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Relatos Ardientes

Mi hermana Sofía y el deseo que no debía sentir

Bajé como siempre: descalzo, con una camiseta gastada y el cuerpo todavía pesado de sueño. Veintisiete años viviendo en esa casa y la rutina ya era parte del cuerpo, como un segundo esqueleto. El aroma del café me guió hasta la cocina antes de que los ojos terminaran de abrirse.

Sofía siempre lo dejaba preparado antes de que yo bajara. Era una de esas pequeñas cosas que nunca comentábamos pero que estaban ahí, como un acuerdo silencioso entre hermanos que llevan toda la vida compartiendo espacio.

La encontré de espaldas a mí, frente a la nevera abierta. Y ahí fue cuando algo se detuvo.

No era el pijama de siempre. Llevaba un conjunto negro que no le había visto jamás: un top de tela ajustada sin tirantes, de esos que se sostienen más por la forma del cuerpo que por cualquier otra cosa, y una falda alta en la cintura que seguía la curva de sus caderas con una precisión que me hizo parpadear dos veces. Unas medias finas y transparentes completaban el look, dejando ver la piel pálida de sus piernas a través de la tela.

Me quedé un segundo en el umbral. Solo el zumbido de la nevera y su respiración tranquila.

Sofía se estiró para alcanzar algo en el estante superior. La falda subió apenas unos centímetros, dejando al descubierto un tramo de piel en la parte baja de su espalda. Fue un gesto completamente cotidiano. Pero mi mirada se detuvo allí más tiempo del que debería.

—Buenos días —dije al fin, cruzando la cocina hacia la cafetera.

Ella se giró con esa sonrisa de siempre, la cariñosa y un poco rebelde que tenía desde chica. Veinte años, muy linda, con esos ojos que siempre parecían estar a punto de reírse de algo.

—Buenos días, hermanito —respondió, y se acercó a darme el beso de siempre en la mejilla. Pero el abrazo fue un poco más largo que de costumbre. Sus brazos rodearon mi cuello, y por un instante percibí el calor de su cuerpo: la tela ajustada rozando mi pecho, el perfume dulce que llevaba puesto desde temprano. Se separó con la misma naturalidad, tomó su jugo y se sentó en la encimera—. ¿Dormiste bien? Te dejé el café fuerte, como siempre.

Cruzó las piernas con lentitud. La falda se elevó apenas, dejando ver el borde superior de las medias y un tramo de piel más arriba.

—Me lo compré ayer —dijo, balanceando un pie descalzo—. Quería algo distinto para salir con las chicas esta noche. ¿Qué te parece? ¿Me queda raro o está bien?

Su tono era exactamente el mismo que usaba desde los quince cuando me pedía opinión sobre ropa. Pero sus ojos tenían esa chispa de siempre, la de quien sabe que está probando algo sin del todo ser consciente de ello.

—Te queda diferente —respondí, intentando que la voz sonara normal mientras servía el café.

Pero mis ojos ya no me obedecían. Se detuvieron en el contorno del top sobre su figura, en el pequeño colgante de plata que descansaba en el centro de su escote y se movía con cada respiración. En las medias que creaban esa sombra delicada que subía y desaparecía bajo la falda.

***

El resto de la mañana transcurrió como siempre. Ella fue a su cuarto a cambiarse, yo desayuné y abrí el ordenador. Todo normal en apariencia. Excepto que ya no lo era.

Por la tarde, Sofía se movía por la casa con esa gracia natural que siempre había tenido, pero yo empecé a notar cosas que antes pasaban desapercibidas. Cuando se inclinó para recoger el mando del suelo, la línea de su espalda se acentuó de una forma que me obligó a mirar hacia otro lado. Más tarde se recostó en el sofá con las piernas estiradas, las medias brillando bajo la luz de la tarde mientras hablaba de su trabajo, de una amiga con la que había tenido un malentendido, de los planes para esa noche.

Había algo diferente. No en ella. En mí.

—¿Me ayudas con el look completo? —preguntó de pronto, girándose hacia mí—. Subo a cambiarme y bajo con el otro conjunto. Quiero que seas honesto, como siempre. Tú eres el único que me dice lo que piensa de verdad.

Se levantó y al pasar a mi lado su mano rozó mi hombro, un gesto cariñoso de siempre. Subió las escaleras con paso ligero, la falda moviéndose con cada escalón.

Me quedé sentado con el corazón latiendo más fuerte de lo habitual.

***

Apareció en lo alto de la escalera y el tiempo se detuvo un segundo.

Un vestido negro corto, de tirantes finos, con un brillo satinado que capturaba la luz de la tarde. Le llegaba por encima de la mitad del muslo. El escote caía en una forma suave y profunda, con esa clase de equilibrio que hace que sea imposible no mirarlo. Las mismas medias transparentes continuaban la línea oscura de sus piernas hasta los pies descalzos. El colgante de plata en el mismo lugar de siempre, moviéndose con cada respiración tranquila.

Bajó los escalones con una mano en la barandilla, como si no tuviera prisa. Cada paso hacía que el vestido se ajustara y luego se soltara sobre sus caderas con un movimiento suave.

—¿Qué tal este? —preguntó al llegar abajo, deteniéndose frente a mí. Giró despacio, una sola vuelta. El vestido se elevó apenas, mostrando la parte trasera de sus muslos cubiertos por las medias—. Lo compré el mismo día que el conjunto de esta mañana. Es para esta noche. ¿Demasiado corto?

Su voz tenía esa inseguridad de siempre cuando pedía mi opinión, como si de verdad le importara lo que yo pensara.

—Te queda muy bien —dije. Y era verdad. Demasiado bien.

Sonrió, complacida, y se sentó en el brazo del sofá, justo a mi lado. Las piernas cruzadas con naturalidad. El vestido subió un par de centímetros. Desde esa distancia podía ver la textura de las medias, la forma en que se ceñían perfectamente a sus muslos, el escote que se movía levemente con cada respiración tranquila.

—Gracias —dijo en voz baja, inclinándose un poco hacia mí para ajustar uno de los tirantes que se le había deslizado del hombro. El movimiento acercó su escote a mi cara por un segundo, y pude percibir el calor suave de su piel mezclado con ese perfume dulce—. Siempre me dices la verdad. Con todo el mundo tengo que adivinar qué piensan, pero contigo no.

Se rió bajito y se echó el cabello hacia un lado. Un mechón suelto rozó mi brazo. Se quedó allí sentada, balanceando ligeramente un pie, como si no tuviera prisa por levantarse.

—Oye… ¿me puedes ayudar con algo? —preguntó, con esa expresión de hermana que usaba para los favores—. El cierre de la espalda no me quedó bien puesto. ¿Lo subes un poco?

Se puso de pie y dio media vuelta. Recogió su cabello con una mano y lo sostuvo sobre la cabeza, dejando al descubierto la nuca y la línea entera de su espalda. El cierre invisible bajaba desde la nuca hasta la cintura, ligeramente abierto.

Me levanté. Mis manos no temblaban, pero lo hacían por dentro.

Toqué la tela primero, luego el pequeño tirador del cierre. Mis dedos rozaron la piel de su espalda al ir subiendo, centímetro a centímetro. Sentí su temperatura, algo más alta que la mía, y la forma en que su respiración se mantenía regular y constante. Cuando mis nudillos alcanzaron la nuca, ella soltó un suspiro suave, casi inaudible.

—Gracias —murmuró, todavía de espaldas—. Eres el mejor hermano del mundo.

Se giró. Ahora estábamos muy cerca. Sus ojos me miraban con esa mezcla de cariño y algo que no sabría nombrar bien. El vestido se había ajustado perfectamente. Su perfume llegaba con más intensidad desde esa distancia.

—A veces siento que me estoy haciendo mayor demasiado rápido —dijo en voz baja, mordiéndose el labio inferior un segundo, ese gesto nervioso que tenía desde siempre—. Pero contigo todavía puedo ser yo misma. Sin fingir nada.

Me dio un abrazo rápido pero cálido, los brazos rodeando mi cuello, el cuerpo pegado al mío por unos segundos más largos que de costumbre. Sentí la presión suave de su busto contra mi pecho, el calor a través de la tela fina del vestido, la forma en que sus caderas se acomodaron un instante contra las mías antes de separarse. Cuando se apartó, tenía las mejillas levemente encendidas.

—Voy a retocarme y bajo en cinco minutos con los tacones —dijo con una sonrisa—. No te muevas. Quiero tu opinión final antes de salir.

Subió las escaleras. Me quedé de pie en la sala con las manos todavía recordando la piel de su espalda y el pulso latiéndome con fuerza en las sienes.

***

El sonido de los tacones en las escaleras fue diferente. Más firme. Más presente. Cada paso era como un eco que llegaba directo al pecho.

Apareció en el umbral y se detuvo un momento, dejándome ver el conjunto completo. Tacones negros de aguja fina con una tira delicada que cruzaba el tobillo. El vestido satinado adhiriéndose a su figura. Las medias transparentes creando esa continuidad oscura desde los muslos hasta los pies. Caminó hacia mí con ese balanceo sutil que los tacones le daban a sus caderas y se detuvo frente al sofá.

Giró despacio, una sola vez. El vestido se elevó lo justo para mostrar el borde de las medias y un atisbo de piel pálida por encima.

—¿Aprobado? —preguntó con una sonrisa pequeña, pasándose las manos por los costados para alisar la tela.

—Mucho mejor —respondí, y la voz me salió más grave de lo que pretendía.

Ella soltó una risita suave y se dejó caer en el sofá a mi lado, no pegada del todo pero lo suficientemente cerca como para que su muslo rozara el mío por un segundo. Cruzó las piernas, el vestido subió un poco más, y suspiró con alivio.

—Estos tacones me están matando —dijo, flexionando un pie y luego el otro—. Solo llevo diez minutos con ellos. ¿Te molesta si me los quito un rato? Solo para descansar antes de salir.

—No, claro —contesté, intentando que sonara casual.

Se inclinó hacia adelante y se quitó primero uno y luego el otro con movimientos lentos y precisos. Los dejó caer al suelo con un sonido suave. Sus pies quedaron cubiertos únicamente por las medias negras transparentes: pequeños, bien formados, con ese arco elegante que la tela fina dejaba adivinar en detalle.

Sin pedirlo, estiró las piernas y apoyó ambos pies sobre mi regazo.

No fue un gesto provocador. Fue exactamente el mismo gesto que había hecho desde siempre cuando se tiraba en el sofá cansada y confiaba en que yo nunca protestaría.

—Solo un ratito —murmuró, recostándose contra el respaldo y cerrando los ojos—. Prometo que no tardo.

Sus pies descansaban sobre mis muslos. Podía sentir cada detalle: la suavidad sedosa de las medias, el calor que emanaba de su piel, el peso ligero pero constante. Uno de sus talones quedó a pocos centímetros de mi entrepierna. El otro se movió levemente cuando ella buscó una posición más cómoda, rozando el interior de mi muslo.

Abrí la boca. Las palabras no salieron.

Ella abrió los ojos un segundo y me miró de lado, con esa expresión cariñosa de siempre.

—Eres el único que me deja hacer estas cosas sin quejarse —dijo en voz baja—. Gracias por ser tan paciente conmigo, siempre.

Movió los dedos de los pies apenas, un estiramiento inocente que tensó las medias y profundizó el contacto. Sentí el calor concentrarse exactamente donde su talón rozaba. Mi respiración se hizo más pesada. Intenté mantener la calma, pero era imposible ignorar la proximidad: sus piernas sobre mí, el vestido subido lo justo para dejar ver la unión de las medias con la piel de sus muslos, el perfume que llegaba con cada pequeño movimiento.

—Ay… de verdad me duelen mucho —dijo con esa voz quejumbrosa que usaba cuando quería mimos—. ¿Me das un masaje rápido en los pies? Solo un minutito, te juro. Antes lo hacías siempre cuando me dolían después de bailar. ¿Te acuerdas? Me relaja tantísimo.

Lo pidió con total naturalidad, como si me estuviera pidiendo que le acercara el vaso de agua. Sus ojos me miraban con esa confianza absoluta que tenía desde que éramos chicos.

—Claro —respondí, y la voz me salió ronca.

Tomé su pie derecho con ambas manos. Era pequeño, delicado, perfecto. La planta tenía ese arco elegante que la tela fina dejaba ver en cada detalle. Empecé por la planta, presionando con los pulgares en círculos lentos y firmes. La media se deslizaba bajo mis dedos como seda caliente y elástica. Sentía cada músculo pequeño relajarse bajo mi toque.

Sofía soltó un gemido suave, casi un suspiro de alivio, y hundió la cabeza contra el respaldo del sofá.

—Qué rico —susurró, cerrando los ojos—. Sigue un poco más arriba… en la base de los dedos, por favor.

Mis pulgares pasaron lentamente hacia esa zona. Rodeé su pie, presioné con cuidado, sentí cómo la media se tensaba y luego cedía bajo mis dedos. La sangre me latía en las sienes. Había algo en ese contacto, en la temperatura de su piel a través de la tela, en la forma en que ella se relajaba completamente confiando en mí, que me estaba costando cada vez más ignorar.

Ella movió el pie apenas, un ajuste inocente que hizo que su talón se hundiera un poco más contra mi entrepierna, justo donde ya no podía esconder lo que sentía. El roce era inocente. El efecto no lo era.

—Se siente tan bien cuando me tocas así —dijo en voz baja, casi soñolienta—. ¿Podrías… no sé… darme un beso en los pies? Como cuando éramos chicos y decías que los besos curaban todo. Sé que es una tontería, pero me relaja tanto…

Lo dijo riendo bajito, medio avergonzada de su propia idea, pero sin mover el pie. Sus ojos seguían cerrados, confiando completamente en mí.

El corazón me latió con fuerza contra las costillas. Miré su pie sobre mis manos, la tela fina de las medias, la piel pálida y tersa visible a través de ella. Ella esperaba con una confianza total, sin imaginar qué pasaba por mi cabeza.

Me incliné lentamente. Besé el arco del pie, apenas rozando la media caliente. Ella suspiró más profundo. Continué hacia la planta, un beso suave tras otro, sintiendo el calor de su piel a través de la seda. El aroma que subía desde sus pies era parte de ese perfume dulce suyo que ya empezaba a trastornarme.

Y entonces no me detuve.

Porque algo entre los dos había cambiado esa mañana en la cocina, aunque ninguno lo dijera en voz alta. Algo que no tenía nombre correcto, que no tenía derecho a existir, pero que estaba ahí con la misma certeza que el peso de sus pies sobre mi regazo y el calor de su piel bajo mis labios.

Sofía no retiró el pie.

Solo susurró mi nombre, bajito, con una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.

—Sigue —dijo después, sin abrir los ojos—. Sube.

No hizo falta que lo repitiera. Solté su pie con cuidado, lo apoyé sobre el sofá y me deslicé al suelo, entre sus rodillas. Ella separó las piernas apenas, un gesto pequeño y decisivo que abrió un espacio entre sus muslos y lo dejó todo dicho. El vestido satinado se le había subido hasta la mitad de los muslos. Levanté la tela con una mano, muy despacio, esperando que me detuviera. No lo hizo. Al contrario: levantó apenas las caderas del sofá para que la falda pudiera subir más.

Debajo no llevaba nada.

Solo el borde superior de las medias ceñido a la mitad del muslo, y luego la piel pálida, desnuda, hasta ese coño limpio, depilado, con los labios ya brillantes de humedad. El olor me llegó de golpe, cálido y dulce, íntimo, muy distinto al perfume que había estado percibiendo toda la tarde. Esto era otro nivel.

—Se me olvidó ponerme la ropa interior —murmuró con una sonrisa apenas culpable—. En serio.

No respondí. Le besé el interior del muslo, justo donde terminaba la media. La piel ahí era todavía más suave, todavía más caliente. Subí, un beso tras otro, muy despacio, sintiendo cómo su respiración se cortaba con cada centímetro que avanzaba.

Cuando mi lengua tocó por primera vez su coño, ella soltó un gemido largo, apretado en la garganta, y sus dedos se enredaron en mi pelo.

—Ay, dios… hermanito…

La lamí despacio, de abajo hacia arriba, saboreando todo. Estaba empapada. Los labios se le abrían solos cada vez que mi lengua pasaba entre ellos. Rodeé su clítoris con la punta, un círculo lento, y ella se estremeció entera. Volví a hacerlo. Más rápido. Ella empezó a mover las caderas contra mi boca, buscando más presión, más lengua, más de todo.

—Chúpamelo —susurró con la voz rota—. Chúpamelo así, dios, no pares…

Cerré los labios sobre su clítoris y succioné suave. Ella arqueó la espalda contra el respaldo del sofá. Sus muslos se cerraron un instante contra mi cara, luego se abrieron todavía más. Le metí dos dedos en el coño mientras seguía chupándolo. Estaba tan mojada que entraron enteros sin resistencia. Los curvé hacia arriba, buscando ese punto interno, y encontré la textura rugosa que se hinchaba bajo mis yemas.

Ella se retorció.

—Ahí, ahí, no pares —jadeó, y me apretó la cabeza contra su coño con las dos manos—. Me voy a correr, hermanito, me voy a correr…

Aceleré. Le follé el coño con los dedos mientras mi lengua trabajaba su clítoris sin parar. Escuchaba el chapoteo húmedo, sentía cómo sus piernas empezaban a temblar. Ella soltó un grito ahogado, mordiéndose el labio para no despertar a la calle entera, y su coño se contrajo con fuerza alrededor de mis dedos, una vez, otra, otra más. Un chorro pequeño de humedad caliente me mojó la barbilla y el mentón.

Me quedé lamiéndola con suavidad mientras se le pasaba, chupando la última descarga, hasta que ella me empujó la frente con la mano, demasiado sensible.

—Espera, espera —dijo, riendo con la voz destrozada—. Ven aquí. Sube. Ya.

Me subí al sofá. Ella me tomó de la nuca y me besó en la boca por primera vez en la vida, con lengua, sin ningún pudor, saboreándose a sí misma en mis labios. Un beso largo, hambriento, para nada de hermanos.

Sus manos ya me estaban bajando el pantalón del pijama. Cuando mi polla saltó libre, dura como no la recordaba en años, ella soltó un gemido bajo contra mi boca.

—Joder —murmuró, mirándola—. Con razón la tenías así toda la tarde.

Envolvió mi verga con la mano. Empezó a moverla despacio, arriba y abajo, sintiendo el peso, la forma. Con el pulgar recogió la gota de líquido preseminal que ya asomaba en la punta y se la llevó a la boca sin dejar de mirarme.

—Sofía…

—Shhh. Déjame.

Se deslizó al suelo, al mismo lugar donde yo había estado hacía un minuto. Se arrodilló entre mis piernas con el vestido todavía puesto, arrugado sobre las caderas, los pezones marcándose duros contra la tela satinada. Me tomó la polla con las dos manos y la miró como si estuviera calculando algo.

Luego abrió la boca y se la metió entera de un solo empuje.

Se me escapó un jadeo largo. Me la mamó de arriba abajo con hambre, con ruido, con la mano acompañando lo que la boca no alcanzaba, sin dejar de mirarme desde abajo. Su melena caía a los costados. El colgante de plata se balanceaba sobre su escote con cada movimiento de cabeza. Un hilo de saliva empezó a resbalarle por la barbilla.

—Así, hermanita, así —jadeé, y verla reaccionar a esa palabra fue peor: cerró los ojos, gimió con la polla dentro de la boca, y aceleró.

Me chupó la verga con toda la boca abierta, sin dejar nada. Se la sacaba un segundo para lamerme desde la base hasta la punta con la lengua plana, para escupirle encima y volver a metérsela, sin dejar de mirarme.

—Toda la mañana —susurró contra mi polla— te vi mirándome. En la cocina. En el sofá. Cuando te puse los pies encima. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Volvió a metérsela en la boca. Ahora hasta la garganta. Tosió una vez, se limpió la baba con el dorso de la mano y siguió, sin parar. Sentí la punta chocar contra el fondo de su garganta y tuve que apretar los dedos contra el sofá para no correrme ahí mismo.

—Para —le dije, tirándole suave del pelo—. Para o me corro en tu boca.

Se sacó la polla de la boca con un pop húmedo. Me sonrió, las tetas subiendo y bajando dentro del vestido satinado.

—Fóllame —dijo, sin adornos—. Aquí. Ya.

Se puso de pie, se subió el vestido hasta la cintura y se me sentó a horcajadas sobre el regazo. Las medias negras seguían intactas, ceñidas a los muslos. Los tacones tirados en el suelo. El colgante de plata bailando entre nosotros dos.

Me guio la verga con la mano y se dejó caer despacio. La sentí abrirse alrededor de mí, centímetro a centímetro, apretada, empapada, ardiendo. Cuando terminó de bajar y su culo quedó apoyado contra mis muslos, los dos soltamos el mismo jadeo largo.

—Dios… —murmuró contra mi oído—. Estás dentro de mí.

Empezó a moverse. Despacio primero. Subiendo y bajando con las piernas, sujetándose a mis hombros. La miré: las tetas todavía dentro del vestido, los pezones marcándose durísimos a través del satén. Le bajé los tirantes y el escote cedió. Sus tetas cayeron libres, pequeñas, redondas, con los pezones rosados y erguidos apuntando hacia mí. Me lancé a chupárselas mientras ella seguía cabalgándome.

—Chúpame las tetas —gemía—. Fuerte. Muérdemelas.

Le mordí los pezones. Ella soltó un grito bajo, aceleró, empezó a follarme con más ganas, el sofá crujiendo bajo nuestro ritmo. Sus caderas subían y bajaban con fuerza, mi polla entrando y saliendo de su coño chorreante, un sonido húmedo llenando la sala entera.

Le agarré las nalgas con las dos manos. Firmes, calientes, redondas. Se las abrí, se las apreté, la ayudé a moverse contra mí más rápido, más fuerte.

—Así, hermanito —me susurró contra la boca, y la palabra me atravesó de arriba abajo—. Fóllame así. Toda la puta mañana esperando esto.

La levanté sin salir de ella, la giré, la doblé sobre el brazo del sofá. Ella se apoyó boca abajo, el culo en alto, el vestido arrugado sobre la cintura, las medias tensas alrededor de los muslos. Le abrí las piernas con la rodilla y la penetré otra vez, de una sola embestida, hasta el fondo.

Ella gritó contra el cojín.

—¡Sí, joder, así, dame, dame!

La empecé a follar duro. Sin cuidado. Ella empujaba el culo hacia atrás cada vez que yo entraba, encontrándome a mitad de camino. Le agarré la cintura con las dos manos y la usé como palanca para hundírmela hasta lo más profundo, una y otra vez. El sonido de mis caderas chocando contra sus nalgas resonaba en toda la sala.

Le pasé una mano por la espalda y le agarré el pelo. Se lo enrollé en el puño, tiré suave. Ella arqueó el cuello y gimió más fuerte.

—Más —jadeó con la voz rota—. Más duro. Trátame como si no fuera tu hermana.

Le solté una nalgada. La palma me quedó ardiendo. En la piel pálida se le marcó una huella rosada, y ella soltó un gemido que no había oído nunca en mi vida.

—Otra —pidió sin girarse.

Le di otra. Y otra. Se lo estaba pidiendo con el culo en alto y la voz destrozada. La follé más fuerte, sujetándola por la cintura con una mano y por el pelo con la otra. Ella metió una mano por debajo de su cuerpo y se empezó a tocar el clítoris mientras yo la embestía sin parar.

—Me voy a correr otra vez —jadeó—. Dios, hermanito, me voy a correr otra vez, no pares…

—Córrete —le dije al oído, inclinándome sobre su espalda—. Córrete en mi verga.

Su coño se cerró de golpe alrededor de mí, apretándome tan fuerte que casi no podía seguir moviéndome. Ella soltó un gemido largo, ahogado contra el cojín, y sentí las contracciones recorrerla entera mientras se corría por segunda vez, mojándome los muslos y el sofá.

Yo aguanté todo lo que pude. Seguí embistiéndola durante los últimos espasmos. Cuando ella se dejó caer contra el brazo del sofá, sin fuerzas, sacó una mano hacia atrás y me buscó el muslo.

—Ven, córrete en mi boca —dijo con la voz destrozada—. Quiero verte. Quiero probarte.

Salí de ella. Estaba tan cerca que dolía. Ella se deslizó al suelo otra vez, se arrodilló, se acomodó frente a mí con las tetas afuera, el vestido arrugado en la cintura, las medias corridas, el maquillaje pasado, el pelo revuelto. Nunca la había visto tan hermosa.

Abrió la boca y sacó la lengua.

Me la agarré yo mismo y me la sacudí sobre ella, rápido, con la mano llena de su humedad y de su saliva. Duró tres o cuatro tirones. Solté un gemido ronco y la corrida salió a chorros, larga, caliente, sobre su lengua, sobre los labios, sobre la barbilla, sobre las tetas expuestas y el colgante de plata que se manchó entero. Ella cerró los ojos, sacó todavía más la lengua, recogió cada gota que pudo.

Cuando terminé, se limpió la barbilla con un dedo, se lo llevó a la boca y se lo chupó despacio, mirándome desde abajo.

Me dejé caer contra el respaldo del sofá. Ella se subió de nuevo, se acurrucó contra mi pecho, todavía con el vestido arrugado y las medias puestas, el semen secándose todavía sobre el escote.

Nos quedamos un rato así, sin hablar. La respiración volviendo poco a poco.

—Todavía tengo que salir con las chicas —murmuró al fin, la voz tranquila y ronca contra mi cuello—. En una hora.

—Ya.

Ella levantó la cabeza. Me miró con esa sonrisa cariñosa de siempre, la de veinte años, la de veintisiete años de vida compartida, la misma que había visto esa mañana en la cocina. Y algo más detrás.

—Cuando vuelva, me esperas despierto —dijo. No era una pregunta.

Me besó otra vez, lento, sin prisa, todavía con el sabor de los dos en la boca. Luego se levantó, se estiró el vestido con las dos manos como si nada, se agachó a recoger los tacones y subió las escaleras descalza, con las medias corridas y una mancha brillante secándose todavía sobre la clavícula.

Me quedé en el sofá, mirándola desaparecer en el rellano, con el pulso latiéndome en las sienes por segunda vez ese día.

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Comentarios(10)

Inquieto68

tremendo relato, me dejo sin palabras. Espero la segunda parte!

LectorCba

Por favor continualo, quede con ganas de saber que pasa despues. Muy bien escrito.

Zornot

Se hizo corto... queremos mas!

jorgito88

Que bien narrado, se siente la incomodidad y el deseo al mismo tiempo. Eso es dificil de lograr.

ClaraBaires

me recordó a algo que lei hace tiempo pero esto está muchísimo mejor escrito. Sigue así!!

Rulox88

excelente!!!

SantiagoLeV

La tension al principio esta muy bien lograda. Uno de los mejores en esta categoria que lei en mucho tiempo. Saludos desde Rosario

marisolLec

Increible como en pocas lineas te metiste de lleno en la historia. Hay segunda parte?

MarioA76

jaja me quede pegado leyendo y era tardisimo, gracias por eso... seguí publicando!

confesando_todo

Muy bueno. Me gusta cuando los relatos de esta categoría tienen esa tensión psicológica, no solo lo explícito. Espero que sigas escribiendo así.

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