Mi prima Camila y la película que nunca vimos
Hace ya unos cuantos años que pasó esto, pero cada vez que vuelvo al pueblo de mi padre, el cuerpo se acuerda solo. Crecí en una familia bastante conservadora, con tías que rezaban el rosario los domingos y un padre que jamás habló de sexo en la mesa. Eso me hizo creer durante mucho tiempo que algo andaba mal conmigo, que tenía la cabeza demasiado puesta en lo que no debía. Después entendí que era apenas un muchacho normal con la libido despierta. Cambié los nombres, claro, porque esto no es invento.
Me llamo Andrés. En aquella época tenía veintisiete años recién cumplidos. Mi madre había decidido que pasáramos un verano largo en el pueblo natal de mi padre, un lugar perdido en el norte donde casi nadie pavimentó nunca las calles y donde los perros se conocen por su nombre. Mi viejo estaba trabajando en otro país, así que el plan era acomodarnos en la casa que él había terminado de construir el año anterior y esperar a que se sumara cuando pudiera.
A dos casas vivía una tía abuela, hermana de mi padre. Una de esas mujeres que se pasan el día midiéndoles la falda a las hijas ajenas mientras las propias hacen lo que se les antoja. Tenía cuatro hijos, dos varones y dos mujeres. Los mayores ya andaban en la capital. Solo quedaban en la casa Daniel, un primo de veintiséis que trabajaba en un aserradero, y Camila, la menor.
Camila tenía diecinueve años recién cumplidos y era esa clase de chica que no aparece en revistas pero que, cuando la cruzas en la calle, te hace girar la cabeza. Mediría un metro cincuenta y ocho, piel clara con pecas en los pómulos, pelo negro lacio hasta media espalda, ojos color miel. Pechos pequeños y firmes, cintura estrecha, caderas justas, unas nalgas redondas que el pantalón parecía hecho a medida para sostener. Una mezcla rara de inocencia pueblerina y otra cosa, algo que recién pude nombrar después.
El primer día fuimos a saludar. Mi madre y la tía se abrazaron y arrancaron a hablar como si no hubieran parado nunca. Yo saludé a Daniel con un apretón de manos y una palmada en la espalda, lo de siempre entre primos. Cuando me di la vuelta, ahí estaba ella. Llevaba una blusa roja y un pantalón de mezclilla de tiro bajo, sin maquillaje, el pelo suelto. Cruzamos miradas un segundo y sentí esa chispa boba que aparece con una desconocida en el autobús. Pensé que era cosa mía, que el cambio de aire me estaba afectando.
Le abrí los brazos como había hecho con su hermano. Pero ella no me abrazó como a un primo. Pasó los brazos por debajo de los míos, los subió hasta engancharse a mis hombros y pegó el cuerpo entero contra el mío. Apoyó la cabeza en mi pecho, justo donde le llegaba por la diferencia de estatura. Aguantó así dos segundos más de lo razonable. Cuando se separó, no dijo nada. Sonrió y siguió saludando a mi madre como si nada.
Me lo imaginé. Me lo tuve que haber imaginado.
Esa tarde intercambiamos números los tres. Quedamos en algún momento ver una película juntos. Volví a casa, comí algo, me acosté. Estaba por apagar la luz cuando me llegó un mensaje.
—Hola. Me encantó conocerte. Por fin tengo alguien interesante con quien hablar sin sentirme observada por todo el pueblo.
—Hola, Camila. Lo mismo digo. La pasé bien hoy. Tú y tu hermano son muy amables.
—Si hubiera sabido que tenía un primo tan guapo, te habría escrito hace años.
—No me mientas para hacerme sentir bien. Igual gracias. Tú también eres muy linda. Pretendientes no te han de faltar.
—Hay alguno por ahí, pero ninguno me convence. Por mientras me entretengo sola. Como este fin de semana, que mi madre y Daniel se van a trabajar fuera y me dejan a cargo de las gallinas y los perros.
—¿Te quedas todo el fin sola?
—Mañana sábado al mediodía se van. Vuelven el lunes. Veo películas, hago tareas, me aburro un poco. ¿Por qué no vienes? Así seguimos charlando con una peli de fondo. Anda, di que sí.
—De acuerdo. El sábado a la tarde caigo.
—No puedo esperar.
***
La semana se me hizo eterna. Hablamos por mensaje todos los días, de cosas que parecían inocentes pero que dejaban señales. Sus gustos, los míos, lo que soñaba con estudiar cuando lograra mudarse a la ciudad. Yo también le contaba cosas, pero todo el tiempo me preguntaba si estaba leyendo entre líneas algo que no estaba ahí.
El sábado a las cinco le avisé a mi madre que iba a casa de la tía a ver una película. No preguntó nada. La casa de la tía estaba cerrada por un portón de lámina, pero ella nos había dado permiso de entrar sin tocar. Igual me paré en el patio para no ser maleducado.
—¡Buenas! ¿Tía? —dije a la nada.
Se abrió la ventana del primer piso y se asomó Camila.
—¡Andrés! Llegaste antes de lo que esperaba. Pasa, estoy terminando de trapear la cocina.
Entré. La sala era lo que uno se imagina de una casa de pueblo: dos sillones enfrentados al televisor, fotos enmarcadas de bautizos y comuniones, una virgen sobre una repisa con una vela apagada al lado. Estaba mirando una foto vieja cuando escuché los pasos bajando la escalera.
—Primo, qué bueno que viniste.
Me abrazó por detrás antes de que me diera vuelta, con las palmas planas contra mi pecho. Después me hizo girar y me abrazó de frente. Tenía puesta una playera grande de hombre, posiblemente de su hermano, y un pantalón deportivo gastado. El pelo recogido en una cola alta. Olía a cloro y a ese sudor liviano de quien lleva un par de horas trabajando en la casa.
—Disculpa las fachas, no esperaba que llegaras tan temprano. Siéntate, ponte cómodo, agarra el control. Voy a hacer palomitas.
Me dejó el control y se fue a la cocina. Puse una de superhéroes, la primera que encontré, sin mirar mucho. Volvió con un bol y se sentó a mi lado. Cerca, pero no demasiado. Charlamos por encima de las primeras escenas, con esa risa fácil que aparece cuando ya hay algo sin nombrar.
—¿Te molesta si me acuesto un rato? Estoy hecha pedazos de tanto limpiar.
Sin esperar respuesta se acostó de costado en el sillón, con las piernas sobre las mías y la cabeza apoyada en el descansabrazos. Me miró con la barbilla levantada.
—Recuéstate tú también. Hace fresco y entre los dos nos calentamos.
Me recosté detrás de ella, en cuchara, con el brazo doblado bajo mi cabeza. Camila se acomodó echando las nalgas hacia atrás, contra mi pelvis, y dejó la cabeza justo debajo de mi mentón. Me llegó su olor, el de antes mezclado con el perfume floral que usaba. No era el olor de una mujer recién bañada. Era algo más vivo. Mi verga empezó a despertar contra mi voluntad y traté de mover las caderas un par de centímetros para atrás. Imposible. El sillón no daba.
En la pantalla, justo entonces, arrancaba una escena de cama entre los dos protagonistas. La música bajó, las luces de la película se hicieron tenues. Sentí el cuerpo de Camila tensarse un poco contra el mío.
—Primo, ¿una pregunta rara? —dijo sin darse la vuelta.
—Dime.
—¿Tú ya tuviste relaciones?
Me reí más por nervios que por gracia.
—¿De dónde sale eso?
—Curiosidad nada más. Es que mis padres no me dejaban salir de noche y ahora que podría, no hay nadie en el pueblo que me llame la atención. Nunca tuve novio ni un beso de verdad. Uno de juego de la botella no cuenta.
—No me lo hubiera imaginado. Eres una chica linda, pensé que ya habrías tenido alguno.
—¿Te puedo pedir algo?
—Claro.
Se dio vuelta sin levantarse del sillón. Quedamos cara a cara, las narices a un palmo. Bajó la mirada hasta mi boca y la subió a los ojos.
—¿Me enseñas a besar?
Me quedé sin aire. No alcancé a contestar porque ella ya se había inclinado y me había dado un roce de labios, uno solo, despacio. Después otro, esta vez con la punta de la lengua. La besé yo entonces, con la mano detrás de su nuca, y todo lo que llevaba pensando una semana se desordenó al mismo tiempo. Me estaba besando una chica que nunca había besado a nadie y lo hacía con un hambre que no sabía guardar.
Mis manos arrancaron por la espalda, bajaron por la cintura, terminaron en sus nalgas firmes por encima del pantalón deportivo. Apreté apenas. Ella se separó de golpe, me miró un segundo largo y se levantó del sillón.
—Ahorita vuelvo —dijo, y salió de la sala.
Listo, lo arruiné todo.
Pasaron diez minutos y ella no volvía. Pensé en los argumentos: éramos primos lejanos, no de los directos, pero familia al fin. Seguro se le había bajado la calentura y se había arrepentido. Me levanté del sillón, agarré las llaves y caminé hasta la puerta. Iba a mandarle un mensaje pidiendo perdón cuando escuché los pasos detrás mío.
—¿Ya te ibas?
Me di la vuelta. Camila se había bañado. El pelo mojado le goteaba sobre los hombros. Tenía puesta una blusa rosa de tirantes finos y una falda negra a media pierna. Las piernas blancas, largas, recién hidratadas. La blusa marcaba dos pezones duros sin sostén abajo.
—Perdón que me fui así. Es que me di cuenta de que estaba toda transpirada y me dio pena. Quería estar más cómoda para ti.
Caminó hacia mí y me agarró la cara con las dos manos. Retomamos el beso exactamente donde lo habíamos dejado, pero esta vez sin frenos. Me jaló de la camisa hacia el sillón. Me senté y se trepó encima mío, una pierna a cada lado.
Mis manos volvieron a las nalgas, ahora por debajo de la falda. Recorrí el muslo derecho buscando el elástico de la ropa interior. Subí. Y subí. Y no había nada hasta que las palmas tocaron la piel desnuda. Solo entonces, con la punta del dedo índice, sentí la tirita finísima de una tanga que se perdía entre los dos cachetes. Me reí dentro del beso.
—Te bañaste y te cambiaste para esto —murmuré contra su boca.
—Quería que valiera la pena —contestó—. Quiero que estés tú arriba.
Se bajó del regazo y se acostó de espaldas en el sillón. Subió un poco la falda y abrió las piernas. La tanga era morada, de un género casi transparente, y estaba mojada de antes. Me ubiqué encima de ella con cuidado. La verga ya tenía vida propia y empujaba contra el cierre del pantalón. La besé en el cuello, en la clavícula, mordí apenas el lóbulo de la oreja. Ella respiraba en mi oído como si estuviera corriendo.
Sus manos bajaron por mi espalda, rodearon la cintura, se metieron entre los dos cuerpos hasta dar con el bulto del pantalón. Cuando lo tocó por primera vez se le escapó un suspiro corto, casi un susto. Las pupilas se le agrandaron. Las mejillas se le pusieron rojas como si tuviera fiebre.
—Primo. Quiero que me la metas. Quiero que me hagas mujer.
—¿Eres virgen de verdad?
—Sí y no. Nunca estuve con nadie, pero me toco mucho. Uso un pepino o el mango del cepillo. Nunca probé una de verdad. Y la necesito.
Me desabrochó el pantalón con una velocidad que me sorprendió, bajó el bóxer y me liberó la verga dura, con la punta brillando. Se quedó mirándola unos segundos sin tocarla, como un niño frente a un regalo que no termina de creer.
—Así que así se ve en vivo. Te la mamaría pero no aguanto, necesito sentirla adentro ya.
Se hizo a un lado la tanga con dos dedos. Yo agarré la verga y froté la punta contra la entrada de su sexo. Ella cerró los ojos y entreabrió la boca. Con cada roce respiraba más hondo. Levantó las dos piernas hasta apoyar los talones en mis hombros. Empujé apenas. Solo la cabeza.
—Dios.
Le puse atención a la cara. Los ojos se le pusieron en blanco un segundo. Algo tan mínimo como tener la punta dentro la había desconectado del mundo. Empujé un poco más, la mitad. Aguanté ahí, dejándola acostumbrarse. Ella movió la cadera hacia atrás, la sacó, la metió sola otra vez. Repitió ese movimiento corto cinco o seis veces, como midiéndome, como ensayando.
—Me voy a hacer adicta a esto. Está caliente, dura. La siento abriéndome.
Cuando faltaban los últimos centímetros, la sacó del todo. Levantó la cabeza para mirar.
—Ahora sí. Quiero que de una sola embestida me la metas hasta el fondo. Quiero ver cómo desaparece.
Le abrí más las piernas con las manos. Ella misma se acomodó la tanga al costado. Apoyé la punta y empujé entero, de un solo golpe. Camila pegó un grito que no era ni de dolor ni de placer, sino las dos cosas mezcladas. Las piernas se le cerraron alrededor de mi cintura para que no me saliera. El cuerpo le tembló de pies a cabeza.
—Me estoy viniendo en tu verga.
Apretó tanto las piernas que la sacó con los espasmos. Salió un chorro tibio que me mojó el muslo y manchó el respaldo del sillón. Se desplomó después, con los brazos abiertos, los ojos cerrados, respirando como si hubiera salido a flote después de mucho rato bajo el agua.
—Perdón. Sentí que tocaste algo dentro y no la pude controlar.
—No pidas perdón. Voy a buscar una toalla.
—¿Toalla? ¿Te crees que con esto alcanza? Ven acá. Métemela otra vez. Ahora sé que no soy solo una mujer caliente, soy una perra que necesita ser usada. Así que úsame.
Me jaló del brazo y se enganchó a mi cintura con las piernas. Volví a entrar, ahora más fácil. Empezamos despacio, después fuimos buscando un ritmo más duro. Camila no era una mujer a la que se le hace el amor. Era una mujer que necesitaba que la agarraran fuerte, y eso me lo confirmó cuando me clavó las uñas en la espalda y me pidió al oído que la tratara mal.
—Si quieres verga, verga te voy a dar.
—Sí, por favor. Trátame como a cualquiera.
Estuvimos así un buen rato. Cambiamos de posición tres o cuatro veces. Ella se vino otra vez encima mío, sentada, con la cabeza tirada hacia atrás. Después de espaldas, con las manos contra el respaldo del sillón. Yo aguanté lo que pude, pero estaba llegando.
—Me voy a venir. ¿Dónde?
—En las nalgas. Quiero sentir que me chorrea por las piernas.
Aceleré el ritmo. Estaba a punto de explotar cuando una voz desde el patio nos congeló.
—¿Hola? ¿Camila?
***
Saltamos del sillón como si nos hubiera caído un balde de agua helada. Por suerte ninguno se había sacado la ropa del todo. Camila se bajó la falda, yo me cerré el pantalón, los dos nos sentamos rápido como espectadores ejemplares de la película que ya hacía rato había terminado y dado paso a una serie cualquiera. La puerta se abrió y entró un tío.
—Hola, ¿qué hacen, muchachos? Camila, tu madre me mandó a ver si necesitabas algo de la tienda. No sabía que estaba Andrés acá.
El tío hizo un gesto raro con la nariz. Estaba tratando de identificar el olor de la sala. Yo bajé la cabeza y me concentré en la pantalla.
—Gracias, tío. No, ya estoy bien. Andrés me convidó algo y comimos.
—¿Qué comieron?
—Salchicha con huevo —dijo Camila, y me miró de reojo aguantándose la risa.
Yo no pude más que sonreír de lado, mirando hacia otro lugar.
—Bueno. Si necesitas algo me avisas. Adiós, Andrés.
Cuando se cerró la puerta nos echamos a reír los dos a la vez, por lo bajo, para que el tío no escuchara desde el patio. Miré la hora. Eran las ocho y le había prometido a mi madre que volvía para la cena.
—Me tengo que ir. No le dije que me quedaba a comer.
—No es justo. No terminaste.
—Será para la próxima.
Camila puso cara de ofendida mientras me arreglaba el cuello de la camisa. Caminé las dos cuadras hasta mi casa con las piernas todavía temblando. Llegué, saludé a mi madre, dije que no tenía mucha hambre y me fui derecho al baño. Me bañé con agua tibia y largo rato. Cuando ya estaba en la cama, con la luz apagada, me vibró el celular.
—Me encantó lo de hoy. Mañana tengo que ir a hacer compras al pueblo de al lado, pero el fin de semana que viene mi madre y Daniel se vuelven a ir. ¿Vienes a «ver otra película»?
Le contesté que sí antes de pensarlo. Me dormí con el celular sobre el pecho, esperando un mensaje más que ya no llegó esa noche.