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Relatos Ardientes

Mi hijo me hizo lo que su padre nunca se atrevió

Me llamo Lorena. Tengo cuarenta y cinco años y, aunque algunos digan que ya estoy en la frontera, yo me siento más viva que nunca. Llevo el pelo teñido de un rubio ceniza que me favorece, las piernas firmes de tantos años subiendo escaleras y unos pechos que la maternidad me dejó algo más caídos pero todavía sensuales. Tengo algo de barriga, lo justo para que la mano de un hombre se hunda ahí y no se quiera ir. Nunca he sido la más delgada del barrio, pero sí la que mejor se mueve.

Mi marido se llama Eduardo y tiene cincuenta y tres años. Es ingeniero, viaja mucho y, aunque las canas le ganan terreno, sigue siendo capaz en la cama. La cuarta noche después de la boda, en aquel hostal de la sierra, me hizo gritar tan fuerte que la pareja del cuarto de al lado se cambió de habitación. Ese recuerdo me bastó durante años.

Tengo que decirlo desde el principio, porque si no, nada de lo que viene tiene sentido: en esta casa siempre fuimos liberales. No de discurso, sino de hechos. Eduardo se va por su lado en vacaciones, yo por el mío, y volvemos a encontrarnos sin preguntas. Funciona así desde hace años. Ninguno de los dos pretende ser santo.

Nuestro hijo se llama Diego y acaba de cumplir veintiún años. Es alto, moreno, con esa sonrisa torcida que parece pedirte permiso para algo. Se parece a Eduardo en los gestos, pero le saca media cabeza y treinta años. Un día entendí que ya no era el niño al que le ataba los cordones.

Le permitimos desde hace tiempo que traiga novias a casa y que duerma con ellas en su habitación. La pared que separa nuestro dormitorio del suyo es delgada, mucho más delgada de lo que cualquier arquitecto admitiría. Las primeras veces no me importaba. Después empecé a contar.

Eran chicas distintas casi cada mes. Algunas gemían bajito, casi de manera educada. Otras se entregaban a un griterío que dejaba en evidencia todo lo que mi hijo les estaba haciendo. Eduardo se reía cuando las oía y luego se daba la vuelta y se dormía. Yo no me reía. Yo me quedaba quieta, con el corazón golpeándome contra las costillas, hasta que Eduardo empezaba a roncar.

Entonces metía la mano debajo del camisón y me masturbaba pensando en lo que mi hijo les estaría haciendo. Con Eduardo había probado de todo, incluso anal alguna vez muy puntual, pero se me había clavado la idea de que Diego les hacía cosas que yo desconocía. ¿Qué les hace? ¿Qué les dice al oído para que griten así? No conseguía sacármelo de la cabeza.

***

El plan se me fue ordenando solo durante semanas. Sabía que Eduardo se marchaba un jueves por la mañana a un congreso de tres días en Lisboa. Sabía que Diego no tenía clases hasta la tarde. Y sabía, porque me conozco, que si no actuaba esa mañana iba a seguir actuándomelo por las noches en silencio durante el resto de mi vida.

El miércoles por la noche escribí una nota. La escribí, la rompí, la volví a escribir. Al final dejé solo dos frases. La doblé en cuatro y la pasé por debajo de su puerta cuando él estaba en la ducha.

«Mañana en cuanto se vaya tu padre. Cierra la puerta con pestillo».

No firmé. No hacía falta.

Diego no me dijo nada en el desayuno. Comió sus tostadas, se puso los auriculares, le dio un beso a Eduardo en la coronilla y se metió en su cuarto. A media mañana, desde el balcón, vi a mi marido cargar la maleta en el coche y enfilar la avenida. El motor todavía se oía cuando yo ya estaba en la puerta del cuarto de mi hijo, descalza, con la bata sin atar.

Llamé con los nudillos una vez.

—Pasa —dijo desde adentro, como si llevara horas esperando esa palabra.

Estaba tumbado en la cama, sin camiseta, con el pantalón del pijama bajado a la altura de las rodillas. Se la estaba tocando despacio, mirándome. La tenía dura ya, mucho más larga de lo que yo me había permitido imaginar. La luz que entraba por la persiana le rayaba el pecho.

—Cierra la puerta —le dije, y mi voz no era la de su madre.

Lo hice yo. Eché el pestillo. Me solté el nudo de la bata y la dejé caer en el suelo, sin teatro, como quien se quita el delantal después de cocinar. Diego me recorrió de arriba abajo y respiró hondo.

—Eres preciosa —dijo, y me sorprendió que la primera frase fuera esa.

Me subí a la cama de rodillas y le aparté la mano. Le agarré la verga con la palma entera y noté cómo el latido le subía hasta la punta. Me la metí en la boca de una vez, hasta donde pude, y me atraganté. Volví a intentarlo más despacio. Diego se aferró al cabezal, cerró los ojos y, antes de que yo entendiera lo que pasaba, se corrió en mi garganta. Me lo tragué entero porque no había tiempo de hacer otra cosa.

Me incorporé. Se me había desordenado el plan. Me senté en el borde de la cama con las piernas abiertas y empecé a tocarme yo, mirándole, con la boca todavía manchada y un fastidio creciente. Diego se acercó por detrás. Pensé que iba a abrazarme y, en lugar de eso, me hundió un dedo en el culo sin avisar. El espasmo me dobló la espalda y solté un grito que se debió oír hasta en el portal.

Sonó el teléfono.

***

Era Eduardo. Lo supe antes de mirar la pantalla.

—Lorena, no he subido al avión —dijo con esa voz tranquila que pone cuando algo no le ha salido—. Cancelaron el último tramo y me vuelvo. Estoy a quince minutos de casa.

Colgué con la mano temblándome y me giré hacia mi hijo.

—Tu padre vuelve. Esto se acabó.

Me levanté para coger la bata. Diego no se movió de la cama, pero cuando pasé delante suyo me agarró de la muñeca con una fuerza que no le conocía. Me devolvió a la cama de un tirón. Yo me revolví, golpeándole en el pecho con la palma abierta, susurrando que parara, que nos iba a pillar, que esto era una locura. Mi propio cuerpo me contradecía: el corazón me iba a mil por hora y entre las piernas todo era líquido.

—Quince minutos —dijo Diego mirándome muy fijo—. Todavía nos da.

Me colocó en la cama en sesenta y nueve. Yo encima, él debajo. Se puso a comerme con una calma que no encajaba con el reloj. Su lengua hacía cosas que Eduardo nunca había aprendido. Su verga, contra todo pronóstico, ya volvía a estar dura delante de mi cara. Me la metí en la boca otra vez porque era la única manera de no gritar. Y cuando él me hundió un segundo dedo en el culo, yo, sin pensarlo, le metí uno de los míos en el suyo. No lo había hecho jamás, ni con Eduardo ni con nadie. Diego dio un respingo, gimió contra mi sexo y siguió.

Oímos la puerta de la calle.

***

Diego reaccionó antes que yo. Se levantó de un salto, comprobó el pestillo —ya echado—, agarró el pañuelo que tenía en la mesilla y me lo metió en la boca anudándomelo en la nuca. Esto no puede estar pasando. Pero estaba pasando. Me sentó encima de él de espaldas a la puerta, con sus manos en mis caderas, y empezó a follarme a una velocidad que me dejó sin aire. La mordaza amortiguaba mis gritos, pero no del todo: salía un sonido grave, ahogado, que probablemente se filtraba por la pared.

Eduardo subió las escaleras. Se detuvo dos segundos delante de la puerta de Diego. Yo tenía la cara de mi hijo a un palmo de la mía y los dos contuvimos la respiración mirándonos. Después oímos sus pasos seguir hacia el dormitorio principal.

Diego se detuvo dentro de mí. Sin sacársela, me hizo girar las caderas. Me sostuvo. Y entonces, muy despacio, me la sacó del coño y me la metió por el culo, milímetro a milímetro, sin prisa, mientras me mordía el hombro para que yo no perdiera el control. Cuando llegó hasta el fondo dejó de moverse y esperó. Solo cuando yo dejé de temblar empezó a entrar y salir, despacio, despacísimo, como si tuviéramos toda la tarde. La cama crujía bajo nosotros y nada en el mundo me importaba menos que ese crujido.

El orgasmo me cruzó de los dedos de los pies a la mandíbula. Tan fuerte que la mordaza no pudo con él y se me escapó un grito largo, agudo, que cualquiera habría reconocido como mío.

Diego me la sacó. Me arrancó el pañuelo de la boca, me agarró del pelo y se masturbó delante de mí con dos golpes brutales. Se corrió otra vez en mi lengua y yo me lo tragué sin pensarlo, todavía con el cuerpo eléctrico del orgasmo.

***

Pero ahí no se acabó.

Diego se levantó, pegó la oreja a la puerta y la abrió un dedo. Eduardo había bajado a la cocina, se oía la cafetera. Mi hijo me cogió de la mano y los dos cruzamos descalzos el pasillo hasta el cuarto de baño del fondo, el que tiene la ducha grande. Cerró por dentro sin hacer ruido.

—Métete —dijo, y señaló el plato de la ducha.

Me metí. Me arrodillé sin que me lo pidiera, porque ya no quedaba nada que pedir. Diego se acercó, se la cogió y me orinó encima despacio, sobre la cara, sobre los pechos, dentro de la boca abierta. Yo bebí lo que me cabía y dejé que el resto me corriera por el cuello. Después le besé los muslos, las palmas de las manos, la boca. Le dije gracias en un susurro tan bajo que probablemente no lo oyó.

Abrió el grifo y se fue antes que yo, dejándome la ducha funcionando para tapar cualquier ruido. Cuando bajé al salón con el pelo mojado, Eduardo me besó en la frente y me preguntó si había dormido bien.

—Como un tronco —le contesté.

***

Cuatro días después, Eduardo me confesó que el congreso de Lisboa nunca había existido. Iba a verse con una mujer en Oporto. Algo le sonó raro en la conexión y por eso decidió cancelar a última hora. Cuando volvió esa mañana —me dijo mirándome a los ojos— oyó claramente los gemidos en la planta de arriba y entendió que él no era el único. Decidió no decir nada por elegancia. Me prometió que no volvería a serme infiel y me pidió que yo hiciera lo mismo.

Le dije que sí con la cabeza, le acaricié la mano y le serví más vino. Yo no le prometí nada. Diego, en la otra punta de la mesa, me miraba comer y se mordía el labio.

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Comentarios (6)

Carlitos_MDP

tremendo!!! me quede sin palabras al final

Valeria_mdq

Me enganché desde la primera linea, no pude parar hasta el final. Ojalá haya continuación!

Tomas_99

increible relato, felicitaciones. de los mejores que leí acá

Romi_lee

Esta categoria es la que mas me gusta del sitio y este relato no decepciona para nada. Se hizo corto igual jaja, quiero mas!

cordobes_noc

corto pero muy intenso, vale la pena

NoraLect

Qué bien narrado, se siente que es algo vivido de verdad. Muy recomendable.

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