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Relatos Ardientes

El fin de semana que tendría a mi hermana para mí

—Vale, yo lo dejaría por hoy —propuso Marina, cerrando el cuaderno con cara de satisfacción. Habíamos avanzado más de lo previsto para esa tarde.

—Menos mal —soltó Hugo, frotándose los ojos con las dos manos—. A mí ya me duele la cabeza de tanto número que no significa nada, en serio.

Me enderecé en la silla y aproveché para estirar el cuello. Hacía un buen rato que Carla se había ido sin explicar adónde, y la verdad es que su ausencia me quitaba un peso de encima. Cuanta menos gente en la sala, más tranquilo respiraba yo.

—De acuerdo, pero hace falta quedar una vez más esta semana. La primera entrega es el martes y el lunes yo no puedo. —Cogí la agenda y el bolígrafo—. ¿Os va bien el sábado?

—Yo, por la mañana, tempranito —se ofreció Marina—. Hasta mediodía, luego tengo cosas.

—¿Y tú? —le pregunté a Hugo.

—Caigo sobre las diez y me quedo el rato que haga falta.

—Perfecto, pues aquí pasado mañana —concluí, anotándolo con una letra que ni yo mismo iba a entender después.

Pasaban de las doce. Marina guardó el portátil en la funda y me miró mientras se colgaba la mochila.

—Marcos, Hugo y yo vamos a la cafetería a comer algo antes de subir a clase. ¿Te vienes?

—Gracias, pero no puedo. Ahora me toca un trabajo individual de otra asignatura.

—Tú mismo. Nos vemos luego. ¡Chao! —se despidió con la mano.

—Que aproveche —contesté con media sonrisa, mitad por educación, mitad porque me caía bien.

Les había mentido, aunque solo a medias. El trabajo en solitario existía, pero el plazo no vencía hasta después de Navidad. Lo que de verdad me hacía rechazar el plan era la idea de meterme en un local pequeño, lleno de gente ruidosa cuya conversación me importaba entre poco y nada. En esos sitios se me cierra el estómago, me tenso y dejo de saber hablar. Así que desenvolví el bocadillo que me había preparado por la mañana y comí frente al libro en inglés del que tenía que sacar ideas para una reseña.

***

Como casi siempre, me quedé en la biblioteca de la facultad hasta la hora del cierre y llegué a casa pasadas las nueve, justo para la cena. Esa rutina me daba paz, y eso me gustaba más que ninguna otra cosa.

Encontré a Lucía en el salón con nuestro padre: ella con el móvil, él pegado a la tele, mientras la abuela terminaba de freír algo en la cocina. Mi hermana levantó la vista y sonrió al verme.

—¡Hola, ya estoy! —saludé—. Perdón por el retraso, había tráfico.

—No pasa nada —respondió enseguida, levantándose del sofá y viniendo hacia mí—. Todavía le quedan unos minutos a la cena.

Antes de que pudiera quitarme la chaqueta, se me echó al cuello y me abrazó. Le devolví el abrazo y la apreté contra mí, como no podía ser de otra forma.

Entonces separó un poco la cabeza, lo justo para mirarme con esos ojos azules apenas maquillados. Se quedó así unos segundos que se me hicieron eternos, usando esa conexión silenciosa que solo teníamos ella y yo, diciéndome sin palabras todo lo que delante de nuestro padre y de la abuela no podía decir en voz alta.

Al final me puso la mano en la mejilla y me dejó un beso contenido en la otra. Un beso casto, pero colocado a propósito muy cerca de la comisura de mis labios. Sonó fuerte y hundió la nariz en mi cara, como si quisiera meter ahí toda la intención que su prudencia obligaba a esconder.

Nuestro padre y la abuela no le daban ninguna importancia a esos gestos. En parte porque jamás se les pasaría por la cabeza que entre dos hermanos pudiera existir algo más que cariño, y en parte porque ya estaban acostumbrados a vernos así desde siempre. Nadie saltaba ninguna alarma. Bendita costumbre.

Mientras tanto, sentí el pecho de Lucía apretarse contra el mío y su boca golpear mi piel una y otra vez. Noté cómo la sangre empezaba a bajarme hacia la entrepierna y un calor lento me crecía ahí abajo.

—Voy a dejar las cosas y vuelvo —alcancé a decir, con el corazón acelerado y unas ganas que ella parecía decidida a despertar justo en ese momento.

—Te acompaño —se ofreció, cogiéndome de la mano y entrelazando sus dedos con los míos.

Tuve que recurrir a toda mi cabeza fría para no arrinconarla en cuanto saliéramos del campo visual de la familia.

Subimos a mi cuarto y, nada más entrar, Lucía cerró la puerta y se acercó, esta vez con una sonrisa abierta que delataba sus intenciones.

—Déjame que te quite yo la mochila, la chaqueta, todo. ¿Vale?

—Como quieras, pero por favor no me…

No pude terminar. Me calló con un beso rápido e intenso que me metió de lleno en la boca. Me aparté un poco y ella se quedó mirándome, mordiéndose el labio, con un brillo en los ojos que solo podía describir como puro deseo.

—Oye, estate quieta —intenté reñirla, obligándome a ignorar que ese beso me había encantado y que me la estaba poniendo dura bajo el pantalón—. ¿Qué te pasa? Te veo muy lanzada.

—Per… perdona —cerró los ojos y frunció el ceño, llevándose las manos a la boca y negando con la cabeza, como diciendo «llevas razón, la he liado»—. Es que tenía muchas ganas de verte, Marcos.

—Lo sé, mi vida. Yo también —volví a acercarme y le rodeé la cintura—. Pero los dos sabemos que no conviene mostrarnos tan cariñosos cuando no estamos a solas. Nos podrían ver. ¿Lo entiendes?

—Sí, pero… —murmuró ella, con la cabeza baja y el gesto apagado—. Por eso he cerrado la puerta.

—Ya, pero igualmente… —y me frené en seco. Tenía razón. Iba a contestarle en automático, sin pensar, y eso no era justo con ella—. Mira, ¿sabes qué? Tienes razón, cariño. Aquí no nos ve nadie y yo he sido un paranoico. Perdóname tú a mí. Has sido un cielo desde que he llegado y solo has recibido frialdad por mi parte. Lo siento.

—No, no… tranquilo —balbuceó con una sonrisa triste—. Soy yo, que me he pasado…

—¿Pasarte tú? Qué va, cariño —le aseguré, negando despacio—. Lucía, mírame. Mírame. —Conseguí que clavara los ojos en los míos—. Esto sí que es pasarse.

Y le di un beso que la dejó sin aire, abriéndole los labios para que mi lengua buscara la suya, mientras le sujetaba las mejillas y le hundía los dedos en el pelo, recogido en esa coleta alta tan suya, con algunos mechones sueltos a los lados.

Ella, que no se lo esperaba, abrió los ojos de golpe. Por el escalofrío que la recorrió, diría que el corazón le dio un vuelco. Suspiró aliviada y respondió con la misma intensidad.

Llegó un punto en que abrimos tanto la boca que ya no nos besábamos: lo único que existía era el roce de nuestras lenguas. Me envalentoné, la cogí por el culo y la apreté contra mi entrepierna, y los dos gemimos por el contacto y por sentir lo dura que la tenía.

—Ah… hermanito… mmm… me encantaría seguir, pero nos esperan a cenar… deberíamos parar —susurró.

La observé con calma. Sus ojos buscaban los míos pidiendo permiso, dudando; se mordía el labio con nervios, como si no estuviera segura de lo que hacía. Sin decir nada me transmitía dos cosas a la vez: las ganas enormes de continuar y, al mismo tiempo, la necesidad de que fuera yo quien pusiera el freno. Que decidiera por los dos.

—Estoy contigo —contesté, asintiendo despacio—. Vamos. Pero, Lucía… te quiero —dije al final, saboreando cada palabra.

Le rocé la nariz con la mía, un beso de esquimal lento que la hizo sonreír y cerrar los ojos, casi ruborizada. Me quité por fin la mochila y la ropa de abrigo, y salimos juntos del dormitorio.

***

Hundí la cuchara en el cuenco de sopa, distraído, igual que ella con su tostada y su ensalada, mientras veíamos un capítulo de una serie policíaca, compartiendo la manta y pegados en el sofá.

Bajo la tela gruesa de color rojo oscuro, Lucía tenía las piernas estiradas sobre mi regazo, dejándome una presión cálida justo en el sitio menos indicado. No hace falta decir lo bien que me sentía. El simple roce de su cuerpo bastaba para despertarme entero, y si ella notaba el bulto, me regalaría una sonrisa cómplice y quizá un guiño, satisfecha de saberse deseada.

—Andrés —dijo de pronto la abuela a nuestro padre—, ¿cómo quedamos al final para el sábado?

—Te llevo yo al médico, mamá —contestó él sin apartar la vista de la tele.

—¿Pero tú no te ibas al monte el viernes por la tarde? Yo me voy por la mañana a casa de la tía y duermo allí, que así el sábado tengo la clínica más cerca.

Aquella frase me espabiló. Miré de reojo a Lucía, que hacía exactamente lo mismo, y los dos pusimos cara de no entender nada.

—¿No os lo había contado? —preguntó nuestro padre—. Mañana, después de comer, me voy a una casa de campo a pasar el fin de semana. Vuelvo el domingo por la tarde, casi seguro.

—Ya. ¿Y tú, abuela, qué haces con el médico? —se interesó mi hermana, con una calma que solo yo sabía fingida.

—Que tengo hora el sábado por la mañana y voy por mi cuenta. El viernes duermo en casa de mi cuñada, que vive al lado de la consulta.

Se quedaron discutiendo los detalles un buen rato, y nosotros cruzamos una mirada de absoluta complicidad. Íbamos a tener la casa para nosotros durante al menos un día entero, contando con que la abuela no volvería hasta la tarde del sábado. Al final nuestro padre se empeñó en llevarla él mismo —quería asegurarse de que después ella no le mintiera sobre lo que dijera el doctor—, y la abuela acabó cediendo a regañadientes.

***

Como cada noche, después de recoger me encerré en mi cuarto a pasar a limpio los apuntes de la universidad. Era lo último que hacía siempre, algo mecánico y sencillo, porque a esas horas la cabeza ya no me daba para más.

Al poco rato oí unos golpecitos en la puerta y asomó la cabeza Lucía, que entró sigilosa con cara de gato satisfecho y vino directa hacia mí.

—Oye, lo hemos entendido bien, ¿verdad? —preguntó, apoyando la mano en el respaldo de la silla—. Mañana por la tarde nos quedamos solos hasta el día siguiente.

—Sí, sí, clarísimo —confirmé, girándome hacia ella y cogiéndole las manos.

—Tengo que… reconocer una cosa —musitó, bajando la cabeza—. Me he puesto muy nerviosa antes.

—Joder, y yo —reconocí sonriendo—. Mañana me escapo un momento y compro condones.

—¿No nos sobraron de la última vez?

—Lucía, cariño… —la miré fijo a esos ojos azules—. Te aseguro que vamos a necesitar más.

No me esperaba el beso que me dio entonces. Se me echó encima, me sujetó la cara con las dos manos y estampó sus labios contra los míos, metiéndome la lengua y sentándose a horcajadas sobre mí, con las rodillas a los lados del asiento.

Se entregó tanto que tuve que reclinar la silla hacia atrás, con el riesgo de que volcara. Por un segundo temí que nuestro padre o la abuela abrieran la puerta sin llamar y nos encontraran así, pero los ronquidos que venían desde el pasillo me tranquilizaron del todo.

Visto que no había nada que temer salvo nosotros mismos, me dejé llevar y disfruté de su boca y de su cuerpo mientras le recorría la espalda con las manos. Junté mi lengua con la suya y la atraje aún más, notando sus pechos endurecidos apretarse contra mi pecho. El calor que despedía me encendía, y un hormigueo lento empezó a subirme entre las piernas.

Un hormigueo de lo más agradable. Demasiado.

Deberíamos parar.

Sabía que deberíamos parar, porque era una locura con gente en casa. Pero ni mi cuerpo ni el bulto que me crecía entre las piernas opinaban lo mismo.

—Lucía… cariño… —intenté llamar su atención—. Me encantaría, pero ahora no puede ser… sabes que ahora no… —las palabras me salían entrecortadas, ahogadas por los movimientos que ella hacía sobre mí, frotándose justo donde más lo notaba.

—Mmm… solo un poquito más, Marcos —me pidió, poniendo morritos—. Solo un poco… ya que estamos.

—Lo sé, mi vida… te juro que si estuviéramos solos te levantaría ahora mismo de esta silla y te haría el amor hasta el amanecer. Pero sabes igual que yo que no podemos.

Intentó pasarme la lengua por los labios y la frené sujetándola del cuello con suavidad, separando nuestras caras con toda la determinación que la calentura me dejaba.

Al final se rindió. Puso una de esas caras de niña enfadada, con el ceño fruncido y el morro torcido, y me soltó:

—¡Aguafiestas! —me sacó la lengua y se levantó de encima de mí.

La vi salir del cuarto contoneándose a propósito, sabiendo que la miraba. Y mientras cerraba la puerta tras de sí, pensé que apenas quedaban unas horas para tenerla solo para mí. Veinticuatro horas, una casa vacía y todo el tiempo del mundo. Esa noche, por primera vez en semanas, me costó dormir.

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Comentarios (5)

Pelusa_BA

Que arrancada!!! te engancha desde la primera linea, no pude parar de leer.

LucianoR_85

Por favor continuá contando el finde completo, quede con ganas de mas!!!

Confeso99

Lo que me gusta de este tipo de relatos es la tension del secreto, esa incomodidad de tener que disimular delante de todos. Muy bien logrado, se siente real.

MorbosoFan

Tremendo morbo!! Segui asi

ViajeroK

Me recordo a algo que vivi hace anos, esa sensacion de tener que actuar normal cuando todo adentro tuyo es un incendio... Gran relato.

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