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Relatos Ardientes

La humedad que mi cuerpo nunca aprendió a olvidar

Tenía dieciocho años la primera vez que mi primo me cogió.

Fue en el galpón de atrás de la casa de mis abuelos, entre herramientas oxidadas y olor a tierra mojada. Me bajó los pantalones cortos, escupió en su mano y me la metió sin aviso. Dolor quemante, lágrimas, pero también otra cosa: esa presión extraña, caliente, profunda que me hizo jadear aunque no quisiera.

Durante casi un año lo repetimos. Cada vez que podíamos. Siempre sin condón. Al final, cuando se corría, me apretaba el vientre con las dos manos, como si quisiera empujar su semen más adentro. Sentía cómo latía dentro de mí, cómo se hinchaba su verga al eyacular, y después esa humedad espesa que se escurría entre mis nalgas cuando se salía. Caliente. Pegajosa. Bajando por mis muslos delgados.

Aprendí a correrme solo con eso: con la sensación de estar lleno, con el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo, con sus gruñidos roncos y el apretón final en mi vientre. Ese gesto se me quedó grabado en el cuerpo como una marca.

Nunca le pusimos nombre a lo que hacíamos. No hacía falta. Él llegaba al galpón, cerraba la puerta de chapa con un golpe seco y yo ya sabía para qué. Me daba vuelta contra el banco de carpintería, me bajaba la ropa y se tomaba su tiempo. A veces me hablaba al oído, cosas que entonces no entendía del todo pero que se me clavaban igual. A veces solo respiraba fuerte contra mi nuca hasta terminar.

Después se iba como si nada y yo me quedaba ahí, con el corazón golpeándome y esa humedad tibia entre las piernas, preguntándome por qué me gustaba tanto algo que sabía que estaba mal.

El verano terminó, él se mudó a otra ciudad y no volví a verlo. El deseo se durmió durante años. O eso creí.

Hasta la universidad.

***

Era una fiesta de primer año. Mucha gente, música a todo volumen, risas. Yo me sentía fuera de lugar, pequeña, andrógina, con el pelo largo y la piel todavía suave por las hormonas que llevaba apenas unos meses tomando. Empezaba a reconocerme en el espejo recién entonces: los rasgos más finos, el cuerpo cambiando despacio hacia algo que por fin sentía mío.

Pero esa noche, rodeada de desconocidos, todo eso se sentía frágil. Como si cualquiera pudiera mirarme y descubrir lo que yo todavía estaba aprendiendo a ser. Me había escondido en un rincón del balcón, con un vaso tibio entre las manos, cuando él se acercó.

Cuarenta años, quizá cuarenta y dos. Alto, hombros anchos, barba corta bien cuidada, voz grave y directa.

—Estás muy sola aquí, ¿no? —dijo sin rodeos, mirándome de arriba abajo—. Se te nota que tenés ganas de que te usen.

Me quedé helada. Nadie me había hablado así jamás.

Sacó un papelito del bolsillo, anotó su número y me lo puso en la mano.

—Cuando te canses de hacerte la que no quiere, llamame. Te voy a coger rico y sin vueltas. Solo yo metiéndotela. Nada de reciprocidad. ¿Entendés?

Se fue sin esperar respuesta.

Durante cuatro días ese papelito me quemó en el bolsillo. Lo desdoblaba en clase, en el baño, antes de dormir. Memoricé el número sin querer. Cada noche, acostada en mi cama de la residencia, recordaba las manos de mi primo apretándome el vientre mientras se corría. El semen caliente chorreando. El sonido obsceno de la carne húmeda. La vergüenza mezclada con el placer.

Me decía que no iba a llamar. Que era una locura, que ese hombre me triplicaba la edad, que no sabía nada de él más que la forma en que me había mirado, como si ya supiera todo lo que yo escondía. Y sin embargo cada vez que cerraba los ojos volvía al galpón, a esa presión, a esa humedad bajando por mis muslos, y mi cuerpo respondía solo.

El quinto día llamé.

Se llamaba Esteban.

Me citó en su departamento del centro esa misma noche.

***

Llegué temblando. Ansiedad, miedo, excitación, todo junto. Apenas entré, cerró la puerta y me miró con hambre.

—Reglas claras —dijo mientras se desabrochaba el cinturón—. Yo te cojo. Vos te dejás coger. No me tocás la verga si yo no te lo pido. Hoy quiero que seas mi putita. ¿Estás de acuerdo?

Asentí, con la boca seca.

Sonrió.

—Bien. Primero vamos a jugar un poco.

Me llevó al dormitorio y abrió un cajón. Sacó un conjunto de lencería negra: tanga de encaje, corpiño con relleno y unas medias con liga. Ropa claramente femenina.

—Ponételo —ordenó—. Quiero verte transformada.

Me desnudé frente a él, sintiendo vergüenza y una extraña excitación. Las manos me temblaban al pasar las medias por mis piernas, al ajustar el corpiño sobre mi pecho casi liso. Él no me ayudó. Se sentó en el borde de la cama y me miró hacer todo, despacio, disfrutando de mi torpeza.

Cuando me vi en el espejo con esa ropa diminuta, las caderas y los glúteos enmarcados por el encaje, sentí un calor líquido entre las piernas. Mi sexo, pequeño y duro, presionaba contra la tela de la tanga. Me imaginé con tetas y el pelo más largo, maquillada, los labios pintados de rojo. Por un instante no me reconocí, y esa extrañeza me excitó más que cualquier caricia.

Esteban se acercó por detrás, rozando su bulto contra mis nalgas.

—Mirá cómo te queda. Qué culito más rico tenés.

Me acarició por encima de la tela, luego metió la mano dentro de la tanga y empezó a masturbarme lento mientras me besaba el cuello. Yo gemía bajito. Su otra mano me apretaba un glúteo, separándolo.

Se sacó la polla. Era gruesa, venosa, más grande que la de mi primo. Me hizo arrodillar.

—Chupámela.

La tomé con la boca. Primero solo la cabeza, saboreando el gusto salado de su líquido. Luego más profundo. Sentí cómo se ponía más dura contra mi lengua, las venas palpitando, los huevos pesados rozándome la barbilla. Chupaba con hambre, haciendo ruidos húmedos. Esteban gemía grave, sujetándome la cabeza.

—Qué boca más puta tenés. Me la mamaste riquísimo.

Me levantó, me puso a cuatro patas sobre la cama y me bajó la tanga hasta los muslos. Escupió en mi entrada y añadió lubricante frío. Dos dedos entraron fácil. Luego tres. Me abrió bien, preparándome.

—Pedímelo —gruñó.

—Por favor… metémela —susurré, con la voz rota.

Sentí la cabeza gruesa presionando. Empujó lento. Dolor ardiente al principio, esa sensación de ser abierta, estirada. Gemí fuerte, pero no me aparté. Siguió entrando, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos tocaron mis nalgas.

—Qué apretadita estás… carajo.

Empezó a moverse. Al principio lento, saliendo casi todo y volviendo a clavármela. Después más rápido. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Cada embestida me arrancaba un gemido agudo.

Esteban me agarró de las caderas, acelerando.

—Me excitás mucho, ¿sabés? Ese culito tragándose toda mi verga. Me volvés loco.

Sus manos subieron a mi vientre, apretándolo fuerte mientras me cogía más profundo. Aquel gesto, exactamente aquel gesto, me hizo temblar entera.

—Te voy a llenar. Te voy a echar toda la leche adentro.

Sentí cómo se hinchaba dentro de mí. Un gruñido ronco y luego el primer chorro caliente. Se corrió fuerte, pulsando, inundándome. Seguí sintiendo cada latido, cada disparo espeso. Cuando se salió, el semen empezó a escurrir de inmediato, caliente, viscoso, bajando por mis muslos y manchando las medias.

Exactamente igual que con mi primo.

Me quedé temblando, con la respiración agitada, la entrada palpitando y abierta.

***

Me ayudó a vestirme casi con ternura, lo cual de algún modo fue peor. Me acompañó hasta la puerta, me dio un beso corto en la sien y me dijo que había sido una buena putita. Bajé las escaleras con las piernas flojas y el semen todavía húmedo manchándome la ropa interior.

El placer había sido intenso, casi violento. Pero al llegar a casa, la culpa me cayó encima como una losa. Las marcas de sus manos seguían en mis caderas. Me miré en el espejo del baño, despeinada, con el rímel corrido que ni siquiera recordaba haberme puesto, y sentí asco de mí misma.

Definitivamente no debería volver a pasar.

Rompí el papelito con su número en pedacitos pequeños y lo tiré a la basura.

Se acabó.

Una semana después, estaba en la cocina preparándome un café cuando sonó mi teléfono. Número desconocido.

Contesté sin pensar.

La voz grave de Esteban llenó mi oído, baja y segura.

—No pude dejar de pensar en vos. En cómo gemías cuando te la metía. En cómo tu culo me apretaba cuando me corrí adentro. Quiero repetirlo. Quiero seguir transformándote. Quiero que te vistas más puta para mí la próxima vez. Quiero que te dejes usar hasta que no puedas caminar derecha.

Se quedó callado un segundo, esperando.

—¿Vas a venir?

Mi mano temblaba sosteniendo el teléfono. Sentí cómo mi entrada se contraía involuntariamente al recordar la humedad escurriendo, la presión en el vientre, el sonido obsceno de su verga cogiéndome.

Pensé en todas las razones para colgar. En que me había prometido que se había acabado. En que aquello no podía ser bueno para mí, que repetir con un desconocido lo que mi primo había empezado años atrás era abrir una puerta que tal vez después no podría cerrar.

Pero también pensé en cómo me había sentido frente al espejo, transformada, deseada, por fin parecida a la mujer que veía cuando cerraba los ojos. En la lencería contra mi piel. En esa humedad escurriendo que mi cuerpo nunca aprendió a olvidar.

El deseo y la culpa peleaban dentro de mí, más fuertes que nunca.

Y todavía no había respondido.

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Comentarios (5)

FanRelatos_ok

excelente, me enganche desde la primera linea!!!

NatiConf

Por favor seguí con esto, quedé con muchas ganas de saber que paso despues. Tremendo relato.

lector_ansioso

Me llego al alma. La imagen del papelito quemando cuatro dias... eso solo puede escribirlo alguien que lo vivio de verdad. Muy real.

Marisol_77

Increible

Viktor_BA

Se hizo cortisimo, queda mucho por contar. Esperando mas!

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