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Relatos Ardientes

Mi padre y mi marido me compartieron esa noche

Eran cerca de las ocho cuando papá y Diego golpearon la puerta del cuarto donde Henri y yo habíamos terminado durmiendo abrazados. Los dos venían a apurarnos para el desayuno: traían café recién hecho y la cara de quien todavía no se decide entre reírse o reclamar.

Nos duchamos juntos, Henri y yo, sin prisa. Bajamos al comedor de la casa de campo en pantuflas y ropa cómoda. Cuatro idiomas mezclados en una sola mesa, y a ninguno le molestaban las pausas.

Me había vestido con cuidado. Un vestido largo hasta el tobillo, sin tirantes, en voile azul Francia —elegido en honor al invitado—, y zapatos de tacón medio para no cansarme. La tela era tan fina que cualquier rayo de sol que entrara por la ventana del comedor convertía el vestido en una transparencia perfecta. Yo lo sabía. Por eso lo había elegido.

Henri me miraba como si todavía no terminara de creer dónde estaba.

—¿Podríamos volver a tener algo, tú y yo? —me preguntó en francés, después del segundo café—. Yo no vine a comprarte. Vine a verte.

—Aquí no se compra ni se vende —le contesté—. Aquí se acepta lo que ofrezco hasta que el invitado dice basta. Y todavía no dijiste basta.

Quedó mudo un segundo. Después se rio bajito y me besó la mano.

Le expliqué entonces, mientras preparaba la ensalada de papas con huevos y pepinillos para el asado del mediodía, que Diego y mi padre eran parte del mismo trato. Que él era el invitado principal, pero que mi marido y mi padre tenían su lugar reservado en mi cama. Henri asentía despacio. Cuando se enteró de que también dejábamos pasar a Salvador, el casero del campo, se le fueron las manos al ruedo del vestido.

Me bajó el escote sin pedir permiso. Me apretó las tetas mientras yo cortaba pepinillos. No le dije que parara. Mis tetas son una de las partes de mi cuerpo que más quiero, y soporto mal que las traten con timidez.

Almorzamos. Tomamos café. Y cuando ya empezaba a anochecer en Europa, llegó la videollamada. Esta vez del lado de allá. Margaux, la mujer de Henri, sostenía el teléfono con una mano y con la otra ahogaba una carcajada. Detrás de ella, Étienne —el chofer de la casa— la penetraba en cuatro, sin disimulo. La verga del muchacho era enorme, no le entraba más allá de la mitad. Cuando Étienne se salió y le acabó en la espalda, Margaux saludó con la cámara como si nos estuviera mostrando un postre.

Henri cortó la llamada. Y se dedicaron los tres a mí.

***

A las siete me cambié por primera vez. Bata blanca transparente, tanga de hilo y un sostén marco —ese que es solo el contorno, sin copa, los pezones libres bajo la tela—, tacos altísimos. Ya que tenía un voyeur entre los invitados, decidí dedicarle el primer pase.

Bajé a la sala. Pasé delante de los tres, hice caer la bata al suelo y dejé que me miraran hasta hartarse. Mi padre me acariciaba el culo sin alzar la mirada. Henri me chupó un pezón hasta dejarme una marca rosa. Diego sonreía desde el sillón, copa en mano, con la calma del que sabe que el cierre va a ser suyo.

Volví a subir, me tomé más tiempo del necesario, y reaparecí con un babydoll blanco cortísimo, «a medio culo» como yo lo llamo, atado por un solo lazo al frente. Henri me sentó en su regazo. Mi padre me siguió acariciando el culo. Diego me deshizo el lazo de un tirón y me dejó las tetas al aire.

Volví a desaparecer.

Mi tercera salida fue la favorita de Henri. Salí desnuda, con una boa blanca de plumas que solo me cruzaba un hombro y caía hacia adelante, hasta taparme apenas la concha cuando yo lo decidía. Medias negras de puño elástico. Nada más.

—Mis amores —les dije, parada delante de los tres—. ¿Qué quieren que hagamos esta noche?

—Lo de siempre. Con todos —dijo Diego.

—Sí —dijo mi padre, sin levantar la copa de coñac.

—Yo les pido un favor —dijo Henri—. Quiero ser el último. Y la última parte de la noche, si me lo permiten, quiero pasarla a solas con ella. Como si fuera el ensayo del día en que vuelva para fecundarla. Anoche solo lo hicimos una vez. Siento que no fue suficiente.

Diego miró a mi padre. Mi padre miró a Diego. Los dos asintieron casi al mismo tiempo.

—Hagamos un ensayo general —dijo Diego.

***

Diego fue el primero. En cuatro, bien adentro, contra el colchón de la habitación principal. Sabe lo que me gusta y no necesita preguntarlo. Una mano en la cintura, la otra en el esfínter, un dedo bien ensalivado, y ese ritmo suyo de bolas colgando que me golpean con cada embestida.

Henri y mi padre miraban desde dos sillones, en bóxer, con copas de coñac en la mano. Yo los veía solo a ratos, cuando Diego me dejaba girar la cabeza.

Cuando acabó, lo hizo bien adentro. Se quedó así, sin moverse, un minuto largo.

—Para que se orienten los espermatozoides —dijo, y se rio él solo del chiste.

Me tiré de espaldas, las rodillas levantadas, en la pose de las mujeres que buscan embarazo, y dejé que la leche empezara a chorrear despacio. Diego se limpió la verga en mis medias y me la dio a chupar para terminar de limpiarla.

—Papá —dije, mimosa—, te toca. ¿Me ducho?

—No, Camila. Te quiero así. Recién cogida.

***

Mi padre se acercó parado. La verga al nivel de mi boca. Yo seguía recostada como una estatua. Lo chupé despacio, mientras le acariciaba los huevos, y él me miraba la cara como si no se la creyera.

—Camila, Camila —repetía—. Qué divino que seas tan puta y que pueda cogerte yo.

Eso me prendió fuego.

Me senté al borde de la cama, lo agarré de la cintura y dirigí su verga a mi entrepierna. Entró fácil. Estaba todavía empapada del semen de Diego. Se movió un par de veces dentro de mí, sacó la verga brillante y me empujó otra vez sobre la cama.

Me ama. Lo sé hasta donde nuestro amor es posible. Cuando caí sobre el colchón, lo atraje a mí, y nos besamos como dos personas que llevan años buscando perdonarse algo.

Después me pidió que me corriera al borde de la cama, con las rodillas casi a la altura de los hombros. Él se paró al lado, me lamió la concha varias veces, y me la metió mirándome a los ojos.

Esa mirada me cambió la noche.

Lujuria, deseo incestuoso, cariño paternal, y la convicción genuina de querer ser él el que me embarazara cuando llegara el momento. Todo junto. La posición era ideal, casi me entraban los huevos también. Empezó el vaivén con un bufido, mezcló dos o tres mete-saca rápidos y siguió incansable. Yo gritaba sin saber qué gritaba. Henri y Diego miraban desde menos de un metro, asombrados de la pasión que había entre nosotros.

Acabó adentro. Bien adentro. Yo temblaba.

Cuando se le ablandó y salió, bajé los pies a la cama, abrí las piernas todavía más, y le ofrecí la concha brillante para que me la besara. Me besó. Se acostó encima sin penetrarme y me dijo cosas hermosas al oído que no voy a repetir.

***

Diego y papá se levantaron, cumpliendo lo prometido. Antes de irse, Diego volvió un instante y dejó algo sobre una silla.

Mi vestido de novia.

El mensaje era obvio: había que ir guardando manchas de los hombres autorizados a preñarme.

Cuando la puerta se cerró, Henri se quitó el bóxer.

Tenía la verga durísima desde hacía rato. Ser voyeur lo excita más que coger. Me acosté encima de él, me dediqué a chupárselo despacio, con excursiones a los huevos y al ano, y él me agradecía cada lametón como si fuera un milagro.

—Yo te voy a embarazar en cucharita —me dijo después—. Quiero ser distinto a los otros.

Me acomodé de costado, pasé una pierna por encima de las suyas y abrí la concha de par en par. Su verga es relativamente larga; me la metió a fondo. Mientras embestía, me acariciaba el clítoris con una mano y me entrelazaba los dedos de la otra. Acabó con un gemido ronco y se quedó adentro, abrazándome por la espalda.

Yo ya pensaba en el día siguiente. En lo que quería pedirles para el cierre.

Me levanté, traje aceite para bebés y le unté el frente del cuerpo, verga incluida, hasta que se le puso dura otra vez. Me pasó el frasco. Me untó las tetas, me sacó una foto y se la mandó a Margaux. Me trepé encima, restregué mi cuerpo aceitado contra el suyo, y el resto fue un vaivén húmedo y resbaladizo, con risas tontas cada vez que me deslizaba sin querer hacia un costado. Me acabó adentro por segunda vez.

Cuando me levanté, caminé hasta la silla, agarré el vestido de novia y le limpié la verga.

—Ahora eres parte de mi vida —le dije—. Quedas formalmente autorizado a fecundarme.

—Es el gesto más hermoso que recibí nunca.

—Disfruto todo lo que me dan —dije—. Semen, besos, regalos, cariño. Lo que sea.

Nos duchamos juntos y volvimos a la cama a jugar como dos adolescentes que descubren un cuerpo nuevo.

***

El domingo, en cambio, lo planeé yo desde el desayuno. Quería una doble vaginal. Me imaginé a Henri viendo cómo otra verga se le acercaba a la suya dentro de mí, y supe que lo iba a disfrutar tanto como yo.

A media tarde reaparecí en la sala. Babydoll blanco transparente, abierto por la espalda en V invertida, sostenido por un solo lazo en la nuca. Una tanga negra mínima por delante y una V hacia la espalda con un cordón en zigzag entre ojales, como un corsé en miniatura. Tacos altos. Una sonrisa amplia y avisada.

Diego y papá ya sabían lo que yo quería. Se los había dicho a la mañana.

Me senté entre los tres, sorbí el café con manos ajenas en mis tetas, y dejé que alguno me desatara el lazo del cuello. Se fueron desnudando. Yo iba masturbándolos por turnos, con sus vergas entre mis pechos. En minutos estaban los tres erectos.

—Henri —le dije—. Quiero que colabores. No te asustes con lo que pase.

Lo senté al borde del sofá, le incliné el torso hacia atrás y le apoyé la cabeza en el respaldo. Me trepé encima en posición de vaquera invertida. Me clavé su verga hasta el fondo, subí y bajé despacio. Cuando lo sentí cerca del orgasmo, incliné el torso hacia atrás y dejé la concha totalmente expuesta, con su verga adentro.

Diego se untó la mano con un poco de gel acuoso. Apoyó la cabeza de su verga en la entrada, justo encima de la de Henri. Empujó. Mi padre me contó después que parecía que la concha me iba a reventar.

Pero yo lo quería. Lo estaba gozando como pocas veces.

Henri intentaba moverse y casi no podía. El vaivén era todo de Diego, que mientras me cogía rozaba la verga del francés. Lentamente la concha se acomodó. La presión bajó un punto. Y entonces Diego acabó. Grité algo que no recuerdo.

Diego salió rápido y mi padre tomó su lugar. Esta vez entró sin esfuerzo: la mezcla de aceite, gel y semen lubricaba todo. Henri pudo moverse un poco más. Diego se inclinó a chuparme las tetas y a besarme con lengua. Estaba en las nubes.

Mi padre acabó adentro y se quedó uno o dos minutos más, yendo y viniendo despacio.

Cuando se salió, yo me bajé de Henri y me lo subí encima de frente, vaquera derecha, y subí y bajé tan rápido como pude para que terminara también él. Diego y papá se alternaban poniéndome un dedo en el culo, que estaba a la vista de todos.

Henri acabó. Yo me dejé caer sobre la ropa tirada en el piso, exhausta. Me chorreaba leche por los muslos y tenía las tetas brillantes de saliva.

Y mi adorado marido, sin que se lo pidiera nadie, se arrodilló entre mis piernas y me dio una chupada lenta de concha que iba alternando con besos en la boca. Como un cierre. Como una firma.

***

Nos duchamos por turnos y volvimos a la ciudad al atardecer. Esa noche dormí entre Henri y Diego, los tres desnudos, sin penetración, solo besos y caricias. A la mañana siguiente acompañé a Henri al aeropuerto.

Hicimos planes en el viaje. Vacaciones sin destino fijo. Un desfile privado en un hotel del centro a pedido de un amigo suyo. Una invitación a pasar el otoño en su quinta cerca de París, donde —prometió— me iba a presentar a algún amigo y a alguna esposa aburrida de su entorno.

Antes de cruzar la puerta de embarque, Henri me besó como si fuera la última vez, aunque sabía que no lo era. Me prometió que en junio nos volveríamos a ver.

Yo, mientras tanto, manejé despacio de vuelta a casa, pensando en el ensayo. En la mirada de mi padre. En la mancha en el vestido de novia. Y en el día —cada vez más cercano— en el que el ensayo se convertiría en lo verdadero.

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Comentarios (5)

Depredador

tremendo relato, eso si que es morbo de verdad!!!!

MarcelinaF

Dios mio que situacion... me quede sin palabras al final. Esperando la segunda parte!

FelixR_Cba

muy bien narrado, se siente todo muy real. sigue escribiendo por favor

Lorenzo_BA

ese inicio con el vestido transparente y los tres personajes... tremendo. genail la idea del invitado frances que no entiende nada jaja

SofiaLect

Me encanto!!! quiero mas

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