Consolé a mi madre y cruzamos una línea prohibida
Me independicé muy joven, sobre todo para escapar de la sombra de mi padre, un hombre acostumbrado a mandar en la oficina y también en casa. Me había formado en marketing digital y, después de varios empleos donde aprendí el oficio, soñaba con montar algo propio: un portal de compraventa de inmuebles de lujo, solo propiedades por encima del millón de euros, residencias y oficinas de alto nivel.
Ningún inversor confió en un chico de veintinueve años sin trayectoria propia, así que me tragué el orgullo y recurrí a mi padre, empresario del sector de los viajes. Aceptó cubrir la mitad del capital con una condición que no me esperaba.
—Quiero que tu madre entre como socia. Necesita modernizarse —dijo, como quien zanja un trámite.
Mi madre llevaba años al frente de una pequeña inmobiliaria en Valencia. Era una mujer de cincuenta y tres años, hecha a sí misma, con muchísima clase aunque sin estudios. Conoció a mi padre, diez años mayor, cuando le vendió una oficina, y se casaron poco después. Tardé tiempo en entender que a él le interesaba tenerla ocupada para conservar su propia libertad.
Ella reclutó a un par de inversores más y, en dos meses, me vi al frente de mi proyecto con un veinte por ciento reservado a mi nombre. Trabajábamos codo con codo, primero en un trastero del chalet familiar, después en una oficina alquilada. Nunca habíamos tenido tanta complicidad.
—Me encanta trabajar contigo —reconoció una tarde—. Con tu padre sería imposible.
Contraté a un grupo de programadores jóvenes y a una sola persona con perfil comercial: Rebeca, unos cuarenta años, voluptuosa, con experiencia en proyectos de internet y un atractivo que no pasaba inadvertido para nadie. Ninguno de los dos teníamos pareja, echábamos muchas horas, y una noche de celebración terminó en mi casa. Desde entonces se quedaba a dormir de vez en cuando, sin promesas ni etiquetas.
***
Mi padre, que al principio seguía los avances de cerca, empezó a aparecer por la oficina sin avisar. La primera vez que vio a Rebeca, la repasó de arriba abajo con un descaro que me molestó.
—Encantado, Rebeca. La parte comercial es clave —le dijo, sin apartar la mirada de su cuerpo.
Poco después, mi madre organizó una comida con un matrimonio mexicano interesado en invertir. Fui con Rebeca, que se presentó con un look ejecutivo impecable que no ocultaba su atractivo. A los postres llegó mi padre y se autoproclamó maestro de ceremonias. Cuando mi madre y yo tuvimos que marcharnos, él se ofreció a quedarse «acompañando a los inversores», con Rebeca a su lado.
En el coche, mi madre tanteó el terreno.
—Mariela me ha dicho que hacéis buena pareja, Rebeca y tú.
—No somos pareja. Compartimos horas y cierta intimidad, nada más. A mí me gustan las mujeres con tu estilo, con clase.
—Gracias, cariño —sonrió, aunque enseguida frunció el ceño—. Tu padre, en cambio, no le hace ascos a un buen culo joven, aunque no tenga clase.
Preferí no meterme en el pique entre mis padres, por más que siempre me había sentido más unido a ella.
***
Unas semanas más tarde, Rebeca renunció. Le habían ofrecido un trabajo mejor. No me dolió tanto como debería, señal de que nunca hubo nada emocional entre nosotros. Casualmente, ese mismo mes invitaron a mi madre a la gala de premios de la revista Interiores, y me pidió que la acompañara.
Apareció como una estrella de cine: vestido largo azul marino, espalda al aire, una abertura espectacular en la pierna y tacones de vértigo. Mi padre, muy elegante, iba por libre, soltando batallitas en cada corrillo y dejando a mi madre abandonada a su suerte. Me uní a ella y a la directora de la revista, Elena Sandoval, una mujer de su edad con la que charlaba de decoración.
—Si hubiera premio a la reina de la fiesta, te lo llevarías tú —le dijo Elena.
—Afortunadamente para ella, tú no concursas, que eres la organizadora —solté yo, galante.
Mi madre me miró con una sonrisa que era mitad orgullo, mitad celos. Entonces oí un saludo a mi espalda.
—Hola.
Me giré. Era Rebeca, del brazo de mi padre, riéndose con él como una cría. Mi madre los saludó con una frialdad de hielo y se alejó hacia la terraza. Fui tras ella.
—Me juró que no vendría. Por eso te pedí que me acompañaras. Y aparece con esa —se detuvo—. No le bastó contigo.
—Lo nuestro nunca fue una relación de verdad, mamá.
—También era mayor para ti, y no le importó. Conozco a tu padre, lo veo capaz.
La rabia y la risa nerviosa la hacían estar radiante. Me cogió del brazo y paseamos hacia una zona apartada del jardín.
—Me encantaría devolverle el golpe esta misma noche, con cualquier invitado —susurró.
—Si no fueras mi madre, te aseguro que me ofrecería voluntario. Estás espectacular.
Apoyó un instante la cabeza en mi pecho.
—Ojalá encontrara yo un hombre como tú —dijo, y algo se movió dentro de mí que preferí no nombrar.
Cuando volvimos, el comportamiento de mi padre con Rebeca era ya descarado. Mis padres se marcharon sin despedirse, tensos. Me quedé a solas con ella.
—No está bien lo que haces —le dije.
—Solo me aprovecho de su posición. Tu padre me importa un pimiento —respondió con cinismo, y bajó la voz—. La verdad es que me gusta más tu madre que él.
—¿Qué?
—Lo que oyes. Es mucho más atractiva. Pero esta noche —sonrió, acercándose—, ¿qué tal si te llevas tú el premio que tantos señores querían?
Acabamos en mi casa, por los viejos tiempos. Pero mientras ella dormía a mi lado, yo no dejaba de pensar en mi madre apoyada en mi pecho, en el jardín.
***
Los días siguientes mi madre me llamaba para desahogarse. Hasta que un sábado lo dijo claro.
—Tu padre se ha ido de viaje y sospecho que no va solo. Estoy decidida a separarme.
No podía dejarla así.
—¿Por qué no me invitas a comer? —pregunté, sabiendo que diría que sí.
—Claro. Tráete el bañador, nos damos un baño en la piscina.
Pasé por una pastelería del centro y compré los pastelitos de chocolate que le encantaban. La encontré con una camiseta sin mangas y un short vaquero, mostrando unas piernas perfectas. Sobre la mesita auxiliar había una botella de vermut mediada.
—Cuando uno está enfadado, no hay nada como un dulce —dije, acariciándole el hombro y notando en ella una fragilidad nueva.
—El vermut también ayuda —sonrió—. Perdona por usarte de pañuelo. No tengo con quién llorar.
Le confesé, para distraerla, que Rebeca había pasado por mi casa la otra noche. Le arrancó una carcajada.
—¡Qué verá en tu padre, que necesita media hora para que se le levante! Si yo tuviera la ocasión de un hombre como tú, se iba a enterar…
—Podrías tener a quien quisieras, mamá.
—No me vale el sexo por el sexo. Yo necesito cariño. ¿Quieres un vermut?
Preparé algo de comer y la convencí de cambiarse. Sin dudarlo, se quitó la camiseta y mostró un biquini que apretaba sus pechos, y luego el short, dejando ver una braguita recortada. Nadamos un par de largos en la piscina. Su cuerpo mojado, goteando bajo el sol, era una imagen que me costaba dejar de mirar.
—Qué tonto es papá —dije—. Tienes mucho mejor cuerpo que Rebeca.
—Los hombres babean por chicas jóvenes —se disculpó.
—Las mujeres como tú no conquistan por el físico, aunque en tu caso también lo harían. Deslumbráis por el estilo.
Mientras ella seguía bebiendo, yo necesitaba confirmar algo. Tenía instalado en el móvil un localizador de llamadas para ubicar clientes. Llamé a Rebeca con una excusa, la invité a vernos esa tarde, y mientras ella se disculpaba el mapa hizo su trabajo: la señal venía de Lyon, en Francia. Solo me faltaba comprobar una cosa.
—Por cierto, mamá, ¿adónde decías que iba papá?
—A Francia. Por negocios, dijo.
Estaban juntos. Y, como por ensalmo, mis escrúpulos se evaporaron. Si mi padre jugaba a humillarla, yo iba a darle de su propia medicina.
***
Al caer la tarde, el sol teñía de rojo los árboles del jardín. Mi madre salió con un gin tonic en cada mano y se metió en el agua. La abracé por detrás, ella dejó caer la cabeza sobre mi hombro y le besé el cuello de lado a lado.
—Esto es delicioso, pero ya no puedo alegar que estoy bebida —murmuró.
—Puedes alegar que estás herida —respondí, y di el paso definitivo—. Rebeca está en Lyon.
Se giró con los ojos echando humo.
—¿Lo sabías y no me lo dijiste?
—Lo descubrí esta tarde. Geolocalicé su número.
—Hijo de… —tembló entera.
La abracé con todo el cariño que supe, pero no como un hijo. Le sostuve la cara y, cuando uní mis labios a los suyos, los abrió sin resistirse. Nos besamos hasta que el cielo cambió de color.
—Es maravilloso, pero no está bien… —intentó disculparse.
—Esta noche el cielo te perdona, por todo lo que has aguantado.
Solté el nudo del biquini y le acaricié los pechos. Deslicé la otra mano por dentro de su braguita y la froté con paciencia, sin dejar de besarla, hasta que un temblor la recorrió de arriba abajo y se aferró a mí con un grito que el jardín nos devolvió en eco. Ya no había marcha atrás.
—Soy anticuada, pero sé que el placer se corresponde —dijo bajándome el bañador.
Se sumergió y me envolvió con la boca bajo el agua. La icé hasta sentarla en el borde de la piscina, le quité la braguita y enterré la cara entre sus muslos. Tardó muy poco en volver a gritar.
—¡Esto no es normal! Estás poniendo en hora un reloj que llevaba años parado.
—Tu relojito es como tú, de coleccionista —reí.
***
Cenamos en el porche, riéndonos con una confianza nueva. A media cena sonó el teléfono: mi padre. Ella puso el manos libres.
—No querrás que acepte que tengas una aventura —gritaba él.
—Solo quiero que seamos iguales. Tú con quien quieras, yo con quien quiera. Quizá con un chico quince años más joven, como haces tú.
—¡No somos iguales! Eres una mujer y una madre.
—Eso no te lo consiento. O lo aceptas, o esta semana pido el divorcio —y colgó.
Me miró, levantó su copa y brindó.
—Por mi libertad —dijo, y se quitó la camiseta de un tirón.
La furia de la hembra humillada tomó el mando. Me besó con rabia, buscando con la mano mi erección.
—¿Estás decidido? —preguntó.
—Te deseo, mamá.
—Vamos dentro. Esta noche es mía y no me la quita nadie.
Entramos en el dormitorio. Cerró las persianas para preservar su pudor, y a oscuras recorrí su cuerpo solo con el tacto: sus pechos, todavía firmes, su vientre, el calor entre sus piernas. Aproveché lo fácil que llegaba al clímax y usé la lengua una vez más antes de la larga noche que nos esperaba.
—¡Dios mío, esto es brutal! Soy un cuerpo líquido —jadeó—. ¡Fóllame ya de una vez!
Su orden coincidió con mi deseo. Empapada como estaba, entré en ella de un solo empuje. Apretó las manos contra mi espalda para que llegara más adentro, susurrándole palabras de cariño que actuaban como lubricante para su mente. Nos movimos suaves y violentos, tranquilos y ardientes, hasta que noté que ya no aguantaba más.
—Me voy a ir —dije.
—Córrete, cariño. Quiero sentirte caliente.
Estallé con un jadeo largo que se fundió con su grito, y nos abandonamos uno en brazos del otro, sintiendo que aquella comunión no solo había sido sexo, sino el remedio a algo que ella arrastraba desde hacía años.
***
Las primeras luces del día y el frío del rocío me despertaron. Verla desnuda a mi lado me devolvió de golpe todos los recuerdos. Le extendí una sábana y, al sentir la tela, se revolvió buscando mi cuerpo. Sus labios quedaron frente a los míos y no me contuve.
—Y como comer y follar todo es empezar —murmuró ella, despierta del todo.
Se apropió de mi erección con una maniobra lenta, transformando la dulzura de la noche anterior en una mirada de vampiresa con los ojos bien abiertos. La besó, la lamió y se la tragó entera. Comprobé con los dedos que su humedad estaba en su esplendor, le di la vuelta y, antes de que reaccionara, ya estaba dentro de ella otra vez.
En ese momento pensé en mi padre, despertándose en otra cama, y lejos de sentirme culpable supe que le estaba devolviendo sus juegos en su propia casa. La puse de rodillas y me abrí paso despacio, a cámara lenta, seguro de que me quedaba un buen rato.
—¡Sí, fóllame! —gritó, sin rastro ya de la señora elegante, convertida en un animal en celo.
Aceleré hasta perder la noción del tiempo, hasta que se quedó sin voz y el último gemido anunció otro orgasmo. Solo entonces me dejé ir, satisfecho de habérselo arrancado.
—Anoche pensé que no podía disfrutar más —dijo después, mientras recuperaba el aliento—. Y esta mañana casi me desmayo.
Salimos a la terraza. La mañana era deliciosa y teníamos por delante un día entero para nosotros. Estábamos decidiendo si comer fuera cuando oímos un claxon y la puerta del garaje abriéndose.
Mi padre había adelantado el regreso. Nos miramos como dos críos pillados en falta.
—Tranquila, mamá. Soy tu hijo. Me quedé a dormir porque te sentías sola —dije.
—Sí —repitió ella, nerviosa—. Ve a tu habitación, deshaz la cama y lleva allí todas tus cosas.
Mientras repasaba mentalmente si quedaba algo que nos delatara, yo tomé mi propia decisión. No pensaba montar una escena. Pero, una vez cruzada la línea con mi madre, tampoco pensaba renunciar a ella.