La sobrina de mi mujer me buscó en la cena familiar
La familia de mi mujer es enorme. Cinco hermanas y un hermano, todos casados, la mayoría con nietos a estas alturas. Cuando nos juntamos para celebrar un cumpleaños se forma una mesa de más de treinta personas, y siempre rotamos de casa: una vez en la mía, otra en la de la cuñada mayor, otra en la del hermano. Yo soy el yerno mayor, el que monta empresas y a quien acuden cuando necesitan un consejo o un trabajo. Casi todos mis cuñados y sobrinos han pasado por alguna de mis oficinas. Casi todos, menos Beatriz.
Beatriz es la menor de las dos hijas de Estela, la cuñada que sigue a mi mujer en edad. Tiene veintiséis años, mide poco más de un metro sesenta y es lo que mi madre llamaría una chica de buenas curvas. No es despampanante, pero tiene unos ojos oscuros que se quedan fijos cuando se ríe y unos pechos que no caben en ningún jersey holgado. Siempre me trató con una mezcla de cariño y respeto, como si yo fuera el tío profesional que sabía contar chistes pesados sin pasarse. Eso pensaba yo, al menos, hasta la cena del cumpleaños de Estela.
—Tío, te toca cortar la tarta —dijo aquella noche, pasándome el cuchillo y rozándome la mano un segundo más de la cuenta.
No le di importancia. La cena se alargó hasta las dos de la mañana, mitad por las copas y mitad porque era sábado. Cuando la mitad de la familia ya se había marchado y la mesa quedó medio vacía, Beatriz se quedó sentada a mi lado en lugar de cambiarse al otro corro de conversación. Mi cuñada mayor servía cubatas, su marido contaba la misma anécdota del verano del noventa y tres, y mi mujer reía sin escuchar, agotada de la sobremesa.
Entonces noté la mano.
Una palma tibia que me cayó en la pierna por debajo del mantel, sin previo aviso. Beatriz seguía mirando al frente, riéndose de algo que decía su tío Ramón, y la mano se quedó allí, quieta, como si fuera de otra persona. Después subió un poco. Después un poco más. Cuando llegó a la cara interna del muslo, miré de reojo: ella seguía conversando, la copa en la otra mano, los ojos en el techo. Bajé yo también la cabeza e intenté seguir la charla. La mano subió hasta rozarme la entrepierna y se retiró tan despacio como había llegado.
Habrá sido el vino, me dije. Aun así, quise comprobarlo. Esperé un par de minutos y le puse yo la mano en la pierna. Ella no se apartó. Subí hasta la falda, sentí el muslo tenso y abrí los dedos sobre la tela. Beatriz separó las piernas un par de centímetros, lo justo para confirmar que aquello no era casualidad de nadie. Estuve un rato largo así, con dos conversaciones a la vez: una sobre los planes de verano de mi cuñado, otra muda con la mano debajo del mantel.
Tuve que retirarme cuando Ramón se sentó al otro lado, demasiado cerca. Beatriz se levantó al poco con una excusa y tardó casi un cuarto de hora en volver. Más tarde supe a dónde había ido.
***
Pasaron tres semanas y no hablamos. Nos vimos un par de veces en cosas de familia y ella me miraba con una sonrisa nueva, como si compartiéramos un chiste secreto. Yo todavía dudaba. Había tenido suficiente vino encima como para preguntarme si lo había soñado.
Llegó el siguiente cumpleaños. La familia de mi mujer junta los cumpleaños del mismo mes en una sola cena para no llenar el calendario, y aquel sábado celebrábamos cuatro a la vez: el de mi hija Helena, el de un cuñado, el de un sobrino y el de un amigo de toda la vida. Tocaba en mi casa porque el comedor entra cómodo cincuenta personas. Me ocupé de la barbacoa, dejé que mi mujer dirigiera el ajetreo de la cocina y, cuando llegó la hora de sentarse, me hice el distraído para ver dónde se ponía Beatriz.
No se sentó. Esperó a que yo eligiera sitio. Me coloqué pegado a mi hijo y ella ocupó la silla a mi derecha. Al minuto se inclinó.
—Tío, ¿te importa que cambie de lado? Es que aquí me da el aire del aire acondicionado en el cuello.
—Cámbiate.
Pasó a mi izquierda. Me levanté un momento con cualquier excusa para ir a la cocina y aproveché para volver con una jarra de agua: a la vuelta me senté con naturalidad, de modo que cualquiera viera un cambio inocente y no la geometría que ella había planificado.
Apenas habíamos terminado el primer plato cuando me puso la mano en la pierna. No dudó esta vez. Subió directa, me apretó la entrepierna por encima del pantalón y dejó la mano allí. Yo seguí cortando la carne con la derecha, y la izquierda, debajo del mantel, encontró la suya y se la guié hasta dentro de su falda. La tela estaba tibia y la noté empapada antes de tocar nada.
La acaricié hasta que noté el pulso de un orgasmo. Ella mantuvo la cara perfecta, hablando con mi cuñada de la boda de no sé quién, pero los muslos se le tensaron y volvió a relajarlos al cabo de unos segundos. Después se inclinó y me susurró al oído.
—Tírame el cubata por encima. Tengo el pantalón mojado.
Esperé un giro de conversación, fingí gesticular, golpeé con el brazo el vaso y le tiré el cubalibre encima. Beatriz se levantó dando un grito, todos se rieron de mí, mi mujer se la llevó al cuarto y le prestó un pantalón seco. Yo recogí los hielos del suelo aguantando una erección imposible, y mi suegra me llamó manazas tres veces.
***
A los pocos días, en mitad del mercado del jueves de la ciudad, salí de un bar después de un café aburrido y la vi caminando entre los puestos. Yo había acompañado a mi mujer a la autoescuela, estaba sacándose el carnet otra vez después de veinte años, y andaba matando la hora libre. Beatriz también andaba sola. La invité a otro café.
Nos metimos en una cafetería pequeña, al fondo, lejos de la puerta. Pedí dos solos y la miré por encima de la taza. No quería rodeos.
—A ver, Beatriz, que me tienes en ascuas. Lo que pasó las dos veces, ¿es por calentarme y reírte después o estás buscando algo de verdad?
—¿A ti qué te parece, tío?
—Me parece que quieres que te folle.
—Pues eso. Cuando tú quieras y donde tú quieras.
Tragué saliva con el café tibio. Veintiséis años y un descaro que no le conocía. La miré un rato, intentando que no se me notara la cabeza yendo a cien.
—Ahora no puedo, estoy esperando a tu tía. Si no, te llevaba a un sitio y no volvías a casa entera.
—Menos lobos, tío. A los hombres casados se os va la fuerza por la boca.
—¿A las cuatro aquí?
—A las cuatro como un clavo.
***
A las cuatro menos cuarto ya estaba apoyada en la fachada del bar. Le abrí la puerta del coche, nos saludamos con dos besos en la mejilla, como hacíamos siempre delante de toda la familia, y arrancamos.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—¿A un hotel?
—Imposible. En todos me conocen, traigo clientes a comer y a dormir.
—¿Vas con otras a esos hoteles?
—Que no, mujer. Son cosas de empresa.
—Pues tú dirás.
—Lo hacemos en el coche.
—Puto coche. —Beatriz resopló y se cruzó de brazos—. No quiero follar más en coches en mi vida.
Conduje un par de manzanas y caí. En el bolsillo del salpicadero estaban las llaves de un piso del segundo bloque, uno que había comprado para alquilar y que aún no había amueblado. La administradora me las había devuelto el lunes y se me había olvidado guardarlas.
—Tengo un piso vacío. Sin muebles, sin nada. Nos toca tumbarnos en el suelo.
—Cualquier cosa menos el coche.
Aparqué lejos del portal, le pedí que esperara cinco minutos antes de subir y le di el número de la planta. Subí, comprobé que en el descansillo no había nadie, abrí la puerta y la dejé entornada. En medio del salón vacío estaban las mantas de mudanza que el operario había olvidado al sacar los muebles del antiguo inquilino. Las extendí en el suelo. Beatriz subió a los pocos minutos, cerró la puerta y, sin decir una palabra, se me echó encima.
***
Nos desnudamos a empujones en mitad del salón vacío. La luz de la tarde entraba por el balcón sin cortinas y le caía sobre los pechos cuando se quitó el sujetador. Eran grandes, tirantes, con los pezones casi morados de hinchados. Me tumbé sobre las mantas y la atraje sobre mí; ella se sentó a horcajadas y empezó a frotarse mientras yo le chupaba un pezón y le apretaba el otro con la mano.
Me quité de debajo y me coloqué entre sus piernas. La lengua, los labios, el clítoris hinchado y caliente. Beatriz se agarró a las mantas con las dos manos y aguantó hasta que el orgasmo le llegó tan fuerte que cerró las piernas alrededor de mi cabeza y casi me deja sin aire. Tuve que abrirle las pantorrillas con las dos manos para respirar.
Cuando me la chupó después, lo hizo despacio, con paciencia, como quien lleva años practicando. Me agarró de las caderas y me obligó a mantenerme quieto, como si supiera mejor que yo lo que iba a pasarme. Le dije dos veces que parase. Las dos veces me hundió más la cabeza, me sostuvo el culo contra el suelo y siguió. Cuando me corrí, no se apartó.
Después se tumbó a mi lado, mirando el techo blanco, y se puso a reírse.
—Qué bien lo haces, tío.
—Tú tampoco lo haces mal.
—Pues espero que aguantes mejor que mis cinco novios. Ninguno me ha dejado satisfecha.
—¿Por eso cambias tan rápido?
—Esos los que conoce la familia. Otros tantos no me los conoce nadie. Los más largos, dos. El resto, lo que dura un sábado en un bar.
—¿Y el portugués aquel del que se habló tanto?
—Mateo. —Sonrió—. Eso fue distinto. La familia decía que rompí su matrimonio. Mentira: su mujer ya se había vuelto a Coimbra antes de yo aparecer. Y Mateo no era con el que más follaba. Era con él y con su socio Diego. Nos juntábamos los tres en su piso los viernes. Uno por delante, otro por detrás. Te puedes imaginar.
—No me jodas.
—No imagino tu cara, tío, la veo. —Me miró desde el costado, con un mechón cruzándole los ojos—. ¿Te crees que tu sobrina es virgen? Tengo bien follado el coño, el culo y la boca. Y sé bien lo que quiero.
Me quedé mirándola un buen rato sin contestar. Fuera, en la calle, alguien aparcó un camión y soltó un puñado de palabras gruesas. Me quedaba media hora antes de tener que volver a casa con una mentira sobre una reunión imaginaria. Beatriz se giró sobre el codo, me puso la mano en el pecho y empezó a bajarla otra vez.
—Cuéntame qué te hacía Diego —le pedí.
—Eso te lo cuento la próxima vez —dijo, y me apretó con la mano abierta lo que ya volvía a despertarse.