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Relatos Ardientes

El día que llegué antes y mamá no lo esperaba

El relato que voy a contarles llegó a mí a través de un correo largo y detallado. Lo escribió Marcos, un chico de veinticuatro años que necesitaba contárselo a alguien, aunque fuera a un desconocido. Me pidió que cambiara algunos detalles para proteger su identidad. El resto, asegura, es exactamente como ocurrió.

Marcos creció en un pueblo de la provincia de Albacete, de esos donde todo el mundo se conoce y las tardes del verano duran demasiado. Su padre, Roberto, trabajaba en una empresa de transportes y llegaba a casa agotado casi todas las noches. Su madre, Elena, cuidaba de la casa y de él: la compra, la ropa, la comida lista a la hora. Era una mujer de cuarenta y tantos años cuando la historia empezó, esbelta, de pelo oscuro, con tetas firmes que se marcaban bajo cualquier camiseta y un culo redondo que se movía solo cuando caminaba descalza por el pasillo.

Marcos lo sabía desde hacía años. Lo sabía y prefería no pensarlo demasiado. Pero se le empalmaba cada vez que ella se agachaba a recoger algo del suelo.

Elena tenía la costumbre de vestirse con ropa cómoda cuando hacía las tareas del hogar: una camiseta corta que le dejaba ver el ombligo, pantalones de tela fina que se le pegaban al coño cuando se sentaba, a veces directamente en bragas y sujetador si el calor apretaba y estaba sola. O casi sola. Porque Marcos lo aprovechaba. Llegaba del instituto antes de lo que decía, se movía sin hacer ruido por la casa y encontraba los ángulos desde donde podía verla sin ser visto. Se encerraba en el baño con la imagen de las tetas de su madre grabadas en la retina y se hacía pajas rápidas y culpables, mordiéndose el labio para no gemir. Era su ritual privado, su forma de sobrevivir al aburrimiento del pueblo.

Nunca imaginó que un martes de octubre todo eso cambiaría de golpe.

***

Ese día la profesora de Historia había cancelado la última clase y Marcos cogió el autobús de las dos, el que normalmente perdía. Entró por la puerta trasera, sin hacer ruido, como siempre hacía cuando quería pasar desapercibido.

La casa estaba en silencio.

Avanzó por el pasillo y notó que la puerta del dormitorio de sus padres estaba entornada. Iba a pasar de largo cuando escuchó algo: un suspiro. Después otro. Y después algo que no era un suspiro sino algo más hondo, más urgente, algo que reconoció antes de entender qué significaba.

Se detuvo.

No debería mirar.

Miró.

Elena estaba tumbada encima de la colcha con los ojos cerrados y las piernas abiertas de par en par. Llevaba el pelo húmedo pegado al cuello, como recién salida de la ducha. Una camisola fina se le había subido hasta la cintura y Marcos podía verlo todo: el coño depilado con una franja fina de vello oscuro, los labios hinchados y brillantes de humedad, dos dedos de su madre entrando y saliendo con una cadencia lenta y segura mientras el pulgar le trabajaba el clítoris en círculos apretados. Con la otra mano se apretaba una teta por encima de la camisola, pellizcándose el pezón que se marcaba duro contra la tela. Los labios ligeramente entreabiertos dejaban escapar ese sonido que Marcos había escuchado desde el pasillo, un gemido bajo y sucio, muy distinto de la voz con la que ella le pedía que sacara la basura.

No supo cuánto tiempo estuvo ahí parado. El tiempo se volvió extraño, sin grosor. Solo era consciente del latido en su pecho, de la sequedad en la garganta y de que su mano, sin que él lo hubiera decidido, había bajado hasta desabrochar el botón del pantalón y sacar la polla ya durísima que le palpitaba en la palma.

Empezó a machacársela mirando a su madre. Vio cómo Elena se metía un tercer dedo y arqueaba la espalda. Vio cómo la humedad brillaba entre sus muslos, cómo un hilo de flujo le bajaba por el pliegue del culo hasta manchar la colcha. Escuchó el chapoteo húmedo de sus dedos entrando y saliendo del coño de su madre y se le nubló la vista.

Cuando Elena se arqueó de golpe y contuvo un gemido largo apretando los dientes, cuando sus caderas empezaron a temblar contra su propia mano y el vientre se le contrajo en espasmos, Marcos ya no podía controlar nada.

Se corrió con la boca abierta contra el antebrazo, disparando chorros de semen espeso contra la pared del pasillo, sujetándose las piernas para no caerse. La corrida le duró más de lo que le había durado nunca, sacudida tras sacudida, mientras seguía mirando el coño mojado de su madre a través de la rendija de la puerta.

Acabó apoyado contra la pared del pasillo, con el antebrazo sobre la boca para no hacer ruido y la polla goteando entre los dedos.

***

—Marcos.

La voz de su madre lo paralizó. Se giró despacio. Elena estaba en el marco de la puerta con la camisola en su sitio y una expresión que no era de enfado ni de vergüenza. Era algo más difícil de leer. Sus ojos bajaron sin disimulo a la mancha del pantalón de él, a la polla todavía a medio guardar, y ahí se quedaron un segundo más de la cuenta.

—Ven —dijo simplemente—. Siéntate.

Él obedeció. Se sentó en el borde de la cama mirando al suelo. Elena se sentó a su lado y guardó silencio unos segundos antes de hablar. Marcos podía oler el sexo de ella todavía, ese aroma denso y dulzón que flotaba en el cuarto.

—No tienes que disculparte —dijo—. Los dos sabemos que esto lleva tiempo en el aire.

Marcos no levantó la vista.

—Llevas meses mirándome —continuó ella—. Y yo lo he dejado hacer. Eso también dice algo de mí, ¿no? Sé cuándo me miras las tetas, sé cuándo se te pone dura y crees que no me doy cuenta.

Silencio.

—Lo que pasa es que hay cosas que no podemos cruzar. Pero hay otras —hizo una pausa larga— que quizás no hacen daño a nadie si nadie las sabe.

Fue entonces cuando Marcos la miró. Elena sostuvo su mirada sin pestañear.

—Podríamos hacer esto juntos —dijo—. Mirarnos. Tú te la meneas y yo me toco el coño. Solo eso. Sin tocarnos el uno al otro. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Marcos tardó un momento en contestar.

—Sí —dijo—. Lo entiendo.

***

La primera vez fue tensa y torpe y duró menos de diez minutos. Los dos en el mismo cuarto, separados por menos de un metro, sin tocarse. Elena se sentó en el sillón del rincón con las piernas abiertas y las bragas colgando de un tobillo, dos dedos hundidos en su coño mientras miraba fijamente a Marcos. Él se sentó frente a ella en la banqueta del tocador, con los pantalones bajados hasta los muslos y la polla apuntándole a la cara de su madre mientras se la machacaba a ritmo lento.

—Enséñamela bien —le dijo Elena en voz baja—. Quiero verte cómo te la haces.

Marcos separó las piernas, echó la cabeza hacia atrás, cerró el puño alrededor del glande y empezó a bombearse la polla con la palma bien apretada. Elena se mordió el labio inferior y aceleró el ritmo de sus dedos, hundiéndoselos hasta los nudillos, el chapoteo del coño mojado llenando el cuarto.

Se corrieron con menos de un minuto de diferencia. Ella primero, tapándose la boca con la mano libre para no gritar, sacudida por un orgasmo que le hizo temblar los muslos. Él después, disparando la corrida hacia arriba, salpicándose el estómago y la camiseta mientras la miraba a los ojos.

Después se quedaron respirando, mirándose en silencio.

Pero fue suficiente para que los dos supieran que no sería la última.

Con el tiempo, aquello se convirtió en una rutina. Elena le enviaba un mensaje corto cuando Roberto salía: una sola palabra o una foto. A veces era una foto de sus tetas desnudas con un pezón entre dos dedos. A veces era una foto tomada desde arriba del coño abierto con dos dedos separándose los labios. Marcos respondía desde donde estuviera: una foto de su polla dura goteando pre-semen, apuntada al techo del baño del instituto.

El ritual siempre era el mismo: cerraban la puerta, se colocaban a la distancia acordada y lo hacían sin tocarse, con los ojos bien abiertos. Elena a veces se tumbaba boca abajo con el culo en pompa y se metía los dedos por detrás mientras Marcos, arrodillado a un metro, se hacía la paja mirándole el ojete apretado. Otras veces se quedaba de pie contra la pared, con una pierna subida sobre una silla, para que él le viera bien el coño mientras se lo trabajaba. Después cada uno volvía a lo suyo como si nada hubiera pasado.

Los límites eran claros desde el principio: mirarse, tocarse a uno mismo, no al otro. Elena lo había dejado establecido con esa calma suya que no admitía discusión. Marcos lo aceptó porque no tenía alternativa. Y porque, de momento, era más de lo que habría imaginado poder tener.

Durante dos años, no los cruzaron.

***

Fueron dos años en los que Elena encontraba cualquier excusa para rozar ese borde sin traspasarlo. Se inclinaba a recoger algo del suelo cuando Roberto estaba en el salón leyendo, y Marcos le veía las bragas y a veces el coño entero cuando ella se aseguraba de que su padre no miraba. Pasaba junto a Marcos en la cocina más cerca de lo necesario, rozándole la polla dura con la cadera durante medio segundo. Cuando limpiaba el baño, dejaba la puerta entornada exactamente lo suficiente para que él la viera de rodillas fregando en bragas. Cuando se cambiaba de ropa, tardaba más de la cuenta en cerrar el armario, dejándole a Marcos tiempo de sobra para memorizarle las tetas.

Marcos respondía. Dejaba que su mano se moviera despacio en el sofá, con la polla sacada por la abertura del pantalón corto, mientras su padre dormía la siesta a tres metros y Elena fingía leer en el sillón sin quitarle el ojo de encima. Enviaba un mensaje desde el baño con una foto de su verga chorreando pre-semen que Elena tardaba exactamente dos minutos en responder, también con foto: sus dedos empapados de flujo, un primer plano del coño abierto, una vez incluso un vídeo de diez segundos en el que se metía el mango de un cepillo hasta el fondo.

Se quedaba de pie en el pasillo con la puerta entornada, esperando que ella pasara y le viera hacerse la paja mientras la miraba.

El riesgo era parte del juego. La excitación de que en cualquier momento Roberto pudiera levantar la vista o doblar la esquina del pasillo era tan intensa como todo lo demás. Quizás más.

Lo que ninguno de los dos decía en voz alta era que la línea entre lo que hacían y lo que no hacían se estaba volviendo más borrosa cada semana.

***

El sábado que todo cambió, Roberto anunció en el desayuno que se iba con unos amigos a ver el partido. Regresaría por la tarde, dijo. Que no lo esperaran para comer.

Marcos no dijo nada. Elena tampoco.

Esperaron a que la puerta se cerrara.

Elena se quitó la bata antes de llegar al dormitorio. Debajo estaba completamente desnuda. Cuando Marcos entró, ella ya estaba de pie junto a la cama, mirándolo. Esa expresión que él conocía tan bien: el deseo mezclado con algo que podría ser una advertencia.

Se desnudaron en silencio. Se tumbaron en la cama, cada uno en su lado. Empezaron como siempre: él con la polla en la mano, ella con dos dedos hundidos entre las piernas.

Pero ese día algo era diferente desde el principio. Había una tensión distinta en el cuarto, como la presión antes de una tormenta. Elena se tomó más tiempo mirándolo, con los dedos moviéndose apenas, casi parados dentro de su coño. Marcos tardó en arrancar, consciente de ese cambio que no sabía nombrar, con la polla dura apuntando al techo.

Entonces Elena se incorporó despacio, se puso de rodillas sobre la cama y fue acercando su cuerpo a la cara de Marcos sin decir una palabra. Con los ojos fijos en él. Se detuvo a pocos centímetros. Tan cerca que él sentía el calor de su piel y el olor a jabón mezclado con otra cosa, ese olor a coño mojado que llevaba dos años volviéndolo loco.

—No puede ser —dijo ella en voz baja. Pero no se movió. El coño le brillaba a diez centímetros de la boca de él.

—Lo sé —dijo él.

Y la besó donde sabía que no debía.

Elena tardó exactamente tres segundos en dejar de resistirse. Después soltó un gemido ronco y le hundió las manos en el pelo, empujándole la cara contra su coño con una fuerza que Marcos no esperaba.

—Chúpamelo —le dijo con la voz quebrada—. Llevas dos años queriendo. Cómemelo entero.

Marcos sacó la lengua y la pasó de abajo hacia arriba por toda la raja del coño de su madre, saboreando por primera vez el flujo espeso que había visto mil veces desde lejos. Elena se estremeció y apretó los muslos alrededor de su cabeza. Él le lamió los labios uno por uno, se los mordisqueó, hundió la lengua todo lo que pudo en el agujero apretado y caliente y la sacó chorreando. Después subió al clítoris hinchado y empezó a chupárselo con los labios, succionándolo con ganas mientras le metía dos dedos.

—Ahí, ahí, no pares, hijo de puta —jadeó ella—. Dios, cómo lo haces...

Marcos entendió que los dos habían esperado ese momento mucho más tiempo del que cualquiera de ellos habría admitido.

***

Lo que siguió fue largo e intenso y no se parecía a nada que Marcos hubiera imaginado, aunque lo había imaginado muchas veces y con todo detalle.

Elena se corrió una primera vez con la cara de él enterrada entre los muslos, apretándole la cabeza contra el coño mientras las caderas le temblaban en espasmos. Cuando terminó de correrse, se dejó caer de espaldas y tiró de Marcos hacia arriba.

—Ven aquí —le dijo—. Que te la chupe. Quiero saber a qué sabe la polla de mi hijo.

Marcos se colocó de rodillas junto a su cara y ella abrió la boca sin dejar de mirarlo a los ojos. Se metió la verga entera hasta el fondo de la garganta, ahogándose un segundo, y empezó a mamarla con una hambre que Marcos no había visto nunca. Le lamía los huevos, le chupaba el glande, le pasaba la lengua por toda la longitud antes de tragársela otra vez. Le escupía saliva encima y la usaba para pajeársela mientras se la seguía chupando.

—Mamá —jadeó él—, para, que me corro...

Elena se la sacó de la boca y le apretó la base con dos dedos.

—No te corras todavía —le ordenó—. Todavía no.

Lo tumbó de espaldas y se subió encima. Le agarró la polla con la mano, se la colocó en la entrada del coño y se dejó caer despacio hasta enterrársela hasta los huevos. Marcos apretó los dientes: el coño de su madre estaba tan mojado y tan apretado que casi se corre al primer movimiento.

—Así —decía ella mientras empezaba a cabalgarlo—. Quieto. Déjame a mí.

Elena tenía una seguridad que a él le resultó excitante e intimidante a la vez. Sabía lo que quería y cómo pedirlo: con un movimiento de caderas, con una presión de su mano sobre el pecho de Marcos, con una sola palabra dicha al oído en un tono que no admitía dudas. Se movía encima de él con las tetas botando, agarrándose los pezones, mordiéndose el labio, apoyándose con una mano en su vientre para clavarle la polla en el punto exacto.

—Más despacio. Ahí, no te muevas. Follame así, con calma.

Marcos obedecía. Aprendía. Era su primera vez con alguien, aunque no lo dijo en voz alta, y ella parecía saberlo de todos modos.

Elena no tenía prisa. Pasaron de la boca a las manos, de las manos a todo lo demás, sin vergüenza y sin apresurarse. Después de cabalgarlo un rato largo, ella se bajó, se puso a cuatro patas en el borde de la cama y le enseñó el culo.

—Ven —dijo mirándolo por encima del hombro—. Así. Fóllame por detrás. Fuerte.

Marcos se colocó detrás, le agarró las caderas y se la metió de un envite. Elena gritó contra la almohada. Él empezó a embestir con toda la fuerza que tenía, los huevos golpeándole el clítoris con cada estocada, viendo cómo el culo redondo de su madre le rebotaba contra el vientre. Le agarró un mechón de pelo y tiró.

—Sí, así, dame más, más fuerte —jadeaba ella con la cara contra la almohada—. Rómpeme, hijo...

Cuando Marcos pensaba que habían llegado a algún límite, ella encontraba un modo de ir más allá. Le agarró la mano y se llevó dos dedos de él a la boca para chupárselos bien y después se los guió hasta el culo.

—Métemelos ahí también —dijo—. Los dos. Sin miedo.

Marcos le hundió los dedos en el ojete apretado mientras seguía metiéndosela por el coño. El grito de Elena esta vez fue distinto, más agudo, más animal. Le pedía cosas al oído con una voz que él no reconocía como la voz cotidiana de su madre. Le indicaba cómo moverse, dónde poner las manos, cuándo parar y cuándo no. Marcos seguía cada instrucción con una concentración que rozaba lo devoto.

Elena gritó dos veces con la cara aplastada contra la almohada. La tercera vez cerró los dientes sobre el hombro de él, corriéndose con la polla de Marcos hasta el fondo del coño mientras le clavaba las uñas en la espalda.

—Córrete dentro —le dijo casi sin voz—. Tomo la pastilla. Córrete dentro de tu madre.

Fue lo único que Marcos necesitaba oír. Se corrió con un gemido largo, chorreando semen dentro del coño de su madre, embistiendo hasta la última contracción, vaciándose entero mientras ella le apretaba el coño alrededor de la verga para exprimirle cada gota.

Marcos no supo cuándo perdió la cuenta.

Cuando terminaron, los dos estaban agotados y sudados y ninguno tenía ganas de hablar. Elena apoyó la cabeza en su pecho y respiró hondo durante un rato largo. Marcos sintió cómo el semen se iba escurriendo despacio del coño de ella hasta manchar la sábana.

—Tu padre llega a las siete —dijo por fin.

—Son las cuatro y cuarto.

—Bien.

Silencio.

—Esto no cambia lo que tengo con él —dijo Elena—. ¿Lo entiendes?

—Sí.

—¿De verdad?

Marcos pensó en ello un momento.

—Sí —repitió—. Lo entiendo.

Elena asintió despacio, como si eso cerrara algo. Después cerró los ojos y no dijo nada más.

***

Marcos me contó que aquella tarde fue el principio de varios meses de algo que no sabía cómo llamar. Elena nunca lo trató como un secreto sucio del que avergonzarse. No lo nombraba, pero tampoco lo negaba cuando estaban solos. Era algo que existía en un espacio propio, sin etiqueta, con sus propias reglas que nadie había escrito pero que los dos respetaban sin necesidad de recordarlas.

Cuando Roberto llegaba a casa, todo volvía a ser exactamente igual que siempre. La misma mesa, la misma conversación sobre el trabajo, la misma serie de televisión después de cenar. Marcos aprendió a compartimentar con una facilidad que a veces lo sorprendía a él mismo.

Cuando encontró trabajo y se mudó a otra ciudad un año y medio después, las cosas volvieron a ser normales en la superficie. Llamadas los domingos, visitas en Navidad, Elena preguntándole si comía bien y si se abrigaba cuando viajaba al norte.

En su último mensaje, al final de un correo largo que dijo haber tardado tres noches en escribir, Marcos añadió una última frase.

—No me arrepiento de nada. Y creo que ella tampoco, aunque nunca me lo haya dicho con palabras. Hay cosas que no hacen falta decirlas para que las dos personas lo sepan.

Puede que tenga razón.

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Comentarios(10)

Tomas_84

Que arranque!! me enganche de entrada y no pude parar hasta el final.

nico_cba

tremendo, increible como lo contaste

MarcosV

Hay segunda parte?? lo espero con ansias

CarlosM85

Lo lei de noche y no podia parar. Esa situacion inicial esta descripta de forma muy natural, te convence desde el primer parrafo. Muy buen trabajo, espero ver mas relatos tuyos.

lino40

jaja el titulo ya te adelanta que viene algo bueno, y no defrauda para nada

ElenaMdp

Se me hizo muy corto, me quede con ganas de mas. Por favor seguila!

PatriciaRos

Muy bien narrado, se nota que quien escribe le pone mucho corazon. Saludos

Beto_lector

Excelente relato, uno de los mejores que lei en mucho tiempo en esta categoria

GusGar77

Me recordo a situaciones que uno tiene guardadas en la memoria... bien escrito y sin ser burdo. Segui asi!

lector_mx22

Saludos desde Mexico, que buen relato encontre hoy

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