Mi suegro y su hija me esperaban en el salón
Después de aquella tarde con Soraya, ya nada me parecía imposible cuando mi suegro me convocaba a su casa. Por eso, cuando crucé el portal y empujé la puerta del salón, no me sorprendió encontrar a Mariana esperándome en el sofá, con las piernas cruzadas y una sonrisa que no era exactamente de bienvenida familiar.
—Adelante, cuñada —dijo, levantándose despacio.
Llevaba un vestido blanco que apenas le tapaba los muslos. Yo me había puesto una falda negra de la misma medida y una blusa de lunares cubierta por una chaqueta corta. Medias negras, tacones bajos. Las dos sabíamos por qué me había llamado su padre y por qué ella estaba en casa precisamente esa tarde.
—Qué medias tan bonitas —comentó, sentándose a mi lado—. Parecen muy suaves.
Pasó la palma por mi pantorrilla, despacio, como si estuviera valorando una tela en una tienda. No retiré la pierna.
—Si te gustan, te las regalo —contesté.
—¿En serio?
—Súbete el vestido. A ver si te quedan.
Lo hizo sin titubear. Se subió la tela hasta la cintura y dejó a la vista unas bragas negras minúsculas. Me arrodillé delante de ella, fingiendo que medía la media contra su muslo, y aproveché para deslizar los dedos por el interior de su pierna. Mariana se mordió el labio.
—Te quedan mejor que a mí —dije—. Mucho mejor.
Mi lengua subió por su muslo antes de que ninguna de las dos lo decidiera. Ella siguió disimulando, como si el contacto no la quemara.
—Cuñada, ¿tú crees que llevo las bragas adecuadas?
—Me encantan.
—Pues quiero ver las tuyas. Para comparar.
Me puse de pie y me bajé la falda. Las bragas blancas quedaron a su altura. Mariana me miró de arriba abajo, sin prisa.
—Mi hermano debe pasarse el día empalmado a tu lado —murmuró.
Y antes de que yo pudiera contestar, su boca encontró la mía. Fue un beso largo, con la lengua, sin pedir permiso. Una de sus manos se coló entre mis muslos y empezó a acariciarme el sexo por encima de la tela. Yo le respondí con la misma moneda: le subí el vestido del todo, le metí los dedos por debajo de la goma de las bragas y la encontré ya mojada.
—Vamos a quitarnos esto —dijo ella sin separarse de mi boca.
Las dos prendas cayeron al suelo en un instante. Mariana se tumbó en el sofá, abrió las piernas y me miró desde abajo con una expresión que no admitía rodeos.
—Cuñada, estoy ardiendo. Bájate y cómemelo.
Bajé hasta su pubis y empecé a lamerla con la lengua plana, despacio, recorriéndola entera. Ella levantó las caderas para buscarme.
—Joder, qué bien lo haces —jadeó—. Mejor que nadie.
Sus gemidos subían de volumen. No tardó nada en correrse, agarrándome el pelo con las dos manos y arqueando la espalda. Cuando se relajó, subí por su cuerpo y le di otro beso, esta vez más lento.
—No nos hemos llevado bien hasta hoy —susurró—. Pero algo me dice que eso va a cambiar.
—Algo me dice que sí.
—¿Me lo vuelves a comer?
—Sí. Pero quítatelo todo primero.
***
En menos de un minuto las dos estábamos desnudas. La luz del salón le entraba en diagonal y le dibujaba las costillas, los pezones duros, el brillo entre los muslos. La empujé suavemente para que se tumbara con las piernas bien abiertas y volví a hundir la cara en su sexo. Esta vez sin prisa. Le pasé la lengua por todas partes, le succioné el clítoris, le metí dos dedos hasta sentir cómo se cerraba alrededor. Sus gemidos se volvieron un grito ahogado contra el cojín.
Cuando se corrió, no me retiré. Me trepé sobre ella y nos besamos otra vez, con la boca todavía mojada de su placer.
—Ahora me toca a mí —dijo.
Cambiamos los papeles. Me tumbó de espaldas, me lamió un pezón mientras el otro lo apretaba con los dedos, y luego bajó la mano por mi vientre hasta meterme un dedo. Lo movía con una precisión que no me esperaba. En algún momento se acomodó de manera que nuestros sexos quedaron uno contra otro, frotándose, y los dos cuerpos empezaron a sincronizarse en el mismo movimiento.
—Joder, cuñada —dije, sin aliento—. Lo haces increíble.
—Qué suerte tiene mi hermano de tener esto en casa —contestó.
Me corrí así, con sus dedos dentro y su mano apretándome un pecho. Aún temblaba cuando me incorporé y, sin darle descanso, le puse la boca otra vez. Ella me detuvo a media maniobra.
—Cuñadita, hagamos un sesenta y nueve.
Me coloqué encima de ella, en posición invertida. Las dos lenguas a la vez, las dos respiraciones cortas. Mariana se corrió primero, mordiéndome el muslo para no gritar. Yo levanté la cabeza para tomar aire.
—Quiero que tú también te corras —murmuró desde abajo—. Ponte a cuatro patas.
Obedecí. Ella se acomodó detrás de mí, me metió dos dedos y luego pasó la lengua por toda la zona donde el sexo se junta con el resto. Encontró un punto que yo apenas conocía y se quedó ahí, terca, hasta que el orgasmo me dobló los brazos.
—La muy zorra —jadeé contra el cojín—. Sabes lo que haces.
—Algo aprendí.
***
Nos sentamos un momento, una al lado de la otra, recuperando el aire. La senté sobre mis rodillas, le pasé el brazo por la cintura y volví a meterle la mano entre las piernas. Ella echó la cabeza hacia atrás, contra mi hombro.
—Cuñadita —jadeó—, me vas a volver loca.
—Esa es la idea.
Y entonces escuchamos la voz desde lo alto de la escalera.
—No sabéis cómo me estáis poniendo, par de putas.
Las dos giramos la cabeza al mismo tiempo. Mi suegro bajaba los escalones despacio, con la camisa abierta y los pantalones a medio bajar. Cuando llegó al salón terminó de quitárselos. La tenía dura, muy dura. Mariana, sin dudar un segundo, se acercó a él, se arrodilló y lo miró desde abajo con cara de niña traviesa.
—Papi —dijo—, ¿así que también te tiras a la mujer de mi hermano?
—Algún día tenías que enterarte.
Le metió la polla en la boca con la naturalidad de quien hace un gesto cotidiano. Yo me acerqué por el otro lado y compartimos lo que teníamos delante: una lengua por aquí, otra por allá, las miradas cruzadas y un poco competitivas.
—Déjamela un rato —pidió ella tirando de mí—. Solo un rato.
Se la metió hasta el fondo, mamando con un ansia que no escondía. Cuando se separó para tomar aire, me sonrió con los labios brillantes.
—Hay que reconocer que mi papi tiene una polla buenísima, ¿verdad?
—Verdad.
—Quiero montarlo. ¿Me dejas?
—Toda tuya. De momento.
Mi suegro se sentó en el sofá. Mariana se subió encima y empezó a cabalgarlo despacio, agarrándose a su cuello. Los dos gemían sin disimulo. Yo me quedé de pie, mirando, y sin darme cuenta había empezado a tocarme. Me senté al lado de ellos y mi suegro lanzó la mano por mi muslo. Mariana, sin parar de moverse, giró la cabeza y me besó otra vez. Su padre, viendo la escena, me atrajo hacia él y me besó a mí con la misma boca con la que un instante antes había besado a su hija.
***
—El coño de mi niña es delicioso —dijo él, separándose de su hija—. Pero ahora quiero el de mi nuera.
—Mientras no os olvidéis de mí —respondió Mariana, ya bajando.
Se puso a cuatro patas en el sofá. Yo me incliné hasta tener su sexo a la altura de la boca y volví a lamerla. Detrás de mí, mi suegro me agarró las caderas y se metió de una sola embestida. Empujaba con un ritmo que no parecía propio de su edad. Los gemidos de los dos se mezclaban con los míos, padre e hija respirando al mismo compás.
—Lo siento por mi hermano, cuñada —murmuró Mariana entre jadeos—. Pero me alegro de que seas tan puta.
—Papi —pidió ella entonces—, quiero la polla en la boca.
Él fue donde su hija. Se la metió en la boca y Mariana mamó con los ojos cerrados, casi reverente. Yo aproveché para ponerme detrás y observarlos, frotándome a ritmo con ellos. Después él la hizo girarse hacia el respaldo del sofá, se trepó con una agilidad que no me esperaba y volvió a metérsela.
—Estoy a punto —avisó al rato—. Quiero correrme dentro de mi nuera.
Las dos sabíamos quién mandaba. Salió de Mariana, ella se tumbó boca arriba, y yo me coloqué encima de su torso, sus pechos contra los míos, antes de que él se metiera detrás de mí. Mariana me apretó los pezones con los dedos mientras su padre me follaba.
***
Después la disposición cambió otra vez. Mariana boca arriba, yo a cuatro patas con el sexo encima de su boca, mi suegro entre sus piernas. Ella me lamía con una técnica que ya conocía y me corrí enseguida. Cuando dejé de temblar, me coloqué al lado, le besé la boca a Mariana y le acaricié con los dedos la zona donde la polla de su padre seguía entrando y saliendo. Le besé un pezón, le mordí suavemente el otro, y ella sonreía con los ojos cerrados como si estuviera en un sueño.
Mi suegro decidió tumbarse en la alfombra y me hizo colocarme encima, de espaldas a él. Mariana se acercó y empezó a lamer la zona donde su padre y yo nos encontrábamos. Después yo le devolví el favor: la atraje hacia mí y le metí la lengua hasta que se corrió otra vez. Su padre eyaculó un poco después, dentro de mí, con un grito ronco que hizo temblar el cristal de la mesa.
Pero no quedó ahí. Tras un descanso corto, las dos volvimos a lamerle la polla hasta que estuvo otra vez lista. Esta vez se tumbó en la cama del dormitorio y le pidió a Mariana que lo cabalgara mientras yo le lamía la zona que ella dejaba libre. Más tarde cambiamos: yo encima, de espaldas a él, y Mariana mamando lo que sobresalía. Acabamos haciéndole una paja a cuatro manos hasta que se corrió de nuevo, esta vez sobre nuestros vientres.
***
Me vestí en silencio, mientras padre e hija seguían tumbados. Antes de salir miré hacia la cama. Mariana se acurrucaba contra el costado de su padre con la naturalidad de quien lo había hecho mil veces. Él le pasaba la mano por el pelo. Cerré la puerta sin despedirme.
De camino al coche pensé que mi suegro estaba terminando con sus hijas el mismo proceso que había empezado con sus nueras. Y, lo más turbador, no me importaba ser parte de la cadena.