Lo que mostraron las cámaras en casa de mi cuñada
Los que han seguido mi historia recordarán cómo mi suegro, un hombre de sesenta y tantos pero todavía firme y temible, padre de once hijos y dueño de un puñado de empresas medianas, sofocó la rebelión de sus hijos varones cuando dejó a mi suegra para irse a vivir con otra. La represalia que tomó fue silenciosa: corromper a todas sus nueras, una por una, y dejar a sus hijos cornudos sin que se dieran cuenta. Yo fui la primera, y desde entonces me encarga ayudarlo a hacer lo mismo con cada una de las que entran a la familia. La tercera cuñada de la lista se llama Carla.
Aquella tarde recibí la orden de conectarme al sistema que mi suegro había instalado en cada una de las casas con la complicidad de las nueras ya domadas. Cámaras, micrófonos, ningún rincón escapa. Cuando encendí la pantalla apareció el salón de Carla, vacío, con la luz de la tarde dándole a las cortinas un tono casi anaranjado. Esperé.
A los pocos minutos entró ella, descalza, con un vestido fino de tirantes que le quedaba apretado en las caderas. Detrás venían dos figuras que reconocí de inmediato: mi marido, Hugo, y Rodrigo, el primo y a la vez cuñado de Carla, marido de mi otra cuñada Lucía. Carla cerró la puerta con la cadera, los miró con la misma sonrisa con la que pide vino en los almuerzos del domingo y dijo, con una voz que jamás le había escuchado:
—¿Qué los trae por aquí, cuñaditos?
Mientras hablaba dejó caer una mano sobre el pecho de Rodrigo y la otra sobre el de Hugo. No era un gesto inocente. Rodrigo se dejó hacer un instante, después rio bajo y dijo:
—Nuestro padre nos mandó traerle estos papeles a tu marido.
Y luego, mirando a Hugo:
—Hermano, ¿no te parece que nuestra cuñada está demasiado buena y demasiado caliente para que la disfrute solo un hombre? Por suerte las nuestras no son así.
Casi se me escapó la risa. Yo había follado con Rodrigo hace dos meses por orden de mi suegro; Lucía había follado con Hugo unas semanas después. Aquella frase de «las nuestras no son así» la habían pronunciado los dos sin saber lo que ya sabíamos nosotras.
Hipócritas. Y muy cornudos.
Carla los miró alternadamente, divertida.
—Nunca he hecho un trío. Si se animan, ustedes serán los primeros.
No hizo falta nada más. Le bajaron los tirantes del vestido al mismo tiempo, como si lo hubieran ensayado, y la tela se deslizó hasta el suelo. Debajo no llevaba absolutamente nada. La piel del vientre apenas marcada, los pezones oscuros y duros antes de que nadie los hubiera tocado. Hugo soltó un silbido bajo.
—Qué buena está nuestra cuñada, hermano.
Carla no respondió. Se inclinó hacia Rodrigo, le bajó el pantalón y el bóxer de un solo movimiento y, sin mirarlo, le tomó la verga con la mano y se la metió en la boca. Lo chupaba lento, con los ojos cerrados, como si estuviera saboreando algo que se había prometido a sí misma desde hacía tiempo. Rodrigo se apoyó en el respaldo del sofá y dejó escapar un gruñido ronco.
Hugo no se quedó quieto. La postura inclinada de Carla le había puesto el trasero a la altura justa. Se desnudó de cintura para abajo y se acercaba a ella cuando Carla, sin soltar a Rodrigo, levantó una mano y señaló un mueble.
—Cuñadito, ponte primero un condón. Los tienes en el primer cajón.
Yo respiré hondo desde el otro lado de la pantalla. La precaución elemental de Carla, en medio del descontrol, me hizo gracia. Hugo abrió el cajón, sacó uno, se lo puso con torpeza y, sin más preámbulo, le metió la verga entera de un solo empujón. Carla acusó el golpe con un quejido sordo que no llegó a interrumpir lo que tenía en la boca.
—Cuñada, la chupas divinamente —dijo Rodrigo, jadeando—. Mucho mejor que tu prima.
—Y tienes el coño más caliente que mi mujer —añadió Hugo desde atrás.
Bajé la mano sin pensarlo y deslicé dos dedos dentro de mí. No estaba celosa. Estaba caliente. Sabía perfectamente que mi coño ardía igual o más que el de Carla, y la prueba la tenía mi suegro cada vez que me llamaba al despacho. Que mi marido se creyera dueño de algo que había firmado mi suegro hacía meses era casi un chiste interno.
***
Carla cambió el ritmo. Se sacó la verga de Rodrigo de la boca un instante y miró a Hugo.
—Me canso así. Túmbate en el sofá.
Mi marido obedeció, tirado boca arriba sobre los cojines beige que yo conocía de las cenas familiares. Carla se le subió encima formando un ángulo perfecto, una pierna a cada lado, y empezó a cabalgarlo despacio mientras agarraba la verga de Rodrigo con la mano libre y se la llevaba de nuevo a la boca. Los tres parecían encajados como una máquina vieja a la que alguien acabara de aceitar.
—Me imaginaba que era putísima, pero no tanto —murmuró Hugo, los ojos a medio cerrar.
Estuvieron así hasta que Hugo dejó de hablar y empezó a apretar la mandíbula. Cuando se corrió, Carla soltó a Rodrigo y le limpió el miembro a Hugo con el vestido que había quedado tirado en el suelo.
—Así, cuando lo lave, me acordaré de ti, cuñadito.
Se sentó en el sofá, abierta de piernas, y se acarició entre los muslos con dos dedos. Rodrigo la miró un largo rato y le confesó:
—¿Sabes que desde que tu marido empezó a salir contigo me enseñabas las bragas a propósito? Y desde que yo me junté con tu prima, todavía más.
—Y tú te morías de ganas de cogerme, primito.
Lo dijo con el mismo tono con que se le pide a alguien que cierre la ventana. Después le pidió que se tumbara y que se pusiera él un condón. Le guio la verga hasta su entrada, se sentó encima y al mismo tiempo le ordenó a Hugo que se subiera al respaldo del sofá. Carla giró la cabeza hacia mi marido, le agarró la verga y se la metió en la boca mientras cabalgaba a Rodrigo. Las manos de Rodrigo le subieron al pecho, le pellizcaron los pezones, los amasaron como si los hubiera estado mirando años.
—Menos mal que las nuestras no son así —volvió a decir Hugo, con esa voz dormida del que disfruta sin pensar.
Me dieron ganas de reírme. Yo, en mi sillón, con los dedos clavados dentro, pensaba lo mismo. Menos mal, sí. A los hombres de aquella familia los engañaban a turnos sus propios padres, sus hermanos y sus primos, y seguían sin enterarse. Mi suegro lo había planeado todo así. Era casi elegante.
***
Rodrigo aguantó unos minutos más antes de empujar la cabeza de Carla contra su cuerpo, soltando un gruñido largo. Se corrió dentro del condón sin sacársela del todo. Carla se quedó un instante quieta, le pasó la lengua por la punta cuando se la sacó, y sonrió a la cámara que tenía justo enfrente. A la cámara. Sabe que está siendo grabada. Y le encanta.
Pero Hugo no había terminado todavía y Rodrigo, aún de rodillas, recobraba el aliento. Carla se levantó, los miró y se tocó suavemente.
—Una de mis fantasías es tener una verga en el coño y otra en el culo a la vez.
—Por nosotros que no quede —contestó Rodrigo.
—Pongámonos de pie —propuso Hugo—. Yo le acoplo la verga al coño y tú la metes por detrás.
Lo intentaron así, los tres apretados contra el respaldo, Carla en el medio, suspendida casi en el aire. Hugo la sostenía por las nalgas, Rodrigo se pegaba a su espalda. Las manos de los tres no parecían suficientes. Cuando Hugo logró meterse dentro y Rodrigo encontró el ángulo, Carla soltó un grito largo y se tapó la boca con el dorso de la mano.
—No pensaba que fuera tan… —no terminó la frase.
Aguantaron un rato así, balanceándose, y enseguida Carla pidió cambio.
—Esta postura es incomodísima. Al sofá.
Hugo se tumbó otra vez de espaldas, Carla se sentó encima con la verga de Hugo dentro del coño, y Rodrigo se acomodó por detrás y la penetró por el culo. Los dos hermanos quedaron casi cara a cara, separados solo por el cuerpo de Carla. Desde la cámara se veía perfectamente cómo se acercaban las dos vergas, cómo casi se rozaban a través de ella.
—Esto es maravilloso —murmuraba Carla con los dientes apretados—. Me están matando, cuñaditos.
Pasados unos minutos, Hugo le dijo a Rodrigo:
—Cambio de agujeros.
Carla se giró sobre sí misma sin separarse de Hugo y guio su verga hacia el otro orificio. Rodrigo se reincorporó, se colocó delante y volvió a meterla por donde había salido. Cuando los dos sintieron que estaban a punto, Carla, que tenía los ojos vidriosos y un brillo de sudor en la garganta, les pidió que se corrieran encima de ella.
Y así lo hicieron. Se levantaron a la vez, casi torpes, y le descargaron el semen sobre el vientre y los pechos. Carla quedó tumbada, las piernas abiertas, una mano todavía entre los muslos, los ojos clavados en el techo.
—Les debo una buena cena, cuñaditos —dijo, riéndose bajito.
***
Apagué la pantalla. Tenía los dedos pegajosos, las piernas temblorosas y una sensación rara de orgullo profesional. Mi suegro me había encargado preparar a Carla, y Carla ya estaba lista. Mañana la llamaría yo misma, le diría que sé lo que hizo, le pondría delante de los ojos las palabras que tendría que repetirle a mi suegro la primera vez que él la cite. No iba a hacer falta amenazarla. Le iba a gustar.
Mientras tanto, mi marido subiría el coche al garaje en una hora, entraría con cara de cansancio y me daría un beso distraído antes de cenar. Yo le serviría el plato sin decir nada y, al verlo masticar, me imaginaría a mí misma chupándole la verga a su padre la próxima semana, en el despacho del piso de arriba, con la puerta cerrada y la grabadora del teléfono encendida por si algún día la necesito.
Ser cornuda, en esta familia, es más placentero de lo que nadie se atrevería a admitir.