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Relatos Ardientes

Lo que mi suegra me regaló esa noche de cumpleaños

Cuando murió el padre de mi mujer, mi suegra se vino a vivir con nosotros por una temporada. Habían sido años duros, con él postrado tras un infarto del que nunca terminó de recuperarse. Carolina y yo llevábamos casados poco más de dos años, y la llegada de Mónica a la casa terminó torciendo el rumbo de nuestra vida sin que nadie lo viera venir.

Mónica acababa de cumplir cincuenta y tres cuando enviudó. Era una mujer que se cuidaba con disciplina militar: pilates dos veces por semana, yoga los miércoles y un torneo de tenis cada tanto en el club. Tenía las piernas largas, la cintura estrecha y un par de pechos que se obstinaban en llamar la atención por encima de cualquier escote. Más de una vez la sorprendí notando cómo se me iban los ojos hacia ese cuerpo cuando andaba por la casa con camisones de algodón fino, sin sostén, los pezones marcando la tela como si quisieran salir.

Hay que decirlo todo. Mónica, con veinticinco años más que mi mujer, tenía una manera de pararse delante de los hombres que Carolina jamás había aprendido. Coqueta, siempre con el pelo recién peinado, los labios apenas pintados, la voz suave. Cuando me saludaba con un beso en la frente, sus pechos quedaban a un palmo de mi cara y yo tenía que apretar los dientes para que la calentura no me delatara.

Los sábados, cuando se iba al club con una falda de tenis ridículamente corta, me costaba no encerrarme en el baño a hacerme una paja. Tenía la piel hidratada, las piernas torneadas, el culo redondo y parado como el de una mujer veinte años más joven. Cuando se ponía un top con escote en la pileta, los pechos se le derramaban por arriba y por los costados, y los pezones tensaban la tela como si fueran piedras.

A veces aprovechaba la intimidad del patio para tomar sol con la malla bajada hasta la cintura, sin importarle si yo entraba o salía de la cocina. Yo creo que sabía. Yo creo que siempre supo.

***

Cumplí treinta y cuatro años un viernes de febrero. Carolina había viajado por trabajo y volvía recién al día siguiente. Esa mañana yo dormía atravesado en la cama, sin nada encima, con una de esas erecciones que aparecen sin permiso al amanecer. Mónica entró sin golpear, con una bandeja en la mano y un camisón de gasa color crema que no tapaba absolutamente nada.

Se quedó de piedra en el umbral.

Yo me quedé de piedra en la cama.

La verga, que no entendía de protocolos, se me puso todavía más dura. Pude ver cómo Mónica intentó disimular el viaje de su mirada hacia abajo y cómo fracasó en el intento. Fueron tres segundos eternos hasta que ella reaccionó, apoyó la bandeja en la mesita y yo tiré torpemente de la sábana para taparme.

—Feliz cumpleaños, mi amor —dijo, y se acercó a darme un abrazo.

No fue un abrazo de suegra. Sus pechos se aplastaron contra mi pecho, sus brazos se enroscaron en mi cuello y me besó muy cerca de la boca. Sentí el calor de su cuerpo a través del camisón y tuve que clavar los dedos en el colchón para no llevarlos a sus caderas.

—A mí también me encanta dormir desnuda —me susurró al oído cuando se separó.

Lo dijo mirándome a los ojos. Lo dijo despacio.

—Esta noche salgo con unas amigas. No me esperes —agregó—. Mañana, cuando vuelva Carolina, festejamos los tres como corresponde. Ya tengo mesa reservada.

Cerró la puerta. Yo me quedé tieso, con la sábana levantada como una carpa de circo. Me metí en la ducha y me hice una paja larga y rabiosa pensando en lo que acababa de pasar y en lo que no había pasado pero podía pasar. Volví a la cama y dormí cuatro horas más con una sonrisa idiota.

***

A la tarde organicé un asado con tres amigos. Tomamos más de la cuenta. Fumamos lo que apareció. A las dos de la mañana se fueron y yo me quedé solo, en bóxer, con los pies metidos en la pileta y la cabeza dándome vueltas. Mónica no había vuelto. Carolina dormía a quinientos kilómetros. Yo no podía pegar un ojo.

Tiré la ropa interior al borde y me metí en pelotas. Hice la plancha boca arriba mirando un cielo sin estrellas, dejándome llevar por el agua. No sé cuánto tiempo pasó. Cuando abrí los ojos, Mónica estaba parada en el borde de la pileta.

Llevaba un vestido negro corto, ajustado, sin tirantes. Tacos altos. El maquillaje corrido por las mejillas. Había estado llorando.

—Pensé que no volvías —dije, mientras me incorporaba en el agua—. ¿Me alcanzás una toalla?

Subió al cuarto y bajó con una toalla blanca en la mano. Salí de la pileta sin agacharme, sin disimular nada. Mi pija estaba semiparada y a la vista. La mirada de ella se fue ahí y no volvió. Pensé en Carolina, en el matrimonio, en el sol que iba a salir en cuatro horas, y me importó tres carajos. Me quedé un instante de más esperando que ella reaccionara. Se la vio dudar. Después estiró la toalla.

Me la até en la cintura como pude. Mónica se acercó y se me colgó del cuello sin decir nada. Empezó a llorar de nuevo, esta vez en silencio, y me empapó el hombro con lágrimas y un perfume caro.

—Estoy borracha —murmuró—. Estoy muy borracha y muy caliente. Ayudame a no hacer una locura.

La apreté contra mí. Le pasé las manos por la cintura y bajé hasta el comienzo de las nalgas. Ella siguió pegada. Sentí cómo se frotaba apenas, despacio, contra mi pija que ya volvía a ponerse dura debajo de la toalla. Suspiró.

—Andá a darte un baño —le dije—. Usá el de mi cuarto, está la bañera grande.

La acompañé hasta la puerta del baño y le encendí la luz. Me senté en la cama esperando que el corazón me dejara de latir como un tambor. Le voy a alcanzar un agua y la mando a dormir a su pieza, me dije. Lo decidí en serio.

Lo decidí mal.

***

Salió del baño envuelta en una toalla pequeña que apenas le tapaba los pechos. Por debajo no se había puesto nada. Cuando caminó hacia la cama, vi por un segundo el comienzo de su sexo recién depilado y se me cortó la respiración. Tenía el pelo recogido con una hebilla. Olía a lavanda.

Se sentó al borde del colchón.

—¿Me pasás un poco de crema por la espalda? Está en mi cartera.

Trajo el frasco ella misma antes de que yo me levantara. Se acostó boca abajo, se desató el nudo de la toalla y me ofreció la espalda completa. Y cuando digo completa, digo desde la nuca hasta el inicio de la curva de las nalgas. Me arrodillé al lado y empecé a esparcirle la crema con las dos manos, despacio. Su piel olía a flores, era suave, tibia. Cada vez que mis dedos se acercaban al límite de las caderas, ella suspiraba bajito. No le pedí permiso para bajar más. Bajé.

—¿Vos creés que una mujer como yo todavía les gusta a los hombres? —preguntó, sin girar la cabeza.

—Una mujer como vos es lo que sueña cualquier hombre.

Giró la cabeza, se incorporó apenas y, con una mano, me levantó la toalla de la cintura. Mi pija saltó como si estuviera esperando esa orden hacía años. Le agarré la mano y la apreté contra mi miembro. Cerró los dedos a su alrededor, sintió el latido y se mordió el labio.

—Está dura por vos —le dije, sin pensarlo demasiado.

Se dio vuelta del todo. La toalla quedó en algún lugar de la cama. Tenía los pechos redondos, los pezones erguidos, una cintura que parecía dibujada y un sexo apenas abierto, brillante. Me acomodé entre sus piernas. Le pasé los dedos por el vientre, los muslos, los costados de la vulva. Ella no me soltó la pija ni un segundo.

Se dobló hacia adelante y me la metió en la boca de un solo movimiento, como si lo hubiera planeado en el asiento del taxi. Mientras me chupaba con una concentración que no le había visto a nadie, yo le hundí dos dedos en su sexo y empecé a moverlos al ritmo de su boca. Estaba empapada. Cada vez que le rozaba el clítoris con el pulgar, se le escapaba un gemido apagado.

—Quiero comerte —le dije.

Se acostó de espaldas y separó las piernas sin apuro. Le pasé la lengua despacio, desde el comienzo del muslo hasta el ombligo, sin tocarle el sexo. Ella se retorcía. Cuando finalmente le hundí la cara entre las piernas, me agarró del pelo y me empujó. Me metí todo lo que pude. Le chupé los labios, le di vuelta el clítoris con la punta de la lengua, le pellizqué un pezón con la mano libre. Estuvo a punto de acabar dos veces. Las dos veces se contuvo.

—Cogeme —me pidió, casi en un quejido.

Se puso en cuatro patas, las nalgas hacia mí, la cabeza hundida en la almohada. Le abrí los cachetes con las dos manos. Tenía un cuerpo perfecto y un olor que me volvió loco. Le pasé la lengua por todos lados antes de acomodarle la cabeza de mi pija en la entrada. Empujé despacio. Estaba estrecha, caliente, mojada. La primera embestida fue corta. La segunda, hasta el fondo. Ella gritó contra la almohada.

La cogí así un buen rato. Cambié el ritmo varias veces. Le di algunas palmadas y me pidió más. Cuando sentí que estaba por acabar, me detuve y la di vuelta. Quería verle la cara cuando se viniera. Le levanté las piernas, se las apoyé sobre los hombros y volví a meterme. Mónica me clavó las uñas en la espalda y se vino con una serie de espasmos que me apretaron la pija hasta hacerme doler.

No paré. Le pedí permiso con la mirada y ella entendió. Volvió a girarse, se puso en cuatro otra vez y se separó las nalgas con sus propias manos.

—Hacé lo que quieras conmigo. Tomalo como un regalo de cumpleaños.

Me hundí en su culo despacio, milímetro a milímetro. Estaba apretado, caliente, increíble. Esperé hasta que se acostumbrara y empecé a moverme con cuidado primero, después con ganas. Ella metió una mano debajo y empezó a tocarse. No aguanté demasiado. Acabé adentro con un grito ahogado, los dedos clavados en sus caderas, mientras ella se venía por segunda vez con la cara contra el colchón.

Quedamos un rato así, abrazados, sin hablar. Después se levantó, recogió la toalla, se peinó con los dedos. Me besó en la boca, largo, con lengua. Me tiró suave de la oreja.

—Me hiciste muy feliz, cumpleañero. Tengo una hija con suerte.

Salió del cuarto sin mirar atrás. Yo me quedé tirado en la cama, con la respiración entrecortada y la sensación clarísima de que esto no iba a terminar acá.

Y no terminó.

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Comentarios (5)

CandorN88

increible!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, de verdad.

NicoTandil

Por dios necesito la segunda parte ya, como termino eso?? No podes dejarnos asi

FrancoTK

Me mato el momento del desayuno jajaja que situacion tan comprometida. Muy bueno el relato

MarisolViajera

Me encanto como esta escrito, se siente muy real sin ser burdo. Saludos desde Mendoza!

Gustavo_fdez

Tremendo. Me quede enganchado hasta el final sin darme cuenta que habian pasado veinte minutos

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