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Relatos Ardientes

Lo que el sistema me mostró en casa de mi suegro

Nunca debí instalar ese sistema de cámaras en la casa de don Ramiro. Lo hice por seguridad, eso le dije a mi marido cuando le insistí: tu padre vive solo desde que se separó de tu madre, conviene tener vigilancia. La verdad era otra. Yo siempre había sospechado de él, de la forma en que me miraba en las cenas familiares, de los silencios largos cuando Beatriz, su pareja actual, no estaba en casa. Sospechaba algo, pero no sabía qué.

El acceso al sistema lo guardaba en mi tablet. Cuando mi marido se iba al gimnasio por las tardes, yo abría la aplicación y conectaba con cualquiera de las habitaciones. Al principio fue inocente. Comprobaba que las puertas estuvieran cerradas, que la asistenta hiciera bien su trabajo. Después empecé a ver cosas que no buscaba.

La primera vez fue Marisol, la hija mayor de don Ramiro por unos minutos, melliza de Daniela. Había llegado de montar en moto y aún llevaba el traje ajustado de cuero negro, abierto a la altura del cuello. Don Ramiro estaba en el sofá del salón, repasando unos papeles de la empresa.

—Cariño, ¿en serio me dices que no quieres seguir estudiando? —le preguntó él sin levantar la vista.

—No, papá, no quiero —respondió ella, dejando el casco sobre la mesa.

—Pues yo en mi casa no aguanto vagos —dijo don Ramiro—. Mientras te buscas un niño rico que te pague los caprichos, vas a trabajar en la empresa.

—¿Haciendo qué?

—Lo único que se te da bien. Sé perfectamente con quién te acuestas y con qué frecuencia.

Marisol se quedó callada. Yo, del otro lado de la pantalla, contuve la respiración.

—¿Y sabes quién va a ser tu primer cliente? —añadió él, dejando los papeles—. Yo.

Pensé que ella se iría dando un portazo. En lugar de eso, soltó la cremallera de la chaqueta unos centímetros, despacio, como si lo hubiera ensayado.

—Eres mi padre —dijo, sin convicción—. Esto es una asquerosidad.

—Tú decides. O esto, o te buscas la vida fuera de mi casa.

Hubo un silencio largo. Marisol terminó de bajar la cremallera.

—Está bien, papito —murmuró—. Siéntate. Deja que tu zorra se ocupe de ti.

No puedo estar viendo esto, pensé. Pero no aparté la mirada.

***

Marisol se arrodilló en la alfombra. Le bajó los pantalones a su padre con una habilidad que no era la primera vez. Cuando lo tuvo desnudo de cintura para abajo, lo miró desde abajo, mordiéndose el labio.

—Tienes una buena polla, papá —dijo, casi con sorpresa.

—Si lo hubiera sabido te lo habría dicho antes —contestó él—. Llevas años perdiendo el tiempo con críos.

Ella lo agarró con una mano y lo lamió despacio, sosteniéndole la mirada todo el tiempo. La cámara del salón tenía buen audio. Yo escuchaba cada respiración, cada movimiento de la lengua. Don Ramiro echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá y dejó escapar un gruñido grave.

—Esto solo está empezando, papito —dijo Marisol.

Se levantó y se quitó el traje de motera con un solo movimiento. Debajo no llevaba nada. Yo aún recuerdo la imagen exacta: ella de pie, completamente desnuda en el salón de su padre, una cicatriz pequeña en la cadera, los pezones erguidos por el aire frío del aire acondicionado.

Se montó encima de él. Lo guio con la mano y se dejó caer despacio, gimiendo en el descenso. Don Ramiro le agarró las caderas con las dos manos.

—Es más grande que la de cualquiera con los que he salido —murmuró ella mientras se movía.

—Calla y muévete, zorra.

Yo me había llevado la mano al estómago sin darme cuenta. La pantalla temblaba un poco con el movimiento de los dos cuerpos. Marisol cabalgaba sin prisa, con las manos apoyadas en los hombros de su padre, los ojos cerrados.

—Túmbate de lado —ordenó él de pronto.

Ella obedeció, despacio, dejándose colocar. Se tendió sobre la moqueta y don Ramiro se acomodó detrás de ella, levantándole una pierna. La penetró desde esa postura, lento al principio, después más fuerte.

—No me extraña que te deshicieras de mamá para juntarte con Beatriz —jadeó Marisol—. Tienes vigor para tres.

—Cállate, niña.

—¿Y si no quiero?

Le tiró del pelo, no fuerte, lo justo para tensarle el cuello. Marisol se rio entre gemidos. Yo cerré la puerta del despacho con el pie sin levantarme de la silla. Mi marido podía volver en cualquier momento.

***

Cambiaron de postura tres veces más. Ella encima dándole la espalda, sus manos apoyadas en los muslos de él para tener equilibrio, la cabeza echada hacia atrás. Después don Ramiro se la comió a ella, tendida en el sofá, separándole las piernas con calma de quien ya ha hecho eso muchas veces y conoce el ritmo exacto. Marisol se retorcía, agarraba los cojines, le hablaba como si fuera un amante de toda la vida.

—Tú y la zorra de tu hermana me recordáis tanto a vuestra madre cuando era joven —le dijo él, levantando la cara un momento.

—¿Daniela también ha estado contigo? —preguntó ella, abriendo los ojos.

—No te toca preguntar eso ahora.

Marisol soltó una carcajada y le empujó la cabeza de vuelta entre sus piernas. Yo apunté ese detalle en mi cabeza. Daniela también. Las dos. Don Ramiro las tenía a las dos.

Cuando él se corrió, fue dentro de ella, sin avisar. Marisol se quejó por el calor, se rio, le pidió que no la dejara preñada. Él le respondió, con la voz pastosa, que ya buscarían un tonto que cargara con el bombo. Los dos se rieron. Yo apagué la pantalla con dedos torpes.

***

Tardé dos días en abrir el sistema otra vez. Pensé que lo borraría todo, que desinstalaría la aplicación. En lugar de eso, esperé a que mi marido saliera al gimnasio y me encerré en el despacho con la tablet.

Esta vez la cámara que se conectó por azar no fue la del salón, sino la de la habitación de Daniela. Y dentro de la habitación estaban las dos. Las mellizas, Marisol y Daniela, sentadas en la cama, una frente a la otra, con los pies descalzos rozándose.

—Sabía que eras una zorra, hermanita —decía Daniela con media sonrisa—, pero nunca me imaginé que llegaras a follar con papá.

—Como si tú no lo hubieras hecho antes —respondió Marisol.

Daniela no lo negó. Le acarició el vientre a su hermana por debajo del top. Las dos llevaban jeans cortísimos y camisetas tan ajustadas que se les marcaba todo. Eran idénticas, salvo por el pelo: Marisol lo llevaba más largo, Daniela con un corte recto a la altura de la mandíbula.

—¿Y si nos quitamos los tops? —propuso Daniela.

Lo hicieron a la vez. Ninguna llevaba sujetador. Tenían los mismos pechos, la misma forma, los mismos pezones rosados. Yo nunca había mirado a dos mujeres así en mi vida y de pronto me sorprendí estudiándolas con una atención que me asustó.

Daniela se quitó los jeans. Debajo, un tanga negro mínimo. Le pidió a su hermana que se pusiera a cuatro patas sobre la cama y le bajó el suyo, idéntico, sin prisa.

—Menudo culo, hermanita —le dijo, dándole una palmada suave—. No me extraña que al salido de papá le apeteciera tanto.

—Desnúdate tú también, zorra.

***

Lo que pasó después no se parecía a nada de lo que yo esperaba ver entre dos hermanas. No había vergüenza, no había duda, no había la torpeza de una primera vez. Era evidente que aquello tampoco era nuevo para ellas, solo que esta vez se permitían hablarlo en voz alta.

Daniela sacó del fondo del armario una bolsa de tela. Marisol la abrió y eligió un consolador rosado. Le pidió a su hermana que se pusiera a cuatro patas. Yo me incliné hacia la pantalla sin querer.

Marisol acercó la cara al culo de su hermana y empezó a lamerlo, sin prisa, pasando la lengua de arriba abajo. Daniela soltó un gemido grave, agarrándose a la sábana.

—Eres una guarra —dijo entre dientes—. Me lames el culo y después me vas a meter eso.

—Dime que no te gusta.

Daniela no contestó. Marisol siguió un rato más, después le pidió que se diera la vuelta. Le abrió las piernas y bajó la boca hasta su sexo, sosteniéndole los muslos con las dos manos. Daniela arqueó la espalda sobre la cama. Yo apreté las rodillas la una contra la otra, con la tablet temblándome ligeramente.

Cuando Daniela parecía a punto de correrse, su hermana se separó. Cogió el consolador rosado, lo humedeció con saliva y se lo introdujo despacio. Daniela soltó un grito ahogado y se mordió el dorso de la mano.

—Hermanita, así no es justo —jadeó.

—Sí lo es. Tú me pediste todo esto.

Marisol siguió con la lengua mientras movía el consolador con la otra mano. Daniela se corrió en menos de un minuto, con las piernas tensas y la cabeza echada hacia atrás contra el cabecero. Yo aparté la mirada un segundo y volví a mirarla. No podía dejar de hacerlo.

***

—Ahora me toca a mí —dijo Daniela, todavía recuperando el aliento.

Cambiaron de posición. Marisol se tumbó como había estado su hermana, abierta de piernas, mirando al techo. Daniela sacó otro consolador, este morado, más fino, y se lo metió en el culo sin avisar. Marisol gimió fuerte y cerró los ojos.

—Se nota que ese culo no es virgen —dijo Daniela, riéndose—. Papá se ha encargado.

—El tuyo tampoco lo es, zorra.

Daniela se inclinó sobre ella y empezó a acariciarle el sexo con dos dedos, abriéndola, jugando con ella. Marisol levantaba las caderas buscando más. Yo, en mi despacho, ya no fingía estar mirando por curiosidad. Me había bajado la cremallera de los vaqueros y tenía la mano debajo de la ropa interior.

Se dieron la vuelta, se cambiaron, se pidieron cosas que yo nunca había escuchado pedir a nadie. Terminaron tendidas la una sobre la otra, sus sexos rozándose, moviéndose despacio en un ritmo que parecían haber inventado entre ellas. Daniela hablaba sin dejar de moverse.

—¿Sabes lo peor, hermanita? —le decía—. Que toda la vida hemos compartido habitación de pequeñas, hemos compartido ropa, novios, papá. Y hasta hoy no habíamos compartido esto.

—Esto no va a ser solo hoy —respondió Marisol.

Se besaron en la boca, despacio, como dos amantes que se conocen desde siempre. Marisol fue la primera en correrse, agarrándose a la espalda de su hermana. Daniela la siguió un minuto después, con un gemido ronco que la cámara no terminó de captar bien.

***

Cuando la imagen se cortó, yo tardé un rato largo en moverme. Tenía la frente sudada y la respiración alterada, y en la habitación de al lado se oía la puerta de la calle: mi marido había vuelto del gimnasio.

Cerré la aplicación. Bajé la tapa de la tablet. Me arreglé la ropa con dedos torpes y bajé a la cocina como si nada, a preparar la cena.

—¿Qué tal la tarde? —me preguntó él, abriendo la nevera.

—Tranquila —dije—. He estado leyendo.

Esa noche, en la cama, cuando él se durmió, volví a abrir el sistema. Sabía que no iba a desinstalar nada. Sabía que la próxima cena familiar en casa de don Ramiro iba a ser distinta para mí, que iba a mirar a las mellizas de otra manera, que iba a sostenerle la mirada a mi suegro un segundo más de la cuenta, a ver si entendía que yo lo sabía. A ver qué hacía él entonces conmigo.

Y mientras la pantalla cargaba la siguiente conexión, una parte de mí que no quería reconocer empezó a rezar para que la cámara que se abriera fuera otra vez la del salón.

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Comentarios (5)

Pablillo33

Excelente!!! de los mejores que lei ultimamente

MarcosBaires

La idea del sistema de camaras me parecio muy original, nunca lo avia visto usado asi en un relato. Muy bueno!!

RobertoMdq

Y que paso despues?? quede con la intriga total, necesito la continuacion

Gustavo_pampa

Me recordo a una situacion parecida que tuve en casa de unos parientes jaja, aunque nada tan intenso. Bien escrito.

KatyV_rdp

La tension desde el primer parrafo es increible. Muy buen trabajo!!

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