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Relatos Ardientes

Vestí a mi hija para su boda y todo cambió

Sé perfectamente que lo que voy a contar está mal y que jamás debería haber ocurrido, pero a veces los padres terminamos haciendo cosas que ni nosotros mismos podemos justificar. Quizá esto sólo sea una excusa, porque la verdad es que desde que mi hija Daniela cumplió los dieciséis empecé a mirarla de una manera que ningún padre debería mirar a su hija.

Su madre y yo nos habíamos divorciado seis años atrás, y la convivencia entre ellas dos terminó siendo un infierno. En cuanto Daniela cumplió la mayoría de edad, hizo las maletas y se vino a vivir conmigo. Tenía un novio de toda la vida, un chico llamado Néstor, que no era mala persona pero sí demasiado tímido para una mujer como ella. Yo siempre supe que ese chico no iba a saber tocarla nunca como se merecía.

Cuando los dos terminaron sus estudios, decidieron casarse. Tenían veintiún años recién cumplidos y un sueldo justo para alquilar un piso pequeño. Mentiría si dijera que la noticia me alegró. Me devoraban los celos. Llevaba meses entrando en su habitación de madrugada para mirarla dormir, sobre todo en verano, cuando se acostaba con apenas una camiseta y unas bragas.

Al principio sólo la observaba desde la puerta. Después me atreví a sentarme en el borde del colchón. Como tenía el sueño pesado, terminé rozándola con la yema de los dedos. Aquellos roces me costaban después dos o tres pajas seguidas para poder dormir.

Una noche la encontré tumbada con las piernas abiertas y la mano metida dentro de las bragas. Se había quedado dormida masturbándose. Le acaricié los labios entreabiertos con un dedo y, sin despertarse del todo, abrió la boca y empezó a chuparlo despacio, como si fuera un chupete, mientras la otra mano se movía suavemente entre sus piernas. Salí de allí casi corriendo, aterrado y al mismo tiempo más excitado de lo que recordaba haber estado en años.

***

Llegó el día de la boda. Daniela bajó a desayunar de muy buen humor. Hablamos un rato, más cariñosa de lo habitual, hasta que sonó su móvil. Era Mariela, su mejor amiga, la que se había encargado de ayudarla a peinarse y a meterse en el vestido. Le acababa de explotar una rueda en mitad de una carretera secundaria y no iba a llegar a tiempo. Daniela se puso nerviosa y al borde de las lágrimas.

—Tranquila, mi amor —le dije abrazándola—. Yo te ayudo.

—¿Tú? Papá, si no tienes ni idea de vestidos.

—No me subestimes. Métete en la ducha y avísame cuando estés lista.

La convencí enseguida. Yo también me duché, con el agua casi helada, intentando bajar la calentura que ya empezaba a apretarme en la entrepierna sólo de imaginar lo que se venía. No funcionó. Estaba dispuesto a llegar hasta donde ella me dejara.

***

Daniela me llamó al cabo de veinte minutos. La encontré de pie en mitad de su cuarto, con la bata blanca puesta y los brazos abiertos como un espantapájaros. Acababa de pintarse las uñas y no podía tocar nada.

—Papá, vas a tener que hacerlo todo tú. No quiero estropearme la manicura.

—Claro, dime qué hago.

—Quítame la bata, por favor.

Me acerqué por delante y le deshice el lazo intentando no rozarle la piel. Cuando le abrí el cinturón y dejé caer la bata por sus hombros, se me secó la boca. Ante mí apareció una mujer en lencería blanca de encaje, con un liguero fino, unas medias hasta medio muslo y una pequeña flor azul cosida a la cinta. Lo del azul, supongo, por la tradición esa de las novias.

Me di la vuelta para dejar la bata sobre la cama y vi su culo cubierto por un culotte transparente. Daniela siempre se había quejado de tener el culo demasiado grande. Yo nunca había estado de acuerdo. En ese momento lo único que quería era hundir las manos en esas dos masas firmes y morderlas. Me dio asco mi propio deseo, pero tampoco hice nada por apartarlo.

—Papi, súbeme un poco el bustier, que se me arruga por los lados.

Tardé un segundo en entender qué cojones era un bustier. Cuando até cabos y descubrí que se refería al sujetador estructurado que llevaba, me coloqué detrás de ella y metí dos dedos de cada mano entre la tela y sus costillas. Tiré hacia arriba con cuidado. Le rocé la piel y noté cómo se le erizaba.

—Ahora por delante, anda.

Me situé frente a ella. No pude evitar rozarle los costados de los pechos al tirar otra vez de la tela. Las dos copas se movieron pesadamente, como si tuvieran vida propia. Daniela me miraba sonriendo, con los labios ligeramente entreabiertos.

—Ay, papá, tira un poco más. Por delante también se arruga.

Esta vez le metí los dedos directamente dentro de las copas. Ya no estaba rozándole los pechos, los tenía agarrados. Ella siguió mirándome divertida, como si no pasara nada, mientras yo empezaba a sudar por la frente. Cuando tiré para juntárselos, se le escapó un gemido bajo que no podía haber sido casual.

Pensé que era hora de salir corriendo de allí. La polla me latía dentro del pantalón y necesitaba descargar antes de meterme en un coche camino de la iglesia. Pero entonces Daniela puso cara de fastidio.

—Mierda, papi. Se me ha olvidado ponerme la crema hidratante.

Se le saltaron las lágrimas de pura frustración. No iba a permitir que mi niña se pusiera triste un día como ese. Le dije que se la pondría yo. Me dio la espalda y empecé a aplicarla con una mano, aterrado y con una erección que dolía.

—Papi, desabróchame el bustier. Lo vas a manchar.

Le solté el cierre de la espalda casi sin pensarlo. Ella se sujetó las copas por delante, pudorosa, y por un segundo creí que me había imaginado todas las señales. Me sentí miserable, pero no por eso se me bajó nada.

—Oye, papi, ¿tú crees que me dolerá mucho?

La pregunta me pilló por sorpresa. Daniela nunca me había hablado de sexo. Suponía que esas cosas las hablaba con su madre.

—¿No has hecho nada con Néstor todavía?

—Pues no. Estábamos esperando a esta noche.

Mi hija era virgen. Y el imbécil de su novio probablemente también.

—¿Los dos vírgenes? —pregunté sin disimular.

Ella asintió y se giró hacia mí, levantando la barbilla para que le pusiera crema también por delante. Sus pechos quedaron al descubierto cuando dejó caer las manos. Los pezones rosados se me clavaron en la mirada.

—Anda, papi, ponme la crema, que se hace tarde.

—Mira, cariño —le dije parándome ante ella—, la verdad es que tendrías que haber dejado que te enseñara antes alguien con experiencia. No es bueno que ninguno de los dos sepáis nada.

—Papá, sólo he tenido este novio.

—No te hablo de casarte. Te hablo de otra cosa.

Ella se rió suavemente, sin moverse, sin cubrirse.

—Bueno, ya es tarde para eso, ¿no?

Volvió a cruzar los brazos en aspa y el bustier cayó al suelo. Sus pezones me apuntaban directamente.

—Anda, ponme la crema —insistió, mirándome a los ojos.

***

Me eché un buen pegote en las palmas, me las froté y, en lugar de empezar por los hombros como cualquier persona decente, fui directo a sus pechos. Daniela suspiró. Yo no podía levantar la vista de ellos. Sus pezones se endurecieron bajo mis dedos. Se los apreté en círculos, palpando cada arruga, cada milímetro de piel.

—¿Es así como se hace? —preguntó en un susurro.

—¿Cómo se hace qué?

—Eso. Los preliminares. No me hagas decirlo, papi, que me da vergüenza.

No supe qué contestar. Seguí amasándole los pechos. Ella bajó los brazos y los puso a los lados. Me agarró de la cintura y empezó a sacarme el polo del pantalón, metiendo las manos por debajo y acariciándome la espalda con las uñas.

—Pero ¿qué haces, Daniela? —reaccioné por fin, soltándola y dando un paso atrás.

Dos lágrimas le rodaron por la cara. Me sentí el peor cabrón del mundo.

—No, mi niña, no llores —le dije acercándome.

Se abrazó a mí y rompió a llorar contra mi cuello. Yo la rodeé fuerte, con sus pechos desnudos pegados a mi pecho, y deseé como nunca haberme dejado quitar el polo antes.

—Lo siento, papi.

—No, mi amor. El cabrón soy yo.

Le aparté el pelo de la cara. Ella levantó la barbilla, cerró los ojos y apoyó sus labios contra los míos. No me moví. Volvió a besarme.

—Papi, enséñame tú —murmuró—. No quiero que me enseñe nadie más.

***

Después de eso ya no hubo vuelta atrás. La agarré por la cintura y la pegué a mí. Le abrí la boca con la mía y le metí la lengua hasta el fondo. Ella respondió con un hambre que nunca habría sospechado en mi hija. Me arañó la espalda por debajo del polo, mordió mi labio inferior, jadeó en mi oído.

—Enséñamelo todo, papi —me suplicó.

—Tranquila, mi amor. Aquí está tu padre para que no te pille nada por sorpresa. Ven.

La llevé hasta la cama y la senté en el borde. Me agaché para que sus pechos me quedaran a la altura de la boca. Estaba muy erguida, tensa de pura expectativa. Le agarré uno con la mano y me acerqué con la lengua fuera, mirándola para que viera bien lo que iba a hacer.

—Mira cómo te como, Daniela. Mira.

—Ay, papi.

Me entretuve todo lo que quise, lamiendo, mordisqueando y chupando los pezones, pasando la lengua de uno al otro sin descanso. Ella me agarraba del pelo con las dos manos, jadeando contra mi oreja.

—Espera —le dije incorporándome—. ¿Has visto alguna vez a Néstor desnudo?

—No.

Me bajé los pantalones y los calzoncillos de un tirón. Allí estaba yo, en pelotas, con la polla apuntando hacia el techo a tres palmos de la cara de mi hija. Ella la miró sin moverse, sin saber muy bien qué hacer. Le cogí la mano con cuidado y se la llevé.

—Acaríciame, mi amor. Así, despacio, de arriba abajo.

Lo hizo bien. La dejé jugar un rato para que se familiarizara, y luego le puse la otra mano en la nuca y la acerqué a mi entrepierna.

—Abre la boca, hija. Ábrela y chúpamela. Despacio. Sin dientes. Con mucha saliva.

Daniela me obedeció con una entrega que me pilló desprevenido. Después de los primeros segundos, fue ella la que se la metió más adentro y me la sujetó con las dos manos por la base. Tuve que apartarla antes de tiempo.

—Para, cariño, que me corro.

—No, papi. Un poquito más.

—Espera. Tengo una cosa que terminar antes.

***

La hice sentarse contra el cabecero, con la espalda apoyada y las piernas estiradas. Se la veía cohibida, sin saber qué postura adoptar.

—Daniela, ¿te acuerdas de cuando eras pequeña y jugabas en el arenero?

—Sí, papá.

—Siéntate como entonces.

Me entendió de inmediato. Flexionó las dos rodillas a la vez, las pegó al pecho y las abrió de par en par. Su sexo apareció ante mí completamente abierto, brillante por la humedad. Me arrodillé en la moqueta. Me chupé el dedo índice y se lo paseé despacio desde el clítoris hasta la entrada. Subí, bajé, repetí el recorrido cuatro o cinco veces. Daniela había dejado de gemir y empezó a gritar.

—¡Ay, papá! ¿Qué me haces? ¿Qué me haces?

Se corrió sin avisar. Le tembló todo el cuerpo, el coño se le apretó alrededor de mi dedo, y cuando abrió los ojos no sabía dónde estaba.

—Te has corrido, cielo —le dije besándole el muslo—. Eso es bueno. Cuantas más veces, mejor.

Subí a besarla. Ella me chupó la lengua con avidez. Estaba claro que necesitaba más, y yo tampoco podía esperar. Volví a bajar. Su sexo seguía latiendo. Me lancé directamente con la boca abierta y se lo lamí entero, como si la estuviera besando, mientras ella tiraba de mi pelo.

—¿Te gusta cómo te lo come tu padre?

—¡Sí, papi! ¡No pares!

Cuando noté que iba a correrse otra vez, le metí un dedo dentro. Después dos. Después tres, despacio, con cuidado. La sentí tensarse y soltarse, una y otra vez, hasta que el segundo orgasmo le explotó en la cara.

—Muy bien, cariño —le susurré subiéndome encima—. Ahora viene lo mejor.

Ella abrió los ojos y sonrió. Se abrió de piernas todo lo que pudo y levantó la cadera invitándome.

—Méteme la polla, papi. Méteme la polla entera.

Aquellas palabras saliendo de mi Danielita me dejaron sin aire. La besé con fuerza. Mi sexo encontró el suyo solo, como si tuviera vida propia. Empujé despacio hasta que entré entero. Ella era estrecha, mucho más de lo que esperaba. Empecé a moverme con cuidado, sacándola y volviendo a meterla, y ella se movió debajo de mí con un instinto que nunca había aprendido en ningún sitio.

—¡Más, papi! ¡Más!

—¿Quién te folla mejor que tu padre, Daniela?

—¡Nadie, papi! ¡Nadie!

***

Mi hija se corrió por tercera vez justo antes que yo. Pensé en sacarla. Pensé en hacer las cosas bien, al menos esa parte. Pero cuando llegó el momento, decidí no hacerlo. La dejé llena. Me corrí dentro de ella, en su coño todavía latiendo, pensando que iba a caminar al altar dentro de un par de horas con todo el semen de su padre escurriéndole por los muslos. Y, que Dios me perdone, esa idea me pareció lo más excitante que había sentido nunca.

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Comentarios (6)

Carlitos_Cba

Increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!! Bien escrito y muy caliente

NocturnoLect

Me encanto como lo narraste, se siente real sin ser burdo. Segui escribiendo asi!

Marcos_BA

Por favor continua la historia, quede enganchado y necesito saber que paso despues

Curiosa_87

Que comienzo tan inesperado... no lo vi venir para nada. Tenes mas relatos de este estilo?

atrevidoyloco

me engancho desde la primera linea, no pude parar jaja. muy bueno

Gustavo_mdq

Excelente relato. Me recordo a algo parecido que me conto un amigo hace años jaja. Felicitaciones

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