La consulta privada que me pidió mi sobrina
En veintidós años de profesión aprendí algo simple: la familia y el consultorio no se mezclan. Soy ginecólogo, y con el tiempo me convertí en uno de los nombres a los que se acude cuando aparece un diagnóstico raro o un caso difícil. Trabajo desde hace una década en una clínica de fertilización en pleno centro y, por las tardes, atiendo en mi consultorio privado sobre la avenida Pueyrredón. A las tías, primas y sobrinas siempre las derivé a colegas de confianza. Con la familia uno no juega.
Tengo cuatro hermanos y nueve sobrinos, seis mujeres y tres varones. Nos vemos dos o tres veces al año, en cumpleaños, alguna comunión, algún casamiento. Cumplí cincuenta hace dos meses, tengo dos hijas adolescentes y un matrimonio que aprendió a sobrevivir en silencio. Con mi mujer hace tiempo que dejamos de exigirnos cosas que ninguno iba a dar. Ella tiene su rutina, yo tengo la mía, nadie se mete en nada y la casa funciona. A esa altura, llamarlo amor habría sido mentirnos.
Hace un mes, después de la confirmación de mi sobrino menor, hubo una reunión en la casa de mi excuñada. Mi hermano se había separado de ella años atrás, pero la familia siguió queriéndola, y ella seguía abriendo las puertas de su casa para cada festejo. Yo estaba a un par de copas de inventarme una excusa y rajar de ahí, cuando entró Lucrecia.
Lucrecia es la mayor de mis sobrinas. Veintisiete años, abogada, divorciada hacía dos. La vi cruzar el living con un vestido cortado al sesgo que se le pegaba a las caderas, los tacones sonando contra el parqué, y un tatuaje finito de una luna creciente que le subía por el muslo izquierdo cada vez que el tajo del vestido se abría. Tenía la piel tersa, el pelo recogido en un rodete flojo y los labios pintados de un rojo que parecía decidido a llamar la atención.
Nos saludamos en la cocina. Me dio dos besos, me apretó el brazo. Me contó que tenía una hija de cuatro años, que se había separado «en muy malos términos» y que estaba intentando recuperar el aire. Hablamos dos minutos. En esos dos minutos me costó horrores no bajarle la mirada al escote ni quedarme mirándole la boca cuando terminaba las frases.
Es tu sobrina, Mateo. Bajá los ojos.
Me fui antes del postre. Inventé una urgencia en la clínica, una posible operación. Cuando le di el beso de despedida, le pasé la mano por el hombro desnudo y, durante un segundo demasiado largo, sentí su perfume y su piel humectada. Si no hubiese sido mi sobrina, me dije bajando las escaleras, esa noche no me iba solo.
***
Tardé semanas en sacarme a Lucrecia de la cabeza. Volví a casa con la libido encendida, después de meses de matrimonio limpio y cordial. Me la imaginaba arrodillada, me la imaginaba sobre el escritorio, me la imaginaba haciendo cosas que no se imaginan con una sobrina. Me sentía un viejo cerdo, y al mismo tiempo no podía parar.
Y entonces, una mañana de jueves, me llegó un mensaje de un número que no tenía agendado.
«Tío, sé que no atendés a la familia, mamá me lo dijo mil veces. Pero creo que no hay nadie mejor que vos para esta primera consulta y, si querés, después me derivás a quien te parezca. Gracias por entender. Beso, Lu.»
Leí el mensaje en el consultorio, entre dos pacientes. Se me secó la boca. Se me puso dura sin tocarme. La idea de tenerla sentada del otro lado del escritorio, sola, con la puerta cerrada, ya era una fantasía que ningún ginecólogo en sus cabales debería estar acariciando.
Me obligué a no responder en caliente. Esperé veinte minutos, fui al baño, me lavé la cara, miré el espejo. Después contesté.
«Lu, hoy tengo la agenda completa. Mañana estoy en el hospital. Pasado mañana a las catorce te puedo recibir en el consultorio. Si es algo urgente, decime y te hago un lugar antes. Beso.»
Su respuesta llegó en menos de un minuto.
«No es urgente, tío. Pero me siento medio idiota con lo que te voy a contar. Quedé muy sola después del divorcio y, sinceramente, no hay nadie mejor que vos para ayudarme.»
«No te preocupes, Lu. Te espero pasado mañana.»
Las cuarenta y ocho horas siguientes fueron interminables. Atendía pacientes, escribía informes, dictaba indicaciones, y por debajo de todo estaba ella. Su perfume, el tatuaje, los labios. Pensaba en el escritorio, en la camilla, en la puerta que tenía pestillo desde adentro.
***
Llegó puntual. Catorce en punto. La recepcionista la hizo pasar y, cuando entró al consultorio, sentí que el aire se volvía más espeso.
Venía con un ambo color crema, una camisa apenas abotonada y una pollera tubo que le marcaba las caderas hasta el último gramo. Los tacones le levantaban el culo de una manera tan deliberada que costaba creer que fuera casualidad. Los labios, otra vez, del mismo rojo furioso de aquella tarde.
Le señalé la silla frente al escritorio. Se sentó cruzando las piernas, y la pollera subió lo justo para que el tatuaje de la luna asomara como una promesa.
—Contame, Lu —le dije, intentando que la voz me saliera profesional.
Empezó por el principio. Por el matrimonio. Por el ex.
—Vivía en el infierno, tío. Te lo digo así, sin vueltas. Me drogaba. Me hacía tener relaciones con sus amigos, con desconocidos. Una vez, en un hotel, se escondió detrás de las cortinas y me obligó a hacerle sexo oral a un botones que él mismo había llamado al cuarto. Perdón, Mateo, me da una vergüenza terrible contarte esto.
Se quebró. Se inclinó sobre el escritorio y empezó a llorar. Las tetas, dentro de esa camisa apenas abotonada, se le movían con cada sollozo. Y yo, que debería haber estado pensando en derivarla a una colega y a una psicóloga, lo único que podía hacer era mirar.
Me levanté y fui hasta su silla. Me agaché a su lado, le pasé un brazo por la espalda, le ofrecí pañuelos. Pensé en la palabra terapia. Pensé en el contacto de Mariana, una colega excelente que trabaja casos así. Pensé todo lo que un médico debe pensar.
Y al mismo tiempo se me había puesto dura como una piedra.
Lucrecia se incorporó despacio, me miró a los ojos y me abrazó. Sentí sus tetas contra mi pecho, su corazón golpeando rápido. Apoyó la cabeza en mi hombro.
—Mateo, hace cuatro años que no estoy con nadie. Tengo miedo de haber quedado lastimada por dentro. Tengo miedo de que me duela como con ese hijo de puta.
—Tranquila, Lu. Estas heridas las cura el tiempo y el cuidado. Lo que necesitás es una terapia interdisciplinaria, no solamente un control ginecológico. Tengo a Mariana, una colega buenísima, te paso el contacto.
Mientras yo hablaba, ella había dejado de mirarme a los ojos. Estaba mirando, sin disimulo, el bulto que se me marcaba en el pantalón. Después volvió a mi cara.
—Entonces, ¿no me vas a revisar, tío?
Y empezó a desabrocharse la camisa.
***
—Lu, no —dije sin mucha convicción.
No me hizo caso. Se quitó el saco del ambo, lo apoyó en el borde de la camilla, se desabrochó el último botón de la camisa y la dejó caer hasta los codos. Después soltó el cierre de la pollera y la dejó bajar por sus piernas hasta el piso.
El conjunto que llevaba debajo era de encaje con transparencia. Los pezones se le marcaban como dos botones duros bajo la tela. La tanga, también transparente, dejaba ver un triángulo diminuto de vello apenas insinuado.
—No hay nadie mejor que vos para saber si tengo algo grave —me dijo, sin mover los ojos—. Si después querés, me derivás. Pero hoy quiero que me revises vos.
Llevó las manos atrás, soltó el broche del corpiño y dejó las tetas al aire. Eran redondas y pesadas, los pezones rosados, erguidos por el frío del consultorio. Se mordió el labio sin darse cuenta. Después bajó la tanga hasta los tobillos y se la sacó con un movimiento elegante de los pies.
Quedó completamente desnuda en mi consultorio, con la luz blanca cayéndole desde arriba.
—Tranquilo, Mateo. Esto queda entre vos y yo.
Se subió a la silla de exploración, apoyó cada pierna en su estribo, se reclinó hacia atrás. Por primera vez le vi la concha entera, depilada salvo ese triángulo pequeño, los labios brillantes de humedad. El ano marcado, oscuro, un botón apretado.
Me puse los guantes de látex. Las manos me temblaban un poco. Tomé el estetoscopio y le pedí que respirara hondo. Apoyé el diafragma frío contra el pecho, se le erizó la piel, los pezones se le pusieron todavía más duros.
—Inhalá despacio, Lu. Exhalá.
Lo hizo. En la exhalación se le escapó un sonido dulce, prolongado, que no tenía nada que ver con un examen médico.
Bajé la inclinación de la silla y empecé con la palpación. Le toqué las tetas con criterio profesional, palpando los cuadrantes uno por uno, pero al mismo tiempo disfrutando como un perro la firmeza, el peso, el calor. Lucrecia se mordía el labio inferior para no hacer ruido.
Bajé al abdomen. Tenía el vientre plano, con una línea fina de cesárea apenas visible. Cuando rocé la zona del pubis, ella separó un poco más las piernas sin que yo se lo pidiera.
—¿Está todo bien, doctor? —me preguntó con una voz que ya no era de paciente.
—Por ahora sí —dije—. Voy a mirar.
Acerqué la lámpara, separé los labios con dos dedos. Estaba empapada. Cualquier pretexto profesional se me había caído al piso hacía rato. Le pasé el pulgar, suave, sobre el clítoris. Ella tembló entera.
—Voy a acercar la cara —dije, ya en voz baja—. A veces el olor también dice cosas.
Me incliné. Su mano cayó sobre mi nuca y empujó. No fue un empujón tímido. Fue una orden. Tiré la lámpara hacia el costado y le hundí la lengua hasta lo más profundo que pude.
Lucrecia gritó como si llevara cuatro años esperando ese grito.
***
Le comí la concha como si fuera mi última comida. Le chupé los labios, le tiré del clítoris con los labios, le metí dos dedos mientras la lengua trabajaba arriba. Ella me tiraba del pelo, me apretaba la cabeza contra ella, levantaba las caderas. En menos de tres minutos estaba acabando.
—Me vengo, tío, me vengo —dijo entre dientes, y todo el cuerpo se le tensó como un arco.
Sentí los espasmos en los muslos, en el vientre, en las paredes apretándome los dedos. Seguí lamiendo despacio hasta que se aflojó.
Cuando me incorporé, me bajé el pantalón y la ropa interior de un solo movimiento. La tenía durísima. Lucrecia abrió los ojos y, por primera vez, vio mi pija. Estiró una mano y la rodeó.
—Está hirviendo —murmuró—. Tío, andá con cuidado, hace cuatro años que nadie me toca.
Me acordé de eso. Me acordé del «me duele». Empujé despacio, apenas la cabeza, tanteando. Entró fácil, lubricada como estaba. Lucrecia gritó y cruzó las piernas detrás de mi cintura, presionándome para que la metiera entera.
Quedamos pegados unos segundos, sin movernos. Me incliné, le mordí un pezón, después el otro. Empecé a moverme con un ritmo lento, dejando que se acostumbrara. Ella me clavaba los talones en el culo, marcaba el ritmo desde abajo.
—Más fuerte, Mateo —pidió—. No me voy a romper. Más fuerte.
Le hice caso. Me apoyé en los estribos para tener mejor ángulo y empecé a coger en serio. Con una mano le acariciaba el clítoris mientras la otra se le apretaba contra una teta. Ella, debajo, se transformaba: los ojos se le cerraban, la boca se le abría, las uñas me marcaban los antebrazos.
—Cogeme más fuerte, hijo de puta —dijo en algún momento, y lo dijo con una sonrisa que no era de víctima.
La saqué entera, le rocé el clítoris con la cabeza, ella la volvió a empujar adentro de un movimiento. Hicimos ese juego tres o cuatro veces, hasta que volvió a acabar, esta vez con un grito largo y sostenido que me hubiese tirado al piso a cualquiera.
—Dame más, tío. No pares.
***
La saqué otra vez y le apoyé la cabeza contra el ano. Estaba marcado, dilatado por el deseo, pero todavía cerrado. Le mojé el agujero con sus propios jugos, le pasé un dedo, después dos. Ella suspiraba y movía las caderas, pidiéndome.
—Lentito, Mateo, lentito.
Le hice caso. Empujé despacio. El ano se abrió de a poco hasta que la cabeza pasó. Lucrecia me agarró de las muñecas y me clavó los dedos. Me quedé quieto, esperando que se acostumbrara. Tenía miedo de acabar al primer movimiento.
Cuando empezó a soltar el aire, retomé el movimiento. Despacio al principio, después un poco más fuerte. Le pellizqué los pezones y la sentí cerrarse y abrirse alrededor de mí.
—Rompémelo, tío —me dijo, los ojos brillantes—. Hacía mucho que no sentía algo así. Llenámelo de leche.
Volvió a acabar, esta vez con el cuerpo entero sacudiéndose. Yo estaba al borde y se me notaba. Saqué la pija del culo y se la acerqué a la boca.
—¿Adónde la querés? —le pregunté.
—Donde quieras, Mateo —dijo, y se inclinó hacia adelante para tragarme.
Me la tomó hasta la garganta, sin asco, sin prevenciones. Me agarré de su nuca, sin apretar mucho, y la dejé hacer. Ella subía y bajaba con la lengua trabajando todo el largo, con la otra mano se acariciaba el clítoris. Acabé con tres chorros largos que tragó sin dejar de mirarme.
Después se quedó unos segundos jugando con la cabeza entre los labios, sacándole hasta la última gota.
***
Cuando se incorporó, le temblaban las piernas. Me dio un beso en la boca, con sabor a mí y a ella mezclados. La abracé, todavía agitado, y me quedé un rato así, callado.
—No tenés nada, Lu —le dije al final, profesional otra vez por costumbre—. Después te paso un colega para los estudios de rutina.
Sonrió. Por primera vez en toda la tarde, fue una sonrisa entera, sin fondo de tristeza.
—Esto queda entre vos y yo, tío. Ni mi vieja ni nadie van a saber siquiera que vine al consultorio.
—Las puertas están abiertas, Lu —le dije, y sentí el peso de la frase mientras la decía—. Cuando quieras consultarme algo, venís.
Se vistió despacio, sin apurarse. Antes de salir se dio vuelta en la puerta.
—Nos vemos pronto, Mateo. Sabía que para mi problema no había nadie mejor que vos.
Cerró. La oí saludar a la recepcionista con la voz más dulce del mundo. Yo me quedé de pie, mirando la silla de exploración vacía, sintiendo todavía el olor de su perfume pegado al consultorio.
Esto no se hace.
Pero sabía que iba a volver. Y sabía que iba a abrirle.