Mi hermano cayó la tarde de la sesión de fotos
Me llamo Carolina, tengo veintidós años, mido un metro sesenta, soy de pecho generoso, melena hasta la cintura, caderas anchas y un trasero que llama la atención cuando camino sin pensarlo. Mi vida sexual nunca ha sido tímida. He tenido aventuras de todo tipo, encuentros con desconocidos, tríos, fines de semana de hotel sin medias tintas.
Aun así, dentro de mí había un hueco que ninguna de esas experiencias había llegado a llenar. Una fantasía persistente, una espina clavada que tenía nombre propio.
Mi hermano Adrián.
Treinta y seis años, casado con Lucía, dos niños pequeños y un estudio de fotografía en el casco viejo. Es alto, ancho de hombros, con la barba siempre a medio cuidar y unas manos que parecen hechas para sostener cualquier cosa con autoridad. Empecé a fijarme en él una noche que volvió de una boda y se quedó dormido en el sofá con la camisa medio abierta. Tenía dieciocho años recién cumplidos y aquella imagen se me quedó grabada como si me la hubieran tatuado por dentro.
Durante años fue una fantasía sin contornos. Lo veía, me mojaba, me tocaba pensando en él y me iba a dormir con un nudo entre las piernas. No imaginaba un escenario en el que pudiera pasar nada. Hasta que el último invierno decidí que no quería seguir viviendo con esa duda. Si la respuesta iba a ser que no, prefería oírla salir de su boca.
Empecé despacio, casi con timidez. Cuando lo veía en las cenas familiares, le daba un abrazo que duraba un segundo más de lo normal. Le besaba muy cerca de la comisura, de tal forma que un milímetro a la izquierda hubiera sido otra cosa. En el coche le apoyaba la mano en el muslo y la dejaba ahí, como si nada, hasta que él se acomodaba para no seguir sintiéndola.
Algunas veces lo notaba responder. Después de un abrazo más largo de la cuenta, me parecía que respiraba más profundo. Otra vez, cuando bajamos del coche, se ajustó el pantalón con disimulo. Pero nada se traducía en gesto. Adrián tenía blindada esa puerta y yo no encontraba la manera de abrirla.
Así que decidí ir un paso más allá.
—Necesito que me hagas fotos —le dije una tarde de jueves, en su estudio, con un café de máquina entre las manos.
Subió una ceja sin levantar la vista del ordenador.
—¿Qué tipo de fotos?
—De todo. Una sesión completa. Tengo el Instagram parado y quiero darle una vuelta.
Aceptó. La sesión fue larga, casi cuatro horas. Empezamos con looks vestidos, jerséis amplios, falda midi, lo neutro. Después, ropa interior. Yo llevaba un conjunto granate que me había comprado esa misma semana pensando en él. En la última media hora me quité la parte de arriba y me cubrí con un brazo para unos planos en blanco y negro. Él trabajaba concentrado, ajustando la luz, marcándome el ángulo, repitiendo «mira ahí» con la voz un poco más áspera de lo normal.
—Carolina —me dijo en un momento, soltando la cámara—. Esto se está poniendo raro.
—¿Por qué? —contesté yo, fingiendo no entender.
—Porque eres mi hermana.
Lo había dicho. No estaba en mi cabeza. Existía algo que él tenía que pararse a recordarse a sí mismo en voz alta. Aquella frase me dio más esperanza que cualquier abrazo de los que le había venido robando durante meses.
A partir de aquella sesión, cambió la dinámica. Empezamos a hablar más, casi todos los días. Por mensaje, por audios largos, después del trabajo. La conversación derivó hacia temas que antes no tocábamos: experiencias antiguas, parejas pasadas, lo que cada uno había probado y lo que no. Una madrugada, después de una copa de más, me confesó que medía veintidós centímetros. Me lo dijo riéndose, como un dato técnico, pero yo me quedé despierta hasta las cinco de la mañana imaginándolos.
Decidí jugar la última carta. Le pedí otra sesión, pero esta vez fui clara desde el primer mensaje: la quería completamente desnuda, en su estudio, sin ayudante. Durante la semana previa le mandé un audio cada día. Le contaba que estaba contando los días, que pensaba en él cuando me tocaba, que se me había metido en la cabeza y no había manera de sacarlo. Él respondía corto, esquivo, recordándome cada vez que era mi hermano y que por ahí no íbamos a ir. Pero no dejaba de responder.
Llegó el viernes.
Aparecí en el estudio con un albornoz blanco encima del cuerpo desnudo. Le di un abrazo apretado, le besé al lado de la boca y me solté el cinturón sin esperar a que él dijera nada. Adrián tragó saliva.
—Empecemos —dije.
***
La sesión fue lenta. Yo me coloqué en cada postura como si la hubiera ensayado durante días. Apoyada contra la pared, sentada en el suelo con las piernas abiertas hacia un lado, tumbada sobre el sofá con un brazo cubriéndome a medias. Cada cambio de posición incluía un momento mío, en pie frente a él, recolocándome el pelo, dejándole verme entera sin prisa.
—Mírame las tetas —le dije en una de las series, sin sonreír—. Necesito que se vean naturales.
Asintió y disparó. La cámara temblaba un poco en sus manos.
Hablé durante toda la sesión. Le contaba cómo me sentía con cada postura, le pedía consejos sobre el ángulo, le decía que tenía calor, que necesitaba un sorbo de agua. Cada cierto tiempo me acercaba a la pantalla del portátil para ver las fotos. Me apoyaba en su hombro, le respiraba muy cerca del cuello, le rozaba con el pecho desnudo el brazo. Él no se movía. Apretaba la mandíbula y seguía haciendo clic.
Cuando terminamos, dejé pasar un instante. No volví a ponerme el albornoz. Me acerqué hasta él, lo abracé entera y me apoyé contra su pecho.
—Gracias, hermano —susurré contra su cuello.
Sentí el bulto.
Estaba duro debajo del pantalón, marcado contra mi cadera. No era una excitación tímida; era una erección entera, evidente, imposible de disimular. Bajé despacio la mano y la apoyé encima de la tela.
—Por favor —dije sin separarme—. Una vez. Solo deja que te haga una paja. Una. Y no te pido nada más.
—Carolina, no.
—Una.
Le besé en la boca. Apenas un roce, los labios cerrados. Bajé la cremallera con la otra mano. Él respiró hondo, cerró los ojos un segundo, los abrió y me sostuvo la mirada.
—Una sola vez —dijo—. Solo eso.
***
Saqué su polla del calzoncillo y, por fin, la tuve delante. Era exactamente como la había imaginado durante años. La rodeé con la mano y empecé a moverla despacio, sin ritmo, como si quisiera reconocerla con los dedos antes que con cualquier otra cosa. Adrián cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el respaldo del sofá.
Lo besé otra vez, ahora en serio. Le abrí la boca con la lengua y él me respondió. Lo que llevaba años contenido se rompió en menos de un minuto. Me agarró de la nuca, me apretó contra él y me besó como si quisiera recuperar de golpe todas las veces que no lo había hecho.
Le bajé los pantalones del todo y me arrodillé entre sus piernas. Lo miré desde abajo. Él intentó decir algo, una mención al acuerdo, un «no era esto», pero yo ya tenía la lengua en la base. Subí despacio, recorriéndolo entero, y me la metí en la boca todo lo que pude.
—Joder, Carolina —murmuró.
Apreté las piernas al oírlo decir mi nombre así. Lo lamí sin prisa. Le besaba la punta, lo miraba a los ojos mientras lo tenía en la boca, le rodeaba con la mano lo que no me cabía. Después de un par de minutos, mi mano libre bajó hasta mí. Empecé a tocarme sobre el sofá, con las piernas separadas, mientras seguía con él. Lo notó. Bajó la mirada, vio lo que estaba haciendo y respiró fuerte.
—Levántate —dijo.
Me incorporé. Me tumbó en el sofá con un movimiento que no había visto venir y me abrió las piernas con las rodillas. Se colocó encima, me besó el cuello, bajó hasta los pechos y se entretuvo allí. Me mordió suave un pezón, después el otro. Yo tenía las manos en su pelo y empujaba la cadera hacia arriba buscándolo.
Entró despacio. Lo sentí abrirse paso, centímetro a centímetro, y cuando llegó hasta el fondo me quedé un segundo sin aire. Después empezó a moverse. Al principio con cuidado, como si todavía estuviera negociando consigo mismo lo que estaba haciendo. Pronto dejó de negociar.
No me lo puedo creer.
Lo viví entero. Me cambió de postura dos veces. Acabé apoyada contra la pared del estudio, con las palmas pegadas al ladrillo visto, el culo en pompa y él agarrándome de las caderas. Me la metía con un ritmo que no podía sostener mucho más. Yo tampoco. Apreté los dientes, eché la cabeza hacia atrás, gemí su nombre contra el muro y sentí cómo el orgasmo me subía desde las piernas hasta la nuca.
Él se vino conmigo, agarrándome el pelo, hundido del todo. No habíamos hablado del tema, pero ninguno dijo nada en ese momento. Después nos quedamos un rato en silencio, él detrás de mí, todavía dentro, respirando contra mi nuca.
***
Nos sentamos en el sofá sin recoger la ropa del suelo. Adrián me pasó el brazo por encima del hombro. Yo me apoyé en su pecho y noté que el corazón le iba todavía deprisa.
—Esto no debería repetirse —dijo bajito, sin convicción.
—Lo sé —contesté.
Ninguno de los dos lo creía. La sesión de fotos siguiente la teníamos puesta en el calendario para tres semanas más tarde. Aquella tarde no abrí la boca para discutir. Le besé el pecho, cerré los ojos y me dejé respirar contra él, con la sensación rara y nueva de haber cumplido por fin algo que llevaba años pidiéndole a la cabeza. Y la certeza, también, de que aquello había sido solo el principio.