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Relatos Ardientes

Mi tío llegó del pueblo y se quedó tres noches

Vivíamos en una casa angosta del malecón de Tampico, una de esas que mi madre había logrado mantener a base de turnos dobles en la fábrica de empaque. Tenía veinte años, estudiaba en la universidad y no era ni de lejos la chica recatada que mi madre creía. Para entonces ya había pasado por las manos de varios novios, un par de amigos del barrio y hasta del primo de uno de ellos. Yo amaba el sexo como amaba el café por las mañanas: con avidez, sin culpa y a la primera oportunidad.

Mi tío Ramiro apareció un martes por la tarde, sin avisar. Venía desde un pueblito perdido en la sierra de Hidalgo, de esos lugares donde la gente baja a la cabecera municipal una vez por semana. Allá arriba se había hecho una pequeña fortuna llevando enfermos al hospital de la zona en su carro compacto. Cobraba en pesos cuando había, pero también aceptaba pagos en gallinas, marranos, guajolotes, lo que tuvieran. Tocaban a su puerta a cualquier hora y él respondía siempre, porque sabía que en eso le iba el respeto del pueblo.

Llegaba a Tampico para visitar a un tío suyo internado en el hospital regional, un anciano que no aguantaría hasta el verano. Era primo hermano de mi madre, aunque casi no se habían tratado de adultos. Tenía cuarenta y tres años, era flaco, trigueño, de poco más de uno setenta. Le gustaba vestirse bien —guayaberas planchadas, pantalón de vestir, botines limpios— aunque allá en su sierra no hubiera a quién impresionar.

Le abrió mi madre. Yo bajé del cuarto cuando ya estaban en la sala riéndose como si se hubieran visto el mes pasado. Lo saludé y enseguida noté la mirada. No era la mirada del tío que descubre lo grande que está la sobrina. Era otra cosa. Algo más viejo y más directo. Sentí ese reconocimiento que las mujeres aprendemos pronto, el de saber que un hombre te está pesando con los ojos.

—Estás hecha una mujer —dijo, y me dio un abrazo que duró un segundo más de lo debido.

Mi madre, desde la cocina, no vio nada.

Conversamos hasta tarde. Contó historias de la sierra, de gente que había llevado en el carro a punto de morirse, de una vieja que parió en el asiento trasero. Me reí mucho con él, era buen contador. Hacia las once dijo que se iba al hospital a relevar a su prima en la guardia y que volvería cerca de la medianoche. Mi madre le ofreció el sofá. Solo se quedaría tres noches, dijo, no valía la pena buscar hotel.

—No molesta, tío —contesté, mirándolo un instante más de la cuenta.

***

Al otro día desperté tarde y salí casi corriendo. Mariana, mi hermana del medio, ya se había ido a cuidar al bebé en aquella casa lejísimos del centro. Daniela, la menor, trabajaba en la unidad deportiva y desayunaba allá. Mi madre estaba en la fábrica y no volvía hasta las dos. Yo tenía clase a las nueve y a esa hora mi tío seguía dormido en el hospital, supuse, o ya habría regresado y se habría echado un rato.

A mediodía, cuando volví, abrí la puerta con la llave en silencio porque pensé que estaría descansando. Y así era. Ramiro dormía boca arriba en el sofá, tapado a medias con la sábana. Solo llevaba calzoncillos. La sábana se le había escurrido hasta la cintura y se le veía el pecho flaco subiendo y bajando. El ventilador zumbaba. El calor de la una de la tarde en Tampico no se aguanta ni con eso.

Lo miré más tiempo del decente. Después dejé la mochila en mi cuarto, me quité la blusa de la uni y me puse una playera larga, de esas que me llegan a media nalga. Sin sostén, sin shorts, descalza. Era mi casa. Hacía un calor de los infiernos.

Fui a la cocina y preparé agua de limón. Le serví un vaso con hielo. Cuando volví a la sala con el vaso en la mano, lo vi otra vez y esta vez no aparté la mirada. Mi tío seguía dormido, pero el bulto debajo del calzoncillo era enorme y estaba completamente parado. La tela ajustada lo dibujaba con una nitidez que no daba lugar a equívoco. Era una verga grande y dura, hinchada como si lo estuviera soñando.

Yo llevaba días caliente. Un compañero de la facultad me había estado tocando la semana anterior y nunca habíamos cerrado la cosa. Me había dejado con las ganas a flor de piel. Y ahora tenía a mi tío dormido en mi sala con esa erección que parecía esperarme.

No tendrías que estar pensando esto, me dije.

Y seguí pensándolo.

Ramiro abrió los ojos. Tardó un segundo en ubicarse. Cuando vio el vaso me sonrió con la boca pastosa del sueño, y al darse cuenta del estado de su entrepierna se acomodó la sábana a toda prisa.

—Discúlpame, hija, no te oí entrar.

—Te traje agua. Hace un calor terrible.

Bebió de un trago, mirándome de arriba abajo sin disimularlo. Mi playera no daba para mucho.

—Voy al baño y vuelvo.

Volvió en playera y calzoncillos. Eso ya no fue un descuido. Eso fue una decisión.

***

Estuvo media hora platicándome cosas en la cocina mientras yo cortaba una papaya y picaba un poco de jamón. Tenía gracia hablando, lo reconozco. Me hizo reír con una historia de un viejo borracho que había llevado al hospital con un machete clavado en el muslo, y de cómo el viejo le había rogado que primero pasara por la cantina. Yo me reía y de reojo veía cómo me miraba las piernas.

—Estás muy hermosa, niña —dijo, ya sin disfraz alguno—. El hombre que te tenga va a ser muy afortunado.

—Eso lo dicen muchos —contesté, sin volver la cara.

No oí cuándo se levantó. Solo lo sentí detrás de mí, pegado contra mi espalda, su pene erecto apoyado contra mi nalga a través de la tela. No era un roce accidental. Era un peso, una presión, algo que no admitía malentendido.

Pude haber gritado. Pude haberme apartado y mandarlo al carajo. No hice ninguna de las dos cosas. Me quedé quieta con el cuchillo en la mano y la papaya a medio cortar, sintiendo cómo subía y bajaba aquel bulto contra mí, lento al principio, después con más fuerza. Sus manos me rodearon las caderas. Me apretó. Me sopló en la nuca y se me erizó la piel desde el cuello hasta los talones.

—Tío —dije, y la palabra se me quebró a la mitad.

—Date la vuelta, niña.

Me di la vuelta. Su pene me quedó pegado al vientre, ardiendo a través de la tela. Me agarró la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso de tío. Fue un beso de hombre con hambre, abierto, con lengua, que me sostenía la cabeza para que no me apartara aunque yo no tuviera intención de hacerlo.

—Dame un poquito —murmuró contra mi boca—. Desde ayer que te vi vine pensando en esto.

Le metí la mano por el calzoncillo y se la encontré dura como un palo. Ahí mismo en la cocina la saqué y la tuve en la mano un rato largo, sopesándola. Era una verga gruesa, recta, de unos veinte centímetros, con un calor que se notaba sin necesidad de apretar. Para un hombre de cuarenta y tres años, aquello era un milagro.

—Bájate la playera —le dije—. No aquí. Vamos.

Lo llevé a mi cuarto.

***

Me sentó en el borde de la cama y se desnudó por completo. Era flaco, sin músculo, con el pecho lampiño y las clavículas marcadas, pero abajo era todo distinto. El pene era escandaloso al lado del resto de su cuerpo, como si hubiera sido construido aparte. Se me acercó y me lo puso a la altura de los labios sin decir nada. Yo lo agarré por la base y empecé despacio. Le pasé la lengua por todo el largo, le besé la punta, lo tomé en la boca centímetro por centímetro hasta que sentí que me chocaba en el fondo de la garganta.

—Así, niña, así —jadeaba—. No te apures. Déjame verte.

Lo chupé un buen rato. No quise tragármelo entero de golpe porque no me daba la gana parecer desesperada. Iba subiendo y bajando despacio, mirándolo a los ojos, dejando que se enroscara los dedos en mi pelo. Le notaba el pulso en la lengua.

Después me empujó suave contra la cama, me alzó las piernas y me las separó. La playera se me había subido hasta el ombligo. Me arrancó las bragas con dos dedos.

Lo que vino después no me lo esperaba.

Bajó la cabeza y me empezó a lamer con una calma que me volvió loca. Me chupó los labios, me rozó el clítoris con la punta de la lengua, hasta usó la nariz para fingir que me la metía. No era el ataque torpe de un hombre que solo quiere terminar. Era el de alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo y que se tomaba su tiempo. Me arqueé contra su boca, le agarré la cabeza con las dos manos, lo apreté contra mí.

—Tío, por favor —le supliqué—. Métela ya.

Sonrió sin levantar la cabeza.

—Espérate, niña.

Me siguió comiendo otro rato más y yo creo que me corrí ahí, en su lengua, sin poder evitarlo. Cuando por fin se subió y me apoyó la verga en la entrada, no la metió. La pasó arriba y abajo, rozándome el clítoris, sin entrar. Yo levantaba las caderas tratando de atraparlo y él se reía bajito. Era un cabrón que sabía cómo desesperar a una mujer.

Cuando por fin entró, lo hizo de una sola vez. Lancé un grito que tuvo que oírse hasta el final de la calle. Me dolió un instante; después me cerré sobre él y lo apreté con todo lo que pude.

—No mames, niña —dijo entre dientes—. Mueves muy bien el culo.

Empezó a meterla y sacarla con un ritmo que me tenía gimiendo a cada empuje. La cama crujía. El ventilador seguía en lo suyo. Yo perdía la cabeza.

***

Después me pidió que me pusiera boca abajo. Me acomodó una almohada bajo el vientre para que se me alzaran las nalgas. Volvió a entrar en mí desde atrás y arremetió con más fuerza. Le decía cosas que no iba en serio, le decía que lo amaba, que era el único, las tonterías que se dicen en pleno orgasmo y que después una desconoce.

Después me puso a cuatro patas. Me lamió una vez por detrás, despacio, y otra vez la metió. Aguantó así otro rato largo, jadeando, sudando, llamándome cosas que ningún hombre se había atrevido a decirme con esa cara. Estaba cansadísima, hinchada, completamente empapada, pero seguí moviendo las caderas porque el muy desgraciado no terminaba.

Le pregunté cuánto le faltaba. Se rió.

—Lo que tú aguantes, niña.

Aguanté unos veinte minutos. Después él mismo se cansó. Me dijo que se iba a venir y me hinqué frente a él. Le agarré la verga con las dos manos y se la sacudí mirándolo a los ojos, que era lo que más le gustaba. Cuando soltó, soltó mucho, en chorros calientes que me cayeron en la cara, en los párpados, en los labios. Después restregó la punta despacio por mis mejillas y por mi boca, muy serio, como si estuviera marcando algo.

Cuando terminó se sentó a mi lado en el suelo, sin aliento, riéndose entre dientes.

—No imaginaba que la sobrina me iba a salir así —dijo.

Yo no contesté. Me limpié con la playera arrugada y me la volví a poner para ir al baño. Antes de cruzar la puerta lo miré por encima del hombro.

—Te vas en tres días, ¿no?

—En tres.

—Entonces aprovecha bien.

***

Aprovechó. Las dos noches siguientes, en cuanto mi madre y mis hermanas se dormían, él se levantaba del sofá y subía a mi cuarto en silencio. Me cogió por la mañana, por la tarde y de madrugada. Cada vez con la misma calma de la primera, con esa lengua que sabía manejar y esa verga que no se cansaba aunque tuviera más de cuarenta años.

El cuarto día se fue al amanecer. Me dejó un beso en la frente, como un tío cualquiera, y prometió que volvería pronto. Yo no le creí del todo, pero tampoco hizo falta. Algunas cosas pasan una vez en la vida y eso ya está bien.

Mi madre nunca sospechó nada. Me preguntó esa misma tarde si me había caído bien el primo Ramiro y le dije que sí, que era encantador, que ojalá viniera más seguido a visitarnos. Ella sonrió.

—Es buen tipo —dijo—. Lástima que vive tan lejos.

Yo asentí, mientras enjuagaba un vaso con agua de limón.

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Comentarios (6)

Guti83

increible... de los mejores que lei en esta pagina. Mas por favor!!!

Noche_Lector

Por favor que haya segunda parte, me quede con mucha expectativa. Como siguio todo?

DiegoCba55

Muy bien contado, se siente real. La tension inicial esta perfecta, no hace falta exagerar nada.

Pamela_72

jajaja ese arranque... tremendo. Me engancho de entrada

RubenZ_40

Me recordo a situaciones de cuando era mas joven, uno nunca sabe bien como actuar. Buen relato.

FernandoNqn

Y las otras dos noches? o nos dejas con las ganas jaja

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