estás despierto, pa? —escribí, y enseguida me arrepentí.

El silencio del mensaje sin respuesta duró segundos que parecieron horas. Esto está mal, esto está muy mal, repetí en la cabeza. Después el doble tilde se puso azul.

—Siempre, corazón. Estoy en la puerta de tu habitación, montando guardia por si aparece un dragón —contestó, y agregó tres emojis tontos.

Sentí que la sangre me bajaba toda al mismo lugar. Me recosté contra el respaldo, los hombros desnudos contra el terciopelo, consciente de cada centímetro de tela transparente que llevaba puesto. Consciente, sobre todo, de que esa transparencia me hacía verme peor que si estuviera desnuda del todo.

—Entrá entonces, pa —escribí.

—¿Qué pasó, Catalina?

—Vení, por favor.

No me contestó. Su respuesta fueron tres golpecitos suaves en la puerta, seis minutos después.

***

Le abrí con la luz del pasillo a la espalda. Mi padre miró por encima de mi hombro, vio a Maximiliano roncando vestido a medias, vio las botellas todavía sin abrir sobre la mesa, vio mis ojos hinchados. Era un hombre acostumbrado a desarmar lavarropas, a meter las manos en el motor del auto, a entender qué pieza estaba rota con solo tocarla. Le bastó un segundo para entender qué pieza estaba rota acá.

—Tranquila, corazón, ya llegué, tranquila —dijo, y me abrazó.

Me trataba como a una nena. Pero la mujer que estaba entre sus brazos llevaba una tanga que por delante transparentaba todo, y un encaje que dejaba los pezones erectos clavados contra su camisa. Lo sintió. Sé que lo sintió, porque su mano, que había bajado a mi cintura por inercia, se quedó quieta de golpe, como si recién entonces se diera cuenta de dónde estaba apoyada.

—Llevame a la cama, por favor —susurré.

Me levantó en brazos como si fuéramos los recién casados. Pero no me dejó en la cama donde dormía Maximiliano. Caminó hasta el otro extremo de la habitación, hasta el sillón rojo de respaldo curvo, y me recostó ahí.

—Esperá que te traigo algo para taparte —dijo.

Me puse a llorar otra vez, desconsolada, ridícula. Mi padre se arrodilló frente al sillón y me agarró el tobillo con la mano abierta. Sus dedos eran cinco dedos, sí, pero también eran un grillete. Ojalá quede la marca, pensé. Ojalá me deje una quemadura. Endurecí todo el cuerpo. Unas gotas tibias mojaron la tela de la tanga.

—Te espero, pa —contesté, dominando con todas mis fuerzas las ganas de bajarme la mano y acariciarme ahí mismo, delante de él.

Volvió con un cubrecama blanco que había encontrado en algún placard. Me envolvió como a una crisálida y se sentó al borde del sillón, abrazándome contra su pecho, prometiendo que no se iba a ir hasta que me durmiera. Algo cambió entonces. La tristeza se volvió tibia. La culpa se volvió tibia. Todo se volvió tibio y antiguo, como si yo tuviera siete años otra vez y él me estuviera cuidando una fiebre.

Y entonces, sin pensarlo, sin decidirlo, llevé mis manos al broche que cerraba el encaje entre las tetas y lo abrí.

El sostén se separó solo. Mis tetas blancas aparecieron de golpe, como si llenaran toda la habitación. No había excusa, no había necesidad, no había motivo. Se las estaba mostrando. Mis pezones, todavía húmedos del aire frío, se llevaron toda la mirada de mi padre.

—Corazón… tapate —dijo, sin dejar de mirarlas.

Su mano subió a mi pelo y me lo acarició como si con ese gesto tierno pudiera apagar lo que le estaba pasando entre las piernas. Yo se la atrapé. Le bajé la mano, lentamente, hasta apoyarla sobre mi teta izquierda. Cerré los ojos. Sentí que llevaba toda la vida esperando ese peso.

Mi padre apretó. Una vez, despacio, como si comprobara que yo era de verdad. Después otra vez, ya sin disimulo. Sus manos sostenían y abarcaban y separaban, y para los dos vinieron de golpe los recuerdos: las remeras escotadas que yo me ponía a propósito para servirle el desayuno, las puertas que dejaba entornadas cuando me cambiaba, las veces que me agachaba a barrer sabiendo perfectamente desde qué ángulo estaba mirando él.

Maximiliano gritó algo en sueños. La escena se quebró. Ganó la culpa.

—Tenés que dormir, corazón —dijo mi padre, retirando la mano.

—Por favor no te vayas —le pedí.

—No me voy. Hasta que te duermas, no me voy.

Me cubrió otra vez con el cubrecama, hasta el cuello, para no verme. Empezó a hacerme caricias en las mejillas y en el pelo, esas caricias de padre que servían para alejarse a sí mismo de lo que acababa de pasar. Yo le atrapé la mano. La sostuve un rato entre las mías, agradecida, amorosa. Después, despacio, la fui llevando.

La metí debajo del cubrecama. La arrastré por mis tetas otra vez, sin que él opusiera resistencia. La bajé por el estómago, por la cadera, hasta dejarla justo entre mis piernas. Ahí cerré los muslos y la atrapé.

El gesto fue casi inocente. Casi. Enrosqué las piernas alrededor de su antebrazo y me abracé al codo como si fuera un peluche. Mi padre no dijo nada. No retiró la mano. Solo respiraba muy hondo, con los ojos clavados en algún punto del techo. Si no me mira, no está pasando, debió pensar. Si no se mueve, no está pasando.

Pero los dedos no necesitaban moverse. Yo me movía. Empecé a hamacarme apenas, con la pelvis, contra la palma abierta. Sus dedos ásperos rozaban el borde de la tanga, esa rayita húmeda que la tela ya no podía disimular. Eran sus dedos los que estaban ahí, los mismos que de chica me habían sacado astillas del pie, los mismos que me habían enseñado a andar en bicicleta sosteniendo el asiento. Cuando uno de esos dedos resbaló debajo del elástico, sin proponérselo, sin decidirlo, acabé.

Tembló todo. Las piernas se me cerraron como una trampa, atrapándole la mano hasta el codo. Y eso, lejos de calmarme, hizo que me moviera con más fuerza, frotándome contra los cinco dedos apretados contra mi pubis. Acabé otra vez. Babosa, sucia, llorando en silencio. La ropa se confundía con la piel, el sueño con la realidad, el padre con el hombre.

Acabé y me mostré las tetas. Acabé y le besé la muñeca. Acabé y empujé la cola contra su mano buscando más. Acabé hasta que se me cerraron los ojos.

No supe en qué momento me dormí. Solo sé que cuando me desperté, ya con el sol pegando fuerte contra la cortina, mi padre todavía estaba ahí. Sentado en el sillón, mirándome. Maximiliano seguía roncando del otro lado de la habitación, ajeno a todo, dueño legal de una mujer que esa noche, en silencio, ya le había pertenecido a otro.

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Comentarios (5)

DanteR_27

que relato!!! me quede sin palabras

curiosa_porteña

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber que paso despues de ese mensaje

ElLoboNocturno

La tension que se arma desde el principio es brutal. Ese detalle del marido roncando vestido lo dice todo sin decirlo. Increible

Vale_Sur

Como se nota que saben escribir, te engancha desde el primer parrafo y no te suelta

IgnacioBA

tremendo!!! ojala haya continuacion

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