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Relatos Ardientes

El viaje a Marsella con mi tío camionero

Acababa de cumplir los dieciocho y mis padres se habían empeñado en montar una fiesta por todo lo alto. Yo no quería nada de eso, pero insistieron tanto que al final acepté para no aguarles la ilusión. Lo malo era que tuve que repartir invitaciones por toda la clase, y yo no era precisamente el chico popular del instituto.

De los compañeros, solo aparecieron Lucía y Bruno, los dos únicos amigos con los que me juntaba. Tímidos como yo, calladitos, del estilo del que pasa desapercibido en los pasillos. El resto de la fiesta lo llenaron mis tíos, mis primos, mis padres y mi hermana mayor con su novio. No me hacía falta más gente. Me bastaba con verlos contentos a ellos.

¿Cómo soy yo? Pues poca cosa. Un chaval delgado, fibrado de tanto correr y nadar, con gafas de pasta y un flequillo que nunca se está quieto. Sin ser feo, pero con esa pinta de niño que apenas se atreve a mirar a los ojos. Lo que más llamaba la atención de mí era cierta dulzura femenina en los gestos, en la forma de vestir, incluso en la voz. No me sentía gay del todo, ni tampoco lo contrario. Tenía dieciocho años recién estrenados y prefería dejar que las cosas pasaran sin etiquetarme.

Entre todos los regalos hubo uno que me reventó el corazón de alegría. Un sobre cerrado, escrito a mano por mi tía Carmen y mi tío Ramón, con la frase «para nuestro sobrino con todo el cariño del mundo». Lo abrí impaciente.

—Muchas felicidades, Mateo. Sabes que para nosotros eres como un hijo. Hemos hablado con tus padres y nos dejan llevarte tres días a Marsella en el camión de Ramón. Habrá un día entero para visitar el parque de atracciones que tantas veces nos has nombrado.

Empecé a dar saltos como un crío. Abracé a mi tía, le di un beso a mi tío, volví a abrazarlos. Me ilusionaba el viaje en sí, pero también la idea de pasar tres días a solas con Ramón. Con él me sentía libre. Le contaba todo sin filtros y nunca me juzgaba.

Ramón rondaba los cuarenta y cinco. El típico camionero recio, fuerte, con barba cerrada y una pequeña barriga de cervecero que no le quitaba nada de atractivo. Brazos enormes, piernas marcadas bajo el pantalón de trabajo y, por mucho que me costara reconocérmelo, un paquete que siempre se le adivinaba bajo la tela y al que se me iban los ojos cada vez que coincidíamos. Era mi padrino. Como ellos no habían tenido hijos, todos los caprichos me caían a mí.

***

Salimos a las cinco de la mañana. Llegó puntualísimo a buscarme y, mientras yo me despedía con un nudo en la garganta de mis padres, él subió mi bolsa a la cabina. Me costó trepar hasta el asiento por la altura. Cerré la puerta, me abroché el cinturón y oí rugir aquel motor enorme. Por fin nos íbamos.

Todavía era de noche. Aguanté despierto bastantes kilómetros mirando la carretera vacía y la cara concentrada de mi tío bajo la luz verdosa del salpicadero. Me sentía el rey en su cabina. Pero el sueño me venció y me quedé frito durante un buen rato. Cuando abrí los ojos, ya amanecía y se me caía la baba por la comisura.

—Hombre, ya era hora —dijo riendo.

—¿Por dónde vamos?

—Llegando a Zaragoza. Casi las ocho. Has roncado de lo lindo.

—Yo no ronco, tío.

—Oye, hazme un favor. Estos días llámame Ramón a secas. Quiero que seamos amigos, no familia. ¿Te parece?

—Claro… mola.

Puso la radio. Una emisora vieja de los ochenta con el volumen justo para tapar el zumbido del motor. Disfruté en silencio del amanecer y de cómo el paisaje se iba abriendo desde lo alto de la cabina, hasta que su voz me sacó de la nube.

—¿Lo estás disfrutando, enano?

—Muchísimo, t… Ramón.

—¿Te gustaría ser camionero algún día?

—No sé. Igual sí.

—Estudia, tonto. Esto es muy duro. Y además tendrías que comer un poco más para ponerte fuerte.

—Mi cuerpo es una mierda, ya lo sé.

—No digas tonterías. Tu cuerpo está fenomenal. Ya quisiera yo tener ese tipito a tu edad.

—Pues yo quisiera tener el tuyo. Tú sí que pareces un hombre de verdad.

—Capullo. Y tú, ¿qué eres, una farola?

Me reí. Su mano se apoyó en mi muslo, casi sin querer, y empezó a subir hasta rozarme la entrepierna. No fue un gesto largo. Apenas dos segundos. Pero bastó para que se me empalmara como un poste. Intenté recolocármela con disimulo. Él lo notó y se rió por lo bajo.

—¿Qué te pasó, pequeñín?

—Pues… que se me ha puesto dura. No sé por qué.

—Eso nos pasa a los hombres todo el rato. A mí, aquí en el camión, con el vaivén, también se me pone tonta a veces.

—¿Ahora?

—Ahora mismo, sí. La tengo dura.

Solté una carcajada nerviosa. Ramón se encogió de hombros, como si lo más natural del mundo fuera contarse esas cosas entre tío y sobrino.

—¿Tú has estado con alguien ya? —preguntó.

—¿Te refieres a… sexo?

—Bueno… sí. Perdona la directa.

—No. La verdad que no.

—¿Y qué haces con todo ese semen que generas, eh? —rió.

—Imagínate. Una paja diaria, mínimo.

—Bueno. Algo se podrá hacer.

Me quedé callado. No entendí del todo a qué se refería con aquello, pero no me atreví a preguntar.

***

El día se fue entre paradas para almorzar, comer y estirar las piernas. Cuando llegamos a las afueras de Marsella, ya era casi medianoche. Ramón aparcó en una estación de servicio enorme, repleta de camiones de toda Europa. Cenamos un sándwich frío y pagamos por unas duchas en los baños del recinto. A la mañana siguiente había que descargar temprano para tener libres el sábado y el domingo.

En la ducha mi tío no se cortó un pelo. No era la primera vez que lo veía desnudo en una piscina o en la playa, pero sí desde tan cerca. Tenía una polla considerable y unos huevos enormes que se le balanceaban con cada movimiento. Se me vino a la cabeza el comentario del camión, cuando me había dicho que la tenía dura, y no pude evitar imaginármela así. Aparté la mirada antes de que me cazara.

Volvimos al camión. Preparó la litera de la cabina, estrecha pero cómoda. Lo vi rebuscar en su bolsa, sacar un pijama y unos calzoncillos limpios.

—Venga, guarrete, ponte ropa cómoda. Aunque, con los dos aquí, mejor en calzones, ¿no? Se va a quedar esto como una sauna.

—Vale, espera.

Saqué unos bóxers grises y me cambié de rodillas, de espaldas a él, intentando ser rápido. Sentí su mirada en la nuca y, justo cuando me los subía, oí su voz.

—Qué culito tienes, sobrino, joder.

—Me vas a poner colorado —dije sin volverme.

—No me creo nada. A tu edad ya te debe gustar que te lo digan.

—Nunca me lo dice nadie.

—Porque no te miran como yo te miro ahora.

Me giré despacio. Estaba tumbado en la litera, en calzoncillos, con un brazo bajo la nuca. Sonreía. Me palmeó el hueco a su lado.

—Ven aquí. Si quieres tocarme, puedes. No es ninguna barbaridad.

—¿Y si se entera mi tía? ¿O mis padres?

—¿Y dónde están, eh? Además, tampoco vamos a follar.

—Qué bestia eres. Pero me gustas así.

Cogió mi mano y la llevó hasta su pecho. La pasó por sus pectorales, por encima de los pezones, por el vello negro y áspero que se me enredaba entre los dedos. La bajó por el vientre. Suspiraba, gesticulaba como si estuviera disfrutando con cada centímetro. Yo me dejaba llevar. Tocar aquel cuerpo de macho grande me ponía nervioso y, a la vez, me daba una calma rara.

—¿Te sigue gustando mi cuerpo? —murmuró.

—Estás tremendo, Ramón.

—Sigue tocando. Y déjame a mí también.

Se incorporó un poco y me empezó a recorrer los hombros, las tetillas, el vientre. Yo cerraba los ojos. Cada vez que sus dedos bajaban un poco más, se me escapaba un suspiro. Acabó posando su manaza sobre mis nalgas, por encima del bóxer.

—¿Te puedo bajar esto?

—Sí.

Nos quedamos los dos desnudos en aquella cabina recalentada. Las dos pollas duras. Él me amasaba el culo. Yo, todavía cortado, apenas le acariciaba el pecho. Me cogió la mano otra vez y se la llevó a su verga. Estaba caliente, gruesa, palpitando.

—Cógela. Verás cómo se siente.

—No sé, Ramón…

—Es solo un juego. Y no se lo cuentas a nadie, ¿vale?

—Vale.

La rodeé con la mano. Él gimió bajito y agarró la mía. Empezamos a masturbarnos el uno al otro. Su palma áspera sobre mi pene me erizaba la piel. Los dos jadeábamos en silencio, con los ojos cerrados, hasta que él se separó un momento.

—¿Quieres que te haga algo que te va a gustar más?

—Si tú lo dices…

—Túmbate. Relájate.

Me tumbé bocabajo. Sentí cómo destapaba un bote pequeño, se echaba algo en las manos y empezaba a masajearme la espalda. Era un aceite ligero, perfumado. Me bajó por la zona lumbar, por las caderas, hasta las nalgas. Las separó y dejó caer un chorro frío justo en el centro.

Me quedé quieto, nervioso. Las yemas de sus dedos empezaron a girar despacio sobre mi entrada, sin meterlas, solo acariciando. Me arrancaba gemidos cortos sin que pudiera evitarlo. Y entonces, cuando creía que ya no podía estar más sensible, hundió la cara entre mis nalgas y me lamió.

—Uissss, Ramón… qué rico.

—¿Te gusta, cachorro?

—Mucho. Mucho. Así.

Cada lametón me hacía vibrar las piernas. Los pequeños mordiscos en las nalgas me ponían la piel de gallina. Luego sentí presión. Su dedo. Apretaba con cuidado, pero firme. Me dolió. Intenté quejarme y él me tapó la boca con la mano libre, recostándose sobre mí. De un empujón seco entró del todo. Me fui relajando poco a poco, respirando hondo, y el dolor se diluyó.

—¿Ves? Tranquilo. ¿A que ahora te gusta?

—Sí. Ahora sí. Sigue, sigue.

—Vale. Pero luego me la chupas, ¿eh?

—Vale.

Empezó a moverlo dentro mientras con la otra mano me agarraba la polla y me masturbaba al mismo ritmo. No podía parar de jadear. Aquello escalaba demasiado rápido. Me retorcía, le pedía que no parara. Y de pronto, sin previo aviso, me corrí entre la sábana y su mano. Varios chorros, todo el cuerpo temblando.

—Lo prometido es deuda, sobrino —dijo riéndose, todavía con el dedo dentro.

—Nunca he chupado una.

—Solo relame el capullo con la lengua. Después abre la boca y te la metes hasta donde puedas. No tengas prisa.

Cogí su verga con una mano. Goteaba líquido transparente por la punta. La rodeé con la lengua y él se arqueó. Lo miré desde abajo. Me agarró el pelo con suavidad y me empujó. Su polla me llenó la garganta. Tosí un poco. Volví a intentarlo más despacio. Mis labios la apretaban, la chupaban entera, y él gemía cada vez más fuerte.

—Sobrino, me corro. Trágatela toda, ¿quieres?

—Sí.

Lo sentí estallar en mi boca a grandes borbotones. Tragué todo lo que pude. El sabor no era nada del otro mundo, pero la idea de estar bebiéndome el semen de mi tío me puso a mil. Nos quedamos jadeando un rato. Me limpió con unas toallitas, se limpió él, me tapó con la manta.

—¿Estás bien, Mateo?

—Sí. Pero no le digas nada a nadie, por favor.

—Será nuestro secreto. Duerme. Mañana toca parque.

***

Pasamos el sábado entero en el parque de atracciones, como dos críos. Después de la cabalgata y los fuegos artificiales volvimos al hotel. La habitación tenía una cama enorme. Mientras yo le contaba muerto de risa una de las atracciones, Ramón me cogió en volandas y me apretó contra su pecho. Le rodeé las caderas con las piernas. Nos quedamos mirándonos en silencio hasta que se lanzó a besarme la boca como si llevara horas esperando.

Su barba me rascaba la cara, su lengua se metía dentro de la mía, sus manos me amasaban las nalgas con fuerza. Me dejó caer en la cama, me desnudó tirando de los bordes del bóxer, se desnudó él. Empezó a recorrerme con la lengua. Tetillas, vientre, pubis. Cuando me llegó a la polla me la tragó entera. Era la primera vez que alguien me la chupaba. Sentí su barba haciéndome cosquillas y su garganta caliente. Mientras, su dedo volvía a jugar con mi entrada, ya menos cerrada que la noche anterior.

Me corrí en su boca casi enseguida. Tragó todo. Me dio la vuelta. Me palmeó el culo con una sonora bofetada que me arrancó un grito a medio camino entre el dolor y el placer.

—Hoy te voy a follar, sobrino. ¿Te dejas?

—No me hagas daño.

—Te dolerá un rato. Después gozarás como nunca.

Apoyó la punta en mi entrada y empujó despacio. Aun así me dolió. Apreté los dientes contra la almohada. Pero al rato, cuando ya estaba dentro y empezó a moverse con un ritmo constante, el dolor se transformó en otra cosa. Me agarraba las caderas, me embestía con fuerza, jadeaba cosas en mi oído sobre lo cerradito que estaba y lo gustoso que era follarme. Le pedí más. Me dio la vuelta, me puso las piernas sobre sus hombros y me miró a los ojos mientras volvía a entrar.

Acabó dentro. Sentí su semen llenándome, su cuerpo aplastándome contra el colchón, su boca pegada a la mía. Cuando salió y se derrumbó a mi lado, lo vi serio por primera vez.

—¿Qué te pasa? —pregunté.

—Tenía tantas ganas de hacer esto contigo, Mateo. Y ahora pienso en la familia. Me siento mal.

—Tú me dijiste que estos días éramos Ramón y Mateo. Que esto iba a quedar entre nosotros.

—Lo dije, sí.

—Pues que sea así. Y quiero que para mí seas más Ramón y menos mi tío. ¿Vale?

Asintió despacio, todavía con la respiración entrecortada. Esa noche volvimos a follar una vez más, esta vez sin apuros ni vértigo, mirándonos a los ojos hasta caer rendidos. Ramón fue el primero. Y no fue el último. Durante muchos años buscamos huecos para vernos solos, en hoteles, en su cabina, en cualquier sitio. Acabé sacándome el carnet de camionero. La cabina siguió siendo, durante mucho tiempo, mi lugar favorito del mundo.

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Comentarios (6)

GabrielNocturno

que relato tan bien contado... me quede enganchado desde la primera linea. sigue asi!

noctambulo88

Por favor necesito una segunda parte, no puede quedar asi. Tremendo!!

CarlosNoche

Me recordó a un viaje largo que hice de joven con un familiar, aunque en mi caso no paso nada jaja. O capaz si y no me di cuenta en su momento...

RaulCaminero

las cabinas de los camiones guardan muchas historias que nunca se cuentan. Gracias por animarte a compartir esta.

Dani_Bsas

increible!!! uno de los mejores que lei en este sitio en mucho tiempo

SantiagoK

¿y despues del viaje como fue la relacion con tu tio? esa parte me da curiosidad

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