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Relatos Ardientes

Lo que mi hijastro descubrió aquella mañana en la cocina

A mi marido, Ernesto, lo conocí cuando ya estaba divorciado y con un hijo de quince años que vivía con su madre en una ciudad pequeña del interior. Adrián, así se llama el chico, casi nunca venía a vernos. Su madre se había encargado durante años de poner distancia entre ellos, y los pocos encuentros que tuvimos en algún cumpleaños o boda familiar se reducían a un par de saludos cordiales y nada más.

Por eso me sorprendió que Ernesto me anunciara, una noche durante la cena, que Adrián vendría a pasar quince días de sus vacaciones con nosotros. Tuvo que aclararme el motivo: el chico ya tenía veintidós años, estudiaba en la universidad y, sobre todo, su novia bajaría al mismo tiempo a visitar a sus abuelos, que vivían a cuatro cuadras de casa.

Llegó un domingo al mediodía con una mochila al hombro y la cabeza en otra parte. Apenas terminó de comer salió disparado hacia la casa de la novia. Volvió a la hora de la cena, hizo un poco de sobremesa por compromiso y se metió derecho a dormir. El muchacho me ignora, pensé, igual que su madre le enseñó a hacer.

Ernesto salió al día siguiente a las ocho de la mañana, como cada lunes. Yo me quedé un rato más en la cama y me levanté cuando escuché que Adrián andaba por la sala. Bajé corriendo a la cocina para prepararle el desayuno, y solo en el último escalón me di cuenta de que llevaba puesto solo el camisón con el que duermo: una pieza corta, de seda fina, sin nada debajo. Volver a subir a vestirme era avisarle que algo raro pasaba, así que decidí seguir como si fuese lo más normal del mundo.

—Buenos días —dije al verlo apoyado en el marco de la puerta—. ¿Café o té?

—Café, por favor —contestó, y la voz le salió un poco ronca.

Mientras buscaba la cafetera, los huevos, el pan, sentí su mirada clavada en mí. Cada vez que me agachaba para abrir un cajón el camisón subía y dejaba a la vista todo lo que tenía debajo, que era nada. No hizo falta que lo mirara para saberlo. La forma en que tragó saliva cuando saqué la sartén del horno bajo lo dijo todo.

Le serví jugo de naranja, huevos revueltos con tocino y unas tostadas con mantequilla. Estaba terminando de llenarle la taza, con la cafetera todavía hirviendo en una mano, cuando sentí su palma deslizarse por debajo del camisón hasta mi entrepierna. Fueron dos segundos, no más. Lo justo para que sus dedos rozaran lo que no debían haber rozado nunca.

—¿Qué demonios estás haciendo? —solté, dejando la cafetera sobre la mesa.

—Lo pusiste demasiado a la vista —dijo, sin moverse del lugar—. ¿O pretendías que no mirara?

Me quedé sin palabras. Antes de que pudiera reaccionar, agregó algo que me torció todo:

—Mi madre dice que cualquiera te puede tocar. Que a mi padre lo enganchaste con esto, no con otra cosa. No entiendo por qué a mí me regañas.

Sentí que la sangre me subía a las orejas. Así que la bruja de su exmujer le había metido eso en la cabeza, durante años, contra mí. Yo había renunciado a mi trabajo, me había mudado de provincia, había aceptado a un hombre con un hijo del que apenas podía ocuparme, y mientras tanto ella me usaba como excusa para envenenar al muchacho.

No discutí. Quería saber más, quería confirmar exactamente qué le había contado, y se me ocurrió que la mejor forma de soltarle la lengua era la peor forma posible. Me senté sobre sus piernas, le pasé los brazos por el cuello y le llevé las manos a mis pechos por encima del camisón.

—Cuéntame qué más te dijo —le susurré contra la boca.

Adrián respondió con la lengua. Me besó como si llevara meses ensayando ese beso. Sus manos apretaban mis pechos, los pulgares jugando con los pezones que ya estaban duros. Me deslicé los tirantes, dejé caer el camisón hasta la cintura y le ofrecí los pechos sin decir nada. Él se prendió como un crío hambriento.

—Dime qué más te contó tu madre —repetí, mientras le acariciaba la nuca.

—Que mi padre se enamoró de ti por la cama, nada más —dijo entre lametones—. Que eres una fulana. Que rompiste un matrimonio por puro capricho.

Lo escuché y, en lugar de enojarme, decidí que la venganza estaba servida. Si esa mujer le había contado a su hijo que yo era una fulana, iba a comprobarlo de primera mano. Y nadie iba a poder echármelo en cara: el que se había metido primero entre mis piernas había sido él.

—Bájate los pantalones —le dije.

Lo hizo sin chistar. Tenía una buena erección, demasiada para un chico de veintidós años que recién estaba descubriéndose. Me arrodillé en la cocina, sobre las baldosas frías, y se la chupé despacio, alargando cada movimiento, hasta que noté que tensaba las piernas y respiraba como si le faltara el aire.

—Ahora no —dije, soltándola justo antes—. No vas a desperdiciar la primera.

Me apoyé contra la mesa, boca abajo, con los pies en el suelo y el trasero levantado. Me humedecí el sexo con saliva, le hice una seña con la mano, y él entendió. Me la metió de una sola embestida, sin miramientos. No duró nada. A los pocos segundos sentí cómo se vaciaba dentro de mí, agarrándome la cintura con una fuerza que dolía un poco. Apretó los dientes contra mi hombro y se quedó así, hundido, hasta recuperar la respiración.

—Mañana —le dije, separándome— vamos a hacerlo bien.

***

A la mañana siguiente, en cuanto Ernesto cerró la puerta para irse al trabajo, me metí desnuda en la cama de Adrián. El chico abrió los ojos con cara de no creer lo que veía y casi me la clavó antes de que pudiera respirar.

—Tranquilo —le dije, frenándolo con la palma sobre el pecho—. Hoy voy a enseñarte a hacer las cosas como corresponde.

—No quiero clases. Quiero metértela.

—Si quieres que vuelva mañana, vas a aprender. Si no, te quedas con lo de ayer y listo.

Eso lo calmó. Lo acosté boca arriba, le subí las manos a mis pechos y le dejé jugar un rato con ellos. Después le tomé la derecha y la guié hacia abajo, hasta el sexo, y le fui marcando el ritmo: arriba, abajo, alrededor, dos dedos adentro, despacio. Él miraba, atento, como en una clase magistral.

—La mujer no se calienta sola —le expliqué—. Hay que prepararla. Si tú disfrutas más cuando ella disfruta, que no sea solo teoría.

Le hice bajar entonces, rozándome con la lengua todo el cuerpo, deteniéndose en los pezones, en el ombligo, en la curva de la cadera. Cuando llegó al pubis se quedó quieto, sin saber qué hacer.

—Lame el clítoris primero, como si fuera la punta de un helado —le dije—. Suave. No tengas miedo.

Lo hizo. Torpe al principio, pero atento. Le indiqué cómo apretarlo entre los dientes apenas, cómo succionarlo sin lastimar, cómo abrir los labios con la lengua. A los pocos minutos yo me sacudía sobre la cama, con las piernas abiertas y las manos hundidas en su pelo. Lo apretaba contra mí porque cada vez que se movía perdía el ritmo. Cuando me corrí lo sentí estremecerse a él también, como si el orgasmo fuera mutuo.

—Ahora es tu turno —le dije, todavía agitada.

Lo empujé contra el colchón, pasé una pierna por encima y me senté sobre su miembro con cuidado. Esta vez no había prisa: bajé despacio, hasta que la sentí pegarme contra el fondo. Empecé a moverme lentamente, marcándole el compás. Él me miraba con la boca abierta, las manos pegadas a mis caderas.

—Piensa en cualquier cosa, menos en correrte —le advertí.

Aguantó. Aguantó más de lo que esperaba. Le mordí el labio, le clavé las uñas en el pecho, lo insulté en susurros. Cuando finalmente no pudo más y empezó a llenarme, sentí mi propio cuerpo apretarse alrededor del suyo y me corrí también, con un temblor que me sacudió desde los pies hasta el cuello. Caí sobre él respirando como si hubiera corrido una maratón.

***

Los días siguientes se volvieron una rutina secreta. Adrián salía con la novia por la tarde y por la noche cenaba con nosotros como si nada. Apenas Ernesto cerraba la puerta para irse al trabajo, yo me metía en su cama. A veces me agarraba en la ducha; otras veces, contra la nevera. Aprendía rápido, eso hay que reconocérselo.

El fin de semana fue un suplicio. Ernesto se quedaba en casa, lo que nos obligaba a un descanso forzado. Nos cruzábamos miradas en el pasillo, alguna mano pasaba por debajo de la mesa durante el almuerzo, pero nada más. El lunes lo retomamos con más hambre que el primer día.

El martes por la tarde Ernesto me avisó que se iba dos días de viaje por trabajo. En cuanto Adrián volvió de la casa de la novia, le di la noticia. Casi se le cae la copa en la cena. Después de los postres nos sentamos en el sillón a ver televisión y el chico no aguantó ni veinte minutos: me pasó el brazo por encima del hombro, metió la mano por el escote y empezó a apretarme un pecho como si fuera lo único que le importara en el mundo.

—Vamos arriba —le dije.

Esa noche pasamos a mi cama, la cama de su padre. Era una transgresión que sumaba al juego. No nos dormimos hasta el amanecer. El chico se recuperaba en menos de media hora y volvía con la misma erección de la primera vez, lo que me tenía a mí en un estado de exaltación constante. Había aprendido a controlarse. Aguantaba los embates sin correrse, me dejaba terminar tres veces antes que él. Lo hicimos de todas las maneras: contra la pared, sobre la cómoda, en cuatro patas en la alfombra. Amaneció con una erección que tuvimos que solucionar con otra ronda larga, lenta, casi tierna.

La noche siguiente fue parecida. Y entonces Ernesto volvió, las vacaciones se terminaron, y Adrián cargó la mochila y se fue de regreso a la universidad.

Seguimos en contacto. Me llamaba dos veces por semana, siempre cuando sabía que su padre no estaba. Me decía cuánto me extrañaba, lo que pensaba hacerme la próxima vez. Cada tres o cuatro meses encontraba una excusa para venir, y Ernesto se ponía contento al ver que su hijo, por fin, había decidido acercarse a él. Yo me reía sola en la cocina cuando los oía hablar de fútbol como dos amigos.

El chico aprobó la asignatura con sobresaliente. Resultó ser un alumno dedicado y, más importante, un amante mucho mejor de lo que su madre se hubiera imaginado al envenenarlo durante años. La medicina, después de todo, había sido la correcta. Y la enfermera, también.

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Comentarios (5)

Rodrigo_K

increible... de esos relatos que uno no puede soltar hasta el final. Bravo!

NocheFeliz23

Por favor seguí con esto, no puede quedar asi. Quero saber que pasa despues entre ellos dos.

DiegoMdq88

Me encanto el ambiente que creaste desde el principio, esa tension en la cocina se siente real. Bien escrito.

Sebas22

jajaja el final me dejo queriendo mas, que cruel!!

MarceloReader

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años, aunque no tan lejos jaja. Lo lei dos veces, buen relato.

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