Mi prima apareció cuando estaba con mi novia
Cuando Daniela descubrió que había terminado dentro de Carolina aquella tarde, lejos de explotar como yo temía, me obligó a metérsela de nuevo a mi novia con el semen de Mateo todavía escurriéndole entre los muslos. Desde aquel día sus celos se evaporaron. El acuerdo fue claro: cada uno mantendría su vida sexual con la pareja oficial sin renunciar a lo nuestro. Yo podía vaciarme dentro de Carolina cuantas veces quisiera y Daniela tenía vía libre para que Mateo la rellenara cada vez que se vieran.
El pacto funcionó durante meses. El sexo con mi prima seguía siendo único —nada se compara a hundirse sin condón en el coño de la mujer con la que creciste compartiendo veranos—, y al mismo tiempo eliminar el látex con Carolina fue la mejor decisión que tomé en mucho tiempo. Con ella todo era distinto: ternura mezclada con coraje, susurros bonitos intercalados con guarradas crudas y una libertad recién estrenada para experimentar fantasías que llevábamos meses guardándonos.
Daniela también estaba contenta. A Mateo lo apreciaba a su manera: aparte de ser el tipo que le descargaba la semilla a la prima de mis amores, era buena gente. Pero cada cierto tiempo, después de coger, cuando nos quedábamos enredados y agotados, ella sacaba el tema del matrimonio. Un domingo por la tarde fue más insistente que de costumbre.
—Te estás tardando, Andrés. No te voy a esperar para siempre —dijo, y empezó a vestirse para subrayar el dramatismo.
—Tú sabes que quiero estar contigo, primita. Pero hay que planear bien las cosas. Todavía ni siquiera me gradúo —respondí mientras la abrazaba por la espalda y la empujaba de vuelta a la cama. Sin dejarla moverse volví a hundirme en ella.
—Pues demuéstralo —murmuró con un gemido cuando entré completo—. No podemos seguir así para siempre, estamos lastimando a personas que nos quieren de verdad. El plan siempre fue ser tú y yo. No soporto la idea de una vida sin ti —su voz se quebraba a cada embestida.
—Te amo, primita. Vamos a encontrar la forma. Solo ten paciencia —contesté lamiéndole los pezones.
No le mentía. La amaba, aunque también sintiera algo muy fuerte por Carolina. Pero soy un hombre práctico. A veces me odiaba por ser tan calculador, y pensaba que si en serio la amara nos habríamos largado a otra ciudad aquel fin de semana en el que volvimos de la playa después de habernos amado por primera vez. No lo hicimos. Yo pensaba en finanzas, en el qué dirán, en la familia. Estaba seguro de que Daniela, por mucho que me quisiera, terminaría agotada de las carencias y volvería a casa de mis tíos. Las cosas había que hacerlas bien, y eso significaba al menos terminar la carrera.
—Al menos vámonos un fin de semana solos, como aquella vez —pidió, ya con la respiración entrecortada.
—Va, mi amor. El próximo fin de semana podemos irnos a Mazatlán. He ahorrado algo desde que entré al call center.
—Sí, qué rico… te amo —jadeó al venirse, empapándome los muslos.
—Yo te amo a ti, primita —respondí vaciándome dentro de ella.
***
Al día siguiente Carolina puso cara larga cuando le dije que ese fin de semana no podríamos vernos por un «viaje familiar» a Mazatlán.
—¿Por qué no me llevas? —preguntó hundiendo la cara en mi pecho.
—Me encantaría, flaquita, pero ya conoces a mi familia. Aunque tú les caes a toda madre. La próxima, te lo juro.
—Bueno…
—Pero te propongo algo: nos vemos todos los días esta semana y desahogamos las ganas para que no nos extrañemos tanto.
—¡Me parece perfecto! —chilló y empezó a besarme el cuello.
El martes Daniela me cobró la factura por WhatsApp.
—¿Cómo que no nos vemos hasta el sábado?
Le expliqué lo de los exámenes, medio cierto medio adorno, y aceptó de mala gana.
—Pues tú te lo pierdes. Voy a pasarla con Mateo y te veo el sábado.
Anticipé esa respuesta y me obligué a no engancharme. Al menos disfrutaría a Carolina. Para complacerme, ella se había rasurado el vello en forma de corazón. Era una diosa desquiciada y me volvía loco. Sé que está mal, pero cuando le decía «te amo» a cualquiera de las dos, no mentía.
El miércoles invité a Carolina a quedarse a dormir. Mis padres, como siempre, estaban fuera de la ciudad. Iríamos juntos a la facultad por la mañana. Esa pequeña rutina me encantaba; la sentía como la de un matrimonio. Después pensaba en que debería estar viviendo eso con Daniela y la culpa me apretaba el estómago. Pero ya llegaría nuestro momento.
Después de clases comimos en un sitio de tortas y de ahí volvimos a casa. Pasamos al súper por tres botellas de vino, quesos, jamón serrano y aceitunas. Plan fijo: pasar la tarde y la noche viendo películas desnudos y, por supuesto, cogiendo como si fuera la última vez.
***
A las nueve de la noche tocaron el timbre.
Era Daniela.
La erección se me bajó de un golpe. Le pedí a Carolina que se vistiera, hice lo mismo y bajé a recibirla a la sala.
—Prima, ¿qué tal? Qué gusto verte —improvisé tratando de sonar natural. Carolina venía bajando las escaleras todavía acomodándose una camiseta mía de Foo Fighters.
—Bien, primito. ¿Puedo pasar? ¿Están mis tíos?
—No, salieron de la ciudad. Estoy con mi novia, Carolina. Ya te la había presentado.
—¡Prima! Qué gusto volver a verte —dijo Daniela estrechando a Carolina entre sus brazos como si fueran amigas de toda la vida.
¿A qué carajos estaba jugando? Empecé a enojarme por dentro, pero no podía permitirme una sola mueca delante de Carolina.
—Igualmente, prima —respondió mi novia con cierta extrañeza—. Pasa. Tenemos vino, ¿quieres una copa?
—Claro, hace frío.
Carolina subió por la botella. En los segundos en que Daniela y yo quedamos solos, me pasó la mano por encima del pantalón y luego se inclinó como para morderme la verga sobre la tela. Estaba loca. Mi pene reaccionó al instante, duro como una piedra. Cuando escuchamos los pasos de Carolina, Daniela recompuso la postura y adoptó una sonrisa inocente.
—Un Ribera del Duero, ¡qué buenos gustos tienes, Andrés! —exclamó al ver la etiqueta.
—Hey, tengo que confesar que fui yo quien le enseñó algo de enología a Andresito. Antes solo bebía vino de tetrabrik —presumió Carolina.
—Ya, ya —corté—. ¿Vamos a tomar o no? Por cierto, primita, no es que no me dé gusto, pero, ¿qué haces aquí? Pensé que estabas con Mateo.
—Estaba, pero tenía que estudiar para unos exámenes y me aburrí. Decidí venir a verte. Hace mucho que no estamos juntos. Esta belleza te tiene ocupadísimo —dijo tomando de la mano a Carolina y haciéndola girar como si fuera una bailarina. Mi novia se rio.
—Ay, prima, me sonrojas —dijo Carolina—. Pero qué bueno que viniste. Andrés me ha contado mil cosas de ti y siento que no te conozco lo suficiente. Salud —alzó su copa.
—Salud —respondimos Daniela y yo al unísono.
Pedí a Alexa una lista de jazz. La sala se llenó de saxofones lentos.
—Hace un poco de calor —dijo Daniela y se quitó el suéter. Debajo llevaba una blusa blanca de tirantes y los pezones se le marcaban en la tela: no llevaba sostén. Evité bajar la mirada y la fijé en mi novia. Carolina interpretó el gesto como una muestra de fidelidad y se acomodó cruzando las piernas. No llevaba más que calzones bajo mi camiseta —que le quedaba enorme— y dejó al aire los muslos morenos. Carajo.
—Esto está un poco aburrido —dijo Daniela tras vaciar la copa y servir más para todos—. ¿Y si jugamos a algo?
—Sí, gran idea —respondió Carolina pegando todo su cuerpo al mío. Ya sospechaba algo, eso me quedaba clarísimo.
—¿Qué tal «verdad o reto»? —propuso Daniela.
—Excelente —respondió Carolina.
Yo solo bebí. La sentencia ya estaba dictada; mejor disfrutar el viaje al cadalso.
***
—Empiezo yo —Daniela me miró fijo a los ojos—. Primito, te reto a que beses a tu novia.
—Qué aburrida, «prima» —se burló Carolina—. Pensaba que eras más atrevida —y me jaló para darme un beso largo. Me dejé hacer. No tenía idea de hacia dónde iba esto.
—Me toca a mí —siguió Carolina—. Amor, te reto a que beses a tu prima. Si te atreves…
Daniela y yo nos miramos: yo con incredulidad, ella con lujuria. Acercamos los labios y nos dimos un beso tierno pero largo. Después de varios segundos fue Carolina quien nos separó.
—Ya, ya, que me pongo celosa. Te toca dictar el reto, amor.
—Eh… —titubeé. Las dos me miraron expectantes. Decidí jugar con sus reglas—. Carolina, te reto a que beses a mi prima.
—Ahora sí empezó el juego —dijo mi novia, ya visiblemente ebria y caliente.
Miré a Daniela. Hizo un gesto de incredulidad pero recobró el control de inmediato.
—Ven aquí, prima —le dijo a Carolina y la atrajo apoyándole la mano en la nuca. Se besaron largamente. A un costado, yo empecé a acariciarme la verga por encima del pantalón. Cuando se separaron y notaron mis movimientos, las dos rieron.
—Vaya, vaya, amor, sí eres todo un caliente —comentó Carolina—. ¿Te gustó lo que viste?
—Me ha encantado —confesé—. Sigamos.
—Antes de que pase otra cosa —interrumpió Daniela—, ¿les molesta si me quito la blusa? No aguanto el calor.
Nadie dijo nada. Daniela se sacó la blusa de tirantes, dejando al descubierto unos pechos pequeños y perfectos. Tuve que apretar los puños para no abalanzarme a lamerlos.
—Tienes razón, hace calor —dijo Carolina, decidida a no quedarse atrás, y se quitó mi camiseta. Sus pechos pesados cayeron de manera hipnótica. Las dos voltearon a verme.
—Está bien, está bien —cedí y me quité la camisa.
—No, oh —protestó Carolina—. Todo. —Daniela asintió con la mirada. Me quedé en bóxers, con la verga marcando contra la tela negra.
—Bien, amor, así estás perfecto —dijo Carolina y me acarició el abdomen pasando la mano por la erección. Me la liberó y empezó a masturbarme mientras me besaba con los ojos cerrados. Yo mantuve los ojos abiertos para mirar a Daniela: estaba pálida pero excitadísima, observando cómo Carolina me la trabajaba con dedicación, su mano libre acariciándose un pezón.
***
Vació su copa de un trago y se acercó. Jaló a Carolina del pelo —pensé «ya estuvo, problemas»—, pero solo la besó con pasión y luego acercó los labios a mi verga. Empezó a chupármela con coraje, usando los dientes para arañarme el glande, dejando claro que aunque participaba, mi semen seguía siendo suyo. Carolina, lejos de molestarse, me empujó hasta dejarme boca arriba, se quitó las bragas y se sentó sobre mi cara. Empecé a lamerle los labios y el clítoris mientras Daniela seguía mamando.
Era el mejor día de mi vida.
Pasamos así un buen rato. Los jugos de Carolina me escurrían por la barba; la saliva de Daniela me empapaba la verga. De pronto Daniela se la sacó de la boca y se montó. Entré en pánico —no esperaba que Carolina lo aceptara—, pero ella, sentada en mi cara, ni se enteró. Hundirme en mi prima siempre era una delicia. Me cabalgó con furia, con todo el peso de los últimos meses cayéndole encima.
Entre el vino y la confusión retrasé mis sensaciones. Estaba seguro de que aguantaría lo suficiente para complacer a las dos. Daniela me cogió largo rato y yo seguí lamiendo a Carolina hasta que los celos —o la calentura— hicieron que mi novia me apartara la cara, empujara a Daniela y se acomodara debajo, jalándome a ella en posición de misionero. Empecé a bombearle, loco de placer.
—Dame toda tu verga al natural, amor, como nos gusta —gritaba Carolina, marcando territorio. Pensé que Daniela explotaría, pero al alzar la vista la vi en el otro sillón, masturbándose con furia mientras me veía penetrar a otra mujer sin condón.
Sentí las contracciones de Carolina y supe que estaba a punto. Concentré los sentidos. Listo para vaciarme dentro de mi novia frente a mi prima.
—Échamelos adentro, Andrés, donde van —gimió Carolina y me cerró brazos y piernas alrededor del cuerpo. Aunque hubiera querido escapar, ya no había salida. Eyaculé con fuerza dentro de ella, sosteniendo la mirada de Daniela, que se vino al mismo tiempo. Los tres nos quedamos quietos. Salí cuando ya estaba flácido. Solo atiné a servir tres copas más.
***
Nos sentamos desnudos en la sala, en silencio. Fue Daniela quien rompió el aire:
—Salud por la familia y por el amor —dijo con lujuria y un fondo de rencor.
Las dos se acomodaron a mi lado y recostaron la cabeza en mi pecho. La sala olía a sexo: a semen, fluidos, sudor. La respiración de Carolina se volvió pesada en pocos minutos: se había quedado dormida después de coger, como era su costumbre. Daniela también lo notó. Recosté con cuidado a mi novia en el sillón y volqué la atención a mi prima. Me puse de pie, con la verga nuevamente erecta, y le tendí la mano. La coloqué en cuatro sobre el otro sillón y la penetré sin avisar. Seguía húmeda. Cogimos en silencio hasta que me vacié otra vez. Para haber acabado hacía un rato, expulsé bastante.
—Esto no se acabó, cabrón —me susurró al oído besándome los labios—. Acuérdate: te puedes coger todo lo que quieras a esta putita, pero conmigo te vas a casar.
Desperté con ternura a Carolina y los tres subimos al cuarto. Dormimos desnudos, una mujer a cada lado.
A la mañana siguiente nos levantamos para ir a la facultad. No hablamos de lo sucedido, pero el trato fue cordial. Daniela se fue en su coche y se despidió de cada uno con un beso suave en los labios.
De camino, Carolina iba cambiando de canción en Spotify hasta encontrar una de Foo Fighters. La cantó a todo pulmón. Estaba contenta.
—Deberíamos pasar más tiempo con tu prima, amor. Me cayó a toda madre —dijo, como si la noche anterior hubiera sido una inocente partida de cartas.
Sus deseos estaban a punto de cumplirse. Esa misma tarde Daniela y yo acordamos invitar a nuestras parejas al fin de semana que ya teníamos planeado en Mazatlán y pasar unos días de sexo sin límites, ya con todos involucrados.