Le enseñé al sobrino de mi marido lo que es una mujer
Hace ya unos cuantos años que pasó esto, pero todavía me viene a la memoria cuando estoy aburrida. Mis relatos son experiencias propias, cosas que viví y que cuento porque me apetece, y esta se merece estar guardada en algún sitio. Empezó con una llamada de mi cuñada, que vivía a más de mil kilómetros de la ciudad donde mi marido y yo teníamos nuestra casa.
—El niño tiene que ir unos días por trabajo —me dijo, con esa voz culpable de quien pide un favor—. Si os molesta, busca pensión y ya está.
—Por nosotros encantados, mujer —respondí—. ¿Cómo va a ir a una pensión? Aquí tiene cuarto y comida.
Colgué el teléfono y maldije la cortesía. Tener a un crío de la familia en mi casa significaba interrupciones, ojos donde no debían estar y, sobre todo, un freno a las aventuras que me mantenían cuerda. Llevaba años engañando a Octavio con la misma alegría con la que él se anudaba la corbata por las mañanas, y un sobrino metido en el cuarto de invitados sonaba a estorbo seguro.
Me equivoqué. Lo supe en la estación.
El día que llegaba, fuimos a recibirle al andén número cinco. Octavio buscaba con la mirada al crío que recordábamos de la última Navidad, esa especie de adolescente larguirucho con espinillas. Bajó del tren un hombre. Veintiún años cumplidos, hombros anchos, una mochila al hombro y una sonrisa todavía algo torpe, pero ya con la confianza de saberse mirado. Se llamaba Iván. Los dos besos protocolarios que me dio en la mejilla olían a colonia barata, y tenía las manos grandes.
De camino a casa cambié de plan. Pensé que, en lugar de ser una piedra en mi zapato, podía ser una semana entera de diversión bajo mi propio techo, sin necesidad de hoteles, taxis ni excusas a Octavio.
Le dejé tres días para que se aclimatara. Tres días de mirarle desayunar con la camiseta arrugada, de cruzármelo en bata por el pasillo, de medir cómo se le iban los ojos al escote cuando me agachaba a recoger algo. Al cuarto día decidí que el inventario estaba hecho y tocaba probar la mercancía. Le dije a Octavio que tenía cosas que hacer en casa por la tarde y que prefería que comiera fuera. Mi marido obedeció, porque obedecer era lo único que se le daba bien.
Me puse unos vaqueros que se me ajustaban al culo como una segunda piel y una blusa con un escote para entierro de cura. Subí al cuarto de Iván sin llamar.
—Hola, cariño. Venía a ver cómo estás —dije, mientras le daba un beso en la mejilla más cerca de la comisura de los labios de lo que correspondía—. Quiero que te encuentres a gusto. Esta también es tu casa.
Estaba sentado en una silla escuchando música con unos auriculares grandes. Me bastó echar un vistazo a su entrepierna para confirmar lo que ya intuía: el bulto le crecía a velocidad de vergüenza. Me senté en el borde de la cama, le pasé la mano por el muslo como quien despeja una arruga y no la retiré.
—Cariño, ¿echas de menos a alguna chica? —pregunté.
Tardó en contestar. Tragó saliva, hizo amago de hablar y al final asintió. Yo deslicé la mano un poco más arriba.
—Es normal, eres un chico joven. Tu cuerpo necesita lo que necesita —seguí—. Y como aquí no conoces a nadie, tu tía te va a echar una mano. Será nuestro secreto. Tu tío no se va a enterar.
Vi el miedo en sus ojos y me gustó. Le pedí que se pusiera de pie apoyado en la pared, y le bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón. Lo que apareció era una polla de buen tamaño, mayor que la de Octavio sin esfuerzo. La tomé con dos dedos al principio, casi con desprecio, y empecé a moverla despacio mientras le hacía preguntas que no necesitaban respuesta.
—¿Te has corrido pensando en mí alguna vez? ¿En estos tres días?
Él miraba mis tetas, no mis ojos. Me arrodillé un instante, le acerqué los labios a la punta y, justo cuando pensaba que se la iba a chupar, me retiré. Quería hacerme de rogar. Seguí con la mano hasta que el chico tembló entero.
—Túmbate en la cama, cariño. Te has portado bien. Te mereces un premio.
Pensaba que el premio iba a ser meterla en alguno de mis agujeros. Pobre. Me desabroché la blusa sin sujetador, y vi cómo se le partía la respiración. Volví a la mano, esta vez con mis pechos cerca de su polla, sin llegar a tocársela con ellos, jugando con la distancia. Cuando ya no pudo más, le hice levantarse, me senté en la cama y le ordené que terminara contra mi pecho. Su semen me cayó sobre la clavícula y se le escapó un quejido.
—Buen sobrino —murmuré—. Mañana hablamos.
***
A la mañana siguiente bajé a la cocina antes que él. Me había puesto un vestido blanco con un escote tan generoso que cualquiera hubiera adivinado el color de mis pezones a contraluz. No llevaba sujetador, ni bragas, ni nada que mereciera ser apartado. Cuando Iván apareció recién levantado, con el pelo revuelto y la cara hinchada de sueño, me dio un beso de buenos días tan formal que me dieron ganas de reírme.
—Buenos días, tía.
—Buenos días. ¿Café o té?
Me daba la espalda mientras yo movía la sartén, pero notaba sus ojos en mi escote cuando me giraba. No iba a hacerle el trabajo de simular.
—¿Qué te pasa, sobrino? —dije, plantada delante de él—. ¿Mis tetas te han puesto caliente otra vez?
No le di tiempo a contestar. Le bajé el pantalón del pijama y los calzoncillos de un solo movimiento. La polla salió al aire, ya bien empalmada, como si llevara horas esperando la señal.
—Sobrino, creo que esto necesita un tratamiento especial.
Me arrodillé sobre el suelo de la cocina, le metí la polla entera en la boca y empecé a chupársela con calma. Él gimió fuerte, demasiado.
—Tía, qué bien la chupas. Me vas a volver loco.
Eso era lo que yo quería. Volverlo loco, hacerle adicto a mi boca, dejarle marcado para que cualquier otra mujer le supiera a poco el resto de su vida. Le chupé un buen rato, midiendo su respiración. Cuando notaba que estaba a punto, paraba, soplaba aire frío sobre la punta y esperaba a que se le calmara el pulso para volver a empezar. Tres veces. Cuatro. Hasta que las rodillas me empezaron a doler.
—Ahora te toca a ti —dije, levantándome—. Yo me he puesto de rodillas. Devuélveme el favor.
Él se quedó plantado, todavía vestido con la camiseta y nada de cintura para abajo, mientras yo, aún tapada por el vestido, me deshice de la prenda con un movimiento. Llevaba un tanga minúsculo, liguero negro y medias hasta el muslo. Me lo había puesto a propósito, calculado al milímetro, para que se rindiera antes de empezar.
—De rodillas, sobrino.
Obedeció. Aparté el tanga con dos dedos para dejar a la vista el coño depilado al raso, y le agarré de la nuca con la otra mano.
—Cómemelo. Y reza para que me gusten tus modales.
Sacó la lengua y se puso a la tarea. Tenía nociones, no era virgen, pero tampoco era un experto. Le faltaba paciencia y le sobraban prisas. Aun así, encontró un par de puntos buenos y, en contra de mi voluntad, terminé corriéndome con una mano apretada contra su nuca y la otra sobre mi pezón.
—Tía, lo estoy haciendo bien, ¿verdad?
—Eres el peor que me lo ha comido nunca —contesté sin mirarle—. Me corrí por aburrimiento, no por mérito tuyo. Pero me has pillado generosa. Túmbate.
Se tumbó en el suelo de la cocina, la polla apuntando al techo como un mástil. Me acerqué, puse mi coño rozando la punta y me detuve antes de bajar.
—¿Por fin me vas a dejar metértela? —preguntó.
—Por fin yo voy a usar tu polla, cariño. Voy a hacer con ella lo que me apetezca, y tú vas a estar callado.
Bajé despacio, milímetro a milímetro, viendo cómo se le iba la cara. Antes de hundirla del todo, paré.
—Tengo ganas de que me chupes las tetas. De cómo lo hagas depende que esto siga adelante. Si me convences, te doy el coño entero. Si no, te quedas a medio camino y me voy a desayunar.
Le acerqué un pezón a la boca. Lo lamió con una urgencia ridícula, miedo puro, pánico de que le sacara la polla y le dejara seco a centímetros del paraíso. Le dejé hacer un rato. Lo justo.
—Aprobado, justito. Hoy te toca premio.
Empecé a cabalgarle, agarrándome al respaldo de una silla para tener apoyo. Mientras me movía encima de él, no podía dejar de hablarle.
—Inútil de mierda, demuéstrame que no me he equivocado al dejarte meterla.
—Te pareces a tu tío más de lo que crees. Sois el mismo desastre con dos cuerpos diferentes. Chúpamelas, vamos.
Le acerqué los pezones a la boca y se puso a chuparlos como si la vida le fuera en ello. No era un mamador de campeonato, pero lo intentaba. Y a mí, no sé si era el componente sucio de la situación, el insultar a un familiar mientras me lo follaba, o todo a la vez, lo cierto es que estaba disfrutando como hacía meses no disfrutaba. Cambié de postura, le hice ponerse encima, abrí las piernas en un ángulo incómodo para él y cómodo para mí, y le dejé moverse.
Se vino antes de lo que me hubiera gustado. Yo me había corrido un minuto antes, así que le permití el lujo. Cuando terminó, me incorporé en la silla y le miré desde arriba.
—Sobrino, has salido a tu tío. Sois un par de cornudos y unos folladores mediocres. Lo bueno es que tienes margen para mejorar mientras estés en mi casa. Y conviene que mejores. Por ti, no por mí.
Fui al baño a quitarme las marcas de saliva. Él se quedó tumbado en el suelo, con cara de no entender muy bien qué había pasado, ni qué era lo que iba a pasar después.
***
El último día de su estancia, Octavio salió temprano al despacho. Iván seguía dormido cuando entré en su cuarto. Me había puesto una blusa, una falda y nada más. Aparté la sábana y le encontré desnudo, boca arriba, con la verga ya despierta a medias.
—Buenos días, sobrino. Así que duermes desnudo. Útil.
No le di margen. Me arrodillé junto a la cama, le tomé la polla con una mano y empecé a recorrerle todo el largo con la lengua, sin metérmela en la boca. Me desabroché yo misma la blusa, dejé las tetas al aire para que las viera, y volví a la mano.
—Sobrinito, estás de suerte. Me han entrado ganas de que me llenen el coño y ahora mismo solo tengo dos opciones: tu polla o una zanahoria. Me has dado pena, así que te elijo a ti. No estoy convencida de que des más placer que una hortaliza, pero hoy te dejo demostrarlo.
Me quité la falda, me subí a la cama, y le hice agarrarse la polla con la mano para guiarla. Bajé hasta que la sentí entrar y me quedé un instante quieta, dejando que se le pusiera la cara de cordero degollado que tan bien le quedaba. Empecé a moverme.
—Disfrútalo, cariño. Pocas veces vas a tener un coño así de cerca con una polla tan ridícula como la tuya.
Sus manos me fueron al culo y empezó a apretarlo con una urgencia nueva. Me cansé de la postura, le saqué la polla, me bajé y, sin mediar palabra, me levanté hasta sentarme sobre su cara.
—Cómele el coño a tu tía. Y esta vez con ganas.
Sacó la lengua y se puso a darme lametadas largas, profundas, con un entusiasmo que la mañana anterior no había mostrado. Algo había aprendido. Me pilló con la guardia baja y me corrí casi sin darme cuenta, lo que me obligó a inventar una excusa rápida.
—Hoy estoy muy salida, cariño. No te creas que es por ti. Ni siquiera lo haces medianamente bien.
Su polla seguía dura. Era una mañana demasiado tranquila para desperdiciarla. Me tumbé en la cama, abrí las piernas, y le hice ponerse de rodillas entre ellas. Levanté una pierna y se la apoyé en el hombro.
—A ver si por una vez vas a hacer las cosas bien. Quiero correrme. Si lo consigues, te dejo correrte tú. Si no, te quedas a medias, te bajas a desayunar y te aguantas hasta el tren.
Empezó a moverse. Y, contra todo pronóstico, lo hizo bien. Me la metió hasta el fondo, fue subiendo el ritmo, encontró el ángulo. Llegué al orgasmo intentando que no se me notara, y casi lo conseguí. Sus gemidos avisaron a tiempo.
—Si te vas a correr, sácala —ordené—. En el coño no.
Le dolió la orden, pero obedeció. La sacó y se quedó arrodillado encima de mí, meneándosela.
—Abre la boca y ven aquí. Quiero la mitad dentro y la mitad en la cara.
Lo cumplió al pie de la letra. Después se desplomó sobre el costado, jadeando, y yo me levanté a buscar pañuelos sin decir una palabra. Antes de salir del cuarto, le miré por encima del hombro.
—Dúchate antes de bajar. Apestas a mí.
***
Dos horas más tarde Iván se subía a un tren en la misma estación donde le habíamos recogido. Octavio le abrazó como si fuera un hijo. Yo le di dos besos, sin más. La cuñada me llamó al día siguiente para darme las gracias por haberle tratado tan bien al chaval. Le dije que había sido un placer.
En esta vida nada es eterno, y la visita del sobrino de mi marido tampoco lo fue. Pero desde entonces nos hemos cruzado en bodas, comuniones y entierros. Iván siempre encuentra el momento de quedarse a solas conmigo en algún pasillo, bajo cualquier excusa. Y yo, cuando estoy de humor, le humillo de la manera que se me antoja en ese rato, sabiendo que él, lejos de molestarse, vive para esos minutos. Octavio nunca se ha enterado. Y aunque se enterara, tampoco creo que cambiara nada.