No puedo acostarme con mi novio sin mi hermano
Hay una idea que me carcome el cerebro desde hace varios días.
Hasta que cumplí veintitrés años el pasado doce de septiembre, había tenido dos novios. El primero solo cuenta a nivel estadístico: me presentó al sexo con otro ser humano que no fuera yo misma y poco más. Al segundo lo quise, sin amor incondicional ni dramas, pero me hizo daño cuando me engañó con otra. Esa fue la razón de la ruptura.
Mi hermano Mateo, apenas tres años mayor, intervino entonces para ayudarme a cerrar el capítulo. Lo hizo desde un lugar tan desinteresado que algo se desplazó dentro de mí. Empecé a mirarlo de otro modo, más como pareja ideal que como sangre de mi sangre. La confianza ya estaba ganada, el amor también, y la línea que nos separaba era demasiado fina para resistir el primer empujón.
Así caímos en una relación incestuosa. En lo demás, nadie nos distinguiría de cualquier otra pareja: hablamos de planes, de viajes, de nada y de todo, peleamos por la cuenta del supermercado. Solo en el sexo nos jugamos todo. Si alguien lo descubriera, ahora que se cancela hasta a quien estornuda mal, estaríamos crucificados. Si lo descubrieran nuestros padres, el destierro sería inmediato.
El día de mi cumpleaños número veintitrés cambió todo.
La noche anterior, como regalo de aniversario, Mateo me organizó un trío con un desconocido, justo lo que le había pedido semanas antes. El tercero se llamaba Diego, era encantador, atractivo, y a mí me gustó desde el saludo. Pero seguía siendo un completo extraño.
La primera vez que fue a metérmela, lo intentó con preservativo. Yo no quería condón. Diego dijo que solo se animaba a ir a pelo con su novia de turno, que en ese momento estaba soltero y que solo se relajaría conmigo si aceptaba ser su pareja. Inteligente, atractivo, con un cuerpo de gimnasio sin caer en lo grotesco y un trabajo que le pagaba todas las cuentas: era un chollo para cualquiera. La única pega era que me sacaba ocho años.
Los condones nunca me han gustado. Es más imprudente cruzar una avenida cualquiera que olvidarse de uno con un tipo que se cuida. Esa idea no se me ocurrió en ese momento, ya la tenía masticada de antes, así que acepté ser su novia. Lo dije con la boca pequeña, solo para salir del paso.
Lo curioso fue que, en algún momento de la noche, Diego descubrió que Mateo y yo somos hermanos. Dijo que el parecido era evidente, aunque casi nadie lo notara. No le importó lo más mínimo. Punto a su favor.
Esa noche dormí con él en su propia casa. Mateo se acomodó en el cuarto de invitados. Desperté antes que Diego y lo observé un buen rato mientras seguía con los ojos cerrados. Ahí lo vi distinto: lejos del aplomo y la chispa de macho alfa de la cena anterior, ahora me parecía blando, casi tierno. Pensé que valía la pena seguir el juego y ver hasta dónde nos llevaba.
Me invadieron entonces ciertos derechos: poder disponer de su cuerpo, en especial de su atributo central. Lo tomé con la mano y lo masajeé despacio, sin prisa. Después lo metí en la boca y le dediqué una felación corta. Diego se despertó cuando aquello empezaba a endurecerse. La sorpresa fue grata para él. Una cosa llevó a la otra y quería cogerme como un animal. Yo también lo quería, pero con Mateo participando.
A ojos de cualquiera, eso no tendría sentido. Lo lógico era no engañar al novio nuevo, aunque la relación no llegara a las doce horas. En ese momento yo pensaba que era a Mateo a quien iba a engañar. Cuernos filiales, podríamos decir. Esa no fue la razón que le di a Diego. Le dije que estaba hambrienta, que con uno solo no me alcanzaría y que con los dos había descubierto la doble penetración.
Diego aceptó, fui a buscar a Mateo y el resultado fue más de una hora cogiendo como conejos.
Me salto los detalles porque aquello no era más que la punta del iceberg, el principio de lo que ahora me nubla el juicio.
***
Por la noche, durante la fiesta que organicé en casa con mi círculo más cercano, presumí de novio nuevo en cada esquina. Mis amigas lo miraron como un trofeo. Mis amigos lo trataron con esa mezcla de envidia disimulada y respeto reservada a los tipos que ganan demasiado bien y se ríen sin ensayar. Diego se movía como pez en el agua entre desconocidos.
Mi amiga Camila fue la primera en pecar.
—Espero que no te enojes —empezó—, pero tu chico está como para entregárselo todo. Si no fuera tuyo, le dejaría hacer conmigo lo que se le diera la gana.
De cualquier otra me habría dolido. De Camila no. Ella siempre habla así, sin filtros, como si su lengua corriera dos pasos delante del cerebro. Lo extraño es que no sentí ni un asomo de celos. Después de haberlo compartido dos veces con mi hermano en menos de veinticuatro horas, no tenía sentido tenerlos.
—Inténtalo si tanto te motiva —respondí—. Por mí no hay problema, si él acepta. Digamos que somos una pareja liberal.
La cara de Camila fue digna de fotografía. Me miró fijo, buscando en mis ojos la señal de que estaba bromeando. No la encontró. Me dio media vuelta y se mezcló otra vez con los invitados, fingiendo que la conversación nunca había pasado.
Diego vino a mí al rato, perplejo. Dijo que Camila lo había encarado a fondo, asegurando que contaba con mi permiso. Le confirmé que era cierto y le solté el resto.
—Tú y yo arrancamos esto de cualquier manera anoche. Repetimos esta mañana. Si me compartiste con otro, aunque sea mi propio hermano, significa que eres de mente abierta. A mí me conviene. No quiero un novio celoso ni posesivo. Pretendo seguir esa misma regla y disfrutar de la libertad que te otorgo. Sé que no es habitual empezar una relación con condiciones, pero necesito una historia opuesta a la que tuve hace poco.
Diego sonrió como un chico al que le acaban de regalar la bicicleta. Me besó los labios y dijo que era la mujer de su vida. Me dio risa: respondió como respondería cualquier hombre al que le firman carta blanca.
Aclarado el punto, confirmó que iba a echarle un polvo a Camila ahí mismo, esa misma noche. Le di un beso y le deseé que la pasara bien. Pero el morbo me empezó a trepar por la espalda como un animal pequeño y le propuse otra cosa.
—No vayas a creer que me estoy retractando —le susurré—. Pero me va a quemar el cerebro saber que le estás dando a otra lo mismo que yo deseo. Y tampoco quiero que se sepa lo nuestro. Camila, si se entera, mañana lo cuenta en grupo abierto.
Diego se encogió de hombros. No entendía hacia dónde iba.
—Podemos hacer lo siguiente —seguí, bajando la voz—. Le dices a esa pícara que tienes gustos peculiares, y que uno de ellos es coger con los ojos vendados. La llevas a mi cuarto y yo subo después con mi hermano al suyo. La idea es que entre los dos nos cojan a las dos. Si se intercambian discretamente, ella ni se va a dar cuenta.
—No entiendo esa manía de meter a tu hermano en cada ecuación —contestó Diego, con el gesto torcido.
Yo misma estaba empezando a inquietarme con esa misma fijación. Por qué Mateo tenía que estar siempre que hubiera sexo de por medio. Entonces se me encendió una lucecita: no era el miedo a engañarlo, no era ponerle los cuernos como si fuéramos pareja convencional. Era que él era el único en quien podía confiar al cien por cien. El único que me daba entrega total. Hasta conocer a Diego, no había tenido ningún motivo para compartir a mi hermano con otro.
Esa lucecita la guardé para mí. A Diego le di un argumento más teatral.
—¿Te acuerdas de esa escena de comedia en la que un tipo tiene cita para cenar con dos chicas, al mismo tiempo, en mesas distintas, y va y viene poniendo excusas idiotas? Camila no se va a enterar si se intercambian uno por otro. Y para eso tienen que ser dos.
Diego fingió que pensaba. Después, que se enojaba. Después, que dudaba. La secuencia me dio ternura: parecía necesitar un empujón.
—No lo pienses más y ve a buscarla —le dije, y le di una palmada en el culo a modo de impulso—. Yo voy a por mi hermano y subimos en un par de minutos.
Solo me faltaba un detalle: que el resto no se diera cuenta. Le expliqué a otra amiga que Camila se había sentido mal, que la subiríamos a mi cuarto, que Diego tenía conocimientos médicos básicos y que mi hermano nos acompañaba por si acaso. Le pedí que vigilara que nadie subiera al piso de arriba. En este tipo de fiestas siempre hay una pareja que busca rincón para desfogarse, y eso no me convenía.
Cuando terminé la conversación, Camila y Diego ya habían subido. Mateo poco después. Pasé de puntillas por el pasillo y los espié dos segundos. Camila estaba sentada en el borde de mi cama, completamente desnuda, con los ojos vendados y la boca alrededor de Diego, que la observaba desde arriba. Me froté el clítoris por debajo de la falda hasta que las ganas de tener una verga adentro me obligaron a entrar al otro cuarto.
***
Mateo estaba esperándome con los pantalones a la altura de los muslos y la verga apuntando hacia la puerta. Me arrodillé frente a él, la tomé con ambas manos y rodeé el glande con la punta de la lengua. Estaba tan dura que se notaban las palpitaciones. Pobre, casi en taquicardia. Le acaricié el tronco mientras la lengua y los labios trabajaban arriba.
Cuando ninguno de los dos aguantaba más, me levanté, nos desnudamos y me tendí en la cama con las piernas flexionadas y muy abiertas. Mateo se arrodilló entre ellas, apoyó el glande en la entrada y empezó a entrar hasta que las pelotas rozaron mis ingles. Gemí bajo, conteniendo los decibeles. Era poco probable que Camila me oyera con lo que estaba haciendo, pero por las dudas.
Mi hermano se movía con ganas. Yo le clavaba las uñas en las nalgas y tiraba hacia mí para que cada embestida fuera más profunda. En cinco minutos me corrí, mordiéndome el labio inferior para no gritar.
—Ahora ve con la otra —le susurré—. Ya quiero a Diego adentro. Pero ponte un condón. Diego seguro que está usando uno. No es cuestión de que ella note el cambio.
Mateo asintió. Nos paramos, fuimos de la mano por el pasillo y entramos al otro cuarto. Camila estaba en cuatro, recibiendo a Diego como si tuviera prisa. Le hicimos gestos para que se apartara y mi hermano ocupara su lugar.
Diego, recurriendo a su talento para improvisar, fingió una tos repentina, bajó de la cama, y Mateo lo reemplazó pocos segundos después. Camila, ajena al cambio, lo recibió suplicando que la partiera al medio. Yo no quería seguir mirando. Tomé a Diego de la mano y lo arrastré a mi cuarto.
Apenas entramos, corrí hasta la cama, me puse en cuatro y le pedí que se sacara el condón.
—Quiero que me des por el culo —le dije girando la cabeza, con los ojos lo más tiernos que pude poner—. No es una imposición. Pero me gustaría que a ella no se lo hagas. A ella solo por delante.
Diego lo tomó como un capricho, una muestra de exclusividad. Se arrodilló detrás de mí, apoyó el glande y gemí como una golfa a medida que entraba. El placer se construía solo. Mis intentos por callarme eran titánicos. En el sexo soy escandalosa, lo reconozco. Tener que contenerme me sorprendió: descubrí que canalizar esa tensión por otro lado era estúpidamente excitante. Mis movimientos se volvieron más desesperados, y eso desembocó en un orgasmo que no recordaba, ayudada por mi propia mano sobre el clítoris.
—Me volviste loca —le susurré al oído—, pero acuérdate de que tengo la exclusiva.
Le puse en la mano un preservativo del cajón, le di una palmada en el trasero y le pedí que volviera con Mateo y se intercambiaran sin que se notara.
La secuencia se repitió un par de veces más, hasta que se me prendió otra idea perversa. Esperé a estar saciada, después del tercer orgasmo, para soltarla.
—Ahora que esto recién arranca entre nosotros —murmuré, mordiéndole el lóbulo—, me parece que es momento de cimentarlo. Sobre todo para que yo vea que soy algo más que un capricho. —Diego suspiró. No supe si por desgano o hartazgo, pero seguí—. Estaría bueno que te aflojaras con mi hermano. Esa especie de inquina no la entiendo.
—Yo no le tengo inquina —respondió. Le tapé los labios con dos dedos.
—Llámalo como quieras. El punto es que no te molestó compartirme con él cuando para ti era un desconocido. Y fue bueno para los tres. Vi complicidad. Quiero ver eso mismo, pero en otras condiciones.
Diego me besó. Yo intuía que estaba intentando suavizar el reproche que oía donde no lo había.
—Suelta lo que se te ocurrió —dijo acariciándome el pelo—. Lo voy a hacer. Considéralo aporte a esos cimientos.
—Quiero ver cómo le dan por el culo a Camila entre los dos —dije, y volví a sellarle los labios para que no me cortara—. Olvídate de lo que te dije antes. Por turnos, claro. Y lo mejor es que también la prives del oído. Imagino que evitaron hablar mientras la cogían, así que no te debe haber reconocido la voz, pero por las dudas. Ponle auriculares con música. Sorpréndeme con tu improvisación.
Lejos de protestar, Diego aplaudió la idea. Le pareció arriesgada y digna de su lista de hazañas. Le di los auriculares de mi hermano, esos enormes que parecen una tercera cabeza cuando se los pone, y los conecté por bluetooth a la computadora. Puse una lista de los Pixies, descubrimiento reciente.
El relevo con Mateo fue sencillo. Cuando llegamos al cuarto, Camila estaba en cuatro al borde de la cama y Mateo le estaba dando con todo. Le hicimos gestos para que se corriera a un costado.
—¿Probaste alguna vez el sexo audiotántrico? —le preguntó Diego a Camila.
Ella respondió que no. Yo tuve que contener la risa. Mateo no entendía nada.
—Consiste en aislarse también del oído —siguió Diego con su disparate—. La idea es concentrarte solo en las sensaciones.
Camila aceptó como si fuera dogma. Volví a contenerme y le expliqué a Mateo. Asintió, también aguantando la carcajada.
Con Camila inmersa en el País de las Maravillas, Diego se puso un preservativo y la penetró por delante. Después la sodomizó como si le debiera plata. Camila intentaba ahogar los gritos. No le convenía que la pillaran ahí en esa situación.
Después del primer turno, Mateo lo reemplazó y se empleó con la misma energía. Salvando distancias, la escena me recordó otra tarde en la que mi hermano había hecho lo mismo con otra amiga, en circunstancias parecidas.
La afortunada Camila tuvo dos pollas durante al menos veinte minutos sin saberlo. Era hora de cerrar. Tomé a Mateo de la mano y lo arrastré al otro cuarto. Lo tendí en la cama, me arrodillé al lado y le hice una felación hasta ordeñarlo y tragarme la leche.
Nos vestimos y pasamos delante del otro dormitorio. Camila estaba sentada en el suelo, apoyada de espaldas en la cama. Diego, parado frente a ella, terminaba derramándole el semen en la boca. Sonreí porque él también sonreía, y tiré de mi hermano para volver con el resto.
***
Todos andaban inquietos. La noticia del supuesto desmayo de Camila había corrido como pólvora. La inquietud se transformó en alivio cuando dijimos que ya estaba recuperada. En ese momento bajó ella, del brazo de Diego, visiblemente satisfecha. Solo Mateo y yo sabíamos el motivo de tanta felicidad.
Más tarde, con casi todos en el jardín y la mayoría en la piscina, Camila me agarró del brazo y me llevó a un rincón.
—Eres la zorra más afortunada del planeta —me dijo, con admiración mal disimulada—. No te imaginas cómo coge tu chico. Se nota que tiene mundo, es infatigable. Si lo pasas con él la mitad de bien que lo pasé yo, puedes darte por dichosa. Ya quisiera yo un Diego en mi vida. En ese plan, me lo prestas de vez en cuando.
Vi que iba camino al kamikaze y le pisé el freno antes de que se estrellara.
—No sigas, Camila. No sigas porque después no se puede arreglar. Una cosa es que yo sea liberal, otra muy distinta es que me tomes por idiota. Confórmate con esta vez. Lo voy a olvidar porque somos amigas, pero que no te vea ni siquiera coqueteando con Diego nunca más.
Camila captó el mensaje, se disculpó y prometió cumplir lo que era, en realidad, una amenaza.
***
La moraleja del cuento no es la de Camila. Lo de Camila solo me hizo ordenar lo que ya rondaba. Mi apego sentimental a Diego era cero esa noche, pero eso no significaba que pensara regalarlo. Mucho menos a una loba. Veinticuatro horas habían bastado para verle potencial. Era un diamante en bruto, y los diamantes hay que tenerlos bien guardados.
La idea que me carcome es otra y tiene forma de pregunta. ¿Tengo que ir aflojando las riendas del apego que tengo con Mateo? Diego tiene parte de razón, aunque no me hago la pregunta por él. Nunca lo voy a poner a la altura de mi hermano. La duda es si ese apego me va a pasar factura en otras zonas de mi vida. Tengo claro que la relación incestuosa va a tener que terminar en algún momento. Quizás convenga hablarlo. Quizás convenga bajar una marcha cada tanto. No lo sé. Ni siquiera sé cómo encarar el tema con él.