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Relatos Ardientes

Mi hijastra y yo, atrapados por la tormenta

Hola de nuevo. La última vez que escribí por aquí conté cómo empezó todo entre Camila y yo, esa relación silenciosa que arrastramos desde hace tres años sin que nadie en la casa sospeche nada. Hoy vengo a contarles otra noche, una de esas que no se olvidan, porque fue la primera vez que conseguimos estar juntos en un hotel sin contar las horas ni mirar hacia la puerta.

Pasó en plena temporada de lluvias. Camila estudiaba en una universidad privada a las afueras de la ciudad y aquel jueves el cielo se vino abajo desde temprano. A media tarde el transporte público dejó de funcionar y los grupos de mensajes de los estudiantes se llenaron de fotos de calles convertidas en ríos. Cuando me llamó pidiéndome que la fuera a buscar, lo primero que hice fue subir al cuarto a contarle a Patricia.

—Andá vos, mi amor, yo no me animo con esta lluvia —me dijo desde el sillón, sin sospechar nada—. Y traela rápido, no me gusta que esté sola por ahí.

Salí con la campera encima de la camisa y el corazón ya latiéndome de otra manera. Manejé los cuarenta minutos hasta el campus mirando al limpiaparabrisas trabajar a su máxima velocidad sin lograr gran cosa. Cuando entré al estacionamiento, ella estaba debajo del alero del edificio principal, con la mochila colgada del hombro y el pelo rubio recogido en una cola alta.

Subió al auto empapada y me sonrió de esa manera que aprendí a leer hace mucho.

—Estoy muerta —dijo, dejando caer la mochila a sus pies—. Y muerta de frío.

—Cuando lleguemos te doy un masaje en los hombros.

Me miró de reojo, mordiéndose el labio.

—Yo sé bien dónde terminan tus masajes —contestó, y subió la calefacción ella misma.

Me reí sin contestarle y arranqué. Bajamos por la avenida principal hacia la autopista, las luces de los demás autos reflejándose en el agua que corría sobre el asfalto. Al llegar al primer peaje, el tránsito estaba detenido. Bajé la ventanilla para preguntarle al de la garita qué pasaba y me contestó lo que ya temía.

—Se vino abajo el cerro a la altura del kilómetro veintidós. Cerraron la autopista hasta nuevo aviso.

Camila buscó la noticia en el teléfono y me la mostró: imágenes de tierra y rocas tapando los tres carriles, camiones varados, gente caminando por la banquina con bolsas en la cabeza. Estuvimos parados ahí cerca de dos horas, viendo cómo los autos delante nuestro empezaban a dar la vuelta, hasta que finalmente entendimos que esa noche no íbamos a llegar.

—Llamá a mamá —me pidió, sin mirarme.

Marqué con el manos libres y le expliqué a Patricia la situación. Le dije que íbamos a quedarnos en lo de Florencia, una compañera de cursada de Camila que vivía cerca de la universidad. Patricia se preocupó dos minutos, pidió que avisáramos cuando estuviéramos a salvo y cortó. Cuando dejé el teléfono sobre la guantera, Camila me estaba mirando.

—No vamos a lo de Flor.

—No.

—Pero que te quede clara una cosa —dijo, levantando un dedo—. Yo solo quiero dormir. Hace dos noches que no pego un ojo y mañana tengo final.

—Está bien —respondí, esforzándome para que no se me notara la sonrisa—. Yo también solo quiero dormir.

***

El hotel que encontramos era uno de esos sobre la ruta de servicio: fachada cuadrada, cartel de neón medio quemado, estacionamiento techado por si alguien quería discreción. Pedí una habitación con dos camas y el recepcionista, un hombre mayor con cara de haber visto demasiadas tormentas, ni siquiera levantó la vista cuando me entregó la llave.

Subimos por una escalera de baldosas mojadas hasta el segundo piso. La habitación olía a desinfectante y a sábanas planchadas, con una ventana grande por donde se veía la lluvia caer en diagonal contra el reflejo amarillo de los faroles. Camila dejó la mochila sobre una de las camas, se sacó las zapatillas mojadas y me señaló la otra.

—Vos dormís ahí. Yo acá.

—Como quieras.

Me senté en el borde de mi cama y empecé a desatarme los cordones. Cuando levanté la vista, ella ya se estaba sacando el jean delante de mí, con la naturalidad de quien sabe perfectamente lo que está haciendo. Después se sacó la remera por encima de la cabeza y quedó en ropa interior: una bombacha negra y un corpiño que no combinaba.

—¿No te da vergüenza que te vea así? —le pregunté, casi en voz baja.

Se giró hacia mí y se llevó las manos a la cintura.

—¿Por qué me iba a dar? Si ya sabés cuántas veces me cogiste, no creo que te quede algo nuevo por ver.

Lo dijo con esa mezcla de descaro y inocencia fingida que usa cuando sabe que me tiene servido. Se sacó el corpiño sin mirarme, lo dejó caer sobre la silla y entró al baño dejando la puerta entreabierta. Escuché el agua de la ducha empezar a correr.

Me quedé un momento sentado, con los cordones todavía sin desatar, contando hasta diez para no parecer demasiado ansioso. Después me saqué la ropa lo más rápido que pude y caminé hasta el baño.

Estaba parada frente al espejo, terminando de soltarse el pelo. Cuando me vio entrar me miró por el reflejo, alzando una ceja.

—Habíamos dicho que íbamos a dormir.

—Solo vine a bañarme —contesté, abriendo la mampara.

Entró conmigo sin esperar invitación. El agua caliente nos envolvió enseguida y el vapor empezó a subir hasta empañar el espejo. La tomé de la cintura y la atraje hacia mí. Al principio puso resistencia, giró la cara cuando intenté besarla, me pidió en un susurro que parara. No insistí. Le pasé los labios por el cuello, por detrás de la oreja, por la línea del hombro, y dejé que el agua corriera entre los dos.

No tardó mucho en darse vuelta.

El primer beso fue lento, casi cauteloso, como si los dos quisiéramos asegurarnos de que esto era de verdad. Después no hubo nada cauteloso. Su lengua buscó la mía con hambre y sus manos empezaron a recorrerme la espalda, el pecho, el abdomen, hasta cerrarse alrededor de mi pija dura. Me la empezó a mover despacio, mirándome a los ojos, y yo apenas podía mantenerme de pie.

—¿Querés que te la chupe? —preguntó ella primero, jugando con la punta entre los dedos.

No alcancé a contestar. Se rio bajito, me mordió el cuello y se arrodilló igual, sin que yo dijera nada más. Empezó por las bolas, paseando la lengua con una calma que me hizo apoyarme contra los azulejos. Después sí, se metió la pija entera en la boca y me la mamó como si lo hubiera estado esperando todo el viaje. Manejaba la velocidad con una precisión que ya no me sorprendía, pero igual me dejaba sin aire.

La levanté por las axilas antes de que las piernas me fallaran y la senté sobre la tapa del inodoro. Le abrí los muslos con las manos y bajé yo. Su concha estaba mojada por algo más que el agua. Pasé la lengua entera de abajo hacia arriba y la sentí estremecerse. Cada vez que la punta de mi lengua tocaba su clítoris, ella empujaba mi cabeza más contra ella, mordiéndose el labio para no hacer ruido. Tenía miedo de que el de la habitación de al lado escuchara, supongo.

***

Cerré la canilla y nos secamos a las apuradas. Caminamos goteando hasta la cama de ella y nos tiramos ahí sin hablar. Me acosté boca arriba y la atraje sobre mí.

—¿Querés que te siga comiendo? —le pregunté.

—Sí —dijo, con la voz ronca.

—¿Cómo? ¿Me meto entre tus piernas o te sentás encima?

No me contestó con palabras. Se incorporó, giró sobre mí y se sentó con cuidado sobre mi cara. Le agarré las nalgas con las dos manos y empecé a chuparla desde abajo, alternando entre lengüetazos largos y círculos pequeños. Mientras la trabajaba con la boca, le pasé un dedo por el medio del culo, despacio, casi como una pregunta. Esa fue la chispa. Se le tensó toda la espalda, empujó las caderas contra mi cara y se vino así, con un grito que se tragó mordiendo la almohada.

Se quedó un rato encima mío, respirando fuerte, hasta que las piernas le dejaron de temblar. Cuando recuperó las fuerzas se incorporó, se dio vuelta y me agarró la pija con las dos manos. La guió hasta su entrada y se la metió de a poco, montándome en cuclillas, en esa posición que ella sabe que me vuelve loco porque me deja ver todo: cómo entra, cómo sale, cómo se le contraen los muslos cada vez que baja.

Subía y bajaba con un ritmo cada vez más rápido, apoyándose con las palmas en mis pectorales. Yo le agarraba las tetas, le tiraba un poco los pezones, le acariciaba la cintura. Aguanté lo que pude. Cuando sentí que se me venía, le avisé.

—Voy a acabar.

Se bajó al instante, se metió entre mis piernas y se la metió de nuevo en la boca. Acabé en chorros sobre su lengua y ella, en lugar de tragarse todo, se lo dejó caer sobre la mano y empezó a masturbarme con su propia leche, riéndose como una nena traviesa.

—Mirá cómo te pongo —me dijo, alzando una ceja.

—Me gustás demasiado —contesté, sin aliento.

—Demasiado para tu propio bien.

Se acomodó a mi lado, apoyó la cabeza en mi pecho y se quedó callada un rato largo. Afuera la lluvia seguía golpeando la ventana, monótona, segura, como si nos protegiera del mundo. Pensé en Patricia un segundo, dormida en la otra punta de la ciudad, confiando en el cuento de la amiga inventada. Después dejé de pensar.

***

Esa noche cogimos tres veces. La segunda fue lenta, en la otra cama, con ella boca abajo y yo encima, susurrándole cosas al oído que jamás le había dicho a nadie. La tercera fue de madrugada, casi sin palabras, ella semidormida y yo entrando en ella desde atrás como en un sueño compartido.

Cuando salió el sol y empecé a buscar la ropa por el piso, ella todavía dormía, con el pelo rubio desparramado sobre la almohada y una sonrisa apenas dibujada en la cara. Me quedé mirándola un momento y entendí lo que nos había estado faltando todos estos años: tiempo, una habitación con llave, el silencio de un lugar donde nadie podía interrumpir.

La autopista se reabrió a media mañana. Volvimos a casa hablando de la lluvia, del cerro caído, del final que ella tenía esa tarde. Patricia nos recibió con café caliente y se quejó de lo mal que había dormido. Camila le dijo que nosotros tampoco habíamos pegado un ojo, y me clavó los ojos por encima de la taza, conteniendo la risa.

Yo bajé la mirada y soplé el café.

Ya sabía que no iba a ser la última vez.

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Comentarios (5)

PabloDelSur

excelente relato!! de los mejores que lei aca

Tormenta88

Por favor una segunda parte, no puede quedar asi. Quede con ganas de saber como termina todo

MiguelSR

Me gusto mucho como lo narraste, se siente autentico. Esa tension que se va construyendo es lo mejor del relato.

RicardoLector

increible!!! sigan escribiendo cosas asi

Mariela_cba

La situacion de quedar atrapados me parecio muy creible, bien contada. Sigue publicando!

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