Mi madre me descubrió oliendo sus bragas a escondidas
Aquella tarde de jueves se me hace interminable cada vez que la recuerdo. Habíamos comido tarde, pasta con tomate y un par de copas de vino tinto que ella se sirvió sin pensarlo, y a las cuatro y media yo daba por hecho que mi madre estaría tumbada en el sofá del salón con el televisor murmurando una telenovela. Era su rutina desde que se había separado de mi padre: comer, ver media hora de algo intrascendente y caer dormida con el mando en la mano.
Yo no tenía nada que hacer esa tarde. Llevaba semanas pensando en ella de un modo que no podía permitirme, pero que tampoco lograba apagar. Cada vez que se inclinaba sobre la mesa, cada vez que pasaba en bata por el pasillo después de la ducha, cada vez que se reía de algo mío y me apretaba la rodilla, yo sentía algo que no tenía nombre. Esa tarde, con el silencio de la siesta cubriendo el piso, decidí que necesitaba aliviarme.
Caminé descalzo hasta el lavadero. Abrí el cesto de la ropa sucia despacio, como si pudiera oírme alguien. Saqué una pieza de algodón claro, todavía con un perfume tenue a su gel. Me las llevé a la habitación cerrando la puerta sin echarle el pestillo —una imprudencia que me delataría— y me tumbé en la cama.
Lo que pasó después lo recuerdo en fotogramas sueltos. Estaba con los ojos cerrados, la prenda apretada contra la nariz, la otra mano ocupada en lo suyo, cuando oí el crujido de la madera del pasillo. Antes de que pudiera siquiera incorporarme, la puerta se abrió de un golpe seco.
—¿Qué estás haciendo, Mateo?
Mi madre se quedó inmóvil en el umbral. Llevaba una camiseta de tirantes blanca, ajustada, y unos pantalones cortos del mismo juego. Acababa de levantarse de la siesta, tenía el pelo revuelto y los ojos todavía marcados por el sueño. Y a pesar de eso, o precisamente por eso, en mi cabeza se mezclaron la vergüenza, el pánico y un deseo absurdo.
—Nada, mamá, nada —tartamudeé.
Cogí la almohada y la lancé sobre mi regazo. Ella no se movía. Yo no me atrevía a mirarla a la cara. La camiseta dejaba ver la sombra de sus pezones bajo la tela y los shorts subían apenas un centímetro debajo de la cadera. La situación era una broma cruel del destino.
—Dame eso —dijo, y avanzó dos pasos.
Hizo lo único que no podía hacer en ese momento: arrancarme de la mano sus propias bragas. Las miró con la incredulidad reservada a las cosas que uno no espera ver nunca. Después me miró a mí. Después al techo, como si pidiese permiso a alguien que no estaba allí.
—Ay, Dios mío. ¿Qué es esto, cariño? ¿Qué estás haciendo?
Yo no encontraba palabras. Empecé a hablar para llenar el aire, para no quedarme con el silencio:
—Solo me estaba aliviando, mamá. No podía más. Pensé que dormías.
Lo dije sin levantar la vista. Esperaba un grito, una bofetada, un portazo. Esperaba el regaño que iba a marcar mi adolescencia entera. Lo que no esperaba era que se sentara al borde de la cama, que dejara las bragas sobre la mesilla con calma y que se quedara así, en silencio, durante un minuto que se me hizo eterno.
—¿Por qué con las mías? —preguntó al fin, con la voz más baja y más ronca de lo normal.
Tragué saliva. Ya no había vuelta atrás.
—Porque no puedo dejar de pensar en ti —dije—. Desde que papá se fue. Desde antes, en realidad. Lo intento, te juro que lo intento.
Ella miró al suelo. Se mordió el labio inferior, ese gesto que había aprendido a reconocer como suyo desde que era niño. Después soltó una risa pequeña, casi avergonzada.
—Lo sé —susurró.
—¿Lo sabes?
—Soy tu madre, Mateo. Sé cuándo me miras de más en la cocina. Sé cuándo te quedas mirando cómo me ato la bata. Llevo meses fingiendo que no me daba cuenta.
Levanté la vista por primera vez. Tenía los ojos brillantes, pero no de tristeza. Era otra cosa.
—¿Y por qué dejabas que te mirara?
—Porque tu padre llevaba años sin tocarme —dijo ella, en voz baja, como si le costara—. Porque cuando estoy contigo es la única vez que me siento mujer y no madre. Y porque no sabía qué hacer con eso.
***
Cuando estiró la mano y me la posó sobre la mejilla, supe que algo se acababa de romper para siempre. Yo cerré los ojos y dejé que su pulgar me recorriera el labio inferior, despacio. Olía a la siesta, a sábanas y a su perfume de siempre.
—Mírame —pidió.
La miré. Estaba más cerca de lo que mi cabeza podía procesar. Tenía una pequeña arruga entre las cejas, como si todavía estuviera decidiendo. Después esa arruga se borró.
Me cogió la mano —la misma con la que minutos antes me sostenía las bragas— y la guio hasta su cintura. Me dejó ahí, sintiendo su piel caliente bajo la camiseta. Me preguntó con la mirada y yo le respondí del único modo posible: subí la mano y le quité la prenda con un gesto torpe que la hizo sonreír.
Sus pechos estaban a la altura de mi cara. Eran más blancos de lo que había imaginado y los pezones se le habían endurecido sin que nadie los rozara aún. Acerqué los labios y le pasé la lengua despacio, primero alrededor del izquierdo, después sobre el derecho. Ella suspiró por la nariz y me apretó la nuca.
—Cariño —murmuró—, esto no debería estar pasando.
—Pero está pasando.
—Está pasando.
La frase quedó suspendida entre los dos como una sentencia. Le mordí el pezón con suavidad y el suspiro se le convirtió en un gemido contenido. Ella me agarró una mano y la deslizó muy despacio por encima del elástico de los shorts. Estaba empapada. La tela cedía bajo mis dedos como si fuera otra piel.
—¿Lo notas? —dijo.
Asentí. No me salía la voz.
—Mamá lleva mucho tiempo así.
Se levantó de la cama, se bajó los shorts en un movimiento rápido y me dejó verla por completo. No llevaba nada debajo. Tenía el vello recortado, claro, y la piel del bajo vientre encendida. Yo me incorporé queriendo arrastrarla hacia mí, pero ella negó con la cabeza y me empujó suavemente por el pecho.
—Ahora me toca a mí.
***
Se arrodilló a los pies de la cama. Lo que vino después no se parecía a nada que yo hubiera imaginado en aquellas tardes con sus bragas. Mi madre era paciente. Mi madre sabía. Cada lametón parecía calculado para que yo no terminara enseguida, y entre uno y otro me miraba a los ojos como queriendo asegurarse de que aquello también era real para mí.
Le aparté el pelo de la cara y se lo sujeté con la mano, y ella aprovechó esa intimidad para tomarme entero. Oí cómo se le escapaba un gemido ahogado, un sonido pequeño que llegaba desde el fondo de la garganta y que hizo que las piernas me temblaran sin avisar.
—Para —le pedí en algún momento—. Espera.
Se incorporó, se pasó el dorso de la mano por los labios y se subió a la cama sin dejar de mirarme. Se acomodó arrodillada con las piernas abiertas, la espalda apoyada en el cabecero, y abrió los brazos como si me invitara a un sitio al que ya tenía permiso.
Le pasé los dedos primero. Estaba caliente, mojada, y respiraba con la boca medio abierta. Mi madre, siempre tan controlada, mi madre que en la mesa corregía mi postura y me reñía si masticaba con ruido, ahora suspiraba con una franqueza que me daba vértigo. Bajé la cabeza despacio. Le pasé la lengua desde abajo hacia arriba y ella levantó la cadera con un gemido sonoro.
—Cariño —jadeó—, no pares.
No paré. Estuve ahí lo que hizo falta, aprendiendo el mapa de aquello que no debía estar aprendiendo. Su mano me agarraba el pelo con fuerza pero sin tirar, y cada vez que yo hacía algo que le gustaba ella soltaba una pequeña risa entrecortada que me volvía loco.
En un momento me sujetó la cabeza con las dos manos y me dijo algo entre dientes que no entendí. Después se apartó y me empujó con suavidad para que me tumbara boca arriba.
***
Se sentó encima sin dejar de mirarme. Se acomodó despacio, calculando, y cuando por fin sentí que entraba ella echó la cabeza hacia atrás y se le escapó un sonido que yo nunca le había oído. Empezó a moverse, primero lenta, después con más ritmo, las manos apoyadas en mi pecho.
Yo le sujeté la cintura, las caderas, las nalgas. Cada vez que la apretaba ella sonreía de un modo que no era de madre. Le humedecí un dedo con saliva y se lo pasé por detrás. Cuando lo presioné con cuidado, ella abrió mucho los ojos y me dijo una palabra que no era adecuada para una madre. Se rio. Yo me reí. La risa nos duró tres segundos y volvimos a lo nuestro.
—Es mío —dijo de pronto, inclinándose hasta que su frente tocó la mía—. Esto es mío. No se lo digas a nadie.
—No.
—Júramelo.
—Te lo juro.
Algo se le aflojó entonces. Cerró los ojos, se apretó contra mí y se corrió en silencio, mordiéndome el hombro para no gritar. Sentí cómo se empapaba todo, cómo le temblaban los muslos. Yo aún no había terminado. Ella se dio cuenta enseguida.
Me empujó para cambiar de postura. Me pidió que me arrodillara detrás. Le agarré la cadera y le di dos azotes torpes que me sorprendieron a mí más que a ella. Le dejaron una marca rosada que se desvaneció en segundos. Continué embistiéndola así, despacio al principio, después con más fuerza, hasta que sentí que ya no aguantaba.
—Ven aquí —me dijo. Se giró, me empujó hacia atrás en la cama y se inclinó sobre mí—. Quiero verlo.
Bajó la cabeza, me cogió con la mano y con la boca, y mientras me miraba desde abajo con una sonrisa pequeña, yo perdí cualquier pretensión de aguantar más. Le avisé. Ella se incorporó un poco, se apartó el pelo y dejó que terminara sobre sus pechos. Vi cómo se mordía el labio. Vi cómo se quedaba mirando lo que había hecho como si todavía no se lo creyera.
Me dejé caer. Ella se tumbó a mi lado, sin importarle nada. Se quedó así, con la respiración irregular, con la mirada fija en el techo. Pasaron minutos antes de que ninguno de los dos dijera nada.
—Esto no se cuenta —susurró al fin.
—Lo sé.
—Y no se acaba aquí, ¿verdad?
No le contesté. Le pasé el brazo por debajo de la nuca y la atraje hacia mí. Las bragas seguían sobre la mesilla, mudas, como un testigo silencioso. Ella se durmió primero, con el oído apoyado en mi pecho.
Yo me quedé despierto un rato más, escuchando cómo respiraba, intentando entender en qué momento habíamos cruzado la línea. Y comprendiendo, sin querer, que ya no iba a haber forma de volver atrás.