La tarde en que mi cuñada me invitó a su casa
Apenas me había recuperado de una semana en cama cuando el mensaje de Mariela apareció en mi teléfono. Quería hablar conmigo a solas, sin oídos de la familia. Consulté con mi suegro y, para mi sorpresa, dio el visto bueno enseguida. Esa misma tarde me presenté en la casa que ella compartía con Ramiro.
Me había puesto un vestido de rayas blancas y negras, ajustado a media pierna. Desde que entré en aquel círculo cerrado de la familia, me había acostumbrado a vestirme de forma más provocadora. Me gustaba notar cómo me miraban los hombres en la calle, y aquella tarde no fue distinto.
Mariela abrió la puerta llevando algo todavía más corto que mi vestido. Una falda apenas le cubría los muslos y la blusa blanca, fina, dejaba claro que no usaba sujetador. Me invitó a pasar y me ofreció una bebida. Acepté un refresco. Mientras ella iba a la cocina, me senté en el sofá grande del salón.
Cuando volvió con los vasos, los dejó sobre la mesita y, en lugar de sentarse a mi lado, se acomodó directamente sobre mis rodillas. Su perfume me llegó antes que sus labios. Acercó su boca a la mía y susurró:
—Supongo que tú también eres una de las putitas de nuestro querido suegro.
Antes de que pudiera responder, me besó. Fue un beso largo, sin tanteos, con la lengua entrando despacio entre mis dientes. Cuando se separó, le pregunté:
—¿Cómo lo sabes?
—Eres la mujer del hijo mayor, el que encabezó la rebelión —dijo, acariciándome la mejilla—. Y porque hace meses que él te mira el culo cada vez que cree que nadie lo ve.
Volvió a besarme. Esta vez no me limité a recibirla. Subí su falda con las dos manos hasta encontrar la piel desnuda de sus nalgas y empecé a acariciárselas en círculos lentos. Llevaba un tanga que apenas tapaba nada.
—Lo haces muy bien —murmuró contra mi oreja.
Se incorporó un poco para que sus pechos quedaran a la altura de mi cara y me los pasó por encima de los labios, todavía cubiertos por la blusa. Sentí cómo los pezones se le marcaban contra la tela.
—Parece que en esta familia los hombres prefieren las tetas pequeñas —dijo riendo.
—Las tuyas son preciosas —respondí.
—Las tuyas también me gustan mucho.
Apartó su cuerpo del mío y deslizó las manos por debajo de mi escote. Primero me acarició por encima del sostén, después coló los dedos hasta tocar la piel y los pezones directamente. Me empujó con suavidad para tumbarme en el sofá.
—Las dos somos unas putas, cariño. Disfrutémoslo.
Se subió encima de mí. Por un instante pareció que me estaba inmovilizando, aunque ninguna de las dos quería detenerse. Volvió a besarme, esta vez más despacio, mordiéndome el labio inferior antes de soltarlo.
—Levántate. Quiero quitarte ese vestido.
Obedecí. Se colocó detrás de mí, bajó la cremallera con calma estudiada y dejó que la tela cayera al suelo. Quedé en lencería rosa pálido. Ella seguía vestida.
—No es justo —protesté—. Yo casi desnuda y tú así.
Me arrodillé delante de ella y le desabroché la blusa botón a botón. Sus pechos quedaron al aire, firmes, con los pezones rosados ya muy duros. Bajé hasta su cintura y le rodeé la falda con los brazos para llevarla al suelo.
—Quiero ver tu culo —le dije—. Si nuestro suegro mira el mío, puede que en realidad esté pensando en el tuyo.
Le besé las nalgas. Estaba mojada y deseaba volverla loca. La empujé con suavidad para que se sentara en el sofá y la obligué a abrir las piernas. Me puse de rodillas en el suelo, frente a ella, y acerqué la lengua a su sexo.
***
Mariela empezó a respirar fuerte desde el primer contacto. Cada vez que mi lengua se hundía un poco más, su voz subía de tono.
—Qué bien lo haces —jadeaba—. Se nota que tienes experiencia.
Oírla así me ponía aún más caliente. Quería que la nueva amante de mi suegro fuera mía aunque fuese por una tarde. Seguí trabajando con la lengua, alternando golpes rápidos en su clítoris con lamidas largas y profundas. No tardó mucho. Su cuerpo se tensó, las piernas se cerraron contra mi cabeza y soltó un grito largo cuando se corrió.
—Increíble —dijo cuando logró respirar—. Mi marido nunca me lo hizo así. Te adoro, hermanita.
Lo de hermanita me hizo sonreír. Cambiamos de posición. Me tumbé en el sofá y ella se puso a cuatro patas a mi lado. La vista de su sexo y de su culo desde tan cerca me empujó a meterle dos dedos. Empecé a moverlos despacio y luego cada vez más rápido.
—Cuñada, qué bien sabes hacer pajas —jadeaba—. Esto es mejor que la polla de Ramiro.
Aceleré el ritmo. Quería verla correrse otra vez, tan deshecha como antes. Pero ella tenía otros planes. Se incorporó, me detuvo y dijo:
—Hasta ahora has sido tú la que ataca. Ahora me toca a mí.
Se tumbó de espaldas en el sofá y me hizo señas para que me pusiera encima de su cara. Me arrodillé sobre ella con cuidado de no aplastarla. Sentí su lengua entrar de golpe, sin preámbulos, recorriéndome cada pliegue como si lo hubiera hecho mil veces. Sus lamidas eran exactas, calculadas, imposibles de aguantar mucho tiempo. Me corrí en menos de dos minutos, agarrándome al respaldo del sofá para no caerme encima de ella.
—Qué rico sabes —dijo limpiándose los labios con el dorso de la mano. Después sonrió y añadió—: ¿Te animas a un sesenta y nueve?
No hizo falta responder. Me giré sobre ella sin levantarme del todo. Mariela volvió a hundir la lengua en mí mientras yo bajaba la mía hasta su sexo. Se estableció una especie de competencia silenciosa: ninguna quería rendirse antes que la otra.
Su lengua hacía maravillas, pero la mía no se quedaba atrás. Nuestros gemidos se mezclaban, ahogados contra la piel de la otra. Mariela se detuvo un instante, jadeando.
—Qué putas somos las dos —dijo, y volvió a la carga.
Al final fue ella la que se rindió primero. Sentí cómo todo su cuerpo se sacudía bajo mi boca y oí un orgasmo que no tenía nada de fingido. Cuando intenté levantarme, me sujetó por las caderas.
—Tú no te escapas viva, cuñadita. Te voy a hacer correr otra vez quieras o no.
Volvió a meter la lengua. Me resigné a disfrutarla y, cuando terminé, me dejé caer a su lado en el sofá, sin aire.
—Si nuestro suegro lo autoriza —dijo ella acariciándome el pelo—, vamos a hacerlo muchas más veces.
Miré el reloj. Aún me quedaba un rato. La empujé hacia el dormitorio, le pedí que se tumbara boca abajo y le abrí las piernas. Le metí dos dedos en el sexo y otro en el culo. Se corrió otra vez, mordiendo la almohada. Después di por terminada la tarde, me vestí y salí de allí con la sensación de haber abierto una puerta que ya no se podría cerrar.
***
Tres días más tarde, mi suegro me ordenó volver a la misma casa. Me advirtió que esa visita no sería para ver a Mariela y, sin más explicaciones, me pidió que me arreglara muy sexy. Me puse una blusa roja escotada y una falda corta a medio muslo. Como excusa formal me dio unos documentos para entregar. Sabía perfectamente que el papeleo era una tapadera.
Llamé a la puerta y esta vez fue Ramiro quien abrió.
—Buenos días, cuñada —dijo, dándome un beso en la mejilla muy correcto.
Pero los ojos lo traicionaban. Bajaban a mi escote y volvían a subir como si no pudieran fijarse en otro lado. Le entregué los documentos. Me invitó a pasar al mismo salón en el que, días atrás, su mujer me había desnudado. Empezamos a hablar de cosas sin importancia. Yo me senté sobre el respaldo del sofá, no en el cojín, y crucé las piernas de manera que la falda subió un par de dedos. Ramiro tragó saliva.
Cuando me dejé caer junto a él, me miró las piernas sin disimulo y soltó:
—Qué buena estás, cuñada.
Acercó su cara a la mía y nos besamos. Su mano subió por el muslo desnudo y me levantó la falda. Yo me había guardado un detalle especial para esa tarde: no llevaba nada debajo. Cuando lo descubrió, susurró:
—Me encanta tu coño, cuñadita.
—Yo te lo enseño todo —respondí—. ¿Tú no me enseñas nada?
Le desabroché el cinturón y le bajé el pantalón hasta las rodillas. Después el bóxer. Su sexo ya estaba duro y firme.
—Tienes una buena herramienta, cuñado.
Yo ya sabía, por experiencia familiar, que todos los hermanos eran parecidos en proporciones. Pero a los hombres les gusta que se lo digas. Me coloqué de lado, a cuatro patas en el sofá, y bajé la cabeza hasta tenerlo en mi boca. Empecé despacio, con la punta, y fui hundiéndolo más a cada movimiento.
—Qué puta eres, cuñada —jadeaba Ramiro—. Ya le podrías dar lecciones a Mariela.
Yo sabía que Mariela chupaba muy bien, pero acepté el cumplido. Estuve un rato largo hasta que él me detuvo con la mano en mi nuca.
—Para. Quiero aguantar más. Déjame que antes te coma yo a ti.
Me pidió que me incorporara un poco sobre el sofá para que mi sexo le quedara a la altura de la boca. Cuando lo hice, hundió la lengua sin preliminares. Lo hacía bien, demasiado bien para haberlo aprendido solo. Tuve la certeza de que Mariela había sido buena maestra. No tardé en correrme contra su cara.
—Está riquísimo —dijo limpiándose la boca—. Pero ahora quiero follarte de verdad.
Le pregunté si tenía condones. Me señaló los pantalones tirados en el suelo. Aproveché para quitárselos del todo y dejarlo desnudo de cintura para abajo. Le besé la polla un par de veces para que volviera a estar al máximo y le coloqué el preservativo con cuidado. Después me subí encima de él.
Lo guié hasta encajarlo dentro y empecé a moverme despacio, marcando un ritmo cada vez más profundo. Ramiro me sujetó las caderas con las dos manos. Me incliné hacia delante, dejé que mis pechos quedaran sobre su cara y él los buscó con la boca, alternando entre uno y otro.
—Cuñada, qué bien follas —murmuraba—. Espero que el estúpido de mi hermano sepa lo que tiene en casa.
Me moví más rápido. Mi segundo orgasmo de la tarde vino sin avisar, atravesándome de golpe. Antes de que él se corriera, me bajé, me giré y volví a montarlo de espaldas a él. Lo hicimos así hasta que sus gemidos se convirtieron en un rugido y noté cómo se vaciaba dentro del condón.
Me levanté, me arrodillé entre sus piernas y le quité el preservativo con cuidado. Lo limpié con un pañuelo. No quería que quedara nada en aquel sofá donde, días atrás, su mujer me había hecho tan feliz.
—Cuñadita, siempre fuiste mi favorita —dijo cuando acerqué mi cara a la suya—. Espero que lo repitamos muchas veces.
—¿Con tus otras cuñadas no lo has hecho?
—No estaría mal —rio—, hacer cornudos a algunos de mis hermanos. Pero tú eres la elegida.
Yo ya tenía suficiente experiencia para saber que no había que creer todo lo que un hombre dice mientras está desnudo. Pero apetecía oírlo. Entonces Ramiro me pidió algo distinto:
—Ponte de pie encima del sofá y tócate.
No estaba allí para negar nada. Me puse de pie sobre los cojines, me metí dos dedos y empecé a moverlos mientras él se masturbaba a mis pies. Cuando lo tuvo otra vez listo, me hizo bajar y me pidió que me apoyara con las manos en el respaldo. Se colocó detrás. Sentí su sexo deslizándose entre mis nalgas.
—Tienes un culo estupendo. Me encantaría follártelo.
—Está bien, cuñado —respondí.
Doblé la espalda en noventa grados y apoyé las manos firmes contra el respaldo. Mi cuerpo ya estaba acostumbrado a eso por las pollas de mi suegro y de algún otro miembro de la familia. Lo recibí sin dolor y, casi enseguida, con verdadero placer. Ramiro empezó a moverse despacio y luego con más fuerza. Sabía lo que hacía. Sus gemidos crecieron hasta que se corrió otra vez, esta vez dentro de mí, con un grito ronco contra mi cuello.
—Muchas gracias por la tarde, cuñadito —le dije cuando logramos separarnos.
Después los dos nos vestimos en silencio. Le di un beso corto en los labios y emprendí el camino a casa. Mientras conducía, sonriendo sola, supe dos cosas: que aquella casa volvería a abrirme la puerta muchas veces, y que mi suegro había encontrado en mí exactamente lo que buscaba.