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Relatos Ardientes

Mi primera vez fue con mi tío en la playa nudista

Hola a todas y todos. Hoy quiero contarles la primera vez que pasó algo entre mi tío y yo, esa tarde sobre la arena. Todo empezó con una invitación a su playa preferida, una playa nudista. Tengo que confesar que jamás había pisado una: puedo ser muy traviesa y calentona —como dice él entre risas—, pero también era bastante pudorosa. O lo era, hasta ese día.

El plan original era ir todos juntos. Mi tía, mi tío Damián y mi abuela solían escaparse a ese lugar cada tanto, y quedamos en que yo los acompañaría para conocerlo y decidir si me animaba. Era fin de semana largo y la idea sonaba perfecta para descansar.

Pero el día de la salida mi abuela se torció un tobillo, nada grave, y prefirió quedarse en casa. Mi tía se ofreció a cuidarla por si necesitaba algo, así que al final terminamos yendo solos él y yo. El viaje fue de lo más normal: tío y sobrina en el auto, música a todo volumen, ventanillas abiertas y charla sobre cualquier tontería. Nada hacía pensar en lo que vendría después.

Cuando llegamos y di el primer paso sobre la arena, me invadió un montón de sensaciones contradictorias. Me sentí vulnerable y libre al mismo tiempo, como si una corriente eléctrica me recorriera por debajo de la piel. Caminamos hasta un sitio tranquilo, dejamos las cosas, y mi tío estiró su toalla y la mía. Entonces, sin más, empezó a quitarse la ropa. Toda. Quedó completamente desnudo.

No me escandalicé, porque en casa él y mi tía practicaban el nudismo y ya lo había visto otras veces. Pero verlo así, al aire libre, frente a desconocidos, me revolvió el estómago de una forma nueva.

—Eh, Lucero —me llamó, levantando las manos como si se quitara una prenda invisible—. ¡Vamos! Sácate todo, no seas vergonzosa.

—Ay, tío, es que nunca me he mostrado así delante de tanta gente —dije con los nervios a flor de piel, y me mordí el labio inferior.

—Tranquila, nena. Entiendo si no quieres, pero también puedes quedarte en topless —se encogió de hombros, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Lo que para mí fueron horas en realidad duró unos segundos. Yo seguía de pie, sin moverme, hasta que tomé la decisión que me pareció más cómoda. Llevaba un vestido de playa negro de hilo, una especie de red que se pegaba a mi cuerpo y apenas tapaba algo, y debajo un bikini blanco diminuto. Decidí sacarme el bikini y quedarme solo con esa red.

En ese instante sentí el aire fresco golpeando zonas que siempre habían vivido en secreto, y me recorrió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Era la exposición cruda, casi un vértigo físico, mezclada con la excitación de estar haciendo algo que creía prohibido. Y lo peor —¿o lo mejor?— fue notar el peso de su mirada sobre mí, su esfuerzo por no fijarse en mis pechos y entre mis piernas.

El corazón me latía con una fuerza sorda. Entre los muslos sentía un calor que me delataba, como un faro encendido en medio de toda esa gente. Nos miramos a los ojos y un hormigueo me subió por la espalda.

—Lucero —susurró, y no sé si lo oí o lo imaginé. Mi pecho subía y bajaba a toda prisa—. Te vas a lastimar ese labio…

No terminó la frase. Sentí sus dedos liberar mi labio de mis propios dientes, y el ardor se transformó en una caricia que me trajo alivio. No pude evitar soltar un suspiro hondo.

***

Nos sentamos los dos, nerviosos, en silencio, con la vista clavada en el mar.

—Lucero —dijo por fin, mirándome—, estás tensa. Relájate, ya se te pasará la vergüenza.

Asentí y noté cómo me ardían las mejillas. Él habrá creído que era por estar desnuda en una playa nudista, pero la verdad es que ya ni me acordaba de eso. Me ponía colorada porque de reojo no dejaba de mirar su miembro, que empezaba a cobrar vida y me tenía húmeda sin remedio.

—¿Quieres que te ponga protector solar para que no te quemes? —ofreció.

—No, gracias —contesté rápido, temiendo que me hubiera pillado mirándolo—. Me crema antes de salir, en un rato me pongo de nuevo.

—Vale, cariño, pero… ¿me harías un favor? —Lo miré directo a los ojos y asentí—. Ponme tú a mí, que no me quiero quemar. Después tu tía se enoja y ya sabes cómo se pone.

Tomé el pote que me extendía.

—Está bien. ¿Dónde quieres que te ponga? —pregunté, y él soltó una risita. Me puse roja—. El protector, tío. Hablo del protector.

—Sí, claro —respondió con una sonrisa que me pareció demasiado coqueta—. Ponme por todo el cuerpo, no quiero quemarme nada.

Se acostó boca abajo, cruzó los brazos bajo la cabeza y empecé por la nuca, la espalda, las piernas, los pies. Mi tío tiene la piel suave como la de un bebé, así que me demoré más de la cuenta, aprovechando cada excusa para tocarlo.

—Ya está todo cubierto —le dije.

—No, Lucero —giró la cara—. Falta el culo. ¡Vamos! No me digas que nunca tocaste uno. Ponme con confianza, no pasa nada.

—Tío, no. ¿Cómo te voy a tocar ahí?

—No es que me vayas a meter el dedo —dijo en el tono más natural—, solo me cremas los cachetes. No pasa nada.

Tomó mi muñeca y la llevó con firmeza hasta su trasero, casi como una palmada. «A mí me pones tanto, tío», pensé mientras seguía, sintiendo cómo se relajaba bajo mis manos. Cuando terminé, volví a sentarme y dejé el pote sobre su toalla. Él alzó una ceja.

—¿No me digas que por delante no me pones?

—Si eso te lo puedes hacer solo.

—Pero no tiene gracia —hizo un puchero imposible de negar.

—Ay, tío, no te pongas así —dije, un poco fastidiada—. Estamos en un lugar público, alguien puede malinterpretar las cosas.

—Vamos, Lucero —me tomó de la mano y me tiró casi encima de él—. Es más entretenido en equipo. Luego te devuelvo el favor.

No sé cómo ese hombre lograba convencerme de todo. De pronto estaba prácticamente a horcajadas sobre sus rodillas, en una posición a medio camino entre la vulnerabilidad y el poder. Sentía el calor de sus muslos, y si me movía unos centímetros más, nuestros sexos se rozarían. Sus manos se anclaban en la arena, entregado por completo a lo que yo hacía.

Mis manos recorrieron sus hombros, sus brazos, su pecho, su abdomen, hasta detenerse en sus pezones.

—Lucero —susurró—, apriétalos fuerte. Me gusta cómo me cremas.

Le hice caso. Ya no podía evitarlo. Me eché más crema solo para volver a pasarla por su pecho, apretar y jugar con el vello.

***

Esa fue la última señal que necesitábamos. Nos miramos y acortamos la distancia hasta que nuestros alientos se mezclaron. Hubo un instante suspendido, donde lo único real era la urgencia de un deseo a punto de desbordarse. Y por fin nuestros labios se encontraron, y el pudor se rindió ante un beso lleno de lujuria.

Nos separamos cuando nos faltó el aire, y los dos sonreímos. Sabíamos que ya no había vuelta atrás. Con una calma que solo aumentaba la tensión, él vertió el protector en mis palmas y las guió hacia su sexo, erecto y firme. Mis dedos empezaron a envolverlo en un vaivén rítmico, subiendo y bajando al compás de sus suspiros y de los míos. Sentía cada vena hinchada bajo la piel, la urgencia de su sangre golpeando contra mi mano, mientras mis pulgares insistían en círculos lentos sobre la punta.

Entonces escuché dos cosas: primero, un gruñido sordo de placer que se le escapó a él. Segundo, el carraspeo de un hombre demasiado cerca.

Giré la cabeza de golpe. Ahí estaba, un señor mayor que nos miraba con cara de fastidio y, paradójicamente, con su propio miembro a medio despertar.

—¡Eh! —nos llamó, molesto—. Si van a seguir con ese espectáculo, búsquense un rincón más discreto. Esta zona es para estar tranquilos, no para que se devoren delante de todo el mundo.

Sentí un latigazo en la columna. Una descarga que me hizo encogerme, consciente de quiénes éramos: un tío y su sobrina, y con mis manos todavía brillantes de crema como prueba irrefutable. El hombre señaló con un gesto seco hacia un lugar más apartado, sin lograr disimular su propia tensión.

—Vayan tras esas rocas si no se pueden aguantar —masculló, dándonos la espalda—. Aquí interrumpen la vista.

Sin decir palabra, mi tío me tomó de la cintura y me ayudó a levantarme.

—Espera, no podemos —hablé atropellada—. Esto está prohibido. Soy tu sobrina, eres mi tío.

—Vamos, cariño —se detuvo y me acarició la cara—. Lo prohibido es justo lo que hace que esto queme así.

Y esas palabras fueron el último clavo en mi resistencia.

***

Me sacó el vestido y me acorraló contra la roca, fría y rugosa contra mi espalda desnuda, un contraste perfecto con el calor que salía de su cuerpo. Ya no había espacio para dudas ni para el parentesco; solo existía la urgencia de dos personas que se buscaban sabiendo que cometían algo irremediable. Sus manos bajaron de mis caderas a mis muslos, tomó una de mis piernas y la llevó a su cadera. Y así me penetró, abriéndose paso con una autoridad que me arrancó un gemido ahogado contra su cuello.

—¡Tío! —grité de placer—. ¡Joder!

—Ahh, sí, Lucero… muévete en la polla de tu tío.

—¿Te gusta mi coño, tío? —no parábamos de gemir.

—Mmm… eres una sobrinita muy traviesa.

—Sí, sí, dame… —era lo único que me salía de la boca. El mundo exterior había desaparecido.

—¡Toma, sobri! —dijo con una embestida profunda, cargada de toda la tensión del sol y el morbo de que nos hubieran reprendido.

—¡Más, dame más!

—Lucero… méteme un dedo en el culo —suplicó sin dejar de moverse.

—¿Qué? —abrí los ojos, sorprendida.

—Por favor —sentía su sexo vibrar dentro de mí—, mete tu dedito.

Esa petición me calentó todavía más y asentí con la cabeza varias veces. Nos acostó en la arena, se acomodó entre mis piernas, apuntó a mi entrada y se acercó a besarme. Mis piernas se cerraron alrededor de él y lo atraje hacia mí. Bajé una mano, tanteé su trasero, busqué su entrada y le metí un dedo, como me había pedido.

Al sentirlo arqueó la espalda, sonrió y aceleró el vaivén. Sus labios buscaron los míos con más ganas.

—¡Joder contigo! —dijo separándose un instante—. ¡Me encantas!

Sentí cómo mi pudor se hacía pedazos con cada movimiento de sus caderas, mientras mi mano libre se aferraba a sus hombros.

—Tío —dije, sacando el dedo—. ¿Puedes hacerme tú lo mismo? Nunca nadie me lo ha hecho ahí.

—Sí, bebé —me miró con ternura—. Ponte en cuatro.

Jugó con su sexo en mi entrada y me moví desesperada, pero entonces lo sentí moverse hacia atrás, y su boca terminó entre mis piernas.

—¡Ahh, tío… tu lengua! —jadeé mientras me lamía—. Ahhh…

Hundió sus dedos en mí, no sé cuántos, no me importaba. Era de otro mundo. Cuando estaba a punto de correrme, se alejó un poco.

—Espera —dijo, dándome una palmada suave en el trasero.

Sentí su boca de nuevo, esta vez más atrás, su lengua explorando con cuidado.

—Shhh… no grites tan fuerte, nos van a escuchar.

Me tapé la boca con la mano. No sé si funcionó, porque enseguida sentí su dedo abriéndose paso y tuve que apoyarme en la arena para no caer.

—Eres un dulce —dijo metiendo otro dedo.

—Uh, tío, me duele —me quejé, apartándome sin querer.

—Tranquila, cariño, ya pasará —dijo, mirando un punto lejano.

—Con cuidado —supliqué.

***

—Lucero, estás gritando mucho —murmuró—. Voy a tener que pedir que te metan algo en esa boca para silenciarte.

—¿Qu…? —cuando levanté la vista, lo vi. El mismo señor que minutos antes nos había reñido estaba parado frente a mí, firme y a todas luces excitado. Se acercó a mi boca y, casi por instinto, la abrí.

Él sujetó mi cabeza y empezó a moverse, primero despacio, hasta que sentí a mi tío entrar por detrás, sosteniéndome por las caderas.

—Ya pasa —me dijo el desconocido al ver mi gesto de esfuerzo, y llevó la mano a mi mejilla para secar una lágrima.

—Joder, qué culo —gimió mi tío—. Lucero, eres la mejor.

Sentí que entraba del todo, y al mismo tiempo empujé el sexo del otro lejos de mi boca.

—¡Ah, tío! ¿La metiste toda? —pregunté, perdida.

—Sí, no me pude contener.

No alcanzó a decir más. Mis caderas empezaron a moverse solas, buscando chocar contra él.

—Ah, ah, tío, qué rico… me duele, pero me gusta. ¡Dame!

El desconocido nos miraba mientras se acariciaba a sí mismo. Llegó un momento en que ya no aguanté más, y mi tío lo notó. Se separó con cuidado, volvió a besarme y dijo:

—Por ahora lo dejamos descansar, cariño. Ven, móntame.

Me subí sobre él como en una cabalgata, me sujetó las caderas con fuerza y marcó el ritmo, arriba y abajo, a su antojo.

—Me voy a correr, sobri —avisó.

El desconocido se acercó otra vez y buscó mi boca con su sexo. Ahí estaba yo, con uno dentro y otro en los labios, ambos reclamando no solo mi cuerpo, sino mi rendición total a esa locura prohibida. Las manos de mi tío subieron a mis pechos, jugando con ellos con intensidad.

—Sobri, me corro —dijo él.

—Y yo —masculló el otro.

El clímax los alcanzó casi a la vez, una descarga que los dejó sin aliento. El desconocido terminó en mi boca, se apartó un paso y se agachó a darme un beso hondo. Yo todavía no me había corrido, aunque estaba al borde, y mi tío, a pesar de haberse vaciado dentro de mí, seguía duro. Así que continué moviéndome sobre él, sintiendo su semen resbalar mientras volvía a sujetarme las caderas para ayudarme.

—Tío… ahhh —ya estaba cerquísima.

—¡¿Qué es eso?! —exclamó él de golpe.

Me detuve en seco, con él todavía dentro.

—¿Qué pasa? —pregunté asustada, buscando de dónde venía el ruido.

—¡Es mi mujer! —dijo el desconocido, blanco como el papel—. Si me ve con ustedes…

***

Mi tío me levantó deprisa, me guió hacia el agua, y el desconocido salió disparado al encuentro de su esposa para disimular. A lo lejos los vi hablar, sin saber de qué.

—Actúa normal, como si solo estuviéramos jugando en el mar —dijo mi tío.

—¿Qué hicimos? —pregunté, cayendo de a poco en cuenta de todo.

Vimos al hombre alejarse con su mujer en dirección a donde habíamos dejado nuestras cosas.

—Sobrina —susurró mi tío—, no te llegaste a correr.

—No —suspiré—. Con el susto se me pasaron las ganas.

—¿Quieres que te ayude acá?

Negué y me alejé caminando hacia mi toalla, con él detrás de mí.

Cuando volvimos a nuestro sitio, actuando lo más normal que podíamos, vimos al desconocido y a su esposa comiendo unos sándwiches. Ella levantó la cabeza, sonrió, se puso de pie tal como estaba, desnuda, y llamó a mi tío por su nombre.

—¿Se conocen? —preguntó el hombre, con el rostro descompuesto.

—Sí, amor, él es el marido de la hija de mi mejor amiga —dijo ella, y mi sonrisa se borró de a poco—. ¿No te acuerdas?

—Hola, Rosa, ¿cómo estás? —saludó mi tío con un abrazo—. Te presento a mi sobrina.

De forma muy cariñosa, ella me rodeó con los brazos y me apretó contra su cuerpo.

—¡Hola, preciosa! —dijo con una sonrisa enorme—. Un gusto conocerte. Tu tía y tu abuela me han hablado mucho de ti.

Le devolví la sonrisa por puro instinto, pero por dentro estaba en un mundo gris y asfixiante, atrapada por un arrepentimiento voraz, temblando, perdida en el eco de todo lo que había hecho sobre esa arena antes de poder siquiera entenderlo.

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