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Relatos Ardientes

Mi padre me arrodilló frente al entrenador del equipo

—Tienes que aceptar a mi hijo en el equipo —soltó Damián en cuanto se sentó al otro lado de la mesa del entrenador.

Rubén y Nicolás se miraron en silencio. Las pruebas de acceso del club acababan de terminar y Bruno había sido, sin discusión, el peor de los candidatos. Su padre lo había arrastrado hasta el despacho casi por la fuerza, y ahora se aferraba a una conversación que olía a humillación desde el primer segundo.

—Damián, tu hijo está fuerte, no lo niego —respondió Rubén con calma—. Pero no sabe jugar al baloncesto. No podemos meter a alguien en el equipo solo porque levante pesas.

—Necesitamos hombres, no figurantes —añadió Nicolás, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.

El capitán llevaba pantalón corto y una camiseta del club tan ajustada que se le marcaba todo. Cuando terminó la frase, se llevó la mano al paquete y se lo acomodó delante de todos, sin pudor, mirando primero al padre y después al hijo. Bruno tragó saliva. Damián miró un instante demasiado largo.

—Papá, déjalo —murmuró Bruno—. No me interesa el equipo, en serio. No hace falta que…

—Cierra la boca, hijo —lo cortó Damián—. Deja que esto lo arreglen los adultos.

—Pero, papá…

Damián le puso la mano en la nuca, tiró de él y le tapó la boca con la suya. Lo besó. Lo besó en serio, con lengua, delante del entrenador y del capitán, que abrieron los ojos sin moverse de su sitio. Bruno se tensó dos segundos y después se dejó hacer, sin entender muy bien lo que estaba pasando. Cuando su padre se separó, los dos hombres del otro lado de la mesa se miraron como quien acaba de descubrir un atajo.

—Vaya —dijo Rubén, esbozando una sonrisa lenta—. Eso no me lo esperaba.

—Mi hijo es bueno —insistió Damián, ignorando la cara de Bruno—. Le encanta. Lo escucho desde mi habitación cuando trae a alguien a casa. No le importa que yo esté al lado. Si lo que necesitáis es un cabrón al que vaciar antes y después de los entrenamientos, mi hijo es vuestro.

—¡Papá! —Bruno se quedó pálido y rojo a la vez.

—No me hagas decirlo otra vez, Bruno.

Rubén se reclinó en la silla y apoyó una mano sobre el muslo de Nicolás como si fuera lo más natural del mundo. El capitán ni se inmutó. Estaba claro que entre los dos había historia y que aquella escena no era la primera.

—Has dicho «lo que sea», ¿verdad? —preguntó el entrenador con la voz tranquila.

—Lo que sea —repitió Damián.

—Pues vamos a comprobarlo.

***

Bruno seguía sin moverse cuando su padre lo agarró del hombro y lo empujó suavemente hacia abajo, frente al bulto que se marcaba debajo del pantalón corto del capitán. Nicolás bajó la mano, le acarició la cabeza con dos dedos y sonrió como si llevase meses esperando ese momento.

—Está bien, hijo —le murmuró Damián al oído, agachado a su lado—. Hazlo. Tú sabes hacerlo. Lo haces siempre.

Bruno lo miró ceñudo, con esa rabia callada que se le quedó al entender que su padre estaba más cómodo allí dentro que él. Pero cuando bajó la vista, esa polla apretada contra la tela también lo llamaba. El capitán era un creído insoportable en los entrenamientos, un rubio con la sonrisa torcida que se creía Dios por ser el mejor. Y ahora la tenía a veinte centímetros de la cara. Y abultaba.

—Vamos, novato —dijo Nicolás, bajándose el pantalón con dos dedos—. A ver si esa boca vale para algo más que para chulearte en el gimnasio.

La polla salió dura, gorda, ya medio levantada. Olía a sudor de partido. Bruno cerró los ojos un instante, abrió la boca y se la metió. Nicolás soltó un gemido largo y le apoyó la mano en la nuca, sin presionar, marcando el ritmo con los dedos.

—Joder —murmuró el capitán—. Sabía que esta boca tenía que ser buena.

—Mmmm —contestó Bruno, sin dejar de mamar.

Damián se había levantado y rodeado la mesa. Rubén lo esperaba con la silla echada hacia atrás y la mano en su propio paquete.

—¿Y tú? —preguntó el entrenador—. ¿Solo vas a mirar?

—Lo que sea —repitió Damián, y se arrodilló entre las piernas del entrenador con una facilidad que delataba costumbre. Le bajó el pantalón y se la metió en la boca sin pausa, mirando a Rubén a los ojos.

—Aaaah —jadeó el entrenador, dejando caer la cabeza hacia atrás—. Joder, Damián. Cuánto tiempo.

Bruno, que mamaba con la cara enfadada y la polla del capitán hasta el fondo, oyó esa frase y giró un instante los ojos. Cuánto tiempo. Así que aquello no era la primera vez. Así que su padre venía a este despacho. Así que su padre y el entrenador se conocían de un modo que su madre no se imaginaba ni en sueños.

—¿Te ha gustado, hijo? —le susurró Damián al separarse un momento del entrenador—. ¿Has visto cómo se hace?

—Mmmm —respondió Bruno, ahora con menos rabia.

—Eso es. Sigue. Lubrícasela bien.

Nicolás soltó una risa breve y le dio dos palmadas en la mejilla.

—Tu padre es un puto crack, chaval. Aprende.

El capitán tiró de Bruno hacia arriba, le arrancó la camiseta de un movimiento y la lanzó a un lado. El cuerpo del chico salió a la luz: hombros gruesos, pectorales tallados, abdominales marcados a base de gimnasio y proteína. Nicolás le pasó la mano por el pecho con un gruñido aprobatorio.

—Joder, qué cuerpazo. Llevaba meses queriendo ver esto desnudo.

Al otro lado de la mesa, Damián también se había puesto de pie y se quitaba la camisa. Tenía el cuerpo fuerte de un hombre que se cuida pasados los cuarenta, no tan marcado como el del hijo pero compacto, con el pecho ancho y el vientre todavía duro. Rubén lo besó. Lo besó como un amante besa a otro, sin disimulo. Bruno los miró de reojo y se le encogió algo en el estómago: nunca había visto a su padre besar así a su madre. Ni de lejos.

—A la mesa, los dos —ordenó Rubén—. Inclinaos.

Padre e hijo se colocaron uno enfrente del otro, los dos doblados sobre la mesa del despacho, los culos al aire. Bruno apoyó la frente sobre la formica fría y respiró hondo. Nicolás le abrió las nalgas con las dos manos, escupió y le metió un dedo.

—¡Aaah! —gimió Bruno apretando la mandíbula.

—Mmm, qué bien aprietas —dijo el capitán—. Vamos a ver hasta dónde llega esta resistencia.

Enfrente, Rubén hacía lo mismo con Damián, pero más despacio, casi con cariño. Damián gemía bajito, casi sonriendo, y Bruno entendió que su padre no necesitaba prepararse mucho. Era un trabajo conocido.

—Aguanta, hijo —le dijo Damián por encima de la mesa, con la cara cerca de la suya—. Aguanta. Tú puedes con esto.

—Aaaah… —Bruno cerró los ojos cuando Nicolás añadió un segundo dedo y empezó a moverlos despacio.

***

Las pollas entraron casi a la vez. Rubén iba lento, dejando que Damián se acomodara con un gruñido grave que terminó en sonrisa. Nicolás fue al contrario: una sola embestida y se metió hasta el fondo. Bruno mordió el antebrazo para no gritar.

—¡Joder! —rugió el capitán—. Se la traga entera. Qué pedazo de culo.

—Te lo dije —respondió Damián con una calma rara, mirando a su hijo a la cara mientras el entrenador empezaba a empujarle por detrás—. Mi chico aguanta. Mi chico es bueno.

Bruno levantó la vista. Su padre lo miraba a los ojos. Tenía la cara enrojecida por las embestidas, la mandíbula apretada, una sonrisa de orgullo que él no había visto en su vida. Y por un segundo, esa mirada no era la de su padre: era la de un amante. Algo se le movió por dentro.

Las embestidas marcaban un ritmo conjunto. La mesa empezó a temblar, las cuatro patas chirriando contra el suelo. Padre e hijo gemían con la misma cara, las venas marcadas en los antebrazos, una postura tan calcada que daban risa.

—De tal palo, tal astilla —rió Rubén entre jadeos.

—Y ahora los dos son nuestros —añadió Nicolás.

Damián alargó la mano por encima de la mesa y agarró la nuca de Bruno. Tiró suave. Bruno se inclinó. Y se besaron. Ahora de verdad. Sin la coartada del primer beso de antes, sin el «cállate» y sin testigos sorprendidos. Se besaron porque querían. Las lenguas se buscaron, los labios se mordieron despacio, y a Bruno se le puso la polla durísima debajo de la mesa, colgando entre las piernas, goteando.

—¡Pero qué bonito! —exclamó Rubén—. Mirad esto, joder. Esto sí que es trabajo en equipo.

Nicolás soltó una carcajada ronca y aceleró el ritmo, agarrando a Bruno por la cadera con las dos manos. Las embestidas se volvieron más cortas, más profundas. Cuando el capitán le soltó un azote en la nalga izquierda, el sonido resonó como un disparo en el despacho. Bruno gimió contra la boca de su padre.

—Eso es, mi chico —murmuró Damián entre besos—. Tú puedes. Tú puedes.

—¿Y si los compartimos un poco? —propuso el entrenador.

—Vamos —contestó Nicolás, sin necesitar más explicación.

***

Tumbaron a Damián bocarriba en la mesa, con las piernas abiertas y el culo a disposición de Rubén, y le indicaron a Bruno que se subiera encima en sesenta y nueve. El chico obedeció sin discutir. Cuando se acomodó, su cara quedó a la altura de la polla de su padre y la suya a la altura de la boca de Damián. Por encima, Rubén le apuntaba la suya a la cara. Por detrás, Nicolás se preparaba para meterse otra vez.

—Cómete a tu padre, hijo —murmuró el entrenador—. Como si fueras el último de la fila.

Bruno agarró la polla de Damián, dura como una piedra, y se la metió en la boca. Su padre soltó un gemido largo, gozoso, y enseguida le devolvió el favor: le pasó la lengua por los cojones, le lamió la polla de arriba abajo, lo cubrió de saliva con una dedicación que rayaba en lo obsceno. Bruno cerró los ojos. Su padre sabía cómo hacerlo. Lo sabía demasiado bien.

—Mmmm —masculló Bruno, sin saber si lo decía por la polla que tenía en la boca o por la lengua que sentía en los cojones.

Rubén le ofreció la suya por arriba. Bruno la engulló sin pensarlo. Olía a polla limpia, a hombre, a entrenador. Pasaba de la polla de su padre a la del entrenador y luego volvía, sin tregua. Damián hacía lo mismo abajo, llevándose a la boca todo lo que pillaba: cojones, tronco, glande.

—Joder, qué buenos sois —rió Nicolás, y se la metió a Damián por arriba mientras él lo lamía de costado—. Padre puto, hijo puto. Lo mejor que ha pasado en este club en años.

Cuando Nicolás se puso detrás de Bruno y empujó otra vez, las cosas se aceleraron. Bruno se la metió hasta el fondo a su padre con un gruñido y Damián le devolvió el gemido, comiéndole los cojones por debajo. Rubén lo cogió de la barbilla, le levantó la cara y le metió la polla hasta el fondo de la garganta. Bruno aguantó. No iba a fallar ahora.

—¡Aaaaah! —rugió Nicolás—. Voy ya, joder. ¡Voy!

El capitán se la metió hasta la base, se quedó quieto un segundo y descargó. Bruno sintió el calor llenándole el culo, el latido de la polla, el peso de las manos de Nicolás clavadas en su cadera. Casi al mismo tiempo, Rubén echaba la cabeza hacia atrás encima de Damián con un gruñido animal y soltaba la suya dentro de su padre. Padre e hijo se miraron a través del cuerpo del entrenador con la misma mueca de gusto.

***

—Bautismo —anunció Rubén con una sonrisa al apartarse—. Los dos. Al suelo.

Damián y Bruno se bajaron de la mesa y se arrodillaron uno al lado del otro, hombro con hombro, frente al entrenador. Nicolás se sentó en la mesa a mirar. Rubén se cascó la polla despacio, mirándolos a los dos por turnos. Cuando se corrió, descargó sobre las caras de padre e hijo trallazos espesos que les cayeron en la mejilla, en la barbilla, en los labios entreabiertos. Damián abrió la boca para recibirla. Bruno hizo lo mismo, sin pensar.

Cuando terminó, Rubén les pasó la polla todavía dura por las caras, repartiendo lo que quedaba. Padre e hijo se inclinaron al mismo tiempo y la lamieron juntos, uno a cada lado, encontrándose con la lengua en la base. Cuando levantaron la cabeza, las miradas se cruzaron. Se acercaron. Se besaron otra vez, ahora con la cara cubierta de leche del entrenador, lamiéndosela el uno al otro, riéndose bajito.

—Joder, papá —masculló Bruno entre beso y beso—. Esto me ha gustado.

—A mí también, hijo —contestó Damián, los ojos brillantes—. A mí también.

El entrenador y el capitán se miraron por encima de ellos, satisfechos. Antes de irse, Rubén le hizo a Damián una caricia en el hombro y le susurró algo al oído. Damián sonrió. Bruno entendió, sin que se lo dijeran, que aquella escena se repetiría. Y que su padre llevaba años buscando una excusa para meterlo en ella.

***

Pasaron los meses. El equipo se acostumbró a Bruno tan rápido que la transición fue casi invisible. Jugaba mal, sí, pero compensaba con creces en otros aspectos. Antes de cada entrenamiento y antes de cada partido, el vestuario se convertía en otra cosa. Una rutina propia, no escrita, que todos respetaban y nadie comentaba fuera.

La noche del primer partido oficial, Bruno estaba a cuatro patas sobre dos toallas en el centro del vestuario. Tomás le follaba el culo y Mateo le metía la polla por la boca, los dos vestidos a medias con el uniforme. Iván, Joaquín y Pablo se la cascaban en los bancos esperando turno, riéndose entre ellos como si fuera la cosa más normal del mundo. Para ellos, ya lo era.

—Joder, Bru, qué boca tienes —jadeó Mateo cuando descargó—. Que no se te ocurra cambiar de equipo nunca.

Bruno se tragó lo que pudo, dejó que el último trallazo le cayera en la mejilla y sonrió. Tomás siguió detrás unos minutos más hasta que también se vació. Cuando le tocó el turno a Joaquín, Bruno ya había perdido la cuenta. Le daba igual. Sabía cómo iba esto.

—Vamos, Bru —le dijo Nicolás, asomado a la puerta del vestuario en pantalón corto—. A la ducha. En diez salimos.

Bruno se levantó con la cara y el pecho perlados, el culo goteando, los muslos temblando. Nicolás le tendió la mano y chocaron puños, cómplices.

—Vamos a partirles el culo, capitán.

—Esa actitud, cabrón —se rió Nicolás—. Después celebramos.

Bajo el agua, con los compañeros entrando y saliendo a su alrededor, Bruno se enjuagó deprisa. Le tocaba salir a la cancha en cinco minutos. Aún sentía la leche dentro. No se la había lavado del todo. Le gustaba así. Era su forma de empezar la temporada.

Cuando saltó a la pista, el público los recibió como si fueran héroes, sin imaginarse lo que había pasado un cuarto de hora antes en el vestuario. Bruno corrió hasta su posición, levantó la mano hacia las gradas y sonrió. Iba a perder el partido. Lo sabía. Pero la celebración —en el vestuario, después— iba a valer la pena.

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Comentarios (4)

hotmen

Dios mio que relato, me dejaste sin palabras!!

DiegoNocturno_22

El detalle de la nuca me hizo estremecerme... muy bien logrado. De los mejores que lei acá.

GaboR_lector

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas de saber que paso despues

PabloM_Cba

El titulo ya me atrapó jaja, y el relato cumple todo lo que promete. Sigue así!!

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