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Relatos Ardientes

Mi madre no soportaba que durmiera con mi padre

Lo que voy a contar ocurrió justo después de que cumpliera diecinueve años, cuando mis padres decidieron separarse tras casi dos décadas casados. Para mí fue un golpe, aunque ninguno de los dos lo vivió como un drama. Eran demasiado civilizados para eso.

Los dos eran arquitectos y trabajaban en estudios distintos. Vivíamos con cierta holgura, en un piso amplio donde yo siempre había tenido mi propia habitación. Mi madre tenía cuarenta y dos años entonces; mi padre, cuarenta y tres. Yo era hijo único, y eso nos había hecho una familia muy física, de abrazos largos y besos por cualquier motivo.

Un sábado, después de comer, me sentaron en el salón y me lo soltaron sin rodeos: se divorciaban. Incompatibilidad de caracteres, dijeron, como si recitaran un acta. Lo tenían todo acordado. Mi madre se quedaba con el piso, mi padre con una compensación, y yo viviría con ella entre semana y pasaría los fines de semana en casa de él.

Mi padre se fue esa misma tarde a un hotel hasta encontrar dónde vivir. Nos abrazamos, nos dimos un montón de besos, y me quedé hecho polvo. Mi madre me apretó contra ella y me prometió que todo iría bien.

Un mes después, mi padre ya tenía un pequeño apartamento a seis paradas de autobús de casa. El viernes mi madre me preparó la mochila como si me marchara a otro continente, y allá fui, a estrenar mi nueva rutina.

El apartamento era diminuto: salón, cocina, baño y un único dormitorio. Mi padre me dio a elegir entre el sofá o compartir la cama de matrimonio. Era pensar las cosas demasiado para dos noches por semana, así que opté por la cama. Me pareció lo lógico.

***

El domingo volví con mi madre, que me recibió como si hubiera estado fuera un siglo. Quería que se lo contara todo con detalle. Estaba contenta, risueña… hasta que mencioné que solo había un dormitorio y que dormía con mi padre.

Su cara se apagó de golpe, como si le hubieran tirado un jarro de agua fría. Le pregunté qué le pasaba y, disimulando fatal, me dijo que nada. Pero a mí no me engañó: lo que no le había hecho ninguna gracia era esa cama compartida.

Me quedé desconcertado. No entendía por qué le molestaba algo tan natural dadas las circunstancias. Durante esa semana, mi madre encontró mil maneras de volver al tema. Estaba claro que aquello la obsesionaba.

El siguiente fin de semana, cenando con mi padre, le comenté lo rara que se había puesto ella. Él esbozó una sonrisa cansada y dijo que se lo esperaba. Le insistí, le dije que ya no era un niño, que tenía diecinueve años y derecho a entender qué pasaba.

Se puso serio. Me explicó, con la voz medida de quien lleva años ensayando esa frase, que era homosexual. Que no sentía atracción por las mujeres y que ese había sido el verdadero motivo del divorcio.

—Aguantamos todos estos años por ti —me dijo—. Queríamos esperar a que fueras mayor de edad para que decidieras tú con quién vivir.

Lo abracé. Le dije que me parecía bien cualquier opción, que lo quería igual que siempre. Rompió a llorar y nos dimos un beso largo, como hacíamos toda la vida. Luego añadió algo que se me quedó grabado: que entendía a mi madre, porque ella tenía todo el derecho a no querer compartir su vida con alguien que nunca la había deseado como mujer.

Esa noche dormimos abrazados, su brazo bajo mi nuca, y me quedé pensando.

***

De vuelta en casa, cuando le dije a mi madre que ya sabía lo de mi padre, se quedó callada y pensativa. Le pregunté lo único que me faltaba por entender: cómo había nacido yo si él era gay.

Me lo contó nerviosa, eligiendo las palabras. Cuando se conocieron, en la universidad, él aún no era consciente del todo de lo suyo. A esa edad las hormonas mandan, tuvieron sus relaciones, y ella se quedó embarazada. Se casaron porque era lo que tocaba entonces. Luego él fue posponiendo el sexo con cualquier excusa hasta que un día no le quedó más remedio que sincerarse.

Me miró con los ojos húmedos, esperando mi reacción. Le dije que no pasaba nada, que ya era un adulto y entendía las cosas. La abracé y nos comimos a besos, ella llorando como una magdalena.

Esa semana até cabos. Después de darle muchas vueltas, llegué a una conclusión: mi madre tenía una especie de celos enfermizos hacia mí. No soportaba la idea de que mi padre me arrastrara a su mundo. Para ella, «dormir juntos» en aquella cama significaba algo más de lo que significaba en realidad.

Y aquí viene lo que me cuesta confesar. Yo, con diecinueve años, las hormonas a flor de piel y demasiadas noches frente al ordenador con la polla en la mano, nunca había visto a mi madre como un objeto de deseo. Era mi madre. Pero, de repente, empecé a mirarla de otra manera. A imaginarme cómo serían sus tetas debajo de la ropa, cómo olería su coño, qué cara pondría corriéndose.

Mi madre era pequeñita, apenas metro cincuenta y cinco, delgada, de pelo corto rubio y ojos castaños. Nunca había destacado por nada, ni se arreglaba demasiado. Y sin embargo, esos días, cada uno de sus abrazos me empezó a parecer una invitación, y cada vez que se agachaba delante de mí se me ponía la polla dura sin poder evitarlo.

Tenía claro que, si quería que ocurriera algo, el primer paso tendría que darlo yo. Ella jamás cruzaría esa línea. Pero conocía su punto débil: la cama de mi padre. Por ahí empezaría a tantear.

***

El domingo, después de cenar, me lancé.

—Mamá, sé que no te gusta que duerma con papá.

—La verdad es que no, no me gusta nada —admitió de inmediato.

—Ya. Pero es lo lógico dadas las circunstancias. ¿Te gustaría que también durmiera contigo cuando estoy aquí? Así estaríais los dos en las mismas condiciones.

Su cara fue un poema. Para darle tiempo, añadí que se lo proponía para que no pensara que quería más a mi padre que a ella. Eso le tocó la fibra. Me miró con resignación y, con la voz temblándole un poco, accedió.

—Por probar no se pierde nada —dijo, soltando una risa nerviosa—. Al fin y al cabo, la cama es enorme para mí sola.

—Estupendo. Pues desde esta noche dormimos juntos.

Lo dije así, a propósito. La vi sonrojarse, como si en ese instante tomara conciencia de lo que acababa de aceptar.

—Pero prométeme que no se lo contarás a tu padre, ni a nadie.

—Te lo prometo.

***

Esa primera noche se metió en la cama con una camiseta blanca enorme y la sábana hasta la cintura, pegada a una esquina. Me reí, le dije que se iba a achicharrar con la calefacción central, y ella confesó que le daba un poco de vergüenza. Le di un beso de buenas noches y apagué la luz. En cuanto se hizo la oscuridad, oí cómo se quitaba la sábana de encima y se acercaba a darme otro beso. Yo me giré de lado para que no notara el bulto que se me marcaba en los calzoncillos.

El lunes amanecí solo; ella ya trasteaba en la cocina. La abracé por detrás y le pregunté qué tal había dormido con su nuevo compañero de cama. Se giró sin salir de mi abrazo, con la cara iluminada, y me dio un beso corto. Yo lo retuve un par de segundos más de lo normal. Cerró los ojos, y noté cómo se le entrecortaba la respiración cuando mi polla, todavía dura de la mañana, le rozó la barriga por encima del pijama.

El martes ya no se molestó en taparse, y estaba más hacia el centro de la cama. El beso de buenas noches cayó, casi sin querer, en los labios. Ni ella se movió ni yo tampoco. Esa noche dormimos rozándonos, con mi mano descansando "por casualidad" sobre su cadera, y me pasé horas empalmado sin poder pegar ojo.

El miércoles, viendo la televisión, me preguntó si me importaba que durmiera sin camiseta, que estaba acostumbrada y le daba calor. Le contesté que no entendía por qué se la había puesto, si la había visto así toda la vida. Cuando entré en el dormitorio, estaba tumbada solo con las bragas blancas.

Me detuve a mirarla de verdad por primera vez. Pechos pequeños pero firmes, con los pezones rosados apuntando al techo. Un cuerpo menudo y bien proporcionado para su edad, la barriga plana, las caderas estrechas y un triángulo de vello rubio que se le adivinaba por debajo de la tela fina de las bragas. No era una belleza, pero esa noche me lo pareció, y se me puso la polla como una piedra debajo del pantalón del pijama.

—Mamá, estás preciosa —le dije—. Eres una mujer preciosa.

—Se ve que no piensas como tu padre —murmuró.

—A mí me gustan las mujeres. Y tú eres, para mí, la más atractiva de todas.

Su cara se encendió con una sonrisa de oreja a oreja. Abrió los brazos para que le diera el beso de buenas noches.

***

Me acerqué, cerró los brazos sobre mí y me atrajo. Apoyé una pierna entre las suyas y quedé prácticamente encima, sosteniéndome en los codos para no aplastarla. Sus pezones rozaban mi pecho desnudo, duros como dos guijarros. Nunca había sentido nada parecido, y la polla, atrapada entre nuestros vientres, me palpitaba con fuerza contra su bajo vientre.

Ella me miraba, no había cerrado los ojos. Estaba debajo de mí, esperando. ¿Solo el beso? La respuesta dependía únicamente de mí, y aquello era una oportunidad que no iba a desaprovechar.

Bajé despacio. Me esperaba con los labios entreabiertos. La besé, abrí la boca y me la comí entera. Ella reaccionó apretando mi nuca con las manos, dejando claro que no quería que parara. Las lenguas se buscaron, se enredaron, se chuparon con una hambre acumulada durante años. Yo no tenía experiencia, pero aquello estaba resultando perfecto. Sentí cómo sus caderas empezaban a moverse por debajo de las mías, buscándome, frotando su coño caliente contra el bulto de mis calzoncillos.

Le besé el cuello, le lamí la clavícula, bajé hasta los pechos, le atrapé un pezón con la boca y lo chupé como un condenado, tirando de él con los labios y mordisqueándolo suave. Eso la volvió loca.

—Mi vida… mi vida —repetía entre jadeos, con la mano hundida en mi pelo apretándome contra su teta.

Pasé al otro pezón, lo torturé igual, mientras con la mano libre le amasaba el otro pecho. Ella empezó a arquearse debajo de mí, jadeando cada vez más fuerte, y yo notaba cómo mi polla se escurría por el borde de los calzoncillos, mojando de líquido preseminal la tela del pijama. Fui bajando con la lengua por la línea del esternón, le lamí el ombligo, le mordí el hueso de la cadera. Cuando llegué al borde de las bragas blancas me detuve un instante, la miré desde abajo. Ella asintió sin decir palabra, con los ojos vidriosos.

Le enganché las bragas con los dedos y se las bajé despacio por las piernas. Debajo apareció un coño pequeño, jugoso, con el vello rubio recortado y los labios ya brillantes de humedad. Olía a hembra caliente. Le abrí los muslos con las dos manos, hundí la cara entre sus piernas y le pasé la lengua por toda la raja, de abajo arriba, hasta encontrar el clítoris hinchado. Cuando lo chupé, ella soltó un grito que se tragó a medias mordiéndose el puño.

—Ay, hijo mío… ay, Dios mío, no pares…

No paré. Le comí el coño con una desesperación que no me conocía, alternando lametones largos con chupetones al clítoris, metiéndole la lengua entera hasta donde llegaba. Le colé un dedo, luego dos, y noté cómo su coño los apretaba, empapado. Movía los dedos hacia dentro y hacia arriba mientras seguía chupándole el clítoris, y ella temblaba, se retorcía, me clavaba los talones en la espalda.

—Me corro… me corro, mi vida… me estoy corriendo…

Se corrió en mi boca con una sacudida larga, apretándome la cabeza contra su coño, ahogando los gritos contra la almohada. Yo seguí lamiéndola hasta que se quedó floja, con las piernas abiertas y la respiración entrecortada.

Subí por su cuerpo besando cada centímetro. Cuando llegué a su boca me la comí a besos otra vez, y ella se relamió con mi propio sabor sin ningún reparo. Pensé que tal vez para ella una cosa era dejarse comer el coño y otra muy distinta dar el último paso con su hijo, meterse la polla de su hijo dentro. No quería tensar la cuerda. Pero entonces, como si me hubiera leído el pensamiento, bajó las manos, me agarró la goma de los calzoncillos y tiró de ellos hacia abajo. Mi polla saltó dura, apuntándole a la barriga.

—Qué polla más bonita tienes, hijo —susurró, y no me lo podía creer.

Me la agarró con la mano derecha, la envolvió, la apretó, la movió arriba y abajo un par de veces. Yo tuve que morderme el labio para no correrme allí mismo. Se incorporó a medias, me empujó de espaldas contra el colchón y bajó la cabeza. La vi meterse mi polla en la boca con una naturalidad que no me esperaba, chupármela hasta el fondo con los ojos cerrados, sacándola despacio para pasarme la lengua por los huevos.

—Mamá… mamá, para, que me corro —le pedí.

Me soltó la polla de la boca con un chasquido, se relamió y sonrió con una picardía que no le había visto nunca.

—Todavía no, cariño. Todavía no.

Se tumbó de espaldas y abrió las piernas para mí. Allí estábamos, los dos desnudos, decididos.

Volví a su boca. Me acerqué a su oído y le pregunté, con la voz tomada, si quería que se la metiera. Su cuerpo se sacudió entero.

—Sí, mi vida, sí, métemela, fóllame —respondió, y oírle decir esa palabra a mi madre me hizo temblar—. No te preocupes, llevo semanas tomando precauciones. Sabía que esto iba a pasar.

Aquella confesión me dejó sin aire. Ella lo había decidido mucho antes que yo. Llevaba semanas planeando que su hijo la follara sin condón.

Bajé la mano a su coño y lo encontré empapado, chorreando por dentro de los muslos. Mis dedos se deslizaron sin esfuerzo. Me coloqué entre sus piernas, que ella dobló y abrió para mí, y me agarré la polla para guiarla. Apoyé el glande en la entrada de su coño, lo froté un par de veces arriba y abajo untándolo con sus jugos, y empujé. Entré despacio, muy despacio, notando cómo su coño se abría para recibirme centímetro a centímetro, apretándome como un guante caliente. Soltó un gemido contenido, de placer y de algo más profundo que no sabría nombrar.

—Ay, qué bien me la metes, hijo mío… qué llena me tienes…

Tuve que quedarme quieto un momento, con la polla enterrada hasta los huevos dentro de mi madre, para no terminar de inmediato. El calor, la suavidad, la idea misma de dónde estaba: era demasiado. Sentía cómo su coño me abrazaba y latía a su ritmo. Cuando recuperé el control, empecé a moverme.

Primero salí casi entero y volví a entrar hasta el fondo, despacio, para saborear cada embestida. Ella me miraba a los ojos, con la boca abierta, y a cada empujón se le escapaba un jadeo. Después fui subiendo el ritmo, sacándola y metiéndola cada vez más rápido, hasta que el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación y ella me clavó las uñas en la espalda. Sus tetas rebotaban con cada estocada, y yo me agachaba a chupárselas sin dejar de follármela.

—Así, mi amor, así, más fuerte, fóllame más fuerte…

La agarré de las corvas, le levanté las piernas hasta ponérselas sobre mis hombros, y me hundí en ella con toda mi polla en ese ángulo nuevo. Ella soltó un grito ahogado y empezó a repetir mi nombre como una letanía. Follaba a mi madre doblada por la mitad, con el coño abierto de par en par, y podía ver cómo mi polla entraba y salía brillante de sus jugos.

—Espera, espera —jadeó—. Ponme a cuatro patas, quiero que me la metas por detrás.

Salí de ella. Se dio la vuelta a gatas, arqueó la espalda y me ofreció el culo. Nunca había visto nada tan obsceno como a mi madre en esa postura, con el coño empapado goteando y el ojete rosado a la vista, pidiéndome que la empalara otra vez. La agarré por las caderas, apunté con el glande y me la metí de una sola embestida hasta el fondo. Ella gruñó dentro de la almohada.

Empecé a follármela por detrás, primero rápido, casi salvaje, dándole con las caderas contra el culo hasta que las nalgas le temblaban con cada golpe. Le agarré el pelo con una mano, tirando un poco, y con la otra le busqué el clítoris para masajearlo mientras la embestía. Ella empujaba el culo hacia atrás para recibirme mejor, y cada vez que yo entraba a fondo soltaba un «ay» que se me quedaba grabado.

—Me voy a correr otra vez, hijo, me voy a correr…

—Córrete, mamá, córrete en mi polla.

Se corrió con un temblor largo, apretándome la polla con espasmos que casi me arrancan el orgasmo a mí también. Aguanté como pude. Cuando se recuperó, la tumbé otra vez de espaldas, quería verle la cara. Le abrí las piernas, se las puse alrededor de mi cintura, y volví a metérsela hasta los huevos. Después fui frenando, buscando algo más lento, más íntimo. Quería ver su cara. Era pura felicidad, gratitud, ternura.

—Me voy a correr dentro de ti —le susurré al oído.

—Sí, mi vida, dentro, córrete dentro de mí, quiero sentirte…

Sus palabras se ahogaron en un temblor. Metí las manos por debajo de sus hombros, la abracé fuerte, y empecé a bombearla con embestidas cortas y profundas, sin sacarla nunca del todo. Sentí cómo se contraía a la vez que yo me dejaba ir, una descarga tras otra de semen caliente que le vaciaba entera dentro del coño, mientras ella se aferraba a mí. Fueron cuatro, cinco chorros que le solté hasta el fondo, y cada uno lo acompañé con un gemido que salía de las tripas.

—Sí… sí… —balbuceaba—. Dios mío, qué caliente… qué llena me dejas…

Me quedé encima de ella con la polla dentro, notando cómo se me iba ablandando poco a poco mientras su coño seguía apretándola en pequeños espasmos, ordeñándome hasta la última gota. Fueron unos minutos que valen por toda una vida. Diecinueve años después, había vuelto, por un instante, al lugar exacto del que salí. Y esta vez la había hecho feliz.

***

Me dejé caer a su lado, exhausto. La oí levantarse al baño y volver, ya con unas bragas limpias. Capté el mensaje: por esa noche, suficiente. Apoyó la cabeza en mi pecho, y me acarició la polla flácida y pegajosa con una ternura nueva.

—Gracias, hijo mío. Por ser como eres, por tu comprensión, por tu ternura. Siempre te he querido, pero a partir de ahora aún más.

—Gracias a ti, mamá —le contesté, comiéndomela a besos—. Estaré siempre a tu lado.

***

A la mañana siguiente tomé conciencia de todo y alucinaba. No me lo podía creer. En la cocina, el beso de buenos días duró varios minutos, y acabó con mi mano metida por dentro de su bata, amasándole una teta desnuda.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—Feliz. ¿Y tú?

—También. Pero tenemos que hablar, ¿verdad?

—Esta noche, durante la cena.

Y así fue. Coincidimos en que lo ocurrido había surgido de forma espontánea y había sido maravilloso para los dos. Mi madre, abogada de oficio en cada conversación, dejó claras las reglas: yo era mayor de edad, el sexo había sido deseado y consentido, y entre nosotros nadie tenía nada que reprochar. Solo había una condición innegociable: discreción absoluta.

La conversación se fue relajando entre bromas. Le pregunté cómo había aguantado tantos años sin sexo, y me dijo que simplemente se había acostumbrado, que nunca lo había considerado imprescindible.

—Pues anoche nadie lo habría dicho —le solté, y los dos soltamos una carcajada.

—A lo mejor es que no tenía la pareja adecuada —respondió, guiñándome un ojo.

Le confesé que ella había sido mi primera mujer. Se le iluminó la cara como si le hubiera hecho el mejor regalo del mundo. Hablamos sin tabúes de lo que vendría, de lo que nos gustaba y de lo que dejábamos para más adelante. Me confesó que llevaba años fantaseando con que se la follaran por el culo y nunca se había atrevido a pedirlo. Yo le prometí que probaríamos cuando ella quisiera. Cada respuesta suya me sorprendía más que la anterior.

—Quién me iba a decir a mí —dijo, abrazándome— que iba a aprender a disfrutar del sexo a los cuarenta y dos años, y encima contigo.

Solo teníamos esa noche y la siguiente antes de que me tocara volver con mi padre. No pensábamos desperdiciar ni un minuto. Nos levantamos de la mesa y, sin decirnos nada, nos fuimos juntos al dormitorio.

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Comentarios(8)

Lucho_BA

Tremendo relato, me dejo sin palabras. De los mejores que lei en mucho tiempo!!

CuriosaEnBA

Quede con muchisimas ganas de saber que paso despues... existe segunda parte?

NahuC22

buenisimo!!!

ElPeregrino22

Lo que mas me gusto es como van construyendo la tension de a poco, sin apurarse. No se puede parar de leer, en serio.

JoaquinPaz77

Me recordo a una historia que me conto un amigo hace años, de esas que no olvidás facilmente. Muy bien narrado, se siente autentico.

Valentina_M

Dios que bueno, sigan subiendo cosas asi por favor!

NachoCba87

La forma en que esta escrito genera mucha empatia con el protagonista. Se nota el trabajo que le pusieron. Esperando ver como sigue la historia.

SebastianMZ

corto pero intenso, me engancho desde el principio

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