Mi hijo me llamó desde la ducha y entré sin pensar
Me llamo Adriana, tengo cuarenta y siete años y, desde que enviudé hace casi una década, vivo en un piso pequeño con mi hijo Mateo, que acaba de cumplir veintidós. Trabajo como doctora en una clínica privada de medicina laboral. Mis días pasan entre fichas, pruebas auditivas, electrocardiogramas y el desfile de empleados que las empresas me mandan para sus revisiones anuales. Es un trabajo tranquilo, casi rutinario, y eso me gusta.
Aquel viernes empezó como cualquier otro. Estaba sirviéndome el café cuando lo oí desde la habitación.
—¡Mamá! ¿Puedes venir un momento?
—Voy, cielo —respondí dejando la taza.
Mateo seguía en la cama, encogido sobre el costado, con la sábana a la altura del pecho y los labios apretados. Tenía la frente brillante de sudor.
—¿Qué te pasa?
—Me duele mucho aquí abajo —dijo bajando la mirada—. Y creo que está hinchado.
Me senté en el borde del colchón y aparté la sábana sin pensarlo dos veces. Soy médica y soy su madre; aquello no era una novedad. Pero al ver lo que vi, levanté las cejas. Sus testículos estaban inflamados, enrojecidos, con una textura tirante que no me gustó nada. Mateo siempre había tenido el cuerpo grande, todo desproporcionado de adolescente y solo medio ajustado ya de adulto, pero aquello no era normal.
—¿Desde cuándo?
—Cuatro o cinco días.
—¿Cómo no me has dicho nada antes?
—No quería preocuparte.
Suspiré. Esa frase la había usado desde los doce años para esconderme cualquier cosa que le diera vergüenza.
—Desayuna, vístete y te vienes conmigo a la clínica. Le digo a Lucía que te haga un hueco. De urología sabe bastante más que yo y conmigo tiene todas las confianzas.
—Vale.
***
Lucía es algo más que una colega. Tiene cincuenta y cinco años, dos divorcios y una risa ronca que se oye al final del pasillo. La conozco desde la facultad y nos hemos perdonado todo lo perdonable. Cuando entré con Mateo, ella levantó la vista de la pantalla.
—Vaya, mira quién aparece. ¿Y este chicarrón?
—Mi hijo, Lucía. Le duelen los testículos y los tiene como dos pelotas. Llevo desde que se ha despertado pensando en todas las cosas que pueden ser y ninguna me gusta.
—Anda, anda. Déjamelo. Tú vete a tu cabina y ponte con tus revisiones. Cuando acabe le mando con un papel en la mano.
—Gracias, Lucía. De verdad.
—Pesada. Vete.
Pasé las dos horas siguientes mirando el reloj entre paciente y paciente. Auscultaba a un transportista mientras pensaba en mi hijo, le tomaba la tensión a una operaria de fábrica mientras imaginaba diagnósticos. Cuando Mateo apareció en la puerta de mi cabina con una sonrisa tímida, respiré.
—¿Y bien?
—Dice Lucía que vayas a verla cuando puedas.
—¿Tú estás mejor?
—Un poco. Me ha dado algo para el dolor.
Le pedí que se quedara estudiando en el despacho de al lado y me fui a urología. Lucía me esperaba con el café recién hecho y la cara de quien va a soltar una bomba pequeña.
—Adri, siéntate.
—No me asustes.
—No es para asustarse. Tu hijo tiene hiperespermia.
—¿Y eso es?
—Producción excesiva de semen. Los testículos generan mucha más cantidad de la que él puede manejar y, si no se evacúa con regularidad, se acumula y duele. Imagínate un globo demasiado lleno: con cualquier roce, molesta. No es peligroso. No va a explotar nada. Pero hay que vaciar el depósito, y no hay otra forma.
—¿Pastillas?
—Solo para el dolor. Lo de fondo se cura con eyaculaciones frecuentes durante tres o cuatro semanas. Cuando el cuerpo entienda que no hace falta almacenar tanto, baja la producción y vuelve al rango normal. Es una cosa que aparece a esta edad y se va igual de sola si lo trata bien.
—¿Tres o cuatro semanas masturbándose?
—Cada vez que sienta molestia, sí. El problema es que cuando duele, ni se piensa en placer. Y si no termina, no sirve de nada. Si ves que él solo no puede, me lo traes y se lo hago yo en consulta. No sería la primera vez. No tengo ningún problema, te lo digo en serio.
—Lucía, por dios.
—Es medicina, mujer. Lo mismo que un drenaje.
—Ya, ya.
Me reí, nerviosa. Lucía se quedó mirándome.
—También se lo puedes hacer tú, si te ves capaz. No tiene ninguna técnica especial. Solo evita movimientos bruscos.
—¿Yo?
—Tú eres su madre y eres médica. ¿Quién mejor? Pero si te incomoda, me lo traes y ya está.
***
De vuelta al coche no abrimos la boca. Mateo miraba por la ventanilla y yo ensayaba en la cabeza la conversación que tocaba tener antes de llegar a casa. Cuando subimos al ascensor, le rocé el brazo.
—Tenemos que hablar.
—Vale.
Le serví un vaso de agua, le di una pastilla y se la metí yo misma en la boca como cuando era pequeño. Después me senté frente a él en el sofá, dejé el bolso a un lado y respiré hondo.
—Lucía dice que tu cuerpo está fabricando demasiado y que la única forma de bajar el dolor es vaciarlo. Por completo. Cada vez que notes molestia. Tres semanas, cuatro como mucho. Después, tu cuerpo aprende y se regula.
—O sea, masturbarme.
—O sea, masturbarte.
Mateo bajó la cabeza con las orejas rojas. Yo seguí.
—Si lo puedes hacer tú solo, perfecto. Si no puedes por culpa del dolor, me llamas a mí y te ayudo. Y si conmigo te da corte, le pedimos hora a Lucía y se encarga ella en la consulta. Tú decides cada vez. ¿Está claro?
—Está claro.
—No es ningún drama, hijo. Es como sacarte una espina o curarte una herida. Lo importante es que se te pase.
—Vale, mamá.
Le aparté el pelo de la frente y le di un beso. Él me apretó la mano y subió a su cuarto.
***
Una hora más tarde yo estaba en la ducha. El agua salía hirviendo, como me gusta, y dejaba el espejo del baño cubierto de vapor. Llevaba una semana sin lavarme el pelo y necesitaba media botella de champú para quitarme el cansancio del día. Estaba con los ojos cerrados, enjabonándome la nuca, cuando oí los nudillos en la puerta del baño.
—Mamá.
—Dime.
—Lo intenté. No puedo. Me duele demasiado.
El agua seguía cayendo. Mi pulso, también.
—Pasa.
Hubo un silencio. Lo escuché abrir la puerta despacio, dudar y luego cerrarla detrás de él.
—Estás en la ducha.
—Quítate la ropa y métete. El agua caliente va a relajarte. Es lo que más te conviene ahora.
—Mamá…
—Mateo, ven aquí.
Lo oí desnudarse al otro lado de la mampara. Cuando entró, no levanté la vista a su cara. Le miré los hombros, el pecho, las manos colgando a los lados. Después, sí, le miré abajo. Sus testículos seguían tensos, enrojecidos, y su pene, que yo recordaba de los baños cuando era niño, ya no era el de un niño. Era largo y grueso, y aun en reposo dejaba claro por qué Lucía me había sostenido la mirada un segundo de más antes de hablar.
—Ven debajo del agua.
Lo coloqué bajo el chorro y le pasé la mano por la espalda, sin más. Le froté los hombros con el champú que me sobraba en las palmas. Hablé de tonterías mientras lo hacía: que si la lluvia, que si la cita del lunes con la del banco, que si la vecina del cuarto. Necesitaba que se relajara. Necesitaba que dejara de respirar como un animal a punto de huir.
Cuando lo sentí más blando contra el chorro, le bajé la mano por el costado y se la cerré alrededor.
—Tranquilo. Yo te ayudo.
Empecé despacio, casi sin moverla, como había dicho Lucía. Sentí cómo se endurecía en mi palma y cómo se le aceleraba la respiración contra mi pelo. No miré atrás ni dejé que me mirara. Lo más fácil para los dos era que aquello fuera un gesto entre el agua y el vapor, sin mirarse a la cara.
—¿Te duele?
—No así.
—¿Así está bien?
—Sí.
Lo trabajé con paciencia, ajustando el ritmo a su respiración. Cuando lo noté tenso del todo, me arrodillé sin pensarlo demasiado. El agua me caía en la nuca, tibia ya. No hablé. Si abría la boca y razonaba lo que iba a hacer, no lo iba a hacer. Y a esas alturas había que hacerlo.
Me lo metí en la boca. No entero, porque no me cabía. Hasta donde llegué. Lo sostuve con una mano por la base y lo moví despacio, con la lengua plana y los labios cerrados, como si fuera la cosa más simple del mundo. Lo oí soltar un sonido que jamás le había oído soltar y que me bajó de cabeza al estómago.
—Mamá…
—Calla.
Que no diga nada. Que no diga mi nombre. Que no diga «mamá» mientras lo tengo así, porque entonces voy a soltarlo y no quiero soltarlo todavía.
Lo sentí tensarse, lo escuché contener el aire. Saqué la boca, lo cerré con la mano y aceleré con la muñeca dos, tres veces, hasta que se arqueó hacia atrás contra los azulejos y soltó. Soltó muchísimo. Más de lo que yo había visto nunca en mi vida, y mira que en mi vida he visto. Le cayó por el pecho, le cayó en mi mano, le cayó incluso entre mis pechos, los que me operé hace cuatro años y que aquella tarde, debajo del agua, me parecieron más míos que nunca.
Cuando terminó se dejó caer un poco contra la pared y se rio bajito, sin abrir los ojos. Yo me levanté, le pasé el agua por encima y empecé a aclararme también, en silencio, como si no hubiera pasado nada de lo que acababa de pasar.
—¿Mejor? —pregunté.
—Mucho mejor.
—No te creas que está curado. Volverá a dolerte.
—Lo sé.
—Cuando vuelva, me avisas.
—Vale.
Salimos de la ducha sin volver a tocarnos. Le di una toalla, cogí la mía y nos secamos cada uno mirando hacia un lado distinto. Él se vistió en el pasillo, yo me puse el albornoz y bajé a la cocina a preparar la cena. Cuando me senté a la mesa y le miré por encima del plato, los dos sostuvimos la mirada un segundo más largo de lo normal.
—Mamá.
—¿Sí?
—La semana que viene tienes el viaje, ¿no?
—Dos días. Y ya estoy pensando en cómo lo vamos a hacer.
—No te preocupes. Algo se nos ocurrirá.
Le sonreí sin contestar. Algo se nos iba a ocurrir, sí. Y lo que se nos ocurriera lo voy a contar otro día, porque esta noche, cuando me acueste, todavía voy a tener el sabor del agua caliente y de mi hijo en la lengua, y me parece bastante para una sola historia.