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Relatos Ardientes

Mi prima desaparecida me escribió por TikTok

Vivo en Querétaro y tengo veintinueve años. Soy callado, tirando a robusto, llevo barba corta y casi no aparezco en redes sociales. Trabajo en una bodega de logística y mi vida es bastante predecible: turno de mañana, regreso a casa, series y a dormir. Por eso lo que voy a contar me sigue pareciendo irreal, aunque pasó hace solo unas semanas.

Mi prima Marisela tiene treinta y cuatro años. No es lo que uno llamaría una belleza convencional: caderas anchas, tetas grandes, sonrisa cansada. Está casada con un tipo que conocí dos veces y que nunca me cayó bien. Tienen dos hijos, uno cerca de los diez y la otra que ya entra a primaria. Vivíamos en colonias contiguas hasta que ellos desaparecieron del barrio. Nunca fuimos cercanos. Un «hola, qué tal» en cada cumpleaños familiar y poco más.

Lo que no pude contarle a nadie es que desde adolescente arrastraba una fantasía rara con alguna mujer de la familia. No con ella en particular —no se me había cruzado por la cabeza—, pero sí con esa idea borrosa del tabú. Me daba culpa. La empujaba al fondo cada vez que aparecía. Se quedó ahí, dormida, hasta noviembre.

***

La primera noticia que tuve de Marisela ese año fue una conversación entre mi madre y mi tía. Hablaban en voz baja, en la cocina, mientras yo desayunaba. Marisela y su marido le debían dinero a unos prestamistas de los pesados, de esos que cobran con golpes. No pudieron pagar y desaparecieron de un día para otro. Cambiaron de ciudad, dejaron la casa, no avisaron a casi nadie. Mi tía estaba destrozada. Yo escuché todo masticando huevo y al final solo dije «qué fuerte» y me fui al trabajo.

Pasaron los meses. Junio, agosto, septiembre. Nadie volvió a hablar de ella en mi casa. Yo, sinceramente, no me acordaba.

Una tarde de octubre estaba en TikTok matando el tiempo y me saltó una notificación: una cuenta nueva me seguía. El nombre era una palabrería rara, algo como «.rosas.de.invierno.» con varios puntos y signos. Le di clic por curiosidad. La biografía estaba vacía. Tenía pocos videos, casi todos montajes de fotos con canciones tristes. Iba a cerrar cuando uno de los videos me hizo detenerme.

Era una sala. Una sala vieja, con una manta tejida en el respaldo del sillón y un cuadro de la Última Cena. La sala de mi tía. La sala donde había comido pozole tantas Navidades. Esa cuenta era de Marisela.

No tenía sentido. ¿Para qué se hace una cuenta nueva si no quiere que la encuentren?

No le di importancia. Cerré la app, me dormí. Dos días después la app me avisó otra vez: ella había vuelto a entrar a mi perfil. Y otra vez. Y otra. Cuatro veces en una semana, sin escribirme. Era evidente que quería que la viera y al mismo tiempo no se animaba.

Le devolví el follow. Le mandé un sticker chiquito que decía «hola». Pasaron tres días sin respuesta. Volvió a entrar a mi perfil, sin contestar. Me reí. Vaya con la prima desaparecida.

Una tarde, en la fila del banco, vibró el teléfono. «Hola, ¿qué tal estás?». Le contesté que bien y le pregunté por ella. Que tenía mucho sin verla, le dije, fingiendo no saber nada de la huida.

—Me cambié de casa por unos problemas familiares —escribió. Y un minuto después—: ¿Te puedo pedir un favor? No le digas a nadie que hablamos. Pocos saben dónde estoy.

Le prometí que sí. Le pregunté hasta dónde se había ido. Tardó un buen rato en responder. Al final escribió el nombre de un municipio, omitiendo la calle. Una hora en coche desde mi casa. Le ofrecí pasar al WhatsApp porque en TikTok casi no me conecto, y aceptó.

***

En WhatsApp se soltó otra Marisela. Me escribía a media mañana, cuando los niños estaban en la escuela y su marido en el trabajo. Que se sentía sola, que su esposo había cambiado, que ya no era el mismo. No me hacía mucho caso a las cosas que yo le contaba; lo que necesitaba era hablar. Yo escuchaba.

Un jueves por la noche, medio en broma, le escribí: «¿Y cuándo te dejas ver, prima?». Pensé que iba a contestarme con un emoji y se acabó. En lugar de eso me mandó: «Mañana tengo libre desde las ocho hasta las cuatro. Vente, pero solo de mi lado, yo allá no puedo ir».

Lo leí dos veces. Le dije que mañana. Le pedí ubicación. Me la mandó.

—Pásame por aquí a las diez —escribió.

—A las diez —contesté.

Cerré el chat con el corazón pateando. Me metí a la cama y, para qué mentir, me masturbé pensando en una prima que durante años no me había interesado. La culpa llegó después, cuando ya estaba apagando la luz. La aplasté como siempre.

***

Salí a las ocho y media de la mañana. Me bañé despacio, me afeité los lados, me puse una camisa que no usaba desde una boda. Antes de salir me masturbé otra vez, esta vez bajo el agua, para llegar tranquilo. Salir de Querétaro a esa hora era un castigo de tráfico. Llegué a su colonia con cinco minutos de margen.

—Ya estoy afuera —le escribí.

—Va.

Salió enseguida. Llevaba unos jeans ajustados, una blusa color crema con un escote discreto y el pelo recogido. Olía a perfume nuevo, uno de esos dulzones que las mujeres se ponen cuando les importa cómo las ven. Me besó en la mejilla, demasiado cerca de la comisura. Sentí el pulso disparado y el suyo igual.

—¿Adónde quieres ir? —pregunté arrancando.

—Adonde tú quieras. Si quieres nos quedamos aquí platicando.

—No, prima, vamos a desayunar. ¿Conoces algo por aquí?

Me llevó a un local de quesadillas con cobertizo de lámina. Pedimos café y comida y se soltó. Que su marido le mentía con los gastos, que ya no la tocaba, que ella no sabía cómo había terminado tan lejos de los suyos. Yo solo asentía y soltaba la frase obvia cuando hacía falta.

A las doce y media le propuse una cerveza. Me llevó a un bar oscuro a esa hora, vacío salvo por dos viejos que jugaban dominó. Pedimos cuatro caguamas en hora y media. En algún momento sonó una cumbia y la jalé a la pista de tablas. Ella se reía, se acercaba, me apretaba la cintura con las dos manos. Me dijo al oído que cuándo volvería a verla. Le dije que cuando ella quisiera.

—Ya, primo, vámonos. Si llego mareada me arma un escándalo.

La dejé en su puerta. Antes de bajar se inclinó y me besó. No fue un beso de prima. Fue corto, pero con lengua. Se bajó sin decir nada y se metió a su casa.

Manejé las dos horas de regreso con un nudo en el estómago y la verga dura. Antes de llegar me escribió: «Gracias, primo. Me la pasé increíble. Hace mucho que no salía de fiesta y contigo me siento muy bien». Un emoji de beso. Un corazón rojo.

Esa noche le respondí: «Gracias a ti. Te veías muy linda hoy». Me dejó en visto y desapareció dos días.

***

El lunes siguiente, a media tarde, me llamó. La voz le temblaba. Su marido había llegado del trabajo el viernes y la había olfateado tomada. Le había gritado, le había reclamado, la había acusado de andar con alguien. Ella le inventó que había bebido sola en la casa por aburrimiento. Él se lo tragó a medias.

—No quería meterte en problemas —le dije.

—No me los metiste tú.

Esa madrugada, pasada la una, llegó otro mensaje suyo. Estaba harta. El marido roncaba en el cuarto de al lado y ella se había sentado en el sillón a contarme cosas que nunca le había contado a nadie: que se había casado por embarazo, que llevaba cuatro años sin sentir nada, que pensaba en irse y no se atrevía.

Yo escuchaba con el celular pegado a la cara y la respiración cambiada. Me animé y le solté:

—Aquel día te veías guapísima.

—No seas chismoso. No te creo.

—¿Y hoy con qué andas?

—Te enseño.

Me llegó una foto: ella de costado frente al espejo, una pijama gris pegada, los pezones marcándose un poco. Me la quedé viendo más tiempo del necesario.

—Qué buen culo, prima.

Le respondí así, de golpe, esperando que me bloqueara. En lugar de eso me mandó tres monitos tapándose los ojos. Me animé.

—Mándame otra.

—Estás loco.

—Ándale. No voy a poder dormir si no me mandas otra.

Llegó. Esta vez con el pantalón a la altura de las rodillas, dándome la espalda al espejo, una tanga negra. La miré demasiado.

—Estás deliciosa. Ya no sé qué le haría a ese culo.

—Cuéntame.

Le escribí media página de cosas. Lo que le iba a hacer con la lengua. Cómo se la metería despacio primero. Cómo después no iba a parar. Ella me contestó con un audio de diez segundos, susurrado, donde solo decía «qué rico, primo, qué rico». Luego un video grabado por encima del pecho, los dedos suyos entrando y saliendo de su ropa interior, los ojos cerrados.

—Cómo me encantaría que vinieras a cogerme bien duro.

—¿Mañana puedo?

—Sí. Pero temprano. En cuanto se vaya.

—Paso a las ocho.

—Mejor ocho y media. A esa hora ya se fue seguro.

***

Pedí el día. Salí antes que el sol. Llegué a su colonia y me estacioné a una cuadra, frente a un parque chico. A las ocho y veinte vi salir a su marido con la lonchera. Le mandé «¿voy?». Me contestó «espera». Diez minutos más. Me llamó.

—Deja la camioneta donde estás. Vente caminando. La puerta va a estar entornada. Métete sin tocar.

Cerré el coche con manos torpes. Caminé las dos cuadras mirando a todos lados como un imbécil. La puerta estaba como me dijo. Empujé despacio y entré.

Estaba en su cuarto, terminando de tender la cama, envuelta en una toalla. El pelo le goteaba en los hombros. Olía a champú barato y a algo más, a jabón de avena. No me dio tiempo a saludar. La tomé del cuello despacio y la besé.

Me devolvió el beso entero, mordiéndome el labio. Sentí su mano bajar y apretarme la verga por encima del pantalón. Le quité la toalla. Tetas grandes con la piel marcada por el roce. Pubis rasurado de ese día, todavía rojizo. La empujé con suavidad sobre la cama.

—Estás loco, primo. Estamos locos.

—Cállate.

La toqué entera con la ropa puesta, mientras ella se contoneaba debajo y me apretaba con las piernas. Se montó encima, todavía vestido yo, y empezó a frotarse contra mi pantalón. Gemía bajito, con miedo a despertar a una vecina. Le mordí los pezones, primero uno, después el otro, hasta que se le pusieron duros como dos canicas.

—Quítate eso.

Se bajó, me desabrochó el cinturón, me bajó el pantalón. Me chupó por encima del bóxer un rato largo, mojando la tela. Me sacó la verga y se la metió hasta el fondo. Yo le sostenía la cabeza con las dos manos, sin guiarla, solo acompañándola. Ella sabía lo que hacía.

—Métemela ya, primo. Me estoy muriendo.

Me terminé de desnudar. Se montó. Estaba empapada. Entré sin esfuerzo. Empezó a saltar, despacio al principio, cada vez más rápido, las tetas botando, los muslos golpeando los míos. Yo la sostenía por la cintura y la miraba. Era distinta a la prima del cumpleaños. Era otra mujer.

—Voltéate.

Se puso a cuatro patas. Le abrí las nalgas, le escupí entre las dos. Pasé el pulgar por su ano, despacio, sin meter, solo presionando. Ella se retorció.

—Así, primo, así.

La cogí de pie un buen rato, agarrándola del pelo. Cuando la sentí a punto, me retiré, la acosté boca arriba, le abrí las piernas y le pasé la lengua entera. Le metí la lengua hasta donde llegó. Le chupé los muslos. Sentí su mano en mi cabeza apretando.

—No pares, no pares, no pa…

Se vino con un grito que se tragó mordiendo la almohada. Sentí el muslo temblar contra mi mejilla.

—Ya no puedo, primo, ya no puedo.

Descansamos cinco minutos. Ella propuso un sesenta y nueve. Acepté. Me chupó toda la verga y los huevos como si llevara meses esperando. Yo le devolvía cada lametón con los dientes. Cuando ya no aguanté la levanté y la apoyé contra la cómoda. La penetré desde atrás, con su cara reflejada en el espejo, mirándome.

—Soy tu perra, primo. Dime que soy tu perra.

—Eres mi perra.

Acabé en sus muslos para no dejar rastro adentro. Ella se rio, sin aliento, y me besó la cara mojada de sudor.

***

Después nos fumamos un cigarro sentados en el borde de la cama. Le pregunté si se arrepentía. Me dijo que no, que hacía años no se sentía viva. Me pidió que volviera. Le dije que sí, sin pensarlo.

Volví dos veces más. Y seguimos hablando. Algún día sabrá alguien, o no sabrá nadie. De momento, sigue siendo mi prima desaparecida. La mía y de nadie más.

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Comentarios (5)

Tomi_lector

increible relato, me quedé sin palabras!!

SebaMdq

Por favor seguí con esto, me dejo con demasiadas ganas de saber que paso despues

JuanMar_Cba

Me recordó situaciones de mi propia familia, esas tensiones que uno trata de ignorar pero están ahí. Excelente como lo describiste sin caer en lo burdo.

MiraCba

el inicio con lo del TikTok fue muy original, nunca habia leído algo así. 10 puntos

Rodrigo_K

Que morbo tan bien dosificado, me encanto!

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