Lo que pasó cuando mi cuñado se quedó dos noches
Mi hermana Lucía es cinco años mayor que yo. Tiene treinta y ocho, lleva diez casada y tres niños a cuestas, todos varones, todos pequeños. Vive en una ciudad de la costa donde nunca pasa nada, y cada vez que hablamos por teléfono terminamos contándonos cosas que ninguna de las dos contaría a ninguna otra persona. Yo le explico cómo es mi marido en la cama y ella me explica cómo es Damián.
Damián, su marido, tiene treinta y nueve años. Alto, moreno, con esa sonrisa de quien sabe lo que produce y disfruta usándolo. Lucía me confesó hace tiempo que ya no le seguía el ritmo. Que el chico era insaciable, que después de tres embarazos y una ligadura ella ya no quería sexo cada noche y que él, sin decirlo abiertamente, debía buscarse la vida fuera de casa.
—Tiene una verga preciosa —me dijo una tarde en la terraza de un café—. Más de veinte centímetros, gruesa, circuncidada. Una pena que ya no me apetezca.
Damián trabaja en una consultora con sede en la capital. Una o dos veces al mes coge el primer avión y se queda dos días para reuniones. Antes se hospedaba siempre con nosotros, en el cuarto de invitados. Mi marido nunca lo soportó —algo de competencia masculina, supongo—, pero a mí me caía bien desde el principio. Era cariñoso, gastaba bromas, me abrazaba como si fuera su hermana pequeña. Y al pasar a mi lado, sin que nadie lo viera, me daba alguna palmada en el culo y soltaba una de sus frases.
—Qué desperdicio, cuñadita —decía—. Todo eso para el imbécil con quien te casaste.
Yo me reía y le tiraba el paño de la cocina a la cara. Una bobada entre familia.
El martes de la semana pasada llamó a las once de la mañana. Estaba en el aeropuerto, llegaría justo para comer y tendría que salir corriendo a una reunión a primera hora de la tarde. Mi marido se había ido la noche anterior a una feria de su sector y no volvía hasta el jueves. Yo no le dije eso por teléfono. Solo le respondí que tenía la mesa puesta.
Llegó a la una y diez con la maleta colgando del hombro y un ramo de mimosas que había comprado en la terminal. Dos besos, palmadita en el culo y la frase de turno.
—Cada vez estás más buena, cuñada. Es injusto.
Llevaba puestos unos leggings de licra negros y una camiseta blanca, ajustada, sin sujetador. Hacía calor en casa. Cuando me giré a servir el agua, vi el barrido de su mirada en mis pezones, marcados a través del algodón. No bajé la vista y él tampoco la apartó. Nos sentamos a comer.
La conversación fue la de siempre: trabajo, niños, mi hermana. Me contó lo que ya sabía, que Lucía estaba apagada, que en la cama era una santa últimamente y que él se moría de aburrimiento.
—Yo te entiendo —dije sin pensarlo.
—¿Tú también? —preguntó, y se quedó mirándome la boca un segundo de más.
Cambié de tema. Le serví el postre. Cada vez que me levantaba sentía sus ojos repasándome de arriba abajo, deteniéndose en el culo apretado por la licra. Por delante, el tejido se me pegaba a la entrepierna. Me daba cuenta y, en vez de cambiarme, no cambié nada.
Fui llevando los platos a la encimera. Él se quedó en la mesa con un chupito de orujo. Cuando volvió con los últimos cubiertos, no los dejó en el fregadero. Los dejó al lado mío, me cogió las manos por detrás y me apretó contra el mármol. Sentí su erección a través de los pantalones, dura, gruesa, pegada a mis nalgas.
—¿Qué haces? —dije.
—Lo que tendría que haber hecho hace años.
Empezó a besarme el cuello. Me mordió con cuidado el lóbulo de la oreja. Forcejeé un poco, lo justo para poder decirme a mí misma que lo había intentado. Él no me soltó. Me dio la vuelta y me besó en la boca. Aparté la cara. Volvió a besarme y entonces ya no la aparté. Metió la pierna entre las mías y noté el bulto presionando justo donde necesitaba presión.
Me subió la camiseta y me sacó los pechos. Se agachó a chuparme un pezón y luego el otro. Las tetas son mi punto débil. Cualquier hombre que me llegue ahí con tiempo y boca paciente me deja a su merced. Damián tenía las dos cosas. Y, encima, me gustaba. Eso era lo peor.
Esto va a pasar. Esto está pasando.
Me bajó los leggings con un solo gesto. Las bragas le costaron un segundo más, porque se enredaron en los tobillos. Me agarró por la cintura, me sentó sobre la mesa, me separó las rodillas y se hincó entre mis piernas. La primera lengua sobre el clítoris me hizo cerrar los puños sobre el mantel. Sabía hacerlo. Sabía exactamente lo que hacía. Pasó la lengua plana por toda la vulva, succionó, cerró los labios alrededor del clítoris y empezó a moverlos con un ritmo lento que se fue acelerando.
Me corrí en menos de dos minutos. Grité, agarré el pelo de su nuca y le hice daño sin querer. Cuando se levantó tenía toda la cara empapada. Le pasé la lengua por los labios y por la mejilla y me reconocí en él.
—Date la vuelta —me dijo.
Me bajé de la mesa y me puse en cuatro, con el pecho aplastado contra la madera. Lo oí abrirse la bragueta. Su capullo recorrió la entrada de mi sexo dos veces y entró de una sola embestida que me cortó el aire. Lo que me había contado mi hermana no era exageración. Era exacto. La sentía gruesa, ajustada, raspando contra cada pared. Empezó a moverse despacio y luego cada vez más rápido. Yo me apretaba contra él para hundírmela hasta el fondo.
Se vino dentro a los pocos minutos. Yo me corrí casi a la vez, en silencio, mordiéndome el antebrazo.
—Mereció la pena, ¿verdad, cuñadita? —dijo cuando se separó.
No le contesté. No me salían las palabras. Se subió los pantalones, se lavó las manos en el grifo, se peinó con los dedos delante del cristal del horno y cogió la chaqueta del respaldo de la silla.
—Vuelvo de noche y terminamos lo que hemos empezado —dijo desde la puerta.
***
Por la tarde apareció Sandra, una amiga del barrio, sin avisar. Le abrí la puerta tal como estaba, los leggings de licra y la camiseta sin sujetador, sin haberme cambiado. Me miró un segundo de más.
—¿Vienes a tomar un café? Hay uno nuevo en la esquina.
Bajé con ella sin pensarlo. En la cafetería notaba las miradas de los hombres en la barra. Sentía el algodón pegado a los pezones, la licra marcándome la rajita por delante. Y por dentro de la licra todavía estaba húmeda. Me sentí algo fulana, y no me importó. A Sandra le encantaba mi pinta. Se rió, me dijo que estaba estupenda y pidió otra ronda.
A las siete sonó el teléfono. Era Damián. No venía a cenar, tenía un compromiso de empresa. Me dio rabia y a la vez agradecí los espacios para pensar. Mi hermana llamó después. Le dije que su marido había estado a comer y se había ido con prisas. Que dormiría tarde, que ya estaría yo en la cama cuando él llegara. Mentí con una facilidad que me asustó.
Me acosté desnuda. Pasaba la mano por mis tetas, por la entrepierna, sin decidirme a terminar. Cada vez que me acercaba al orgasmo me paraba para reservármelo. A las doce y media sonó el timbre.
Le abrí en bata. Olía a vino y venía contento. Me besó en el rellano sin esperar a entrar. Cerré la puerta de un golpe con el pie y casi tropezamos por el pasillo.
Esta vez no había cocina ni mesa. Esta vez había cama. Me empujó hacia atrás, me abrió la bata y se quedó mirándome antes de tocarme. Me lamió desde el cuello hasta el pubis sin saltarse nada. Después me colocó encima en sesenta y nueve. Su verga rozaba mi cara, pesada, ya goteando. La cogí con las dos manos, la lamí desde la base, le metí los huevos en la boca uno tras otro, los lamí despacio. Subí hasta el glande y la fui ensalivando entera, metiéndomela y sacándomela mientras él me devoraba abajo. Me corrí en su boca por segunda vez en el día.
Me colocó debajo, se agarró el rabo y jugó un rato pasándolo por la entrada sin meterla. Me dejó pedírselo. Cuando ya estaba a punto de suplicarle, me la metió de un golpe que me sacó un grito. Me agarró las piernas, me las apoyó en sus hombros y empezó a embestir con una violencia controlada que me hizo correrme tres veces seguidas. La última, cuando se vino él, me sacudió en convulsiones que tardaron en calmarse. Caímos rendidos en cuestión de minutos.
A las cuatro de la madrugada me desperté con su cuerpo encima del mío y su polla otra vez dentro. Me había abierto las piernas dormida. No protesté. Lo dejé hacer hasta que terminó y me volvió a dormir abrazándome desde atrás.
A las nueve de la mañana abrió los ojos empalmado. Yo me abrí de piernas con los ojos cerrados, no tenía cuerpo para más. Fingí un orgasmo que no llegó y él se vino convencido. No fue por mí. Esa última fue por él.
***
Damián sigue viniendo a la capital una o dos veces al mes. Le explicó a mi hermana que prefería hospedarse en un hotel, que con mi marido no se entendía y que no quería incomodar a nadie. Lucía se lo creyó porque era verdad a medias. Las verdades a medias son las más fáciles de creer.
Cada vez que viene reserva una tarde para mí. La habitación es siempre la misma, con vistas al patio interior, donde nadie puede vernos desde la calle. Inventamos cosas, jugamos, nos llevamos al límite. Yo llamo a mi hermana después y le pregunto cómo está, si necesita algo, si los niños están bien. Hay una culpa que existe y otra que no. Y, sinceramente, todavía no sé cuál de las dos siento.