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Relatos Ardientes

Lo que mi madre nos ofreció en San Valentín

Marisol había levantado sola a sus cuatro hijos desde que el divorcio la dejó con la casa, las deudas y un orgullo que nunca volvió a apoyarse en nadie. Tres varones y una hija. Piel canela, melena lisa y castaña, un pecho generoso que todavía sostenía la mirada de los hombres en el supermercado. Pero lo que de verdad llamaba la atención, incluso después de cuatro embarazos, era su trasero: amplio, firme, trabajado a fuerza de escaleras y de no rendirse. Lo sabía, y por eso esa tarde de San Valentín le dolía un poco más la casa vacía.

—Iván, hijo, ¿tienes planes con tu novia para esta noche? —preguntó al mayor mientras doblaba camisetas en la sala.

—Sí, mamá. Cine y a cenar. No me esperes despierta.

—¿Y tú, Leonel?

—Salgo con la mía también. Reservamos una cabaña junto al lago. Algo romántico, por una vez.

—Qué bien. ¿Y el pequeño?

—Yo capaz vuelvo temprano —dijo Mateo encogiéndose de hombros—. Si quieres cenamos juntos.

—Me encantaría —respondió ella, y repartió besos en la frente como hacía desde que eran niños.

Subió a su cuarto con la canasta de ropa apoyada en la cadera. En el último escalón se detuvo.

***

Del cuarto de su hija salía un sonido que conocía demasiado bien y que hacía años no escuchaba para ella misma. Gemidos sofocados, el golpe rítmico de dos cuerpos, una risa entrecortada. Daniela había llevado a su novio a casa aprovechando que todos saldrían.

Marisol apretó los labios. Voy a tocar la puerta y se acabó este escándalo. Pero la puerta estaba entreabierta, y por la rendija se colaba algo más que el ruido.

—Más fuerte, Bruno —jadeaba su hija—. Así, no pares.

Debió girarse y bajar. En cambio se quedó quieta, con la canasta temblándole en los brazos, mirando sin querer mirar.

—¿De dónde sacaste estas tetas? —decía el muchacho entre embestidas—. Tu vieja también está buenísima, pero las tuyas se llevan el premio.

—¿Mi mamá? —rió Daniela—. ¿Y tú qué le andas viendo a mi mamá?

—Soy hombre, mi amor. Uno se da cuenta de quién está bien. Tu madre tiene un trasero que detiene el tráfico, y no debo ser el único que lo nota.

Marisol sintió el calor subirle por el cuello. Sin pensarlo, una de sus manos abandonó la canasta y se apoyó sobre su propio pecho.

—¿Y mis hermanos? —preguntó la chica, con una malicia nueva en la voz—. ¿Crees que también la miran?

—Por supuesto. La necesidad no entiende de parentescos. Un cuerpo como el de tu madre encendería a cualquiera que viva bajo el mismo techo.

Esto es una locura. Tienes que irte. No se fue.

—Se me ocurre algo —murmuró Daniela, y su voz bajó tanto que Marisol tuvo que contener la respiración para oírla—. Mamá lleva años sola. Sola de verdad. Mis hermanos llevan semanas frustrados porque sus novias los traen a vueltas. Si una cosa resolviera la otra…

—Estás demente —rió Bruno, sin dejar de moverse.

—Solo digo que sería una lástima desperdiciar lo que sobra en esta casa.

Marisol se apartó de la puerta como si quemara. Llegó a su habitación con el pulso disparado, cerró, se apoyó contra la madera. Tenía la entrepierna húmeda y la cara ardiendo. Son cosas de chiquilla provocadora. Nada más. Pero la frase se le quedó pegada en algún rincón del pecho como una astilla.

***

Un par de horas después golpearon su puerta.

—¿Puedo pasar, mami? —Daniela asomó la cabeza, ya vestida para salir.

—Adelante, hija.

Se sentó en el borde de la cama, junto a su madre, que fingía mirar la televisión.

—Me voy con Bruno a una fiesta, duermo en su casa. Está su familia, no te preocupes. —Hizo una pausa demasiado larga—. Mamá, te quería hablar de mis hermanos.

—¿Qué pasa con ellos?

—Que andan de mal humor todo el tiempo. Gritan, dan portazos, viven tensos. Y yo sé por qué.

—Ilumíname —dijo Marisol, sin apartar la vista de la pantalla.

—Sus novias no los atienden, mamá. Los traen calientes y los dejan así. Un hombre que no descarga se vuelve un animal de mal carácter, todo el mundo lo sabe.

—¿Y eso a mí en qué me incumbe? —La voz le salió más firme de lo que se sentía por dentro.

—En nada. Solo me da pena. —Daniela se levantó, le dio un beso en la sien—. Ojalá tuvieran cerca a alguien que de verdad los quiera, que los entienda. Son buenos muchachos. Se lo merecen.

Y se fue, dejando la frase flotando en el aire como un perfume insistente.

***

Marisol se quedó largo rato mirando el techo. La niña sabe perfectamente lo que está haciendo. Me lanzó el anzuelo y se fue. Lo sabía. Y aun así no podía dejar de pensarlo.

Se levantó, abrió el último cajón de la cómoda y sacó algo que había comprado un año atrás y nunca se había atrevido a usar: un body de encaje negro, con ligas, todavía con la etiqueta colgando. Se desvistió frente al espejo y se lo puso despacio.

—Mírate —se dijo en voz baja, girando para verse el reflejo de espaldas—. Bruno tenía razón. Todavía tienes con qué.

El encaje le marcaba la cintura y le levantaba el trasero de un modo que no recordaba en su propio cuerpo. Qué desperdicio. Nunca lo estrené para lo que se compra esto. Se mordió el labio, abochornada por la corriente que le bajaba por el vientre.

Entonces oyó voces abajo. Voces de hombre. ¿Mis hijos? Si recién salieron. Se echó una bata encima y bajó.

***

Se detuvo a mitad de la escalera, en la sombra del descanso. Los tres estaban en la sala, tirando llaves y carteras sobre la mesa con cara de fastidio.

—Una semana entera aguantando y la muy idiota se arrepiente en plena cita —rezongaba Iván.

—La mía igual. Prefirió quedarse con su familia. ¡En San Valentín! —se quejó Leonel.

—Yo llevo dos semanas sin tocarme siquiera, entre el trabajo y la facultad —dijo Mateo, dejándose caer en el sofá—. Los tengo a punto de explotar y la mía tampoco quiso.

—Lo que daría por una mujer ahora mismo —murmuró Iván—. La que sea.

—Vamos a buscar una. Es San Valentín, nos lo merecemos —saltó Leonel, y los tres se levantaron a recoger lo que acababan de tirar.

—Esperen.

La palabra le salió antes de decidirla. Los tres se voltearon hacia la escalera.

—Mamá, vuelve a la cama, nosotros ya salíamos —dijo Iván.

—No. Quiero decirles algo. A los tres.

Bajó el último tramo y, al pie de la escalera, soltó el nudo de la bata y la dejó caer al suelo.

El body negro brilló bajo la luz de la lámpara. El silencio fue absoluto.

—Mamá… —Iván tragó saliva.

—Por Dios, mamá —murmuró Leonel, sin saber adónde mirar.

—Sé lo que necesitan —dijo ella, sosteniéndoles la mirada uno a uno—. Y sé lo que es estar solo. Llevo años sola. Ninguna chiquilla que se arrepiente a último momento va a tener a mis hijos vagando por la calle un día como hoy. Yo seré su regalo de San Valentín, si lo quieren.

—¿Estás… consciente de lo que dices? —Mateo apenas podía hablar.

—Completamente. No soy de piedra, hijo. También merezco que me toquen. Y prefiero ser yo antes que cualquier desconocida. —Levantó apenas la barbilla—. ¿Quieren, o no?

Los tres se miraron entre ellos, buscando en los otros un permiso que ninguno se atrevía a dar primero. Fue Iván quien dio el paso.

—¿Te podemos tocar?

—Para eso bajé.

***

Leonel fue el primero. Le puso ambas manos sobre los pechos por encima del encaje y soltó un suspiro largo, como si llevara meses conteniéndolo.

—¿Te gusta cómo se siente tu madre? —preguntó ella, y le sorprendió lo serena que sonaba su propia voz.

—Buenísimas, mamá —jadeó él—. No tienes idea.

Iván se le pegó por detrás y le tomó el trasero con las dos manos, amasándolo despacio, incrédulo.

—Esto es lo que volvía loco a medio barrio —murmuró contra su nuca.

—Disfrútalo, mi amor —contestó ella, arqueándose hacia él.

Mateo se arrodilló frente a ella y le rozó el encaje entre las piernas con la palma. La sintió empapada.

—Mamá, ya estás húmeda —dijo, mirándola desde abajo con los ojos encendidos.

—Para eso me tienen. Para que los atienda. —Les acarició el pelo a los dos que tenía cerca—. Pero esto lo hacemos con orden. No quiero peleas. A la alfombra.

Los condujo a la sala como cuando eran chicos y no se ponían de acuerdo en un juego. Se sentó en el sofá, con las piernas apenas separadas, y los tres quedaron de pie frente a ella, expectantes.

—Van a pasar de a uno —ordenó, y la autoridad de madre sonaba ahora como otra cosa—. Tú primero, Leonel. Sácatela.

El muchacho se soltó el cinturón con dedos torpes. Marisol lo tomó con una mano, lo miró un segundo y se lo llevó a la boca sin más preámbulo. Leonel echó la cabeza atrás con un gemido ronco.

—Quién te viera, mamá —jadeó—. Tan correcta para todo, y mira.

Ella no contestó; tenía la boca ocupada. Lo soltó con un sonido húmedo y giró la cara.

—Tiempo. Pasa, Mateo.

El pequeño dio un paso, ya listo. Marisol lo recibió con la misma calma deliberada, alternando la lengua y la mano, mientras Iván esperaba su turno acariciándose por encima del pantalón.

—Despacio, corazón —le dijo ella al sentirlo tensarse demasiado pronto—. No quiero que te me acabes todavía. La noche es larga.

Fue rotándolos así, veinte segundos cada uno, midiéndolos como si los conociera de toda la vida, que era exactamente lo que pasaba. Sentía el calor concentrarse entre sus propias piernas con cada cambio de turno, y entendió, con una claridad que la asustó y la encendió a partes iguales, que no lo hacía solo por ellos.

—Mamá —murmuró Iván cuando volvió a tocarle—, no aguanto más.

—Nadie te está pidiendo que aguantes —respondió ella, y se reclinó en el sofá, tirando del body para liberarse los pechos—. Vengan. Los tres. Esta noche su madre no va a dejar a ninguno con las ganas.

Lo que siguió borró de un golpe los años de soledad, las cenas frente al televisor, los San Valentín pasados sin una sola mano sobre la piel. Por primera vez en mucho tiempo, Marisol se sintió deseada hasta el último centímetro, y dejó de preguntarse si aquello estaba bien o mal. Solo se entregó.

Mucho después, cuando los tres dormían desparramados en la alfombra como cuando eran niños, ella se quedó mirando el techo otra vez. Sonrió en la penumbra. Feliz San Valentín, Marisol. Y por fin, esa noche, no lo decía sola.

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