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Relatos Ardientes

Mi tía beata limpiaba mi casa hasta esa mañana

Tenía veintiséis años, dinero de sobra y ninguna gana de trabajar. Había dejado la carrera de derecho a medias y me pasaba las tardes tirado en el sofá, cambiando de canal y de mujer con la misma facilidad. A mi padre eso lo sacaba de quicio.

Una noche se sentó frente a mí y apagó la televisión.

—Así no puedes seguir, Bruno —dijo—. O dejas de ir de flor en flor y te pones a trabajar, o te buscas otro techo.

—No te gusta cómo soy, ¿verdad?

—Lo que no me gusta es que seas un vago.

Hacía menos de un año que mi madre había muerto y él andaba perdido, amargado, buscando dónde descargar la rabia. Yo estaba cansado de ser su blanco.

—Mañana mismo cojo la puerta —le respondí.

Y la cogí. Cambié el chalet con piscina por la vieja casa de dos plantas que mis abuelos me habían dejado en la aldea. Con la herencia de mi madre tenía para vivir tranquilo el resto de mis días, así que me propuso exactamente eso: vivir sin dar un palo al agua, en un sitio donde a los señoritos se los trata bien.

Desayunaba, comía y cenaba en la única taberna decente del pueblo, la de mi tío Damián, un hombretón moreno y barrigudo que además de tabernero era capador de cerdos. La atendía mi prima Noelia, una chica de veinte años, morena, de piel trigueña y ojos negros, con un cuerpo que no pasaba desapercibido para nadie.

La casa me la limpiaba mi tía Marisol, hermana de mi madre. Cuarenta y cuatro años, maciza, de tetas grandes y buen culo, con el pelo negro recogido siempre en un moño tirante. Era la beata oficial de la aldea: misa diaria, rosario por la noche y un «que Dios te perdone» en la punta de la lengua.

El primer día que vino a limpiar la encontré barriendo el salón.

—¿Por qué vienes tú, tía? Podrías mandar a otra mujer del pueblo.

—Desde que abrieron la otra taberna, la nuestra va a menos —suspiró—. Las que nos compraban a fiado se fueron sin pagar. Tu tío trabaja de las ocho de la mañana hasta las dos de la madrugada y aun así no llegamos. Dios aprieta, pero no ahoga.

—Debe de ser desalentador.

—Lo es. Mucho.

Esa frase, «no llegamos», se me quedó dando vueltas. Y a la mañana siguiente, cuando Marisol entró en mi cuarto a despertarme, yo ya tenía un plan.

—¡Arriba, holgazán! —dijo desde la puerta.

—Coge el sobre que hay en la mesilla, tía.

Lo abrió. Dentro había mucho más dinero del que cobraba por limpiar en un mes.

—No hacía falta que me pagaras por adelantado. ¿Y todo esto?

Me levanté de la cama desnudo, sin disimular nada.

—Esto te lo tienes que ganar.

Se llevó una mano al pecho, escandalizada.

—¡Eres el diablo, que viene a tentarme!

Me acerqué. Reculó hasta que su espalda chocó contra la pared.

—Soy el que te va a sacar de los apuros, si quieres el dinero.

—¡Soy tu tía!

—Eso ya lo sé. Cuéntame algo nuevo.

Le puse las manos en las nalgas, la apreté contra mí y la besé con lengua. Puso cara de asco, pero no me apartó.

—Eres un cerdo.

—Piensa en el dinero. Piensa en Damián, catorce horas al día. ¿Cuánto aguantará antes de coger la escopeta?

Esa última frase la ablandó más que ninguna caricia.

—No me metas el miedo en el cuerpo.

—En el cuerpo te quiero meter otra cosa —dije, besándole el cuello mientras le desataba el mandil.

—En mi cuerpo solo ha entrado el de mi marido.

—Pues ya va siendo hora de que entre otro.

Intentó devolverme el sobre. Le dije que se quedara también con la huerta del pozo. Le juré que no haría falta «meter el cuerno» a su marido, que había maneras. Esa palabra, maneras, le encendió una curiosidad que el rosario llevaba veinte años apagando.

—¿Y cómo, sin meterla? —preguntó, ya en voz baja.

—Así.

Le quité el vestido. Quedó en sujetador, bragas, medias y zapatos negros, todo de viuda anticipada. Le metí la mano dentro de las bragas y le clavé dos dedos. Estaba empapada, mucho más de lo que su boca admitiría jamás. La besé mientras movía la mano, y en pocos minutos se le doblaron las rodillas.

—No quiero correrme, no quiero... —repetía, corriéndose.

La cogí en brazos antes de que se derrumbara y la tendí en la cama.

—¿Y ahora qué? —jadeó.

—Ahora viene lo bueno.

Le solté el moño. El pelo negro le cayó sobre los hombros y, de golpe, no parecía la beata de la aldea, sino una mujer de cuarenta y cuatro años a la que nadie había mirado bien en demasiado tiempo. Le quité el sujetador y le lamí las tetas grandes y pesadas, los pezones gruesos, hasta que arqueó la espalda. Le bajé las bragas mojadas y bajé la boca entre sus piernas.

—¡No seas asqueroso! Eso solo lo hacen los perros.

—Pues seré tu perro.

Le comí el coño despacio, luego sin tregua, hasta que volvió a correrse agarrándome del pelo y llamándome animal. Cuando paró de temblar, me incorporé.

—Te toca.

—¿Qué me toca?

—Devolverme el favor.

Me miró como si le pidiera una herejía. Después miró la polla, dura, esperándola.

—Estás desnuda en la cama de un hombre que no es tu marido —le dije—. Dime que nunca lo has pensado.

Marisol no sabía mentir. Esa era su perdición y mi suerte.

—¿Y si lo pensé? —murmuró.

Tiró de mí, o me dejé caer yo, ya no lo recuerdo. Me cerré encima de ella y se la metí entera de una vez.

—¡Habías dicho sin meter!

—Mentí. Tú también mientes.

La follé despacio, pico a pico, hasta que dejó de protestar y empezó a buscarme. La puse encima, le pedí que se moviera, que me dejara verla con el pelo suelto. Al principio no sabía cómo; luego sus caderas encontraron el ritmo solas y sus tetas bailaron sobre mi cara mientras se corría por tercera vez, llenándome de jugos.

Cuando todo terminó, se quedó tumbada de lado, mirando al techo.

—Ha sido el mejor polvo de mi vida —admitió.

—Podemos repetir otro día.

—No. Mejor ser medio decente que puta perdida.

Cogió el sobre, se vistió y bajó a rezar. Pero yo sabía que algo se había roto dentro de ella para siempre, y que la huerta del pozo era el menor de mis triunfos.

***

Con la madre tachada de mi lista, puse los ojos en la hija.

Una tarde, tomando café en la taberna, le solté a Noelia que la invitaba al cine el sábado. Me miró de reojo, recelosa.

—Tengo novio.

—Perdona, no lo sabía.

—Lo llevo en secreto.

Me dejó con un palmo de narices y se fue a atender otra mesa. No tuve tiempo de masticar el desplante porque Damián apareció con la cara descompuesta.

—Marisol se ha quemado una pierna con el aceite. ¿Puedes llevarla al hospital de la ciudad?

Mi coche era un viejo Land Rover que tenía aparcado frente a casa. Subieron mi tía, dolorida y vendada de cualquier manera, y Noelia, callada en el asiento de atrás. En el hospital decidieron ingresar a Marisol unos días. Noelia y yo nos quedamos solos en la sala de espera, y de ahí salimos juntos de vuelta a la aldea.

—Siento lo de la taberna —dijo ella, mirando la carretera.

—No lo sientas. Aunque reconozco que me quedó cara de tonto.

—Sí, te quedó —sonrió, y la sonrisa le iluminó toda la cara.

—Tienes una sonrisa preciosa.

—Eres un adulador.

Seguimos picándonos kilómetro tras kilómetro. Le pregunté por el novio secreto y me contó que era «un cielo», un chico dulce que le decía cosas bonitas. Yo le dije que un cielo no le enseñaría nunca lo que de verdad era bonito. Se puso colorada y empezó a tirarse del vestido aunque no se le había subido.

—Me estás incomodando —avisó.

—Eres la primera mujer a la que incomodo. Yo hago soñar a las mujeres.

—¿Y cómo las haces soñar, según tú?

—Comiéndoles el coño. Empezando por los dedos de los pies, y subiendo.

—¡Eres un enfermo! —Pero no me mandó callar.

—Para, que me bajo del coche —dijo después, soltándose el cinturón.

—¿Qué te bajas, las bragas?

Echó mano a la manilla de la puerta.

—¡Que me tiro, eh!

No la creí y seguí pinchándola. Ella, harta, me agarró del pelo y tiró con todas sus fuerzas hasta que frené en seco en el arcén.

—La mosquita muerta tiene mala leche —dije.

Y le metí un beso con lengua que la dejó muda. Se limpió la boca con el dorso de la mano, indignada y temblando a partes iguales.

—¡Me has metido la lengua, cochino!

—Así besamos los hombres de ciudad.

—Mi padre capa a los machos como tú.

—Entonces he metido la pata hasta el fondo. Vaya desliz.

Hubo un silencio y, de repente, Noelia se echó a reír.

—¿Tanta gracia te hace? —pregunté.

—¿Desliz lo llamas? Te lanzaste cuesta abajo con una bici sin frenos y te diste un golpetazo.

—No te ensañes.

—Venías a por melones y te llevaste calabazas.

Discutimos a carcajadas el resto del camino. Cuando entramos en la aldea, le pedí que buscara a alguien para limpiarme la casa mientras su madre se recuperaba.

—No te preocupes por eso —dijo, y su tono escondía algo que entonces no supe leer.

***

A la mañana siguiente abrió la puerta de mi casa con la llave de su madre. Subió las escaleras, vio una puerta cerrada y, suponiendo que era el trastero, la abrió. Me encontró en la cama, con una bata verde de trabajo sobre la ropa.

—¡¿Vienes tú a limpiar?!

—Necesito el dinero para mis cosas —respondió, cortante.

—Ya que hoy no me sirves el desayuno en la taberna, podrías hacérmelo aquí. Tengo huevos y chorizo.

—¿Y dónde los tienes?

Aparté la sábana. Dormía desnudo.

—Aquí mismo.

Se tapó los ojos con las manos.

—¡Sinvergüenza!

Me levanté, la cogí del brazo y la dejé caer sobre la cama. Forcejeó, más por el guion que por convicción.

—¿Me vas a forzar?

—No hará falta —le dije, sujetándole las muñecas—. Después de la charla de ayer, tú has venido a lo que has venido.

—He venido a trabajar.

—Has venido a que te lo coma todo. ¿O acaso mentir no es pecado?

—Sí, pero venial —susurró, y dejó de forcejear.

Eso fue una rendición en toda regla. La besé y empecé a desabrocharle la bata.

—Me siento tan vulnerable...

—Eso es bueno.

Le saqué la blusa y el sujetador. Tenía las tetas duras, altas, con pezones pequeños que se endurecieron en cuanto los rocé con la lengua. Le quité la falda, las bragas, las medias. Entonces hice lo que le había prometido en el coche: le cogí un pie, le chupé el dedo gordo y fui separándole el resto, uno por uno, lamiéndole el empeine y el tobillo.

—¿Y yo no te la voy a chupar a ti? —preguntó, con la voz ya temblona.

—Calla y disfruta.

Subí besando la cara interna de sus muslos hasta el coño. Vi una gota brillándole entre los labios. Le besé el clítoris, la puse boca abajo, le separé las nalgas y le di besos donde nadie se los había dado. Cuando intenté meterle un dedo, no me entró: era estrechísima.

—¿Pero quién es tu novio, Pulgarcito? —bromeé.

—Lo que no es, es un lameculos como tú —contestó, despierta otra vez.

La puse boca arriba y le comí el coño como quien lame un helado que se derrite, sin parar, hasta que se convulsionó entera.

—¡Me corro, me corro! —gimió, retorciéndose sobre las sábanas.

Tenía la cara color carmín y los ojos vidriosos. Le di un beso suave en los labios.

—¿Quieres que te desvirgue, o guardas eso para tu novio?

—No tengo novio —confesó—. Era un escudo contra ti.

—Claro. Y como mentir es venial, venga a mentirle a Bruno.

—Calla y bésame.

La besé, le devoré las tetas y bajé otra vez. Con la lengua y luego con el dedo medio le fui abriendo el camino, despacio, con un entrar y salir dulce que la llevó a otro orgasmo. Cuando le pregunté si lo del dedo ya lo había hecho ella sola, se rió.

—No soy una santa.

—Me gusta saberlo. Ahora voy a follarte.

—Tengo miedo. ¿Me va a doler?

—Un poco. Pero menos, porque te he preparado bien.

Froté la polla desde el coño hasta el clítoris, metiéndole solo la punta cada vez que subía y bajaba. Noelia se puso cada vez más cachonda, hasta que, justo cuando empezaba a correrse de nuevo, empujé y le metí el glande. La mezcla de placer y dolor la sacudió de tal forma que se quedó sin habla.

—Ya está, ya soy tuya —jadeó cuando pasó lo peor—. Pero sácala, no vaya a ser que te corras dentro y entonces sí que se entere mi padre.

La saqué, me la puso entre las tetas, las juntó y se hizo una paja con ellas hasta acercarse a los labios.

—¿Quieres aprender a chuparla?

—Ya sé. Me enseñaste tú, al chuparme los dedos de los pies. Aunque, si pudiera elegir, preferiría que me la volvieras a meter.

Me la chupó de todos modos, despacio, mirándome, mientras se masturbaba. Luego la puse a cuatro patas y volví a entrar en su coño, ahora más fácil, hasta vaciarme en ella sin sacarla a tiempo.

—¡Te has corrido dentro! —protestó después.

—Error de cálculo.

Ese error de cálculo se lo contó al cura en confesión. Y ese error de cálculo, mira tú por dónde, terminó en boda, primos carnales y todo, ante el asombro de media aldea. Mi tío Damián, el capador, nunca sospechó nada. Y yo aprendí que en los pueblos pequeños las beatas rezan de día y pecan de noche, y que el cuchillo de capar impone lo suficiente como para que un hombre aprenda, por fin, a quedarse quieto.

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Comentarios (6)

RodriBA

tremendo relato, no lo pude parar de leer!!!

PamperoNocturno

Me encanto como lo presentas, esa contradiccion entre la apariencia y lo que esconde la gente... muy bien narrado. Seguí así

Maxi_2019

Y la tia sigue yendo a misa despues de eso? jajaja me quede pensando en serio

FreddyLec

Muy bien escrito, se nota que le pusiste ganas al relato. Saludos desde Cordoba

JuanMdz_78

Por favor que haya una segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio la cosa despues

noche_cba

La tension del principio es lo mejor, supiste crear el ambiente perfecto antes de que pase todo

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